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¿Réquiem por el celuloide? Todavía no

El siglo 21 ha sido testigo del cambio tecnológico más impactante en el medio cinematográfico desde la adopción del formato “widescreen” en los años cincuenta: la integración de la tecnología digital al proceso de rodaje y posproducción, que con cada adelanto técnico se impone más en el proceso de realización de películas.

El reciente documental “Side by Side” retrata excelentemente la situación, comparando el proceso de rodaje y posproducción con celuloide y con los aparatos digitales, enfatizando la facilidad con que las cámaras digitales, cada vez con mejor capacidad de definición de imagen, y las consolas computadorizadas facilitan tanto el rodaje (que ya no requiere de pausas para cambiar de cartucho de película, pues una cámara digital aguanta hasta cuarenta minutos consecutivos de pietaje) como la posproducción (facilitando con el toque de unos botones el proceso de corrección de color y la edición). Cineastas del renombre de George Lucas, David Lynch, Steven Soderbergh y David Fincher están convencidos de que ya no piensan utilizar celuloide en sus proyectos, dadas las ventajas de trabajar con digital.

Hay un área, sin embargo, donde la adopción de la tecnología digital amenaza con violentar el encanto del cine para su público, pero que está en proceso bastante avanzado de adopción: la exhibición en las salas de cine.

Dada la dificultad de recuperar inversiones en películas dentro de una crisis económica aún imperante, las empresas productoras buscan reducir al máximo sus costos. La distribución y proyección de películas en el tradicional formato fílmico resulta muy costosa, pues el transporte de rollos de película en latas mediante correo o servicios de entrega involucra el peso de las latas, el envío nacional e internacional, y el mantenimiento de los rollos de película, que invariablemente sufren cortes y rasguños en su manejo por los proyeccionistas.

Adelantos en sistemas de proyección digital, que requieren de máquinas capaces de proyectar imágenes digitales sin mayor apuro que la instalación de un disco, o la recepción de una señal inalámbrica (casi como los sistemas “pay-per-view” de la televisión), eliminan las complicaciones del transporte físico de los rollos de celuloide, y la imagen proyectada conservaría la alta calidad del producto original.

Actualmente se está promoviendo el cambio de sistemas de proyección en las salas de cine comercial en los Estados Unidos. Se espera que, dentro de un año, toda proyección comercial sea digital, situación que pone en peligro a las salas independientes, que no cuentan con los recursos para adquirir los proyectores digitales.

El cambio parece ser inevitable, lo que resultaría lamentable desde el punto de vista estético. Así como hay cineastas que insisten en filmar con celuloide porque entienden que la calidad de imagen fílmica siempre es mejor que la imagen digital con mayor resolución (Christopher Nolan es uno de estos puristas que sigue filmando, no grabando, filmes como “Inception” y “The Dark Knight Rises”), el verdadero cinéfilo entiende que la proyección fílmica es una experiencia incomparable, que no puede ser reproducida por una proyección digital.

Como muestra de esta aseveración, pongo a la consideración de los lectores dos experiencias cinematográficas muy diferentes, pero que comparten el toque especial de la proyección de celuloide.

El pasado 18 de octubre, asistí a una función de recaudación de fondos del Filmmakers Cooperative, institución pionera el la promoción y distribución del cine experimental estadounidense. La atracción principal de la actividad fue la proyección de varios filmes “underground” de los años sesenta, proyectados con dos proyectores de 16mm a la vista del público. El más célebre de los filmes fue “Christmas on Earth”, legendaria película de Barbara Rubin, que requiere de un formato de doble proyección: simultáneamente se proyectan dos rollos, una imagen directamente sobre la otra, mostrando dos acciones sin interferencia, y los proyeccionistas colocaban transparencias de colores sobre el lente de proyección, añadiendo una gama de colores sobre las imágenes.

“Christmas on Earth”, una celebración exacerbada de la sexualidad, con secuencias de desnudos, acercamiento extremo a vaginas y penes,  y  actos sexuales diversos, alcanza intensidad emocional con las técnicas de doble proyección y superimposición de colores en lo que se puede considerar un acto performativo por los proyeccionistas. No hay modo que se pueda reproducir esta experiencia con proyección digital.

Hace dos semanas, asistí a ver “The Master”, el más reciente filme de Paul Thomas Anderson. Aunque la película no fue tan buena, la experiencia fue muy enriquecedora por el hecho de que el teatro proyectó “The Master” en su formato original de 70mm, el formato comercial más grande, que requiere de un proyector y lente particulares para ser presentado.

Es interesante que Anderson haya decidido filmar una historia más bien íntima, donde predominan las secuencias en interiores con interacciones dramáticas reveladas por diálogos y el ocasional delirio de su protagonista, en un formato fílmico más adecuado para epopeyas fastuosas con espectaculares secuencias de cientos de extras y trucaje truculento. Puede que el cineasta demuestre su actitud hacia la preponderancia del digital, insistiendo no sólo en el celuloide, sino en un formato que necesita la proyección fílmica para hacerle justicia.

Dada la amplitud del formato, la calidad de imagen al ser proyectada es superior, y esto se aprecia especialmente en las secuencias en exterior de “The Master”. Las secuencias iniciales presentan a soldados recién concluida la Segunda Guerra Mundial, divirtiéndose en una playa, y podemos sentir el calor de la playa, lo áspero de la arena, y lo agradable del agua de mar al ver las acciones de los soldados relajándose luego de tanto batallar. La primera imagen del filme, el mar filmado desde la proa de un barco, es tan nítida en su claridad que uno no puede más que sentirse salpicado con el mar.

Como experiencia puramente sensorial, “The Master” logra que su público se sienta partícipe de las acciones de sus personajes, tanto al abordar el barco donde el personaje principal conoce al “Master”, como en una secuencia donde maestro y discípulo se adentran en unos montes alejados de todo contacto humano para recuperar los escritos secretos del autodenominado profeta, enterrados en este terreno agreste, cualidad enfatizada por la alta calidad del formato proyectado en condiciones óptimas.

La proyección digital puede ser hoy día mucho mejor que antes, pero no hay manera que pueda igualarse a la calidad de proyección del formato fílmico. Incluso una proyección en 16mm tiene unas cualidades en su reproducción de imagen que son irrepetibles en otro formato. Ni hablar del formato amplio de 70mm, capaz de provocar en el público una inmersión en la experiencia cinematográfica exclusiva del celuloide.

Hay profesionales del medio cinematográfico que pronostican el fin del celuloide y la imposición total del formato digital en todas las facetas del cine. Dada la insistencia en usar fílmico de varios cineastas importantes, y ante la incompatibilidad de igualar la experiencia de la proyección fílmica, entiendo que la muerte del celuloide es un anuncio exagerado y prematuro.