Más aún, un texto no es sólo un texto. Un texto es, sobre todo, la travesía de un experimento milenario con la gracia del recogimiento. Pero también la experiencia de un viaje atmosférico, con el aire, con el aliento, con la respiración, en definitiva, no sólo de quien lee y escribe, sino de todas las épocas que la palabra evoca.
A la idea de que no hay nada fuera del texto habría que contraponer otra: todo está en el afuera del texto, en el tejido infinito por el que cada texto se hilvana a la luz de la textura del universo entero. Después del lenguaje, la escritura es la más poderosa invención humana. El papel, la imprenta y la computadora, por más que hayan transformado de manera irreversible la cultura, no dejan de ser dispositivos tecnológicos que se inscriben en el despliegue de una memoria que ha hecho de la escritura el paisaje de una indeterminada proliferación de fuerzas. De tal manera que sin la experiencia literaria que nace con la invención de la escritura no se hubiesen dado las condiciones para ninguno de los mencionados avances tecnológicos. Por esta razón, hay que insistir en ello, volver a leer es interpelar lo que se lee, y no simplemente sostener un punto de vista o una particular interpretación del texto.
Leer es también escuchar y prestar una atención cabal o completa al momento de la lectura. Volver a leer implica recuperar las nobles virtudes del ocio y la despreocupación. No se lee, pues, para distraerse ni para preocuparse ni ocuparse de algún negocio. Si el ocio es el tiempo libre para disponer libremente de sí, entonces la negación del ocio (nec-otium), en todas las facetas actuales del entretenimiento absoluto, es el recurso de la esclavitud moderna – la esclavitud del ánimo, de la mente o del espíritu – para no tener que lidiar con lo ineludible, con las condiciones reales de la existencia.
El mundo que nace con la escritura es recreado con la lectura cada vez que se vuelve a leer. Ese mundo no es ajeno, no puede serlo, a las condiciones materiales de su posibilidad. No es ajeno pero tampoco está sujeto a esas mismas condiciones. Sucede como los sueños. Los sueños dependen del cerebro, del proceso digestivo, así como de otras disposiciones orgánicas que ignoramos por completo mientras dormimos. Pero una vez engendrados, los sueños tienen una vida propia que si bien se esfuma cuando despertamos también se rearma con la vigilia. Los sueños nacen de nuestros cuerpos, y no sólo del organismo; nacen del flujo de intensidades con las que también se materializa toda obra poética, sea artística, filosófica o científica. Se puede soñar con un cerebro, pero el cerebro no sueña ni duerme, pues no es una substancia, un ser o una entidad sino una «selva neuronal» – para valerme de la feliz expresión de un célebre neurobiólogo (Gerard Edelman) – por la que se organizan las condiciones de nuestro sistema nervioso que dan lugar al dormir y al soñar. Puede hablarse así de una poética de los sueños que no es independiente pero sí autónoma con respecto al cerebro.
De la misma manera, el mundo que nace de la escritura y que renace con la lectura es una épica de la inteligencia humana en su esfuerzo por descifrar la aventura de la vida y los límites de nuestra mortalidad. Claro está, esto no impide sino que, por el contrario, promueve la dimensión lúdica de la experiencia literaria, es decir, el hecho de que escribir y leer se conjuguen para llevar lo más lejos posible la complicidad del pensamiento con el gran juego del mundo.
Desde esta perspectiva puede afirmarse que vivimos en la época del apocamiento de la lectura y la banalidad de la escritura. Basta con visitar cualquier sucursal de las grandes cadenas norteamericanas de librerías, verdaderos supermercados para el consumo indigesto de libros, para corroborar lo anterior. Cualquiera escribe de cualquier cosa y cualquiera publica lo que sea. Ha venido a menos el florecimiento de la distinción. Con toda la indiscutible aportación, los recursos imprevisibles y el poder mundial de convocatoria del Internet; así como el acceso instantáneo a las más diversas fuentes de información; y no obstante la proliferación de las “redes sociales” (incluyendo a aquella desde la cual se lee este escrito bajo el encuadre de Facebook: curioso nombre que habría que explorar en otra ocasión); todo ello se monta sobre el criterio universal de lo Uniforme y su efectos de embelesamiento.
En el Reino de Cualquiera cada cual termina siendo un burócrata electrónico e informático de su vida personal, un promotor de sus éxitos, fracasos y creencias; o, en su caso, un vulgar y gozoso cascanueces de su sexualidad. Es como si ya no hubiese tiempo ni espacio para la excepción, para lo que no está sujeto a ninguna técnica de mercadeo o de fetiche estadístico. Y, sin embargo, por ahí también se cuela la rareza y la entereza insobornable: el don de la paciencia y el cultivo de la perspicacia. Estar atentos, despiertos y cuidadosos es de lo que se trata. Identificar la potencia creadora donde quiera que se encuentre; y denunciar, con la misma energía, la falsificación de la vida, para dar paso a la jovialidad, a la eterna novedad del mundo, de la que habla el maestro Fernando Pessoa.
Volver a leer es recuperar la dignidad de la palabra en medio de la sórdida violencia de la pusilanimidad que sirve de cobijo a los llamados medios de comunicación y su siniestro empeño por borrar el legado y la grandeza del pensamiento.

