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Puerto Rico como condición


a Ivette Hernández y Luis Avilés

fracturaMás que un país, una nación o una colonia, Puerto Rico es una condición. Más allá de cualquiera de sus posibles y controvertidas formulaciones, Puerto Rico es también una posibilidad y un problema del pensamiento. Es simultáneamente la frontera máxima de América Latina y la federalización, en su variante “de ocupación”, del centralizador y progresivamente paranoico Washington. Territorio liminar desde siempre, la Isla es una suerte de Portugal de América. Ambos espacios-límites de continentes, los dos finibusterres, miran al “vacío” del Atlántico más que a lo que tienen a sus espaldas y a su alrededor. El océano ha resultado siempre conmovedor y alarmante y, como con lo real lacaniano, resulta imposible despegarle la vista. ¿Qué representa ese espacio? ¿Qué hay más allá? ¿Alguien encontrará el camino hasta nosotros? ¿Hay quién nos recuerda?

Como Portugal que se sale de Europa, la ubicación geográfica de Puerto Rico parecería ser una manifestación de la distracción: ¿qué hace ese muchacho o muchacha saliéndose del grupo? Al igual que un animal que se separa de la manada, despistado y alelado por un ruido o un olor, el país ha sido víctima desconcertada de múltiples depredaciones. En el milenario pasado, una sucesión indefinida de arahuacos y caribes construyen y reconstruyeron culturas y sociedades. En el periodo histórico, españoles, ingleses, holandeses, piratas internacionales, estadounidenses nos cogieron asando maíz, sin estar preparados, sin saber qué ocurría verdaderamente, pensando, ya en el momento de correr a esconderse, si no sería más propio y beneficioso pasar por el cuartel invasor a dejar una tarjeta de presentación. Somos el único país de América Latina conquistado dos veces, por España y Estados Unidos, pero antes y todavía hoy podría haber sido en más ocasiones. Vivimos en las afueras del mapa, casi en el campo que aquí es mar, las casas que son los países vecinos están más apiñadas, se llaman y se pelean desde los balcones, ya se sabe como son. Nosotros estamos casi fuera de eso, sentimos que venimos del este, de más allá del mar. Hasta los indios y los negros vinieron más o menos por allí. Los aztecas se dieron cuenta que Cortés no era un nuevo Quezaltcóatl venido del sol naciente. Nosotros todavía no estamos seguros.

Puerto Rico es una condición, es decir, un padecimiento, síntomas que se asocian con más síntomas, síntomas que buscan el nombre de importación de la enfermedad, para entonces sufrir sin dudas y con bibliografía, en grande. Así uno puede deteriorarse lúbricamente, con narración play by play de los vahídos, de los soponcios, de los bajones o subidones, de lo que se desploma por gravedad o falta de uso, de lo que comienza a gangrenarse y se le observa casi enternecido, como si fuera una maduración o un nacimiento puesto de cabeza. Al final, para no morir todavía, hay que amputar. En Puerto Rico son reconocidas legalmente 19 causas de incapacidad. La mutilación tiene sus privilegios: se le cuela en la fila, se justifica así la falta de esfuerzo y la fatalidad, se posee el derecho a los estacionamientos de impedidos.

Puerto Rico es una frontera en múltiples acepciones. Lo es geográficamente (hacia el noreste comienza el gran océano), lo es políticamente (un territorio ocupado, aislado, puesto en cuarentena por Estados Unidos desde hace 116 años), lo es culturalmente (el lugar donde comienza y simultáneamente termina América Latina). Los territorios de frontera son espacios en los que los significados se intensifican. En ellos el sentido habitual de las palabras y la noción típica de los conceptos son impactados más que en cualquier otro lugar por las fuerzas de la duda. Como en el delta de un gran río, las aguas se mezclan y no está claro qué es lo dulce, lo salado ni lo compuesto. Idealmente, las fronteras deberían estar habitadas por humanos sin lengua que se bastaran señalando con las manos o apuntándose con un rifle. Pero estas poblaciones no existen y los fronterizos tienen las mismas palabras que todos pero no les sirven de la misma manera. Primero que nada, como veremos, la frontera que es Puerto Rico es un problema de lenguaje.

