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Julio Varela humanista

26 de abril de 2026 by Rafael Aragunde Leave a Comment

FUE TARDE EN SU VIDA CUANDO JULIO SE ENTERÓ de que solo tenía un riñón. Si lo hubiera sabido antes muy probablemente no se hubiera atrevido a beber el vino que ha disfrutado hasta ahora. Si con un solo riñón ha llegado a los 97 años, con dos se habría preparado para trascender la centuria y quizás alcanzar a Matusalén, nombre bíblico que en esta etapa de su larga existencia le causa gran placer traer a colación.

 

Durante años Julio le ha dedicado mucho tiempo a pensar en la posibilidad de que los seres humanos no somos tan libres como nos creemos y que exista tal cosa como un destino con letra mayúscula. Esto me ha llevado a recomendarle cada cierto tiempo el libro La ética según la geometría que escribiera aquel pulidor de lentes que casi llegara a ser profesor en la Universidad de Heidelberg, Benito Espinoza. Sin embargo, no ha seguido mi recomendación diz que porque es demasiado complicado para él.

Pero Julio, siendo un intelectual de primer orden, aunque anónimo, como sucedía con tantos en nuestros pueblos de antaño, no llegó a ser profesor universitario por una rayita, porque mientras él crecía Cayey no disfrutaba del beneficio de instituciones de enseñanza superior. De haber contado en su época con alguna de las tres que con el tiempo llegó a haber, habría estudiado allí y hubiera sido un catedrático de prestigio. Me lo imagino de docente de alguna de las disciplinas humanísticas, como la historia y la filosofía. O de teología, porque, sin jamás haberle pasado por la mente aspirar a ministro o cura, esta es una de las áreas de estudio que más le ha interesado.

Recientemente, me hizo adquirir un libro para que pudiéramos discutirlo mientras él me contaba anécdotas y aventuras de cayeyanos ya desaparecidos, gente de nuestra comunidad que contribuyó a configurar la personalidad de lo que ahora describen como ciudad[1]. El texto que hemos estado comentando gira en torno a las interpretaciones, abundantísimas argumenta Julio, de la biblia. Según este y de acuerdo al libro, Jesús habría tenido hermanos y a María, su madre, se le habría de conocer por haber dado a luz bien joven, no por virgen. Además, Jesús jamás había reclamado ser el mesías y tras su muerte le habría substituido su hermano Santiago en el liderato de aquella incipiente comunidad cristiana. Saulo de Tarso, a quien se conocería después como Pablo, habría confrontado a este en una disputa por el poder en la que el futuro del cristianismo estaría en juego. Cuando Julio me explica esto es como si se le prendieran los ojos. Debería estar en un seminario de estudios superiores discutiendo este y tantos otros asuntos parecidos, compartiendo la sabiduría que ha ido acumulando a través de su larga vida.

Julio Varela Santiago nació en Cayey de cuna humilde hace ya muchísimos años. Su vida laboral siempre estuvo vinculada a las calles céntricas del pueblo, no exactamente las que quedan alrededor de la plaza, pero muy cerca de ellas. Desde niño trabajó próximo a donde quedaban la desaparecida Clínica del Carmen y donde hoy hay un estacionamiento; cerca también de la Fonda del Indio, casi donde estuvo por última vez uno de sus negocios (Varela Travel) y donde hoy también se estacionan automóviles. Por aquellas calles cercanas a la escuela intermedia Benigno Fernández García, conocida también como la Junior y donde también crecen sin control los estacionamientos, dio sus primeros pasos, haciendo mandados, según se decía antes. Después no se movería tanto porque trabajaría en locales de la calle Lucía Vásquez, de la Baldorioty, de la de Diego y creo que, aunque se le ha olvidado a él, en la de Hostos.

