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Compartir un cigarrillo: Félix Jiménez y el regalo incalculable

14 de abril de 2024 by Juan Carlos Quiñones Leave a Comment
[dropcap]N[/dropcap]o intimé mucho con Félix Jiménez pero lo consideré mi amigo, quizás porque el compartir cigarrillos le da a uno ese privilegio, o porque me hizo uno de los regalos más maravillosos posibles. Platicamos varias veces sobre literatura en la segunda iteración de la Librería La Tertulia, cuando estaba ubicada en la Avenida Ponce de León. Alguna vez me regaló un Marlboro Rojo de los era asiduo, y quien ha sido fumador sabe lo que en ciertos momentos significa ese regalo. Creo que era uno de esos pocos escritores donde la belleza en su blandir de la palabra iba a la par de una agudeza crítica superlativa. Recuerdo claramente su pecho siempre algo inquieto como quien acaba de correr una distancia corta sin que nadie lo andara persiguiendo. También su voz algo hipóxica, con la última sílaba de la frase que estuviera diciendo casi desaparecida y la penúltima alzada. Pero lo más que recuerdo de su hablar era un gesto muy hermoso e idiosincrásico en el que ladeaba e inclinaba la cabeza hacia el pecho agitado al hablar. Ahora voy en la guagua y recién me entero de su muerte, voy escribiendo este texto en el telefonito a dos pulgares y recuerdo claramente que alguna vez me dijo que el iba en guagua a dictar sus clases en Sagrado. Puede que ese recuerdo yo me lo invente. La claridad de los recuerdos no garantiza su veracidad, y el cariño triste enturbia la memoria tornándola antojadiza. Uno quiere entablar paralelismos entre la vida propia y la de aquel apreciado que ya no vive. Estoy seguro de que nadie en el mundo entornaba la cabeza como Jiménez al hablar. Tampoco me queda duda de que nadie escribió o escribirá, pensó o pensará como él.

Hace muchísimos años, Félix Jiménez me obsequió sin saberlo una de las alegrías más grandes que puede regalársele a un joven escritor. En el 2004 Jiménez publicó su libro de crítica cultural y literaria “Las prácticas de la carne”. He gugleado el dato mientras la guagua se bambolea, porque de esos años mi memoria es un territorio de desastre por causa de mi alcoholismo. Ha de haber sido ese año o uno o dos después que yo leí ese libro como leí tantos otros, acostado en un sillón grande que había en La Tertulia, gracias a la generosidad de su dueño. Pero nada podía haberme preparado para encontrar lo que hallé en el libro. Allí, Félix Jiménez realizó el primer comentario crítico sobre un texto mío.

Debo aclarar que su comentario no pasó de algunas líneas. Aún así, quien no haya dedicado su vida a escribir literatura difícilmente podrá comprender el tamaño de la emoción que uno siente al ver su trabajo comentado por un crítico literario de esa altura. Recibir ese espaldarazo crítico a poco tiempo de yo haber publicado mi primer libro fue y sigue siendo una de las más memorables felicidades que este oficio me ha brindado. No llevo cuenta de las menciones bibliográficas que ha recibido mi trabajo, y eso es una vagancia de mi parte, ya que no creo que lleguen a la decena. Por diversas razones que no creo que tengan nada que ver con la calidad de mi trabajo, este ha sido más bien ignorado por la crítica. Creo que soy un escritor de pocos lectores, y esto no me apena en lo absoluto. Recordar, cómo hago hoy, que tuve por lector a un escritor de la talla de Félix Jiménez me hace sentir más que satisfecho con el saldo actual de mi carrera que continúa sin agite, sin que nadie me esté persiguiendo. Su lectura generosa entonces, hace ya tanto tiempo, me marcó indeleblemente convenciéndome de que yo era bueno en este arte y valía la pena continuar. Su gesto entonces, hecho en el momento preciso de la vida de un joven escritor, como el ladear de su cabeza, fue único.

Hoy siento profundamente su muerte, y siento no haberle podido agradecer ese regalo incalculable, por más que le haya agradecido el joseo ocasional de cigarrillos. Gracias a Félix (lo llegué a llamar por su nombre) y a la memoria de su gesto, hace tiempo aprendí que no importa la cantidad de lectores que tenga la propia obra, sino la calidad y la bondad de sus intelectos y sus almas. Quien escribe y ama apasionadamente la literatura sabe lo que significa ese regalo. Félix ha muerto, y hoy yo sigo escribiendo y no fumo y no bebo y vivo triste y agradecido.

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Juan Carlos Quiñones
Juan Carlos Quiñones
Alias Bruno Soreno, nació en el año de 1972. Estudió posgrado en Literatura Comparada. Ha sido premiado en diversos certámenes literarios y publicado en varias revistas de papel puertorriqueñas, venezolanas, argentinas y estadounidenses, además de otras revistas cibernéticas. También está incluido en antologías locales e internacionales como la Antología de cuento latinoamericano del siglo XXI, editada por Julio Ortega y publicada por la editorial Siglo Veintiuno, Mal(h)ablar editada por Mayra Santos Febles, y Ojo paralelo: antología de escritores dominicanos y puertorriqueños. Es autor, entre otros libros, de Brevario (Isla Negra, 2002), Adelaida recupera su peluche (La Secta de los Perros, 2011) y de Todos los nombres el nombre (Colección Maravilla, 2012).
Posted in: 80grados+, Cultura, Félix Jiménez Tagged: agradecimiento, amistad, cigarrillos, crítica cultural, crítica literaria, Emoción, escritores, escritura, Felix Jimenez, gratitud, influencia literaria, inspiración., La Tertulia, Legado, libros, literatura, literatura contemporánea, memoria, mentoría, recuerdo

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