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80grados+

El largometraje «Esta isla» gana tres premios en el Festival Tribeca

16 de junio de 2025 by 80grados Leave a Comment

Zion Ortiz y Fabiola Brown, protagonistas del filme Esta Isla.

 

http://www.80grados.net/wp-content/uploads/2025/06/esta_isla_movie2.mp3

 

[dropcap]H[/dropcap]ay momentos en que el cine trasciende la pantalla. Deja de ser un simple pasatiempo para convertirse en algo… vital. Se transforma. Se vuelve testimonio. Denuncia. Un espejo, a veces sucio, que nos obliga a mirarnos, incluso cuando preferiríamos desviar la vista.

Y es precisamente esa fuerza, esa necesidad, la que encarna Esta isla. El largometraje debut de Lorraine Jones Molina y Cristian Carretero no es solo una película; es una declaración. Una pieza que ha irrumpido con la potencia de una verdad incómoda en el Festival de Tribeca, alzándose con tres galardones. Y esto, créanme, no es casualidad. Es la afirmación de una realidad que duele: Puerto Rico sigue siendo una herida abierta. La emoción de las apuestas crece cuando descubres la intensidad del famoso título Wanted Dead or a Wild y puedes conocer más en wanteddeadorwildgame.com mientras planificas tu próxima jugada.

Imaginen la escena: el pasado 7 de junio, en el corazón de la imponente y a menudo impersonal Nueva York, Esta isla tuvo su estreno mundial. Y no solo fue recibida con ovaciones. Se llevó a casa el premio a Mejor Cinematografía para Cedric Cheung-Lau, el reconocimiento a Mejores Nuevos Directores de Ficción, y una Mención Especial del Jurado como Mejor Largometraje Narrativo de Estados Unidos. Un logro inmenso. Más aún, tratándose de una película puertorriqueña, hablada en nuestro español, nacida en la periferia de la periferia.

Protagonizada por las revelaciones Zion Ortiz y Fabiola Brown, y arropada por la presencia imponente de gigantes como Teófilo Torres, Xavier Morales y Audicio “Auudi” Robles, Esta isla no se anda con rodeos. Desde la primera escena, nos clava en la yugular de una realidad brutal: la de una juventud puertorriqueña que parece nacer sentenciada, sin un horizonte claro, atrapada en un presente que asfixia como un grillete.

Conozcan a Bebo. Interpretado con una autenticidad que desgarra por Ortiz, sobrevive como puede junto a su hermano mayor en un caserío costero, en el este de Puerto Rico. Pescar es lo único que les queda, pero el mar ya no da para vivir. Y entonces, como una sombra inevitable, aparece el narcotráfico, el menudeo, el riesgo constante. El dinero fácil, que siempre, siempre, cobra un precio demasiado caro. Cuando la suerte le da la espalda, Bebo huye. Y con él, Lola, una joven de clase alta que también busca escapar, aunque de una jaula distinta: la de una vida prefabricada, una familia rota por dentro pero impecable por fuera.

Lo que sigue es un viaje. Un viaje al corazón mismo de la isla, al alma profunda del archipiélago. Mayagüez, Las Marías, Cabo Rojo, Añasco, San Juan, Guayanilla… no son solo escenarios. Son personajes vivos. Porque aquí, la geografía no es un simple telón de fondo. Es memoria. Es obstáculo. Es trampa y, a veces, refugio. Las montañas no solo ocultan; también protegen. Y el mar, omnipresente, cargado de simbolismo, se erige como la última frontera: la posibilidad de una fuga, o quizás, de una expiación.

La dirección de Jones Molina y Carretero es de una precisión quirúrgica. Evitan el moralismo fácil, el sentimentalismo hueco. Su mirada es dura, sí, pero nunca cínica. Nos muestran la violencia, cruda y directa, pero también la ternura inesperada, la complicidad que florece en el barro, el anhelo profundo de redención. Porque Esta isla no es una película sobre criminales. Es una película sobre sobrevivientes. Sobre muchachos y muchachas que hacen lo que pueden, lo que saben, en una tierra que parece negarles todo, excepto el sol inclemente y una vigilancia que nunca descansa.

El guion, tejido por los propios directores junto a Kisha Tikina Burgos, es otro de sus pilares. No hay una sola frase que suene impostada. Cada palabra está impregnada de esa oralidad única del Caribe, de ese español nuestro que sabe mezclar la resignación más profunda con una rebeldía indómita. Las actuaciones son un estudio de contención, alejadas de cualquier histrionismo de telenovela. Aquí, nadie actúa: todos viven, sienten, están.

