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Aybar y yo


divagaciones a partir de una lectura de El killer de Josué Montijo

“Hace tiempo leí en una calcomanía con la imagen del subcomandante Marcos una oración justo debajo de su foto, que decía más o menos así:  si quieren saber quién soy, si quieren saber qué hay debajo del pasamontañas, mírense en un espejo.”

El Killer, Josué Montijo

 “Una persona feliz, nunca es peligrosa.”

Proverbio árabe

Todos somos Juan B. Aybarkiller_front_sm

Me inquieta pensar lo mucho que tengo en común con Juan B. Aybar, el protagonista de la novela de Josué Montijo.1  También yo me crié en un barrio que ahora está dañado, muy cerca del campamento de los living deads de la Barbosa, al otro lado del campus universitario. Bajando por la López Sicardó, hacia la De Diego, están las olvidadas calles de Sabana Llana, no tan pintorescas como el pseudo-urbano Santurce que aparece en estas páginas, y en otras de nuestra reciente literatura, pero tan mutilada y vulnerable – eso sí –  como cualquier calle sanjuanera.  Como él, estudié en esa institución híbrida y fronteriza que es la escuela modelo de la Universidad, ambiente propicio para mentes también híbridas y fronterizas como comprueba la heterogénea caterva de sus ex-alumnos, entre políticos, escritores, intelectuales, profesionales y personajes de diversa calaña.

El sufrimiento del pobrecito Aybar, como el de tantos de los lectores de El killer, es de origen libresco. El muchacho lee demasiado, y así, como Alonso Quijano, “del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio”.2 Si pasamos revista a las numerosas citas de la novela, cobramos conciencia de la dieta letrada del atormentado andariego:  principalmente Clarice Lispector y Leopoldo María Panero con asomos a Michel Houellebeq, Erich Fromm, Georges Vigarello y Thomas Istvan Szasz, entre otras referencias importantes para entender su ánimo:  “Tengo letras y letras atascadas en mi cabeza, mezcladas con una baba parecida al agua en un mangle apestoso.  Mi cerebro parece una poza inmunda y apestosa, sancochándome con el caliente del sol. Asco y más asco.” (19)  Pero Aybar no tiene Sancho que lo acompañe, que lo ayude a sentar cabeza, ni Dulcinea que lo ilusione. Es un intelectual en Puerto Rico, y está muy solo.

Camino por Río Piedras y recuerdo mi adolescencia. Me acostumbré, como tantos riopedrenses, al olor a cloaca de la Ponce de León, al espectáculo de los mendigos alcohólicos y los locos vagabundos.  Lo de ahora, sin embargo, supera mis recuerdos más sórdidos. A las dos de la tarde camino por la calle Norte bajo un sol que calcina cráneos y seca montoncitos de caca amparados por nubes de moscas, los tecatos se desplazan en precario equilibrio y las putas soñolientas buscan compañía de fantasmas para la siesta.  Paso por solares vacíos, cascarones de casas abandonadas. La posibilidad del crimen se asoma a la vuelta de cada esquina.  ¿Dónde están los otros?  ¿Dónde, la vida bulliciosa, los oficinistas, los estudiantes, las jóvenes madres rebuscadoras de rebajas?  El paisanaje me dice que algo anda mal, muy mal, que se ha multiplicado la miseria, que sólo los ricos tienen derecho a un lugar en la sombra, al paseo en el fresco, rodeados de belleza.  ¿Por qué todo es tan feo?  Todos somos Río Piedras, podríamos declarar a coro, cartelito en mano, y aún así, ambos, Aybar y yo, echaríamos de menos un espacio tranquilo para habitar.  Sabemos que no es suficiente.

Como Aybar, yo también amo la calle y sus ruidos, pero me mortifican cuando entran a mi habitación e interrumpen mi aislamiento.  Vivo, como él, en un edificio, de manera que me percibo siempre asediada por los otros, siempre ellos al alcance de mi mirada y mi juicio, y viceversa.  Como Aybar, me miro en el espejo y, en ocasiones, encuentro la imagen que en la calle aborrecía.

Aybar, como yo, es invisible.  Nuestros “rasgos adecentados” e inofensivos, la costumbre de escribir siempre anotaciones, de cargar con un libro a todas partes, nos protege de toda sospecha.  “Tú eres buena persona, se ve en los ojos, por eso no temí en acercarme a ti.” (50) – le dice un mendigo cuentero que se salva porque el killer no estaba armado.  Tenemos, en fin, cara de buena persona, léase de mangó-bajito, de pendejo, que no es lo mismo que de mosquita-muerta; del agua mansa líbreme Dios…

Debo aclarar que, a pesar de las coincidencias, hay muchas diferencias entre Aybar y yo, y no se trata solamente de que él sea un personaje de ficción, el protagonista de El killer (Callejón, 2007; La secta de los Perros, 2010).  No sufro tanto con los libros.  Debe ser la edad, se hace más difícil ser tan crédulo.  Ambos, sin embargo, nos enfrentamos al mismo desconcierto de las transformaciones y, sin duda, buscamos consuelo en la literatura.

