Talón de Brea y otras literaturas puertorriqueñas: Entrevista a Carlos Vázquez Cruz
Carlos Vázquez Cruz no escribe para caerte bien. Talón de brea, su nueva colección (Riel Editores), registra el pulso de un país amenazado desde el…
Carlos Vázquez Cruz no escribe para caerte bien. Talón de brea, su nueva colección (Riel Editores), registra el pulso de un país amenazado desde el…
Las anexiones municipales en Puerto Rico no fueron simples trámites del archivo, sino cuchilladas administrativos del poder. San Mateo de Cangrejo, pueblo negro, cimarrón y libre, fue suprimido en 1862 cuando su autonomía dejó de servirle a la colonia y empezó a incomodarla. Racismo, tranvía, especulación y capital se dieron la mano. Casi un siglo después, Río Piedras cayó bajo una versión más moderna de la misma operación: referéndum, legalidad, discurso de eficiencia y pérdida de voz. Entre Cangrejo y Río Piedras aparece una verdad feroz: el mapa también puede ser una forma de violencia colonial.
La residencia No Me Quiero Ir de Aquí de Bad Bunny culminó en septiembre de 2025 –el 20– con Una Más, un concierto transmitido por Amazon Prime/Music. El evento trascendió lo musical: fue una afirmación política en un país marcado por deuda, migración y apagones. La alianza con Amazon, aunque contradictoria, evoca el institucionalismo económico de Rexford Tugwell y la Autoridad de Fuentes Fluviales, proyecto que Francisco Catalá Oliveras identifica como la ruta abandonada hacia un desarrollo endógeno. Mientras Donald Trump gobierna con corte autoritario y Congreso servil, Bad Bunny proclamó desde Puerto Rico la permanencia como acto de resistencia. La paradoja es clara: usar el capital global para amplificar una consigna local que, en medio del colonialismo, se vuelve revolucionaria.
Esta isla no es solo cine: es una bofetada al decorado colonial que disfraza la miseria de postal turística. Dirigida por Lorraine Jones Molina y Cristian Carretero, la cinta narra la fuga de dos jóvenes atrapados entre la ruina y el deseo, mientras cruzan una isla que ya no promete nada salvo sobrevivir. Filmada con crudeza lírica por Cedric Cheung-Lau, y premiada en Tribeca, la película es un testamento feroz de nuestra juventud empobrecida y de un país que sangra en silencio. Aquí no hay redención mágica, sino decisiones duras, rostros marcados y una belleza rota que se resiste a morir. Es cine necesario, como puño y memoria. Y eso, en este presente, ya es un acto de resistencia.
En Los Ángeles se han fatigado, Luis Rafael Sánchez desnuda las complejidades de nuestra sociedad, utilizando el teatro como un espejo brutal de nuestras contradicciones. La obra, dirigida por Manuel E. Aponte Marrero con la participación de estudiantes del Círculo Teatral, explora los dilemas existenciales de personajes atrapados en un juego de luces y sombras. La precisión de la dramaturgia y la intensidad de la puesta en escena hacen de este montaje una experiencia única, que invita a reflexionar sobre la identidad puertorriqueña, el pasado y los conflictos que nos definen, sin concesiones.
El lanzamiento de Debí tirar más fotos, sexto álbum de Bad Bunny, es mucho más que un evento musical: es un manifiesto cultural que ha sacudido el panorama puertorriqueño. Mezclando salsa, plena, house y reguetón, Benito juega con las fronteras entre tradición y modernidad, invitándonos a reflexionar sobre la gentrificación, la emigración y la identidad boricua. Para algunos, el álbum es un homenaje; para otros, un artificio comercial. Pero, como diría Baudrillard, el simulacro no imita la realidad, la redefine. Benito no es un patriota clásico ni un vendedor cualquiera; es un fenómeno global que, desde el corazón del Caribe, pone al mundo a hablar de la colonia más vieja del planeta. Y eso, señores, no es poca cosa.
Rafaela Balladares de Brito, maestra, obrera y líder visionaria, transformó las Fiestas de la Calle San Sebastián en un símbolo de resistencia cultural puertorriqueña. Desde sus humildes orígenes en la diáspora neoyorquina hasta su regreso a Puerto Rico en los años 70, Balladares luchó contra la opresión y el olvido, revitalizando tradiciones que hoy son baluartes de nuestra identidad. Su liderazgo, respaldado por figuras como Ricardo Alegría, rescató esta celebración casi extinguida y la convirtió en un acto político frente al colonialismo y el neoliberalismo. Hoy, la SanSe es un emblema de orgullo y solidaridad, un testimonio vivo del poder transformador de las mujeres trabajadoras. Recordar a Balladares es honrar la resistencia cultural de Puerto Rico.
La historia oral emerge como una herramienta vital para rescatar voces marginadas de la narrativa oficial, trascendiendo los límites del registro documental. Este enfoque reivindica las memorias individuales y colectivas, iluminando las complejidades del pasado puertorriqueño. Desde las experiencias de trabajadores cañeros como Taso hasta las migraciones relatadas por Bernardo Vega y Esmeralda Santiago, estas historias conectan lo íntimo con lo social. Iniciativas contemporáneas, como el Archivo del Huracán María o los proyectos universitarios, continúan ampliando este acervo. Aunque criticada por su subjetividad, la historia oral se convierte en un acto de resistencia cultural y política, revelando matices olvidados. Al final, es un canto a la humanidad diversa y una base para construir un futuro más justo.
Lo que Ricardo Alegría consolidó en veinte años al frente del Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP), hoy se desmorona bajo el abandono institucional. Durante los años 70, el ICP administraba una red de catorce museos activos, espacios vivos de historia y cultura que ofrecían un vínculo vital con el pasado de Puerto Rico. Hoy, solo tres de esos museos permanecen abiertos. Caparra, uno de los símbolos históricos del país, donde se conservaban vestigios de la época colonial, permanece cerrado, un testimonio silencioso de una memoria cultural relegada. El deterioro del patrimonio es una realidad que exige reflexión y compromiso. La preservación de la cultura puertorriqueña depende de recuperar la voluntad y visión que una vez consolidaron estos espacios, hoy casi olvidados.
Bárbara Díaz Tapia emergió como una figura indispensable en el arte puertorriqueño, llevando su obra más allá de lo estético para profundizar en la crítica social y política. Su carrera se distinguió por una audacia y una madurez temprana, consolidándose en cada exposición con piezas que reflejaban sus preocupaciones como mujer y como sujeto colonizado. Con un estilo crudo, evocador y a menudo perturbador, abordó temas de feminismo y colonialismo, provocando reacciones intensas incluso entre sus colegas. Su legado radica en haber cultivado un diálogo incómodo pero necesario sobre las realidades de Puerto Rico, revelando las fisuras de su sociedad. La nobleza con la que enfrentó la controversia y su amor por la enseñanza aseguran su impacto duradero en la historia cultural puertorriqueña.
La rama como espacio intervenido por el dibujo, así como las circunstancias en que se consigue la misma, las asumió el artista como metáforas en la ilustración de identidades y la puertorriqueñidad.
El que se llame también “Padre de la Literatura Puertorriqueña” lo convierte en un icono inescapable de la Nacionalidad. La Identidad Puertorriqueña ha sido apropiada como un producto neto del trabajo intelectual.