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El Lastre del Brexit o la anomia británica


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Tomato Kusir

“♫ I’m never gonna dance again
Guilty feet have got no rhythm
Though it’s easy to pretend
I know you’re not a fool
I should’ve known better than to cheat a friend
And waste a chance that I’ve been given
So I’m never gonna dance again
The way I danced with you. ♫”
-George Michael

I

El 23 de junio de 2016 los ciudadanos del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte (RU) decidieron por mayoría plural de 52 a 48 por ciento sacar a su país de la Unión Europea (UE). El mandato implícito detrás del resultado compele al gobierno británico activar, en el momento que sea estratégicamente oportuno, el Artículo 50 del Tratado de Unión Europea (TUE, Tratado de Lisboa) que dispone el procedimiento para que un estado miembro comience las negociaciones que le permitirán salir del bloque de naciones que comparte un mercado común y una serie derechos cobijados en el mismo.  Se rechazó con la votación los estatutos que permiten, entre otras disposiciones, una ciudadanía común, el libre movimiento de personas, trabajo y establecer residencia en cualquier país incluido en el espacio jurídico y territorial de la Unión Europea (UE), así como derechos sociales, laborales y civiles dispuestos por una carta de derechos incorporada en el TUE e inserto en las legislaciones nacionales de los Estados miembros. Esa es la complicada magnitud de la Unión Europea a la que el electorado británico recién dio la espalda, creando una reacción en cadena sentida no solo en suelo británico y el continente europeo, sino también en los mercados financieros cuya jornada el 24 de junio reflejó esa sacudida violenta.

Pero dejemos brevemente de lado el efecto en la economía política. El capital, respaldado incondicionalmente por el Estado, aún en precariedad económica y con un andamiaje prestatario global que impone los más estrictos arreglos fiscales en contra del bienestar común, es “resiliente” y sabrá en su momento fijar el precio oneroso de la salida británica. Precisamos de entrada mirar el impacto integralmente político. Igualmente, me compele reflexionar alrededor de otras variables que se manifestaron claramente durante el proceso: la brecha generacional, la brecha geográfica y la profunda zanja socioeconómica creada por el thatcherismo.

II

Las circunstancias elementales alrededor de la ascensión del Reino Unido a la Unión Europea como Estado miembro fueron iguales de escabrosas que su salida. Para un ente como el Reino Unido en el periodo de la Posguerra embebido simultáneamente en nociones paralelas de imperio (en la contemporaneidad, nostalgia de…) e insularismo (a la vez, aislamiento e introspección que alimenta un mito tergiversado de excepcionalidad) su elevación fue matizada por un discurso políticamente ambiguo y, una vez adentro, por la tirantez en la relación bilateral. Así, el rechazo del Reino Unido a entrar en la primera etapa de fundación y arranque de la Comunidad Económica Europea en 1957, año de la firma y ratificación del Tratado de Roma, se da en el contexto de la dinámica imperial que aún prevalece en el RU. Las razones económicas son de peso: el Reino Unido todavía tiene colonias y, encabezando de la Mancomunidad Británica de Naciones, mantiene una dinámica neocolonial con las que han salido de su yugo al mismo tiempo que, en virtud del eufemismo de relación especial, el RU se suscribía estratégicamente de manera incondicional y subordinada a los Estados Unidos. Imaginario un tanto precario pero funcional para un Reino Unido todavía agotado y abrumado por el racionamiento de bienes instituido durante la Segunda Guerra Mundial que concluyó a mediados de la década del 50 del Siglo XX (ver, Hugo Young [1999], This Blessed Plot).

La retórica entusiasta de Winston Churchill sobre los Estados Unidos de Europa iría acompañada de ambigüedad alrededor del papel que jugarían los británicos en la noción embrionaria del proyecto de integración Europeo. Así, la incertidumbre identitario-estratégica británica en el periodo inmediato al fin de la Segunda Guerra Mundial figuraría prominentemente en los pensamientos de la institucionalidad política en el país. Por tanto, a la pregunta: ¿cuál rol para el Reino Unido en la Posguerra? las respuestas seguirían siendo, forzadamente, imperio más consentimiento categórico al hegemón estadounidense. La crisis del canal de Suez confirmaría su humillante condición estratégica (Derek Brown, escribió un buen análisis cronológico en The Guardian; ver también este narrativo de Laurie Milner en la BBC).