La tentación del precipicio

Entre todos los restos de naufragio de estos tiempos, sin duda el tecato es el más incómodo de todos.  En mi niñez había locos callejeros:  el hombre que cargaba cartones, la pareja de ancianos siempre en disputa, el perpetuo pelotero.  Los locos salían de vez en cuando vestidos de uniforme a pasear en guagua, pero no parecían, jamás de los jamases, la posibilidad de “uno de nosotros”, o al menos eso creíamos.  En los rostros de los tecatos, sin embargo, he podido reconocer a un joven universitario e imaginar una versión tenebrosa de la niñez de mis propios hijos.  Son, siempre, más que un memento mori – recuerdo de la muerte –, una advertencia sobre el precario equilibrio de la felicidad.

Hemos escuchado historias de verdadero terror sobre la facilidad de esa caída.  Y el propio killer reconoce el atractivo de esa huida:  “Es un escape atrevido, y todo el mundo que lo mira, incluyéndome a mí, parece que tiembla por esta verdad.  Parece horrible ese efecto embriagador que succiona al drogadicto, pero seductor, ¿por qué no?  Es como morir de siesta. ¿Cuánta gente querría probar y montarse en el viajecito de ida?” (80)  Esta visión lúcida de la huida del tecato la sufre el killer antes de espantarse de su propia violencia y de aburrirse de su rutina sanguinaria.  Tanto muerto, cansa:  “porque siempre es el mismo chorro de sangre, la misma congoja, la misma mirada que exige en el último segundo piedad donde no la hay.  Todo se ha vuelto tan aburrido, tan frágil” (91)  ¿Acaso el cuerpo le pide más?  ¿Necesita una dosis más alta?

La escritura, que es orden y estructura, es decir, razonamiento, tampoco le satisface:  “Lo mío ya no aguanta este uso de palabras, porque de tanto abusar de ellas se vaciaron de su contenido narrativo.  Ya no tienen soda, son latas de refresco expiradas.” (91) y justo entonces se le ocurre que tal vez sea hora de saltar.  Las palabras, a pesar de su constante fundamento en autoridades intelectuales, no son suficientes para convocar el orden en el caos, él mismo se reconoce “más salvaje de lo que imagino” (84), contradictorio, solitario, y al final ya no tiene nada que decir, ni tiene ganas.

Nada funciona

El abatimiento coincide, significativamente, con el momento de las elecciones.  Más que odiar la humanidad, como asevera después de una malhumorada jornada en trámites oficinescos, odia “esta cochambre de país”.  La gente “aquí” es violenta, “se mata hasta por no querer compartir una bolsa de papitas fritas”, chanchullera, buscona e idiota.  El país es un fraude:  “Creemos que tenemos un país.  ¿Tú crees eso también?” (45); “Este país se acabó hace años y pasó de noche y en la mañana nos hicimos de cuentas de que nada había pasado y seguimos trabajando y haciendo la rutina para disimular, invirtiendo en IRAS para escapar de las contribuciones y comprando en Plaza. Nada funciona.  ¿O sí?” (45)  No tiene solución, nadie lo puede salvar:  “Esto es un desmadre total. Somos un proyecto del mal.” (58)  La prueba mayor de la incapacidad es la impunidad con la que ha podido cometer los asesinatos, con la sola protección de su aspecto de muchachón inofensivo, tímido, buena-gente, que no mata ni una mosca.

No ha propuesto ninguna acción reivindicadora, eso queda claro, ninguna misión imposible:  “Yo no quiero salvar al país, no me lo planteo de esa manera, por eso no tengo prisa, de todos modos el país es insalvable y apesta a cadáver.” (9)  De hecho, se define sólo por la negación. No dice quién es, no tiene nombre3, sino lo que no es: “no soy un matón … nadie me contrató, ni milito en ninguna organización política de derecha (ni de izquierda dicho sea de paso) o en su equivalente religiosa.  No soy ningún enviado de dios” (7).  No soy, no me lo planteo, no tengo prisa, no teman. ¿De qué o quiénes se venga el killer?  ¿Acaso actúa para “nosotros”, por “nosotros”?  “desafiando el tropel de correctness, sé que muchos de ustedes aplaudirían mi gesta, en la intimidad de su alma habrá un regocijo. No teman, guárdenlo, con eso tengo suficiente.” (9)  Así pues, al final de su prólogo, se entrega como un sacrificado: “Va mucho de mí en estas líneas, espero que sean tomadas en su justa perspectiva.  Ahora: Gózalo.” (10)

Sin embargo, su principal destinatario, el periodista Josué Montijo, hace lo posible por dinamitar su límpida perversidad.  Tal como sospechaba el Killer, el periodista busca explicación para su conducta violenta dentro de los límites académicos y científicos, lejos de los paradigmas literarios en los que, por lo visto, él ha actuado.

