Gris pandémico

Jorge Rigau diagnostica una epidemia silenciosa: el gris que devora fachadas, rejas y balcones puertorriqueños, disfrazado de gusto propio cuando en realidad es rebaño. El arquitecto e historiador recorre décadas —el salmón ochentero, el blanco noventero— hasta este monocromo acorazado que ni Klumb, pionero moderno, adoptó sin matices. Con la precisión de quien ha visto edificios perder su nombre bajo la misma pintura, desnuda la moda: complacencia vestida de autenticidad. No es solo estética, es síntoma. Un país incierto —político, económico, cultural— se aferra a lo anodino porque no compromete ni delata. El gris, escribe, simboliza ambigüedad moral y melancolía resignada. Su cierre es una advertencia serena: dejar de leer la ciudad, y el país, en esa tonalidad muda. Como buque de guerra en día de fiesta, ese gris uniforme ya no protege.