La nueva realidad de la Posguerra induciría al Reino Unido a dar una segunda y definitiva mirada al proyecto de integración europea, no sin antes enfrentar otro obstáculo en la forma de Charles de Gaulle y sus designios distorsionados de excepcionalidad francesa que vedaría la entrada del Reino Unido de la CEE durante la década del 60. Solo la muerte del “padre” de la Francia contemporánea y una coyuntura (ruptura) económico-histórica crítica en el año 1973, el año en que nos percatamos de que éramos adictos al petróleo y que la (im)posible estanflación se hizo realidad, creó las condiciones necesarias para que la Gran Bretaña finalmente se insertara, junto con la República de Irlanda y el Reino de Dinamarca, en la primera gran expansión de la CEE.

La década del 70 marcaría entonces el escabroso camino que culminaría la noche del 23 de junio de 2016. En el curso de dos generaciones el Reino Unido a partir de su entrada como Estado Miembro de la Unión Europea cuestionaría irritantemente el proceder de esta, obligando a sus socios a malabarismos discursivos y políticos que la academia denominaría a partir de la actitud renuente del nuevo miembro: Europa de dos velocidades, de geometrías variables. El Reino Unido obligaría a la marginalidad cualquier proyecto manifiesto de mayor integración y coordinación política y fiscal en la Unión Europea111 Sucesivos gobiernos británicos resistirían marcadamente tanto en la transferencia del ejercicio del poder, prerrogativas soberanas, del Estado miembro al ente supranacional menoscabando la aspiración de entusiastas de la noción de ever closer union (premisa contenida en el preámbulo del Tratado de Roma). Así, la gestión británica dentro de la UE dio vida al nominativo de opt-out. Igualmente, a través del cabildeo expreso en sucesivas cumbres intergubernamentales, fueron los británicos, principal, pero no exclusivamente (las derechas y “centro” izquierdas continentales también consentirían), los que compelieron a sus socios a adherirse a las nociones y práctica ortodoxa de liberalismo económico – luego de Thatcher habremos de añadirle el prefijo neo – que harían primordial al mercado común por encima del proyecto político, y definitivamente social, estos últimos principios a las que el RU simplemente optaría por no participar.

Sin embargo la incumbencia de Margaret Thatcher establecería la fisura profunda en la relación con el resto de los socios del bloque acoplada sobre dos premisas discursivas debatibles: 1) el Reino Unido paga en exceso la partida que contribuye al presupuesto de la Unión Europea y 2) el RU no se ha beneficiado de los fondos de inversión y las transferencias provenientes de la UE.1 El Thatcherismo iniciaría y cultivaría de manera exponencial el euroescepticismo como práctica política pasando así de la periferia de los extremos ideológicos británicos para convertirse en plataforma y proyecto singular de una facción nacionalista y esencialista del Partido Conservador (Tory) británico.