Pero si hay algo que exige una pausa, una admiración especial, es la cinematografía de Cedric Cheung-Lau, merecidísimo ganador en Tribeca. Cada plano es una postal que duele y conmueve a partes iguales. Las tomas de los cafetales, de esas carreteras que serpentean entre montañas, del mar embravecido o calmo como un espejo… hablan tanto, o más, que los propios diálogos. Hay un lirismo contenido, casi brutalista, que nos recuerda a los mejores momentos del neorrealismo italiano, o a las primeras obras maestras de Ciro Guerra.

Esta isla es, también, y quizás sobre todo, un acto político. No porque agite banderas partidistas o discursos electorales. Sino porque denuncia sin necesidad de panfletos. Denuncia el abandono sistémico, la pobreza que se hereda como una maldición, la desesperanza que se respira en el aire. Denuncia una economía colonial donde la vida de un joven vale menos que una foto de turista en Instagram. Donde las playas se venden al mejor postor y las vidas se pierden en el olvido. Donde el sueño americano es un mito con el pasaporte vencido.

Y, sin embargo, en medio de tanta crudeza, hay belleza. En la mirada desafiante de Lola, en los silencios cargados de significado de Bebo, en esas montañas que parecen observarlo todo, como diosas antiguas y cansadas. Y hay, también, resistencia. Porque seguir viviendo, día tras día, es una forma de luchar. Porque amar, en medio del desastre, es, en sí mismo, un acto revolucionario.

En este sentido, Esta isla se inscribe con honor en una tradición cinematográfica puertorriqueña que va desde La guagua aérea hasta Antes que cante el gallo, pero lo hace con una voz propia, más cruda, más afilada. Su éxito en Tribeca no es una anécdota. Es una bofetada con guante de seda al centralismo cultural, a ese exotismo caribeño que se vende como postal barata. Es un grito desgarrador desde la periferia que proclama: aquí estamos, jodidos, sí, pero vivos.

Los premios recibidos no deben ser vistos como una meta alcanzada, sino como un punto de partida. Porque si algo deja meridianamente claro Esta isla, es que en Puerto Rico hay talento de sobra, hay historias urgentes que contar, hay una estética propia y una necesidad imperiosa de expresarla. Lo que falta, como tantas veces, es apoyo. Es industria. Es voluntad política y social. No basta con aplaudir desde la distancia. Hace falta invertir, proteger, creer en nuestros creadores.

El cine de Jones Molina y Carretero nos recuerda algo fundamental: la descolonización, esa tarea pendiente, no será televisada… pero quizás, solo quizás, sí será filmada. Que las nuevas narrativas, las que de verdad importan, no vendrán del centro del poder, sino de los bordes, de los márgenes. Que la verdadera historia de Puerto Rico no está escrita en los discursos oficiales, sino en las miradas de sus jóvenes, en sus huidas desesperadas, en sus elocuentes silencios. Que esta isla, con toda su belleza rota y herida, aún tiene mucho, muchísimo que contar.

Y si el cine sirve para algo más que entretener, es para eso: para recordarnos que no estamos solos en nuestras luchas, que el dolor, aunque compartido, tiene nombre y rostro, y que la esperanza, por más tenue que parezca, sigue parpadeando.

Como una linterna en medio de la tormenta.

Como un bote pequeño, frágil pero decidido, cruzando el canal incierto de la historia, con Bebo al timón… y el porvenir, esquivo pero anhelado, esperando en alguna orilla.

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Posted in: 80grados+, Cine, Cultura, Puerto Rico Tagged: arte y política, Cedric Cheung-Lau, cine decolonial, cine latinoamericano, cine narrativo, cine político, cine puertorriqueño, cine y memoria, cinematografía caribeña, colonialismo visual, Cristian Carretero, crítica social, drama social, Esta isla, estética caribeña, Fabiola Brown, Festival de Tribeca, identidad puertorriqueña, juventud caribeña, largometraje debut, Lorraine Jones Molina, nuevos directores, película premiada, pobreza estructural, Puerto Rico contemporáneo, redención y fuga, resistencia cultural, Tribeca 2025, violencia y esperanza, Zion Ortíz

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