
Tapa del libro de Benjamín Labatud, «Un verdor terrible»(Anagrama).
“Con su vida secreta perdida, desnudada y expuesta ante los ojos del mundo, el hombre empezaba a marchitarse lentamente, secándose de adentro hacia afuera, sin saber por qué.” (Labatut, 206)
“Un verdor terrible” de Benjamín Labatut[1] se presenta al comienzo como una historia episódica de la química, astrofísica, matemáticas y el surgimiento de la física cuántica a principios del siglo XX. Pero, poco a poco, a medida que la ficción comienza a hacerse espacio en los relatos de lo que en filosofía de la ciencia se llama “el contexto de descubrimiento”[2] de las ideas científicas—es decir, la psicología anecdótica e idiosincrática del surgimiento de las grandes ideas radicales y revolucionarias de la ciencia—a medida que nos vamos adentrando en la locura del alma misma del genio científico; comenzamos a ver que cada relato es un “cautionary tale”, un relato prometéico en el cual vemos las dos caras de la ciencia y la tecnología: la cara iluminadora y benéfica del conocimiento y su simultáneo potencial aniquilador.
Cada personaje que se nos presenta contribuye a materializar el paraíso y el abismo en igual medida.
Fritz Haber inventa el gas mostaza y el gas cloro utilizado para asfixiar a miles en las trincheras de la Primera Guerra Mundial (trabajo que luego terminaría en el desarrollo del Zyklon B usado en las cámaras de gas de los campos de concentración Nazis en la Segunda Guerra Mundial). Pero también inventa un proceso químico que permitió sintetizar el nitrógeno, extrayéndolo del aire, y crear así fertilizantes a escala industrial que salvaron del hambre a la mitad la población del planeta.
Karl Schwarzschild resolvió por primera vez las ecuaciones de Einstein, descubriendo y planteando por primera vez la posibilidad de la existencia de los agujeros negros. Y a su ves vio en la hecatombe de la Primera Guerra Mundial el “horizonte de eventos” o el umbral ético de la humanidad más allá del cual no había vuelta atrás; una bancarrota moral donde la luz del espíritu humano se extinguiría para siempre.
Alexander Grothendieck, un genio matemático que llegó a descifrar y atisbar “el corazón del corazón” mismo de los fundamentos de las matemáticas; y al ver a simple vista “la mente de Dios”—como le llamaba Einstein a las ecuaciones básicas que describían el funcionamiento total del universo—abandonó las matemáticas por completo y para siempre por miedo a lo que la humanidad pudiese hacer con ese conocimiento.
Werner Heisenberg, Erwin Schrödinger y Louis de Broglie—cada uno a su manera— llegan al borde del delirio intentando “mirar”, “entender”, “descifrar” el mundo subatómico y en él descubren, en los cimientos mismos de la materia, un mundo paradójico, anti intuitivo, indeterminado y maravilloso cuyo lado oscuro amenaza al mundo con la sombra de Hiroshima y Nagazaki.
Finalmente en epílogo “El jardinero nocturno” se destila la moraleja del libro:
“Hace poco, el jardinero nocturno me preguntó si yo sabía cómo morían los cítricos: cuando llegan a la vejez, si logran sobrevivir a sequías, enfermedades y a incontables ataques de pestes, hongos y plagas, sucumben por sobreabundancia. Al alcanzar el fin de su ciclo de vida, dan una última cosecha gigantesca de limones.”
“Es extraño, me dijo, ver tanta exuberancia antes del la muerte. Uno pude imaginarla en el reino animal […] Pero los árboles son organismos muy diferentes, y esos espectáculos de monstruosa fertilidad no parecen propios de una planta y son más parecidos a los excesos de nuestra propia especie, con su crecimiento desbordado y fuera de todo control.” (Labatut; p. 211-212)
Un peso sombrío en mi pecho acompañó esta lectura que nos advierte: no os creáis que por estar rodeados de maravillas tecnológicas y de una superabundancia de recursos sin precedentes hemos garantizado la sobrevivencia humana. Todo lo contrario, parece que estamos viviendo la última cosecha de esta gran humanidad.
[1] Benjamín Labatut (2024) “Un verdor terrible”. Anagrama: Barcelona.
[2] En contraste con “el contexto de justificación” que es una reconstrucción racional de la teoría ya completada. Es este último el que se presenta ante la comunidad científica, no el primero (“el contexto de descubrimiento”). Ver Javier Echevarría (1999) “Introducción a la metodología de la ciencia: La filosofía de la ciencia del siglo XX”. Cátedra: Madrid. Pp. 38-41.