El hiato laborista de 1997 a 2010 hizo poco para combatir la ya evidente hostilidad de un sector sustancial del espectro político del RU hacia la Unión Europea, incluyendo el suyo.  Contando de entrada con un nutrido grupo de euroescépticos dentro del mismo partido, la relación del laborismo en el poder tanto con la UE como con las etapas trascendentales del proceso de integración europeo ha sido en el mejor de los casos menos que entusiasta. Ni la nueva – ahora vieja – izquierda  de las décadas del 60 y 70 (siempre sospechosa de la ausencia de primacía de lo social dentro del proyecto europeo), ni  las huestes “modernizadoras”, preocupadas de mantenerse electoralmente prometedoras ((El término, ‘electoralmente prometedor’ es de la autoría del joven Udell Calzadillas Chávez. Udell, estudiante de bachillerato de la Universidad de Nuevo México, tomó mi curso de Partidos Políticos Británicos mientras era estudiante de intercambio en UPR, Río Piedras. La acuñación del mismo se dio en el contexto de la discusión en clase y ha sido uno de los términos que más he utilizado en mis intervenciones mediáticas. Gracias, Udell.)) pregonando el “centrismo radical” de la tercera vía, que movió el laborismo hacia la centro-derecha en la década del 90, procuraron algún tipo de discusión/debate nacional en torno al estado de situación del país desde su ascensión como miembro de la UE.2 Y esta era la coyuntura perfecta. Fue precisamente, a mediados de la última década del siglo XX y la primera del siglo XXI que el impacto de la inversión de la UE en el Reino Unido se hizo sentir en materia socioeconómica, revitalizando la infraestructura especialmente en los decaídos centros urbanos del norte de Inglaterra: Manchester, Liverpool, Sheffield, Newcastle, ciudades escocesas (Glasgow, particularmente) y el suroeste inglés (Cornwall). Igualmente, el andamiaje académico, cultural y laboral suscitado a través del principio de libre movimiento promovido por la Carta de Derechos y el Tratado de Unión Europea en sus múltiples acepciones permitió a los británicos, tanto de las generaciones X como la Y (los millennials), hacerse con múltiples coyunturas de estudio, trabajo y estadía. Todo un continente disponible para ellos, así como para los Baby Boomers que, aprovechando el alto valor de la libra esterlina, optaron por retirarse y establecer residencia en climas más agradables como la Costa del Sol en España.  Podemos cuestionar el alcance de los beneficios, así como de los estatutos comunitarios que permitieron esta transformación. Pero es innegable que en el último cuarto de siglo la simbiosis sociocultural y socioeconómica experimentada por los británicos en el continente es observable y cuantificable. Siendo la evasiva la norma, el laborismo en el poder permitiría que los adversarios de la integración europea definieran los términos del debate. La ausencia de discurso y acción también es policy.

La evolución de la plataforma euroescéptica adquiriría un carácter irritantemente permanente dentro del Partido Conservador, creando crisis internas a la menor provocación.  En la coyuntura actual, esta se personificaría en las figuras prominentes de Boris Johnson, exalcalde de Londres y miembro del parlamento y Michael Gove, también miembro del parlamento y exministro de justicia, ambos prominentes euroescépticos y principales portavoces de la campaña del Leave. Igualmente, ese euroescepticismo irrestricto engendraría la base populista sobre la cual Nigel Farage, miembro del Parlamento Europeo y patológicamente anti-Unión Europea, montaría el UK Independence Party, o UKIP cuyo objetivo resoluto es la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Fueron estos los portaestandartes que asestarían el golpe final, y hasta el último minuto improbable, de la victoria del Leave en el referéndum.

III

La campaña proselitista previo al referéndum comenzó a mostrar de entrada los fisuras en el campo de Remain. En términos de conformar un argumento sólido alrededor de lo positivo de continuar la membresía del Reino Unido en la Unión Europea, no se pudo articular un argumento sensato, ni de sentido común que apelara a la ruralía inglesa. Ese Little England ((Ver, Emile Simpson, ‘Welcome to the Fantasy Island of Little England’, Foreign Policy, 17 de junio de 2016; también, Neal Ascherson: ‘From Great Britain to Little England’, 16 de junio de 2016.  Igualmente, el periódico The Guardian, reimprimió una columna de Hugo Young titulada: ‘The Eurosceptics’ Little England is a claustrophobic timewarp’ – why I’m glad to be a European’, 14 de junio de 2016.   Para una vista panorámica de los ingleses ver, Jeremy Paxman, The English: A Portrait of a People, Londres: Penguin Books 1999)) de villorrios y ciudades pequeñas, conservador, insularista, eminentemente inglés, y ahora galés, decidió por el resto, amarrando consigo tanto a la generaciones más jóvenes como a escoceses y norirlandeses. Esta es la Inglaterra de lectores, ávidos y acríticos, de tabloides superficiales vendidos en supermercados y tiendas de conveniencia local; de disposición sospechosa, simultáneamente de la ciudad (liberal, laborista, de izquierda, tolerante y entusiasta de la diversidad); temerosa tanto de la extranjería (la legal y la ilegal).  Esta es la pequeña Inglaterra suspicaz y resentida de los escoceses por atreverse a cuestionar, en referéndum también, los términos del contrato social contenidos en el Tratado de Unión. Esta es la generación moldeada por Thatcher, conforme con la arbitrariedad del mercado.  Puesto que paralelo con ello existe el imaginario de optar por el sub-trabajo, por la jornada laboral precaria e indigna. Ninguna mesura de Europa les haría pensar de otra manera, mucho menos en términos sociales. Para los pequeños ingleses, implícitamente, no hay sociedad. 