El asunto no es nuevo. Llegados los conquistadores, ¿qué nombre le impusieron al territorio? No es el momento ahora de hacer el incierto recuento de cómo y cuándo la Isla de San Juan Bautista pasó a ser Puerto Rico. Basta decir para nuestro propósito que en las fronteras nada está escrito en piedra y, por ello, las palabras se vuelven más palabras que en otros lares; se hace mucho más patente que son sonidos, signos garabateados, que pueden sustituirse, olvidarse, recuperarse, renunciarse, reinterpretarse, reescribirse.

¿Qué es Puerto Rico? El problema, como dije, comienza por la lengua. En primera instancia (y quizás, trágicamente, tras sucesivas etapas), no abandonamos la semántica. “Puerto” es un lugar de arribo o de paso, también es una construcción humana, no es una costa o un río o una cordillera. El nombre no describe un espacio, sino que asigna y limita funciones. Decir “Puerto” Rico es como decir “Aeropuerto” Rico. De entrada, nuestro nombre es lo que dice otro de nosotros, es el peso de su mirada, no el nombre que le atribuimos a nuestro lugar en el mundo, sino el lugar que otros conceptualizaron. Un pequeño archipiélago se resume en un puerto: en un lugar de llegadas y salidas. El país no parecería tener interior, en la otorgación del nombre no es evidente que alguien se interesara por que lo tuviera. “Puerto” Rico es el procedimiento lingüístico de un colonialismo sin atenuantes.

En las primeras décadas de la ocupación estadounidense el “Puerto” se decía “Porto”. Esta palabra es probablemente una mala herencia lexical y cartográfica francesa, pero “porto” no es una palabra ni española ni inglesa ni francesa. “Porto” expresa la dejadez expresiva del colonialismo. Todavía la Real Academia Española acarrea la barbarie y pervivimos en el arcaísmo: “portorriqueños”. Es como si a los canarios les llamáramos “birds” o los castellanos “castellos”. No hace falta estar en lo correcto ni ser del todo preciso, porque ¿dónde se encuentra lo correcto en un país que no se autorrepresenta, cuando desde una autoridad propia no se determinan nombres, límites, legalidades? Puerto Rico es un uso lingüístico sin normalizar, cualquiera podría llamarlo cómo quisiera, que es como decir que cualquiera podría cambiarle el nombre, porque en nuestro caso, después de más de 500 años, la geografía todavía no se ha convertido en política. Queda un espacio abierto a cualquier vaivén del deseo o de la agenda. No hace tanto vimos como Guaynabo se convirtió en Guaynabo City. Nada, ningún nombre en Puerto Rico dispone de un certificado de nacimiento.

Puerto Rico es geografía y palabras. Una isla de las Antillas Mayores cuyo nombre, que en sí mismo ya es un manoseo, no puede listarse. ¿Se incluye a Puerto Rico en la lista de países americanos? ¿Se le incluye en los 50 estados de la unión estadounidense? ¿Existe en algún lugar del planeta que no sea el turbio cerebro de la familia Hernández Colón una lista de estados asociados y libres? ¿Alguien reconoce esta lista? Puerto Rico aparece en los mapas, desde los primeros mapas colombinos. Este ha sido su tope, su no-va-más. Lo demás han sido palabras: las del geógrafo o el navegante, las del pirata o el invasor y las nuestras, las que decimos y escribimos cada día por más de cinco siglos. Esas palabras que en nuestro caso son más-palabras, pluspalabras; más claros, hondos y desconsoladamente sonidos, marcas sobre papel, imaginaciones, derivas, sueños. No hay pueblo más determinado por la precariedad de la lengua que el puertorriqueño. Por esto mismo, debe haber pocos que, acaso sin saberlo, sean más literarios. Desprovisto de poder para autorrepresentarse, invisto por los demás, el puertorriqueño se enuncia incansablemente. Su existencia se da por la interpretación. No seríamos nada sin hermenéutica.

