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80grados+

La universidad pública: ¿otro acceso controlado?

15 de febrero de 2013 by Rima Brusi 107 Comments

Dale Edwin Murray

[dc]A[/dc] veces a mis colegas profesores (así como a muchos maestros) no les gusta del todo mi sonsonete o, mejor dicho, nuestro sonsonete (porque cada día somos más) sobre la importancia de hacer la universidad en general y la universidad pública, en particular, más accesible a los sectores más pobres.

Se retuercen un poco, incómodos o, simplemente, protestan de frente. “No todo el mundo tiene que ir a la universidad”, dicen. “Hay quienes no deberían estar en la universidad”, añaden.

Y yo los entiendo. ¿Cómo no entenderlos? Los entiendo porque he estado en el salón de clases muchos años y he dictado muchos cursos. Los entiendo porque conozco a los estudiantes que faltan mucho, a los que “muestran poco interés”, y a los que no pueden escribir en oraciones completas. Y sé que no todos esos chicos son pobres. Pero también me consta que una cantidad desproporcionada de ese conjunto sí lo es y han estado expuestos a menos y peores oportunidades educativas.

Conozco la sensación en el estómago cuando hay que enseñarle a un estudiante de diecinueve años cómo interpretar sus propias notas, cómo sumar y dividir las puntuaciones que ha obtenido, según descrito en el prontuario, para calcular su verdadero promedio. Conozco su decepción cuando descubren que la tarea 1 no vale lo mismo que la 2 y que acarrean un peso distinto en la nota del curso.

Conozco a los que acostumbrados a aprenderse las respuestas (¡y son tantos!), se resisten a pensar en las preguntas, a reconocer la existencia de múltiples explicaciones superpuestas, a alejarse de la certeza de la respuesta simplona, única, papagayeada, memorizable, fácil.

Conozco también a los que, habiendo escuchado que a cierta profesora le gusta “la discusión”, suponen que emitir su opinión desinformada en clase en voz muy alta reemplaza la tarea solitaria de leer los textos asignados. Y a los que piensan que cuando hablo de “pensamiento crítico”, les estoy pidiendo que sean ciegamente criticones.

Más de cerca, conozco la tentación y la lógica del docente que quiere ser justo pero a la vez preservar la academia, su profundidad, su significado. Que no quiere diluir el contenido de sus cursos. Y conozco muy de cerca la dificultad de preservar el rigor académico y a la vez, tenderle una mano, muchas manos, a aquellos que no llegan al curso preparados para ese rigor.

Conozco otros argumentos también. Argumentos ciudadanos, razones para sentir recelo cuando se acercan (nos acercamos) los que hablan de acceso a la universidad. Todas esas razones son, de alguna manera, emocionalmente válidas. Algunas tienen una carga sólida de razonamiento. Piensan, por ejemplo, en los estudiantes, muchos de ellos excelentes, que ya se graduaron y no consiguen trabajo. En la economía chavá. En los estudiantes que van a nuestra universidad pública y tras graduarse, al no poder encontrar empleo localmente, emigran a los estados hundidos, convirtiendo así nuestra inversión colectiva en educación superior (una inversión que ronda, o que al menos rondaba, el 9% del presupuesto nacional) en un subsidio para que compañías de “afuera” obtengan empleados buenos y baratos.

Conozco, y siento, y vivo y lamento, todo eso.

Pero esos no son los asuntos que me mueven. En serio. Claro que sospecho que nuestra economía necesita más, no menos, graduados de universidad. Claro que sospecho que en Puerto Rico hay menos graduados de universidad de lo que pensamos. Claro que me duele (y cómo) que mis maravillosos, mejor preparados estudiantes anden por ahí desempleados, subempleados, o emigrados. O sea, que pienso que los argumentos arriba expuestos se pueden combatir con números y estadísticas y cosas de esas. Podemos, si quieren y nos alcanza el tiempo, hacerlo en los comentarios.

Conozco además, y siento, especialmente en tiempos recientes, los argumentos tristes, agudos, desesperados, de los que plantean cosas como Pero Rimita, si la universidad, esa universidad que con tanto empeño quieres hacer accesible a los más desaventajados, está rota, tiene tantos agujeros y dolamas y defectos… Mejor vamos a reconstruirla y repararla y repensarla, antes de vendérsela a esos pobres chicos pobres como la gran cosa que de algún modo, Rimita, de algún modo, pretendes proyectar cuando les hablas de la UPR, cuando los reclutas en el CUA, cuando les pides que no cejen, que ellos también pueden pensar en la universidad….

Y es que más allá de todos esos asuntos (que son asuntos serios, que son asuntos que hay que discutir, no lo niego) lo que me mueve es un sentido básico, es más, una sensación, una intuición visceral e irresistible, de justicia.

Como todo lo visceral, tal vez es mejor recurrir a la comparación para comunicarla.

El matrimonio gay, por ejemplo.  ¿Que habría que cuestionar el significado, las implicaciones, la historia, las opresiones, todo aquello asociado a la institución del matrimonio, críticamente, antes de solicitarlo así, sin más, para la comunidad gay?

El voto, por ejemplo. ¿Que hay que cuestionar y estudiar el valor del voto y de la democracia electoral? Claro que sí. ¿Que podemos/debemos negarle ese derecho a un grupo particular, mientras lo estudiamos?

Pues no. Claro que cuestionarnos la institución es un buen y necesario ejercicio, pero la intuición más básica nos dice que si hay un derecho para algunos, debe haberlo para todos. Vamos a cuestionarlo, sí, pero no a negarlo de forma sesgada y discriminatoria.

Vamos a cuestionar, a reparar y a repensar la educación y la economía todo lo que quieran, sí, cómo no. Pero mientras tanto, no vamos a negársela a unos sectores de manera sesgada y discriminatoria.

Se la estamos negando. De manera sesgada, de manera discriminatoria.

Algo así es lo que me mueve. Los amigos, las amigas que me dicen las cosas que cito arriba, la voz interna que me las dice a mí en los momentos de duda, todos ellos y ellas, no pueden decirme esas cosas y a la vez preparar a sus propios hijos para la universidad. Asegurarse, incluso inconscientemente, de que sepan que la universidad existe, la visualicen como futuro posible, y soliciten admisión a ella lo mejor preparados posible.

Para los que reventamos un poco los sesos propios y ajenos día a día pensando en el problema gordo y grande de la desigualdad, es importante reconocer lo siguiente:

Aunque la educación superior, y de hecho la más y mejor educación elemental, no es la solución única para la desigualdad y para nuestra triste economía colectiva, a nivel individual, ciertamente lo es.

Y negársela, estructuralmente, sistemáticamente, como hemos estado diciendo por aquí, a los sectores más pobres, no es sencillamente irrazonable o discutible. Es inmoral.

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Rima Brusi
Rima Brusi
Columnista | Nació en Rio Piedras, Puerto Rico. Es antropóloga cultural, escritora, educadora y profesora universitaria. Tuitea como @RimaBrusi y desde 2008 bloguea en http://parpadeando.net. Sus intereses de investigación académica y alcance comunitario se enfocan en la desigualdad social, la educación, y la construcción de biografías y lugares. Su trabajo creativo, principalmente ensayo, comentario y narrativa, surge de la observación curiosa de cosas, eventos y personajes cotidianos. Rima vive con su esposo José, con quien comparte cinco hijos y dos nietos.
Posted in: 80grados+, Columnas Tagged: Acceso a la universidad, Clase social, Educación, pobreza, upr

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