El argumento económico a favor del Remain tampoco fue efectivo. Dependiendo casi exclusivamente de especialistas arrimados a los números, la formulación de un argumento sencillo y convincente que reseñara la bonanza económica del Reino Unido con la Unión Europea y los estrechos lazos de interdependencia compleja eludía el raciocinio y el lenguaje del tecnócrata. No es sorprendente, en un mundo donde la alienación del ser humano con el producto de su labor es mucho más absoluta. Sobre todo, en el contexto de la burda cultura y exaltación del exceso, es difícil relacionar el fenómeno laboral (particularmente en el sector de servicios) con el impacto de la legislación/regulación producto de la institucionalidad europea. Dependería entonces de los políticos y de su habilidad para manejar el mensaje minimalista o sound byte.  Aquí también hubo disloque.  Me refiero primeramente al hecho de la falta de convergencia o causa común de la clase política alrededor de la causa para quedarse. David Cameron, quien abrió la puerta por la cual el diluvio del Brexit penetró al convocar el referéndum, y George Osborne, ministro de finanzas en aquel entonces, cargaron con el peso mayor del argumento mientras el resto del establishment Tory carecía de ímpetu europeísta. A la par, la tibieza del Partido Laborista bajo el liderato de Jeremy Corbyn posiblemente contribuyó a la debacle refrendaria. Su renuencia a hacer campaña junto a Cameron aportó a la percepción de que el mensaje de Remain era uno fragmentado y carente de estructura.  

Ante ese escenario ambiguo, todo lo que la campaña de Leave tuvo que hacer fue señalar primeramente la complejidad del argumento económico del Remain y contribuir su propia fantasía económica. Segundo, y letalmente efectivo, acusar a la campaña de Remain de instigar miedos irracionales sobre el prospecto de una salida británica de la UE. Algo que designaron de manera contundentemente efectiva como Project Fear, que, conjuntamente con su propio ejercicio demagógico, colocando miedos alrededor del fenómeno de la migración en Europa, quedó inserto en las mentes y ansiedades de los británicos.