Como si colectivamente estuviéramos condenados a no salir nunca de los primeros años de la escuela primaria (no olvidemos la notoria catástrofe que es la educación en Puerto Rico), permanecemos atados a las primeras materias. Si bien, como hemos examinado, Puerto Rico es en primera instancia un problema de lengua, la extensión de su condición no se limita a los signos lingüísticos. El país es también un problema de números. Las operaciones aritméticas básicas: sumar, restar, multiplicar y dividir operan de manera desregulada en nuestras circunstancias. En un primer momento, pasa aquí lo mismo que con las palabras: ¿qué se suma, resta, multiplica y divide cuando los números no nos pertenecen o no nos incluyen, cuando solo calculamos con metáforas? ¿Cuántos puertorriqueños existen o parten o regresan o desaparecen cuando no existen ciudadanos puertorriqueños ni aduana que los contabilice? ¿Cuál es el crecimiento económico o su contrario en un espacio con parámetros que no comparten otras sociedades? ¿Cómo se calculan ganancias o pérdidas en las “industrias” de la construcción, de los planes médicos, de los salones de belleza? ¿Cómo se enumera esto si lo industrial puertorriqueño es importación y consumo y un nuevo problema lingüístico?

Como sumar, restar y multiplicar nos ha resultado siempre tan difícil y etéreo, nos hemos inclinado por la división. Es posible que este interés tenga que ver con nuestra condición de “Puerto” Rico, puesto que en la división queda implícito un viaje. Algo se parte y una porción desaparece, se esfuma, se lleva a otro lugar. La división es una forma de circulación, pero también de lejanía. Dividir, además, siempre representa tener menos.

El Puerto Rico de comienzos del siglo XXI ha quedado marcado por un fenómeno poco común: por primera vez en su historia demográfica la población se ha reducido y todos los indicadores apuntan a que esta tendencia continuará. Desde hace unos años, según los censos, vivirían en Estados Unidos más personas que se identifican como puertorriqueños que en su territorio de origen. Puerto Rico es un país dividido.

Pienso que nos debemos acercar a estas estadísticas con recato, puesto que la inmensa mayoría de esos migrantes son de “herencia” puertorriqueña y, por tanto, nunca fueron parte de la población de Puerto Rico. Esto no los despoja de su derecho a pertenecer a una cultura o nacionalidad, pero debería quedar patente que su vida hace mucho no se centraba en Puerto Rico. Sea cual sea el caso, el dato, es decir la división, resulta dramática. Son pocos los países que podrían decir lo mismo y, cuando esto ocurre, en la mayor parte de las ocasiones las causas son tétricas: hambrunas, guerras, desastres ecológicos. En la región del Caribe solo conozco un caso similar: Surinam. Luego de su independencia, más de la mitad de su población (marcadamente inferior a la nuestra) emigró a Holanda.

Aparentemente, la primera década de nuestro siglo ha sido la gran década de la inmigración en nuestra historia. Hemos superado la gran ola de migrantes de los años cincuenta y los que se van no tienen perfil: no son ricos ni pobres ni clase media ni profesionales ni desempleados. Son esto y todo lo demás que hay en la sociedad puertorriqueña.

Ya se percibe la huella de este éxodo. Las ciudades puertorriqueñas quedan en ruinas, abandonadas. Manzanas enteras en avenidas principales permanecen vacías. Por las aceras y aun por las calles apenas se transita. En lugar de sumar, restar o multiplicar, hemos dividido. La división es un productor de avencidad, puesto que dividir es distanciar. La división no es consecuencia de la inmigración reciente, sino un motor anterior que influye poderosamente sobre esta inmigración y sobre la sociedad puertorriqueña probablemente desde sus orígenes.

El interés de los puertorriqueños por la división se manifiesta de maneras que son difícilmente abordables y que a la vez parecen encontrarse en prácticamente todos nuestros empeños. Pienso que no exagero cuando formulo que el interés por la división opera como un tabú (cabría examinar cómo se saca interés, ganancia, de lo que divide, disminuye). Es lo inmencionable, lo ocultado al punto que su enunciación siempre es censurable.

