País

No es sencillo amar este lugar, que nos aboca fácilmente a la frustración y al resentimiento; una “patria” polarizada entre la indiferencia y el deseo,…

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[dc]D[/dc]escender. Poco a poco, salir de la espuma densa de las nubes y comenzar a atisbar una breve franja de esta costa. Hay algo en la geología de nuestro país que me resulta una de las imágenes más tiernas del mundo. Es algo más que la evidente hermosura. Si el trayecto incluye la mirada en picada de las montañas que, a distancia, parecen aterciopeladas, sinceramente me desarmo. Hay un pálpito ahí, un soplo; como decir la ternura de observar a un recién nacido.

Cuando era pequeña, mi papá siempre decía que éste era el país más bello que él había visto en su vida. A mí siempre me pareció exagerada aquella sentencia, y se la adjudiqué a su amor desbordante por “la patria”.

Ahora, sin embargo, me sorprendo creyendo lo mismo que él, a pesar de los países realmente despampanantes que he logrado ver. Sospecho que he descubierto la belleza de lo propio. Creo que no se nace “patriota”. Eso que desde pequeña te enseñan es “la patria” y a lo que yo llamo más naturalmente “mi país”, es algo que se ama con el tiempo, y a veces “no tanto por los vivos como por los muertos”, decía ayer mi hermano, creo que con razón. Parte de ese amor expansivo retoña -tal vez más de lo que una piensa- de la tierra misma donde devuelves a tus muertos.

No es sencillo amar este lugar, que nos aboca fácilmente a la frustración y al resentimiento; una “patria” polarizada entre la indiferencia y el deseo, entre la inercia y la trascendencia. Un lugar que es muchos lugares rígidos, en cuya mayoría muchos de nosotros seguimos siendo casi lunáticos, gente “fuera de lugar”.

Dice un personaje de Juan José Saer que “cuanto más rígidos son los principios del ambiente en el que viven, más sobresale la rareza de los lunáticos y más absurdos parecen sus dislates”.

En el nuevo año no pido la unión de nada. Ni siquiera la de los lunáticos. Sí quisiera que esta belleza agreste, insólita que poseemos en cada orilla y en cada río, nos enseñe a ser cada vez más “absurdos”, más país para todos que paisaje de pocos.

* Publicado originalmente en El Nuevo Día, reproducido aquí con el permiso de la autora.

Mari Mari Narváez
Estudió Periodismo, Estudios latinoamericanos y tomó cursos doctorales en Historia con énfasis en Estudios de género en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Es columnista permanente en la sección Buscapié del diario El Nuevo Día y en Será otra cosa, sección del suplemento cultural En Rojo. Junto a otras tres columnistas literarias, ha publicado los libros Del desorden habitual de las cosas (Capicúa, 2015) y Fuera del quicio (Santillana, 2008). También es co-autora de Palabras en libertad: entrevistas a los ex-prisioneros políticos puertorriqueños (Editorial Claridad, 2000). Actualmente trabaja en la organización Espacios Abiertos, donde lidera varios proyectos que promueven la rendición de cuentas, la transparencia y el acceso a la información.

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Mari Mari Narváez
Colaborador/a

Estudió Periodismo, Estudios latinoamericanos y tomó cursos doctorales en Historia con énfasis en Estudios de género en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Es columnista permanente en la sección Buscapié del diario El Nuevo Día y en Será otra cosa, sección del suplemento cultural En Rojo. Junto a otras tres columnistas literarias, ha publicado los libros Del desorden habitual de las cosas (Capicúa, 2015) y Fuera del quicio (Santillana, 2008). También es co-autora de Palabras en libertad: entrevistas a los ex-prisioneros políticos puertorriqueños (Editorial Claridad, 2000). Actualmente trabaja en la organización Espacios Abiertos, donde lidera varios proyectos que promueven la rendición de cuentas, la transparencia y el acceso a la información.

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