“Así lo podríamos ver, como el efecto boomerang de una conducta violenta respondida con otra más violenta, pero desde luego, aunque así fuese no podría justificar las acciones que atrás se describen.  Lo que sí puedo concluir es que su incómoda presencia procura conformar un paisaje alterado, pero con capacidad para  generar información, ruda por demás, para nosotros digerirla.” (123)

Este paisaje alterado es el que nos altera también a quienes podemos constatar todo el feísmo que describe, una mirada poco compasiva la mayor parte de tiempo, dura e inclemente.  Lo más terrorífico es que asume la voz de los cibernautas en el periódico, la crudeza de los juicios de quienes, como él, se sienten normales y acomodados en el sistema, a pesar de las incomodidades del país, casi todas achacadas a la ineptitud de los ciudadanos:  somos una mierda.

Finalmente, el propio Aybar, en el último texto que se incluye en la novela, la carta que le envía al periodista con su diario, cuenta que no vio periódicos hasta el final, después de los asesinatos, cuando preparaba el documento para darlo a la luz pública.

“Así fui recopilando en mi cabeza trozos de un retrato de mí mismo, encuadrado en los asesinatos que cometí.  Leí muchas especulaciones sobre mi persona, cientos de comentarios acerca de mis actos, fotos de las personas asesinadas, detalles de balística, argumentaciones de expertos de todo tipo, planes de contingencia policíaca, intervenciones contra personas inocentes, columnas de religiosos y hasta un llamado de activistas comunitarios.  Dios mío.  Leí toda esa información únicamente con la simple intención de escribir estas líneas.”  (130)

Así pues, su último intertexto, es la opinión pública. Tuvo la tentación de corregir después su escrito, pero decidió no hacerlo, a pesar de “que hubiese sido magnífico”, pues “hubiese sido también una alteración sustancial a la naturaleza del escrito”.  (130) Encuentra que con los detalles, su escrito hubiera agarrado “mayor definición y por qué no, mayor sabor y riqueza”, “Pero esto es una realidad tal cual es, al no tener para otra, me arriesgo a ello.” (131)  Hasta el final es un esteta literario, pero apuesta por la realidad.  Será un referente literario el que cerrará el asunto y dará la última clave para la lectura con una cita del novelista Juan José Millás, “ustedes harán de mí un criminal”.

Al final de esta lectura, quedó resonando el nombre del asesino.  Lo había escuchado en alguna parte que entonces no recordaba. Lo busqué entre personajes reales y literarios, sin distinguir demasiado entre ellos. Había quedado atrapada en su orden literario.  ¿Alicia en el espejo?  Aybar es rabia al revés.  Entonces pensé en sus palabras:  “Yo me inventé, sin proponérmelo deliberadamente, el resquicio para escapar.  Y escapo doblemente.  He pasado desapercibido [sic] en todos lugares. Nadie sabe quién soy.” (128)  Tampoco Aybar, solitario personaje, sabe quién soy, si detrás de mi rostro inofensivo hay una mente criminal o la alucinada insistencia en la utopía.  Estamos a mano.

Bibliografía consultada

Acevedo, Rafael. “He decidido matar a todos los tecatos:  Josué Montijo anda suelto”, Cereal Killer.   URL:  http://cerealkeyller.blogspot.com/2009/03/he-decidido-matar-todos-los-tecatos.html

Cancel, Mario R.  “El killer” [reseña]  Lugares imaginarios: Literatura Puertorriqueña.  Documento Electrónico.

Herrero Cecilia, Juan. “El fenómeno del asesino en serie como suceso y comentario mítico-biográfico en el discurso de la prensa.”  Espéculo 43 (2009) URL: http://www.ucm.es/info/especulo/numero43/aseserie.html

Montijo,Josué.  El killer.  Río Piedras: La secta de los perros, 2010.

  1. Me referiré a la edición de La secta de los perros, 2010.  Para quien no haya leído la novela, sepa que el protagonista de El killer nos cuenta en su diario su cruzada asesina en contra de los drogadictos, principalmente de la zona de Santurce. Aprovecho para agradecerle a Eddie Ortiz, de La Tertulia, la recomendación de este libro en mi búsqueda de poetas y policías. []
  2. Capítulo I de la Primera Parte de Don Quijote de Cervantes.  Juan B. Aybar no es el primer ni único lector que decide pasar de la pasividad del lector a la actividad del hacedor, al percibir las discrepancias entre lo que lee y lo que vive.  En este caso, a las lecturas habría que sumarles las películas a las que alude el killer en su diario. []
  3. El protagonista se mantiene anónimo en su diario.  Su nombre y otros detalles de su biografía se nos revelan en el segundo documento, de un tal Josué Montijo, el periodista que publica póstumamente el diario del asesino. []