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Don Diego


Como biólogo, tratar de entender el proceso de adaptación evolutiva llega con el territorio. Los individuos cambian mientras el ambiente selecciona aquellas variantes más aptas para enfrentar la realidad del momento. Por esta razón, ninguna especie puede permanecer estática genéticamente hablando. Y es ahí donde se esconde uno de los grandes secretos de la vida y de la muerte: los cambios son la regla y, sin ellos, la extinción es inevitable.

Como especie, podemos intervenir en el ambiente y construir soluciones algo parecidas a otros seres vivos. Pero, en nuestro caso, esas soluciones rebasan el alcance del sentido común. Por ejemplo, diseñamos y construimos techo, albergue, acueductos, automóviles y otros aparatos para vivir en nuevas realidades. En temas de salud, igual podemos modificar muchas variables y, de ese aprendizaje, se construyen alternativas de vida aumentando la probabilidad de sobrevivir y reproducirnos. Eso es adaptación.

Sin embargo, a menudo adolecemos de un entendimiento científico de las construcciones culturales y sus alcances. Por momentos se convierten en variables incomprensibles, difíciles de cuantificar. Por lo menos puedo así confesarlo. Y es que, hace unos días, llegué al velorio del padre de un amigo y, al entrar a la funeraria, me topé con un recinto vacío. Para mi sorpresa, la comitiva había partido hacia la iglesia del pueblo. No, no entro a una hace mucho tiempo. Confieso igual que, en algún momento, traté de entenderlas y fracasé.

Pero a la iglesia llegué. Al fondo, el féretro de ‘un roble centenario del campo yaucano’ establecía el tono del servicio mientras su sombrero negro descansaba sobre el ataúd. Mucha gente y una familia en dolor profundo. La ceremonia buscaba ofrecer sentido de adiós y, colectivamente, palear el dolor. Sentía que hacían un buen trabajo. Esta vez el sentido de lo colectivo me cautivó con gente reaccionando como coro ensayado con acordes de guitarra ocasional. En esa pausa de la ceremonia donde se saludan unos a otros, rebasé varias filas para finalmente abrazar a mi amigo. No cruzamos palabra alguna, todo estaba dicho y, en lugar de ofrecer un abrazo de consuelo, recibí uno muy fuerte y contundente que me llenó de paz.

Existen valores profundos en construir espacios y ritos que permiten manejar las múltiples realidades humanas incluyendo las del dolor. Con la llegada de otra construcción cultural donde destaca la celebración, el junte familiar y la algarabía de la Navidad, la muerte parece una antítesis mayor.

A Don Diego, el agricultor, lo conocí por Moisés, su undécimo hijo. Estas líneas son para él y su familia, y para Elba, Carlos, Fermín y muchos más que vieron partir a seres queridos durante el año que ya acaba. Para ellos no habrá adaptación tecnológica ni genética que despeje la dura Natividad pero sí la opción de abrazar las mejores iniciativas humanas con devociones culturales que nos hacen sentir acompañados. No hay ciencia que lo explique, solo humanidad que se vive.

* Columna que se publica regularmente mediante un acuerdo de colaboración entre La Perla del Sur, Claridad y 80grados.