El papá de Julio, bautizado como Pampín por voluntad caprichosa de algún aduanero confundido, también era conocido como Mano Manca, pero su nombre de pila era Manuel Varela Blanco. Aquel impresor español, llegado a finales de la dominación española, antes de que nos invadieran los americanos y cuando apenas tenía once años, era otro gallego más proveniente de alguna de las rías de Galicia, probablemente la de Pontevedra. Como ocurría a menudo, un tío, gallego también, y quien había llegado a ser alcalde de Aibonito, lo había mandado a buscar. Lo de Mano Manca se debía a que Pampín había perdido los dedos y la muñeca de su mano derecha como resultado de haber metido aquella extremidad dentro de las fauces de una impresora a la que le había perdido el respeto y habérsele infectado por prácticas médicas descuidadas que pusieron en peligro el brazo entero.

Pampín, pese a haber muerto temprano en la vida de Julio, dejó en este unas huellas muy profundas, comenzando desde luego, por el amor a la palabra, a la palabra pronunciada como a la escrita. Aunque muy tímido para algunos, para Julio su padre fue siempre un gran conversador y su imprenta se convirtió en lugar de tertulias frecuentes. Era tan articulado Pampín que logró que don Miguel Meléndez Muñoz, el cuentista y novelista cayeyano, se hiciera socio suyo durante algún tiempo, si bien me imagino que esto lo facilitó el vínculo de don Miguel a organizaciones que impulsaban los intereses económicos del agricultor puertorriqueño y la conveniencia de tener a su disposición un medio de comunicación para aquella época óptimo, traído de los Estados Unidos, aunque de procedencia francesa y de marca Minerva.

Recuerda con cierto orgullo que, durante décadas, en la fachada del primer piso del viejo Colegio Católico, hubo un letrero que daba a la calle del comercio que decía Imprenta Varela Blanco. En la época en que había estado en la calle Núñez Romeu el letrero había dicho Varela y Meléndez, según cuenta. Gozando su padre de un prestigio bien merecido como impresor diestro y creativo, Julio lo admiraba intensamente y jamás se atrevió a compararse con él. Aprendió todo lo que pudo y pronto, con apenas una decena de años, se convirtió en impresor.

Julio recuerda todavía cómo el ambiente de la imprenta se transformaba con la visita de algunos cayeyanos con los cuales su padre dialogaba sin hacer mucho ruido. Allí no se daba la tertulia que dicen que tenía lugar bajo el liderato de don Monche Frade en la farmacia de don Juan Planella, cuyo edificio, diseñado por este, todavía existe frente a la plaza. Pero hasta la Imprenta de los Varela, según también se decía, llegaba en alguna ocasión don Miguel Meléndez Muñoz, en busca de un ambiente donde pudiera saciar su hambruna de sustento intelectual pues no había muchas alternativas culturales en el Cayey de aquella segunda, tercera y cuarta décadas del siglo veinte. Aunque don Miguel pasaba más tiempo en San Juan que acá por la cantidad de cargos para los que le nombraban, Julio recuerda que aquel hombre alto, sólido y de andar parsimonioso, se desplazaba por nuestras aceras como evaluando sobre qué habría de escribir próximamente en defensa del jíbaro.

Por su parte, a Julio le llegó la inmortalidad a través de los programas de las fiestas patronales que sobre todo para la década del cincuenta, presentaban el estado de desarrollo en que se encontraba Cayey. Fue mediante aquellos programas de las fiestas que se fueron archivando las fotos de nuestra plaza y calles, que ahora se aprecian sobre todo en las redes sociales, nutriendo una memoria romántica que se resiste a morir.