La sociedad puertorriqueña crea distancias máximas en espacios mínimos. El poder, la familia, la organización de la economía o la cultura derivan en esta dirección. Este derrotero produce dos efectos: una intensificación claustrofóbica del espacio (la distancia achica) y la creación de relaciones antisolidarias. Irónicamente, en una cultura obsesionada por las dimensiones menguadas de su isla, su producto más común y más inconfesado es la distancia, en otras palabras, el tamaño de lo que separa. La sociedad puertorriqueña divide y, por hacerlo, extravía, pierde, exila. En Puerto Rico todo parece alejarse indefinidamente. Aparte de factores como la crisis o la pobreza que resultan más evidentes, la división y las distancias resultantes explican el particular tenor de nuestras circunstancias. La cultura sonriente de la isla tiene una contracción en el rostro. Un puertorriqueño es un sistema de divisiones y distancias, de ahí su comodidad para lo tribal político, para lo tribal de clase. Divide, distánciate, excluye para ser, es su máxima cartesiana. Achica, vacía para ser menos y así individualmente destacarse más. La emigración participa también de estas fuerzas: el puertorriqueño lleva su estructura de divisiones a su nuevo espacio y la reubica. A diferencia de otros grupos migratorios, apenas se organiza para unirse y ser o parecer más fuerte. La división lo llevó al exilio, bajo ésta vivirá en él, a ésta regresará si un día vuelve a la isla. Por las fuerzas divisorias que vengo describiendo, un puertorriqueño es un exilado siempre sin importar si está en el país o lejos de él. Su exilio es el de la lengua y los números. Incierto entre las palabras, usando los números para distanciarse, la relación con sus compañeros de comunidad se manifestará a partir de reticencias y sarcasmos. Rara vez, de manera perdurable, podrá construir algo con otro. Se regresa una y otra vez a la división, a la distancia, a la lejanía, que separa de los demás. La “guagua aérea” es simultáneamente una metáfora descriptiva y una propuesta de una ingenuidad casi enternecedora. Aunque lo use, la sociedad puertorriqueña nunca viaja en transporte colectivo. En cada asiento de los aviones, el puertorriqueño viaja en su auto. Viaja fantasiando la separación, reafirmándose en la división.

Las palabras son fantasías de compensación. En un universo donde la misma existencia de los puertorriqueños carece de realidad legal, las palabras son la única realidad. Somos palabreadores incansables, obsesos de los signos lingüísticos. El discurso puertorriqueño está plagado por las pausas, por los baches de alelamiento en los que los hablantes buscan las palabras cuya realidad nunca ha estado. El ser político del puertorriqueño nunca ha enunciado nada que no sea un juego de palabras.

Ni los vocablos ni los números han estado con nosotros, nunca verdaderamente nos han pertenecido. Nuestro uso de ellos es una adaptación a su ausencia y debemos conformarnos con hablar y contar sin producir sentido. De aquí, nuestras “uniones permanentes” (¿debo aclarar que mi mano está permanentemente unida a mi brazo?); nuestros plurales singulares e imaginarios: ciudadanía común, moneda común, mercado común, defensa común, estado libre asociado; nuestros contrasentidos: estadidad republicana, estadidad jíbara, ELA desarrollado, ELA soberano, etcétera. Cabe preguntar: ¿Qué decimos? ¿Quién nos cree? ¿Quién nos escucha?

He aquí el lugar en que la condición de un pueblo se convierte en su tragedia. La isla que se pensaba saliéndose del mapa ya no está en el mapa. Ha desaparecido. En la proverbial bullanguería boricua habita un silencio abismal. Nadie tiene que contestar cuando nadie habla y aun si, como ocurre de tarde en tarde, cuando unimos palabra con sentido y decimos algo, nuestros vecinos, Washington o cualquier capital u organismo están acostumbrados a que no hablemos. No hay que escuchar a quien juega con las palabras. Solamente hay que entretenerlo.

Llevamos siglos sufriendo la perversidad de nuestros compañeros de juego. Llevamos siglos creando distancias entre nosotros. A pesar de lo que se podía imaginar, hemos sobrevivido. Si algo ha probado la condición de los puertorriqueños es que estos no son reducibles a su enfermedad. Casi sin palabras, casi sin números, la vida sigue en nosotros. Relegados por la historia al hábitat extremo del colonialismo, constituimos una lección de resistencia.

Cada generación de puertorriqueños es la superviviente de un mal terminal. Se permanece con vida, pero la vida se deteriora, se vacía, se empobrece.

En el budismo zen es común que los monjes sientan la proximidad de la muerte. Una extraordinaria tradición poética se ha creado de esta lúcida consciencia del fin. En 1555 Taigen Sofu escribió este poema de muerte:

Levanto el espejo de mi vida
y lo llevo a mi cara: sesenta años.
De un golpe destruyo la imagen.
El mundo como es.
Todo en su lugar.

Desde muy temprano en mi vida he pensado el lugar que me ha tocado. Miles y miles de páginas, dibujos, fotografías, amigos, amigas, hijos, padres, enemigos, extraños. De un golpe lo destruyo todo. Puerto Rico como es. Todo en su lugar. Digamos, antes del final, las palabras desnudas.