IV

Las lamentaciones de la evidente quebradura no esperaron al amanecer. Mencioné arriba que el capital es resiliente, pero lo es en función de la extenuación psicológica producto del manejo especulativo. Me refiero específicamente al elemento humano detrás del capital, aquellos hombres y mujeres que manejan sus transacciones y transferencias, no solo a través del conocimiento especializado, sino también reflejo de sus ansiedades personales influenciadas por las firmas para las que trabajan y por los altibajos de la dinámica del mercado. Ello crea la falsa ilusión que le sostiene a través de los tipos de cambio de moneda, el valor imaginado del bien y servicio y de aquellas entidades que juzgan la solidez crediticia arruinando consigo – con impunidad y sin consecuencia – el bienestar social y la tranquilidad psico-emocional de las comunidades humanas. El Estado, pretendido impotente y con poca perspectiva, es un espectador resignado y anuente ante los ajustes de tono brutal que el capital financiero realiza para mantener su afluencia y tras lo cual quedan residuos en la forma de miseria y desarraigo. Así, el primer indicio de que el Reino Unido se asomaría al borde precipicio se dio en la forma de una fluctuación sinuosa y brutal de la Libra Esterlina.  En la madrugada del 24 de junio, la moneda británica perdería un tres por ciento de su valor con relación al dólar estadounidense, su cotización más baja desde 1985 y con ella trillones de dólares de bienes y servicios en acciones a ser intercambiadas en el mercado de valores.  El turno de Moody’s tampoco se hizo esperar: inmediatamente declararon la salud crediticia del Reino Unido de ‘estable’ a ‘negativa’ sin ningún otro criterio que el del resultado de la voluntad mayoritaria de los votantes que optaron por Leave. Igualmente, el clima de inversión se vio adversamente afectado. Tanto la adquisición de propiedad como del asentamiento de firmas comerciales en el RU tomó un giro contingente como resultado del clima incierto que produjo el Brexit. No hay que ser especialista para notar el patrón preocupante del clima financiero británico en una economía que depende críticamente de la inversión extranjera y de la exportación de sus productos (sesenta por ciento) al mercado común.

El golpe fue más allá del sector financiero. El referéndum mostró las zanjas profundas en la sociedad británica ya aparentes en los últimos dos eventos electorales: el referéndum de independencia de Escocia el 18 octubre de 2014 y las elecciones generales del 5 mayo de 2015. Primeramente, el auge del nacionalismo inglés producto de la transformación del Reino Unido a la luz del referéndum escocés fue perceptible. A pesar de que su resultado mantuvo la integridad del RU, el país no se levantó igual. El ex-primer ministro Gordon Brown no lo pudo resumir mejor: “el Reino Unido se dirige hacia un Estado federal”.3 Sin embargo, el impacto en la psique colectiva inglesa fue significativo y determinante en sus motivaciones como en la conducta política examinada posteriormente. Los reclamos de “English Votes for English Laws” luego del referéndum en Escocia fue el preámbulo sobre el cual se construye el argumento esencialista del reaccionarismo en el nacionalismo inglés. La frase obviamente no es producto del clima de optimismo sobre el cual, luego del 18 de octubre de 2014, se montaría un reclamo expreso de devolución de poderes plenos a las ciudades y regiones en Inglaterra. Todo lo contrario, es la recuperación (the West Lothian question) de un argumento de exclusión expresa de las partes no inglesas del Reino Unido de toda legislación y política pública que afecte fundamentalmente a Inglaterra, pero que, en virtud de que son consideradas por el parlamento británico, legisladores de todos los componentes de RU tienen derecho a votar. A mi juicio, esta disposición se manifestó abiertamente en los resultados de las elecciones generales británicas en mayo de 2015 y tuvieron su última satisfacción en el referéndum en el que el Brexit prevaleció.

La brecha es evidente sobretodo en Escocia. De inmediato y a pesar de nuevos escollos, Nicola Sturgeon, líder del Partido Nacionalista Escocés (SNP) y primer ministro de Escocia, declaró que el resultado de la votación a favor del Leave cambia las premisas sobre las cuales los escoceses asienten la continua relación de su país con el resto del Reino Unido. Por lo cual, el SNP hará todo lo que esté en su poder para preservar los beneficios que el vínculo con la Unión Europea ha traído a Escocia y se reserva el derecho de convocar un segundo referéndum para revisitar la cuestión sobre su independencia. Existen varios problemas aquí y precisarían de su propio espacio, pero baste con decir que en el caso escocés la validación del contrato social que les une al resto del Reino Unido se dio en el entendido de que este último como ente estaba inserto en la Unión Europea con obligaciones y derechos correspondientes que los escoceses, en virtud de ello, disfrutaban. Por tanto, si los términos del contrato social están a punto de mutar por la salida, ¿no es esta brecha causa primordial para revisitar la cuestión de preservar el Reino unido?