Los alcaldes, ya desde aquella época incomodando sin duda a los curas mercedarios de la parroquia que veían cómo las fiestas, ya inequívocamente paganas, substituían las cristianas, nombraban algunos meses antes una comisión a cargo de su organización. Entre estos invariablemente se incluía a un jovencísimo Julio Varela con el fin de que atendiera el asunto de la impresión. En el programa del 1957, quizás el más apreciado, lo vemos todavía imberbe como editor de la Junta Editorial, a la que también han sido nombrados don Miguel Meléndez Muñoz como consejero y supervisor literario, Tulio Alvelo el fotógrafo y antiguo boxeador como redactor gráfico, el artista Gerardo Suárez Peña como redactor artístico y Liberto Ramos, en aquel momento representante ante la Cámara de los distritos de Cayey y Cidra, como director. Algunas páginas antes, el nombre de Julio también aparece como miembro del comité de publicidad y programa. Además, al final de la Introducción del panfleto en el que se encuentran las dedicatorias y los agradecimientos (la primera que se menciona es a “nuestra patrona, la Excelsa Señora de la Asunción”), se señala que el “programa se ha coordinado e impreso en los talleres que fundara, hace muchos años, aquel laborioso y buen galaico-cayeyano, que fue don Manuel Varela Blanco”, padre de Julio.

Este programa del 1957 llama la atención también porque posee un gran número de fotografías que nos presentan el Cayey que una vez estuvo sumido en la pobreza extrema. Las que dan testimonio de esta situación son sobre todo las fotos de las primeras dos décadas del siglo veinte. Allí se ven mayormente casas de madera y techos de planchas de zinc, con una que otra erigida sobre tocones. Las de cemento, o concreto, aunque más bien de mampostería, son escasas.

Distintas partes de la plaza de recreo se ven abandonadas y en alguna que otra calle, por ejemplo, en la Palmer y a la entrada a la de Diego donde eventualmente habría tres garajes de gasolina, se observan caballos y mulas. Estas fotos son, sin embargo, contrastadas con fotos de 1957 en las que “el progreso” se hace evidente. Se señala, además, que la de principios de siglo “era una economía agrícola”, mientras que “hoy, la industria florece”.

Como Cayey, Julio se transformó también. De ser dueño de la imprenta Varela Blanco que heredara de su padre y que posibilitara la publicación y circulación de programas de fiestas patronales, pasó a ser el editor de infinidad de periódicos locales para los cuales escribirían amigos suyos como el maestro de español de la escuela superior Benjamín Harrison y periodista, Héctor Vega Ramos. En aquellos periodiquitos, muchos conocidos por nombres vinculados al Monte del Torito que se ve desde muchos lugares del pueblo, se anunciaba la variedad de comercios que sobrevivirían a través de las décadas, mientras no hubo centro comercial a las afueras del pueblo. A aquellas “afueras” del municipio, donde había habido cañaverales que rodeaban a Cayey, fueron el lugar al que irían cada vez más los cayeyanos a la hora de hacer sus compras de víveres, semanal o mensualmente, despreciando la nueva plaza del mercado, reconstruida en lo que antes había sido la entrada a las barriadas del Pope y del Hoyo que hoy se engalana con el retrato de César Concepción, nuestro músico más conocido. Sería hacia donde eventualmente se mudarían, Julio incluido, pero sobre todo las nuevas generaciones cuando se construyeran Montellano, la Planicie, el Torito (otra vez) y otras urbanizaciones de la clase media que prevalecería eventualmente en el país.

Pero su transformación en editor no fue la última de las personificaciones de Julio. Este tendría a su cargo la que yo recuerdo todavía como la primera agencia de pasajes que pisé en mi vida. Aunque apretadamente, la impresora continuó funcionando en la parte posterior del local del Colegio Viejo que parecía más un centro de conspiración revolucionaria de una época pretérita, pero definitivamente mucho espacio no había, pues tuvo que añadir algunas sillas para atender a la nueva clientela que venía, principalmente, a comprar pasaje de ida en aquella guagua aérea que inmortalizaría el escritor Luis Rafael Sánchez. Pero hasta esto también cambiaría cuando a finales de los sesenta aparecieron los cruceros que comenzaron a usar las clases graduandas de escuela superior para celebrar su último fiestón. De hacernos volar la imaginación con lo impreso, pasó a hacernos despegar la fantasía con cruceros y aviones. Su responsabilidad social, sin haber ocupado jamás un cargo político, era impresionante.