Conferencia leída en la Convención de la Asociación de Estudios Puertorriqueños celebrada en Denver, Colorado, EE.UU., en octubre de 2014.

  • Bori

    Puerto Rico es una colonia y aparthaid a la vez. Para mi es una ficción histórica. La resistencia y patriotismo borikua siempre ha estado en Borinken, ese terreno-espacio de todos los boriqueños y borinqueñas que lo afirman, ocupan y dan vida soberana.
    Borinken SIEMPRE ha sido la Patria que crece y se fortalece en cada instante que cada borikua ejerce su derecho soberano, inalienable y natural a auto determinarse a EXISTIR. Que viva Borinken y todos los borikuas que la afirman. He ahí nuestra existencia y vida. Que viva Agueybana y la resistencia indígena antillana, Valero de Bernabe, Bolivar, Barbudo, Betances, Ruiz Belvis, Bracetti, Hostos, Albizu, Corretjer, Isabelita, Blanca, Filiberto y tod@s los que VIVEN SOBERANAMENTE a Borinken. A los puertorriqueños los invito a agueybanarse y corretjerse y sean lo que son: borincanos y borincanas.

  • PeterOliva

    Excelente, Lalo! Te duele tanto tu Puerto Rico, porque la amas infinitamente.
    Tienes toda la razón con tu análisis. No hay peor ciego que aquél (o aquélla) que no quiera ver.

  • Kahlil Chaar Pérez

    Un detallito importante para romper un poco con el excepcionalismo
    portorricensis, y haciendo eco del comentario de Javier acerca la historia de invasiones compartida por las Antillas hispanas: Puerto Rico no es el único territorio que ha sido sufrido dos
    conquistas en las Américas. Por ejemplo, el territorio dominicano estuvo bajo el dominio español dos veces y bajo el de Haití
    durante casi treinta años durante el siglo XIX, además de la ocupación
    estadounidense a comienzos del siglo XX.
    Por cierto, cada intervención y ocupación de EEUU en las Américas podría
    leerse como un acto de conquista. Además, tenemos el caso de México bajo Maximiliano. Sí, la historia de Puerto Rico ha atravesado por una serie de eventos singulares asociados directamente a la carencia de independencia política. Pero como resulta evidente al tantear el pasado latinoamericano, la creación de una
    nación estado no implica necesariamente la creación de un estado soberano e independiente.

    • Eduardo lalo

      Estimado Kahlil,
      No pienso a PR desde la excepcionalidad, pero si creo que hay unas particularidades que he tratado en diversos textos. Una de ellas es la de las 2 conquistas. Muchos otros países como bien dices han sido invadidos y ocupados temporalmente, pero a mi parecer esto no es los mismo que una conquista. Hay 2 razones fundamentales: la conquista implica como en el caso puertorriqueño ante España y EE UU la desaparición de toda posibilidad de autorepresentación. No existieron ciudadanos puertorriqueños bajo España ni los hay luego del 98. Haití, Santo Domingo, Nicaragua, Granada, por ejemplo fueron intervenidos pero no conquistados. Quizá no es lo mismo neocolonialismo que colonialismo a secas. En segundo término la no construcción de un estado nacional, entre otras muchas cosas, impone un uso sui generis de las palabras y los conceptos. De ahí que el habla política puertorriqueña difícilmente pueda compartirse y haya que siempre estar interpretándola. Esto nos hace desaparecer doblemente: de los mapas y listados y del léxico. Gracias por tus comentarios. Saludos

      • Kahlil Chaar Pérez

        Eduardo, gracias por tu respuesta. Solo pretendía enfatizar puntos de conexión y continuidades, con el interés de ir más allá de la singularidad trágica que los letrados puertorriqueños llevan diagnosticando desde Tapia y Rivera y su noción de PR como el “cadáver de una sociedad que no ha nacido”. Tu mirada en torno a la “condición” de Puerto Rico ciertamente posee una sensibilidad y agudeza crítica que nos llevan a repensar las circunstancias históricas y culturales de dicha condición. Pero algo en mí no se identifica del todo con el aura melancólica que intuyo en muchos de tus textos, especialmente el énfasis en la desaparición. ¿Quizás sea un fenómeno generacional o el hecho de que interpreto el tema desde el otro Puerto Rico, que sigue reconfigurándose en EEUU? Por otro lado, podemos notar representaciones análogas en otras partes del Caribe e incluso el continente, cierta fascinación con autorepresentarse como no sujetos, desde el abismo o el vacío. En fin, como comenté en Facebook, si vamos a sumergirnos en el registro de la estetización, prefiero leer a Puerto Rico desde su costado tragicómico, enfocándome en el lado corrosivo de lo cómico, en lo que Rubén Ríos Ávila llama ‘la raza cómica”.