Igualmente intrigante es el caso norirlandés, cuyos ciudadanos al igual que los escoceses votaron mayoritariamente a favor de Remain. Luego de décadas de conflicto catastrófico entre unionistas y republicanos el dilema de la salida les aflige. No es una cuestión de que la entrada simultánea del Reino Unido y de la República de Irlanda en la Unión Europea hiciera el asunto de las lealtades o de la aspiración de continua unión al RU o anexión al resto de Irlanda uno académico, no lo fue. Sin embargo, el concepto de fronteras abiertas que trajo consigo la pertenencia de ambos Estados a la Unión Europea contribuyó perspectiva sustancial para menoscabar las violencias articuladas por los extremos en el mismo. Ello, en conjunto con los cambios de mentalidades y generacionales, el hastío de la violencia y la voluntad política tanto del Reino Unido, la República de Irlanda y los principales protagonistas (Partido Unionista Democrático, Partido Unionista del Ulster, Sinn Féin-Ejército Republicano Irlandés y el Partido Social Demócrata y Laborista-SDLP) hicieron posible que el Acuerdo de Paz para Irlanda del Norte se suscribiera el 10 de abril de 1998. Desde entonces, tanto la generación que vivió colectivamente el trauma violento como aquella que nació luego del 98 y que está próxima a llegar a la adultez, han vivido bajo el manto convergente de apertura/espacios abiertos, inversión y desarrollo económico tanto de Gran Bretaña como de Irlanda y una cultura en donde la violencia se circunscribe casi exclusivamente a los grupos desafectos de ambos bandos del conflicto que no pueden desvincularse de ella, convirtiéndose en gangas criminales. Así, y a pesar de lo improbable de una vuelta a la violencia, la posibilidad de un distanciamiento, real o imaginado, entre Belfast, Dublín y Londres crea ansiedad ante la interrupción de la dinámica pos-conflicto y posibilidad manifiesta de precariedad económica en la provincia.

V

Finalmente, nos encontramos ante una disyuntiva única. La posible fragmentación política, social, económica, cultural de dos experimentos colectivos de gran envergadura: el Reino Unido y la Unión Europea. De este último, las fallas de sus instituciones en lidiar con  disyuntivas, producto de sus ciclos recurrentes pudieron ser factor significativo. Así, el pésimo manejo de la coordinación de la política fiscal – atributo que sigue siendo prerrogativa soberana de los Estados miembros – contribuyó considerablemente a los problemas estructurales encarados a partir del colapso financiero de 2008.  Ante los escollos encontrados por la moneda común, el euro, cuyo organismo principal, el Banco Central Europeo, paralelamente no sometió a escrutinio la viabilidad de la economía griega para entrar en la unión monetaria y luego de la implosión económica griega de 2009-2010 le impuso un régimen inexorable de austeridad sin la más mínima consideración del desarraigo colectivo de los griegos, dos epítetos quedaron impresos: indiferente y cruel. Adjetivos que también describen la actitud y el manejo de la UE en torno a la crisis de refugiados. El panorama es menos que alentador y ante el auge paralelo del populismo en Europa hay pocos indicativos optimistas que los entusiastas europeos en el Reino Unido puedan señalar.

El Reino Unido precisa de reformularse. Si, en efecto, los procesos electorales de los últimos dos años (referéndum en Escocia, elecciones generales y referéndum europeo) son un indicativo, entonces el modelo unitario y centralizado alrededor del cual se moldea la institucionalidad británica está en crisis.  Por tanto hay que plantearse el federalismo como proyecto alterno, así como la representación proporcional, en términos electorales, de modo que refleje la metamorfosis cultural, generacional y demográfica y de procurar una discusión pública que informe a los funcionarios electos sobre las aspiraciones, pero también las ansiedades del demos. Ello, para realizar ajustes sobre la marcha y en virtud del mandato electoral que les permite sentarse en el parlamento para tomar decisiones a nombre de todos los británicos. El referéndum como alternativa es, en el mejor de los casos un arma de doble filo y en el peor – en momentos de crisis y susceptibilidad económica, más aún – un ejercicio de auto-cancelación con consecuencias potencialmente nefastas. David Cameron nunca debió abrir la cuestión existencial y ahora Theresa May, la nueva primer ministro, sienta la pauta resignada del mandato directo del pueblo, que señaló la orientación a tomar, hacia la anomia sumada.