A principios como gerente de la sucursal de la metropolitana Agencia Mediavilla, pero pronto como dueño de lo que se conoció como Varela Travel, Julio hacía posible lo que hasta entonces se creía que era una experiencia limitada a la gente que podía gastarse una millonada en transatlánticos como el Titanic. El turismo comenzaba a convertirse en una de las industrias más importantes del globo. Fue así que Julio viajó mil veces a España, sobre todo a Galicia, donde conoció a los antepasados Varela y se hizo experto en albariños buenos de verdad que evidentemente no le percataron de su único riñón

Así fue que lo conocieron generaciones de cayeyanos más jóvenes: como dueño de agencia de pasajes que también, aunque cada vez menos, preparaba hojas sueltas en aquella impresora que quedaba en la parte de atrás medio escondida y que parecía haberse reñido con una modernidad cada vez menos lectora. O reñida con sus posibilidades revolucionarias, pese a la presencia frecuente del contable de Julio, Marcialito Collazo, quien fue, según ya he escrito, el primer comunista ducho y valiente que conocí.

Debo decir que yo me hice amigo de Julio mucho antes de lo que siempre pensé pues este era de la gente que mientras caminaba por las calles de Cayey, saludaba a todo el mundo, como lo hacían el legendario Pepito León y el alcalde y legislador Rafael Coca Navas, y desde que recuerdo, en la época en la que Julio vivía en la calle Salvador Brau, lo veía pasar por el frente de nuestra casa camino a su trabajo. Pero los diálogos siempre alegres comenzamos a tenerlos cuando me tocó a mí comprarle los boletos que me permitían salir de PR a fin de proseguir estudios universitarios. Lo visitaba en aquella imprenta transformada en agencia de pasajes cada vez que regresaba, o me marchaba, y tras Marcialito cantarle loas a la revolución cubana, él me pedía que, además de que le dijera si prefería irme por Chicago, Nueva York o Miami, le informara cómo era que me había ido últimamente. La vez que me le presenté, eran esos tiempos, con una melena que me dejé crecer durante todo un año, me preguntó mil veces cómo era que había reaccionado mi viejo, sospechando correctamente que al recibirme en el aeropuerto no me había hablado.

Mientras pudo, Julio no tuvo carro. Sencillamente caminaba, anticipando que tanto coche afectaba la naturaleza y contribuiría eventualmente al calentamiento global. Además, engorda. Debió haber sospechado que caminar era conveniente para su salud, como lo han sido siempre una o dos discretas copitas de vino diaria, pese a su único riñón. Hoy todavía camina casi todos los días en la pista del parquecito de la urbanización Echevarría de nuestro pueblo, que fue a donde se mudó después de vivir en Montellano unos pocos años. Allí repasa su vida extraordinaria de pensador sin pretensiones. Yo lo visito cada vez.

[1] Sánchez Tostado, Luis Miguel, Historia desconocida de Jesús de Nazaret, Córdoba: Almuzara, 2023, pp. 138 y 139

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Rafael Aragunde
Rafael Aragunde
Por su libro El desconsuelo de la filosofía, Rafael Aragunde fue distinguido en el 2018 por el Instituto de Literatura Puertorriqueña con el Primer Premio de Literatura en la Categoría de Investigación y Crítica. Entre otras publicaciones a su haber están los siguientes libros: Sobre lo universitario y la Universidad de Puerto Rico, Hostos, ideólogo inofensivo, moralista problemático y La educación como salvación, ¿en tiempos de disolución? Fue Rector entre el 2002 y el 2005 de la UPR en Cayey y Secretario de Educación de Puerto Rico entre el 2005 y el 2008. Actualmente es profesor de filosofía en el Recinto Metro de la Universidad Interamericana de Puerto Rico.
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