        • Javier Avilés Bonilla

          Si es cuestión de escoger la trinchera pues yo disparo desde la “melancolía” (Lalo prefiere hablar de “espesor”), para al menos ser coherente con lo que observo. Jamás un escritor puertorriqueño me ha invitado a mirar el espacio como lo ha hecho la obra de Eduardo Lalo. El participa de una herencia que, como bien dices encontró en Tapia un programa -un tropo que atraviesa el siglo-, que pasa por Blanco y no hay que olvidar, por Julia de Burgos “El mar asciende a veces la lápida del monte”. El bachateo metafísico es útil para limar las asperezas, mostrar el lado hostil de las esencias y como herramienta hermenéutica para asediar los templos culturales. Sin embargo, no sé si Puerto Rico necesita su Aristófanes ni si lo ha tenido; o quizá ese campo referencial ya sea insuficiente y lo cómico en el Caribe sea la verdadera forma de resistencia que adquiere el discurso literario e inbtelectual, la forma de subrayar la alteridad. Esa pepita siempre estará ahí para los que quieran hacerla germinar… Lalo prefiere tomar otro camino menos transitado, como el perro de Sínope. Llegar a la conclusión de que no hay escapatoria y precisamente por eso hacer brotar el gozo (que me perdonen los lacanianos) de ahí, hacer que las palabras salgan de AHI es un descubrimiento sublime, liberador. Si no pregúntenle a Nietzsche.

          • Kahlil Chaar Pérez

            Javier, gracias por tu comentario. Yo nunca diría que Nietzsche presumía ofrecer al lector un descubrimiento sublime, menos aún liberador, del mismo modo que tampoco idealizaría su pensamiento exclusivamente a partir de la teatro irrisorio del cual forman parte algunos de sus textos. Tampoco estoy tan seguro de que exista una relación lógica entre lo que propones: “llegar a la conclusión de que no existe escapatoria”, “gozo” y “el descubrimiento sublime, liberador”. Pero más allá del problema de pensar las posibilidades de estos saltos, quizás la raíz de nuestro desacuerdo–y mi rechazo a la corriente trágica en que se inserta Lalo–subyace en que no me siento interpelado por las apuestas a la negatividad en su acepción filosófica. Soy de los que piensan que este tipo de apuesta tiende a imponer una demanda imposible sobre el otro, que un grupo selecto–precisamente el que articula dicha demanda–solo se acerca a llenar. Por otro lado, me parece que es una apuesta algo romántica–lo cual se puede leer también en la fascinación de Heidegger y sus seguidores por los románticos alemanes e ingleses. No pretendo sugerir que ésta sea la mejor descripción de lo que intenta realizar Lalo en su escritura ni tampoco de tu propio pensamiento. Más que nada, parto de Lalo para articular mi lugar: de que me parece más productiva la tensión entre lo trágico y lo cómico, de modo dialéctico quizás, tomando en cuenta la estética y su costado político, para pensar más a fondo la condición que diagnostica Lalo con tanta agudeza. Gracias otra vez por tu intervención, a final de cuentas la realidad es que no estamos muy lejos en cómo nos acercamos al tema.

            • Javier Avilés Bonilla

              Gracias a ti por el gesto genealógico! ¿Romántico? Guilty as charge. Tollinchi hizo un buen trabajo de indoctrinación estética en sus cursos sobre romanticismo y modernidad. El mundo debe arder y la literatura es el lanzallamas. Sublime y gozo son palabras cargadas y sujetas a examinación y duda por el lector atento, te concedo ese round; ahora bien, “tradición” cada vez se va acercando más al status de esos conceptos añejos, un tufillo a cárcel se va escurriendo por sus rendijas. “Sublime” es posiblemente un remanente de mis afiliaciones románticas, para mí ligado a la experiencia física de de la estimulación literaria, especialmente si se empieza que esa venía ligada al activismo. Cada vez que se activa el “gen” romántico en coyunturas literarias específicas es porque sujetos particulares se han sentado a especular (y practicar) la conlindancia entre realidad material y voluntad estética. No digo que Lalo sea romántico, pero mi abordaje crítico quizá sí lo sea.