La democracia es relativa, contingente, precaria; existe en constante estado de fluidez.

  1. Para un acercamiento académico sobre las dificultades enfrentadas en el proceso de integración europeo, no exclusivamente circunscritas al caso británico, ver: Liesbet Hooghe y Gary Marks, ‘The Making of a Polity: The Struggle Over European Integration’, European Integration online Papers (EIoP) Vol. 1 Núm. 004 (1997); http://eiop.or.at/eiop/texte/1997-004a.htm. También de Liesbet Hooghe, ‘Europe divided? Elites vs. public opinion on European integration’, European Union Politics, Vol. 4, Núm. 3 (2003). Específicamente sobre el caso del Reino Unido ver: Gerald Schneider y Lars Erik Cederman, ‘The Change of Tide in Political Cooperation: A Limited Information Model of European Integration.’, International Organization, Vol. 48, Núm 4 (1994); https://kops.uni-konstanz.de/bitstream/handle/123456789/4216/schneidercedermanio1994.pdf?sequence=1; también, David Baker, Andrew Gamble y Steve Ludlam, ‘1846… 1906… 1996? Conservative Splits and European Integration’, The Political Quarterly, Vol. 64 , Núm 4 (Octubre, 1993).  La BBC tiene un reseña cronológica sobre esta década de tensiones entre Margaret Thatcher y sus contrapartes europeos. Ver: http://www.bbc.com/news/uk-politics-11598879. []
  2. Ver aquí, Matthew Broad, ‘Awkward Partners? The British Labour Party and European Integration in the 1970s’, en Guido Thiemeyer y Jenny Raflik (editores), European Political Parties and the First Direct Elections to the European Parliament (Baden-Baden, Nomos 2015).  En torno problemas del Partido Laborista con el proceso de integración en la contemporaneidad ver: Pauline Schnapper, ‘The Labour Party and Europe from Brown to Miliband: Back to the Future?’, Journal of Common Market Studies (Volume 53, JCMS Special Issue 2015). []
  3. El artículo de Gordon Brown, ‘This is Scotland’s moment of destiny’, The Guardian (12 de septiembre de 2014) enuncia la noción de soberanía compartida entre las cuatro naciones que componen el Reino Unido y entre este y las regiones y ciudades en todo su territorio. Lo que le acerca a un Estado federal.  http://www.theguardian.com/politics/2014/sep/12/scottish-independence-referendum-gordon-brown-moment-destiny. []

  • ManuelDomenech

    Los del Peñón de Gibraltar pegaron el grito en el cielo y quieren continuar en la UE. El cierre de la frontera con España donde algunos viven, volvería a traer la colas de vehículos. Además se les cierra el mercado español. Creo que este es el estudiante al que hicieste referencia. https://www.youtube.com/watch?v=D4nBDjSEzaY

  • Veronica

    El Reino Unido no es ni un “reino” y mucho menos “unido” es un engano asi como el ELA por intereses de los ingleses de ser el imperio mas grande del mundo. El imperio britanico es uno genocida, racista, colonialista y elitista de este EEUU aprendio. Los britanicos siempre critican a los alemanes, rusos y franceses por sus crimenes pero no ven la paja en su ojo ellos han asesinado a millones de personas y son complices de EEUU en muchos de sus crimenes y abusos. Lo mejor para Europa y el mundo es que RU se disuelva y que Escocia se independice e Irlanda sea una sola. La Union Europea no es perfecta para nada pero estaran mejor son RU, ellos nunca realmente se han sentido europeos. http://listverse.com/2014/02/04/10-evil-crimes-of-the-british-empire/