              En el fondo no diferimos mucho en cuanto al significado de Lalo, quizá diferimos un poco de su relevancia.
              Un abrazo,

  • Fernando H. Rivera Guzman

    A calzón quitao, no hay que doblarse tanto para que se vea lo alucidado…

  • Estaba justamente pensando en estas cosas, pero desde la óptica de la diáspora que lleva la condición adentro, casi como una enfermedad. Que sincronía tan bienvenida. Gracias.

  • Edgardo Daviú

    Sr Lalo:

    En la práctica, o camino de liberación para alcanzar la vacuidad, o nirvana del budismo, o la iluminación o samadhi del yoga, no debe estar ausente la proposición de soluciones a problemas u obstáculos que al superarlos nos liberan en este plano que nos ha tocado vivir. Le invito a que se fije en la corriente política puertorriqueña que, a pesar de estar al margen de los discursos y la historia oficial de nuestro país, ha afirmado y honrado, a sangre y fuego, la realidad potencial de lo que hemos sido, lo que somos, y lo que podemos llegar a ser como nación. Es en la incertidumbre del camino del caminante donde se pueden encontrar la identidad de nuestro verdadero ser y a la vez construir camino. Y en nuestro país hay un legado importante que nos invita a mirarlo como una piedra filosofal de nuestra herencia para hacer futuro.
    Saludos,
    EDV

  • Mario Alonso

    La palabra Porto aparentemente tiene su origen en la palabra romana Portus. Los romanos denominaban “portus” a lugares aptos para atracaderos a la entrada de ríos, ensenadas etc. Así tiene el nombre de la ciudad portuguesa Porto y que dio origen al nombre de Portugal pues los romanos y los lusitanos denominaban Callia la región noroeste de la Península Ibérica y al asentamiento existente en la desembocadura del río Duero donde se encuentra la ciudad de Porto. La teoría saxónica explica que los pueblos de esa denominación utilizan la palabra “port” para atracaderos y la palabra “call” en referencia de navegación costera a lugares aptos para atracar y reabastecer. De ahí también la palabra Port-of-call” que hubiera dado origen a la denominación Portugal. Portus aparenta ser la palabra romana originaria que fue saxonizada en “Port”. Sin embargo los pueblos indígenas de la región noroeste de la Península Ibérica de habla galaico-portuguesa pronuncian la palabra Porto como Puerto incluyendo los actuales portugueses originarios de esta región. Esto puede explicar que a Borikén los colonizadores hispanos denominaran Puerto Rico y los colonizadores saxónicos Porto Rico.

    • José Felipe González Pabón

      Gracias por esa explicación aclaratoria.

  • Daniel

    Puerto Rico es la cola de las Antillas Mayores y su “blancura” es envidiada y despreciada por los vecinos del otro lado del Canal, cual negros de Palés deseando “ñam ñam” a los otros; sus playas controladas por los ricos del norte; todos desplazando a los que pronto serán minoría en sus propias tierras. Puerto Rico no es metáfora solamente, es una serie de eventos históricos concretos a los que hay dar cara.

  • boricuaenlaluna

    estoy 100% de que somos una enfermedad mental, pero siento que ya morimos , que no es un Cotard delusion, sino la misma muerte. siento a Puerto Rico como un limbo que se repite y repite y repite – el mismo trauma colonial que nunca sana, la misma voz sicótica del capataz como una alucinación auditiva que te dice que eres un defecto de fábrica, el mismo narcisismo yo me mi conmigo tapando el bochorno de ser un defecto de fábrica, la misma violencia pasivo-agresiva de las relaciones interpersonales, la gente que habla y habla y habla y no para de hablar, la incongruencia entre lo que se habla con lo que se hace, la misma hiper-sexualidad sana que sana que sirve como premio de consolación colita de rana por todo lo que no se es capaz de lograr desde comprar una casa al sueño de juventud que nunca sucedió, la misma risa nerviosa, la misma cólera cuando no hay risa nerviosa, la ausencia de todo lo que existe entre una risa nerviosa y un episodio de cólera, la misma solución corrupta a la corrupción como método de resistencia, “son corruptos así que no me mato por ser honesto”.. el mismo patrón, el mismo loop

  • ManuelDomenech

    Creo que lo que dice de Puerto Rico se puede aplicar a las tres antillas hispanas. Las tres fueron colonizadas por España y las tres fueron invadidas por Estados Unidos. A Cuba le dieron la independencia con la Enmienda Platt que la hacía una neocolonia con la entrega de Guantánamo que hasta el sol de hoy no quieren soltar y a la República Dominicana de 1916 al 1924 y luego de 1965-66 de una manera abierta para dejar gobiernos neocoloniales.

    • PeterOliva

      A Cuba le robaron la independencia en 1898 con la intervención norteamericana. Y lo que siguió entre 1902, con la imposición de una seudo-república, hasta 1958, fue una neo-colonia de la cual los cubanos se despojaron el 1ro. de enero de 1959. Somos parecidos, pero no iguales, ninguna de las tres antillas de habla hispana.

      • ManuelDomenech

        En ningún momento dije que somos iguales. Lo que dices es afirmando exactamente mi comentario.

  • Javier Avilés Bonilla

    Por eso es una llaga abierta de donde debería brotar la literatura. Lisboa tuvo a Pessoa. Esa procesión de tanteos que es la condición, el tic en la lengua menor, el casi casi, la vocación de gozne, son el caldo de cultivo con el que se puede nutrir el síntoma de la escritura. ¿Acaso no fue Kafka un dolor similar, un habla errante en medio de los enunciados que lo desgarraban?

    Formidable, Lalo, formidable!

  • H.Flax

    Estimado Eduardo:
    Tu ensayo, entre otras cosas, resalta la gran diferencia entre la colectividad puertorriqueña y el individuo puertorriqueño: la colectividad es débil, indecisa, fragmentada, incoherente; mientras que el individuo (valga la redundancia) es individualista, anárquico, decidido y emprendedor: “se las busca”. Puerto Rico nació colonia y sigue colonia. Somos “the oldest colony in the world”, cito a José Trías Monge. Y el hecho de que en nuestra metrópolis, Washington (donde nos llaman “hispanics”, o peor, “spics”), no se hable español tampoco ayuda. Quizá un querido amigo ya muerto tenía razón cuando me decía, en los años setenta, que el futuro del escritor puertorriqueño era escribir en inglés. Algunos de la diáspora caribeña han adquirido reconocimiento en el ambiente literario gringo escribiendo en inglés. Por ejemplo: Junot Díaz (dominicano), Oscar Hijuelos (cubano), Esmeralda Santiago (puertorriqueña). No así los escritores del patio famosos en “La Isla” que escriben en español. No se conocen “allá”, ni en ningún otro lugar. Cuando se plantea en congresos literarios o festivales la presencia internacional del escritor puertorriqueño, se concluye que no existe. ¿Estaremos listos para el “crossover”?
    Te envío un saludo.
    Hjalmar

  • andres primero

    No se puede pensar a Puerto Rico fuera de España porque Puerto Rico es creación de España, Puerto Rico es una nacionalidad histórica de España como lo es Islas Canarias. Sin España no existiría un Puerto Rico, estaríamos en Borikén y yo no estaría escribiendo en español, es más, no estaría escribiendo porque mis antepasados vinieron de Asturias, Extremadura e Islas Canarias y se asentaron aquí en el siglo 18. Pensar a Puerto Rico fuera de España es el error más grande que se ha cometido desde la invasión del 98, por eso hoy estamos perdidos, sin una identidad firme y con una gran parte de la isla queriendo ser estadounidenses. Somos España, esta tierra caribeña es extensión de Islas Canarias y las islas son una extensión de la península. Lo único que puede salvarnos es la reunificación a España como lo que éramos, una provincia. Todo lo demás es seguir perdidos en este baile donde cada día perdemos nuestra esencia, nuestro espíritu, nuestro ser.

    • H.Flax

      Dream on.

      • Cary

        ¡Bien dicho, H.Flax! jajaja

      • andres primero

        ¿Usted es el que más arriba propone que los escritores puertorriqueños escriban en el idioma inglés? ya entiendo…

  • Claudio Raúl Cruz Núñez

    Saludos.

    Buen ensayo Lalo. Aquí seguimos después de tanto sol, sereno y vendavales. Hemos pasado y probado la zarza y el guayacán.

    Salud hermano.