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Cine puertorriqueño y autonomía cultural


Roberto Gándara es una de esas personas a quien le gusta colaborar con el proyecto de mejoramiento de Puerto Rico desde la cultura. Ha sido profesor universitario, ensayista, productor de cine y editor. Al presente dirige la Editorial Tal Cual en el Viejo San Juan y colabora con varios proyectos de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades. Su serie televisiva En Cinta ha resultado ser una de las contribuciones culturales más importantes de la televisión cultural en Puerto Rico. Le gusta auspiciar diálogos públicos sobre asuntos de importancia y es, en mi modesta opinión, un modelo de ciudadano para una nueva democracia deliberativa.

En todas esas facetas ha desplegado su talento de forma consistente y callada. Es una persona culta e intelectualmente honesta, no le gusta hablar por hablar ni negarse a decir lo que realmente piensa. Su franqueza, que no es lo mismo que sinceridad, le ha traído conflictos y desavenencias que él reconoce pero no evade. Le interesa el bienestar de las amplias mayorías y desconfía profundamente de los lugares comunes y de las zonas de comodidad tan manoseadas en Puerto Rico.

Lo conocí cuando se acercó a pedirme una colaboración para la revista Plural, uno de los mejores espacios de diálogo académico que fue creado en Puerto Rico durante la pasada década. Los ensayos nos llevaron a iniciar diálogos muy amplios sobre Puerto Rico y sus dilemas, y en el proceso nos hemos hecho amigos.

Cuando surgió el tema de que Puerto Rico había perdido su capacidad de participar como competidor independiente en la  sección correspondiente a los premios de la Academia de Ciencias de la Cinematografía de Estados Unidos recordé vívidamente las conversaciones sostenidas con él sobre el asunto. Roberto tiene cosas que decir.

A continuación, una entrevista con Roberto sobre el asunto de Puerto Rico y su presencia autónoma en el cine. La entrevista, sin embargo, es mucho más que eso: es una invitación a ejercer la autonomía personal para el bien común. Espero que la disfruten, y la mediten, tanto como lo he hecho yo.

JCM: ¿En qué contexto se logra que Puerto Rico clasifique como país en la categoría de películas extranjeras de los Oscares?

RGS: En primer lugar, la premiación de los Oscares es un evento promocional de alcance global, organizado por la industria de cine comercial de Estados Unidos con el propósito de promover su prestigio en el mundo, expandir su mercado y legitimar su hegemonía industrial. Sirve, en otras palabras, para adelantar sus intereses particulares: dar a conocer sus valores industriales (técnicos y artísticos), poner en escena su liderato mundial y promover en el mercado su inventario más reciente. Para abrirle espacio a películas producidas en otros países (otras culturas y contextos industriales), se creó una categoría especial de Oscar a la mejor película de lengua extranjera. Así se logra reforzar la imagen cosmopolita del cine estadounidense y a la vez sirve para identificar el banco de talento técnico y artístico que surge constantemente en distintas partes del mundo.

Ahora bien, como existe un vínculo funcional estrecho entre la industria de Estados Unidos y la de otros países de habla inglesa como Inglaterra, Australia, Nueva Zelanda y Canadá, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (la organización que organiza los Oscares) permite que el personal profesional, artístico y técnico de películas producidas en esos países, aunque técnicamente es extranjero, compita en las categorías normales del Oscar (actor, productor, director, guionista, etc.). El espacio reservado para películas producidas en el resto del mundo, por lo tanto, se designa no como películas extranjeras sino como películas de lengua extranjera. Es importante entender que es el idioma de la película y su unidad productora, no el lugar donde se filma, lo que identifica la categoría bajo la cual compite. Recordemos también que solo se consideran películas de exportación; es decir, películas que pretenden trascender sus mercados nacionales y exhibirse en el exterior.

En cuanto al contexto en Puerto Rico, la primera película comercial de exportación producida aquí fue La Gran Fiesta (1986). Las producciones anteriores, algunas muy loables, fueron producidas para el mercado nacional, limitando su exportación a mercados periféricos constituidos principalmente por cines de vecindarios puertorriqueños en EEUU. Ese fue el caso, por ejemplo, de las películas producidas por un departamento especializado de Columbia Pictures en los años cincuenta.

Cuando una distribuidora de Estados Unidos adquirió los derechos exclusivos para exhibir La Gran Fiesta (LGF) en las principales ciudades de ese país, por considerar que poseía los valores industriales y profesionales requeridos para ese mercado, se pensó que sería útil poder competir, por su obvio valor promocional, para una nominación de los Oscares bajo la categoría de Mejor película de lengua extranjera. La película era hablada en español, había sido producida en Puerto Rico por puertorriqueños (industria periférica incipiente), su financiación no estaba atada a organizaciones estadounidenses y representaba la entrada del país a la comunidad de países productores de películas comerciales de exportación. A pesar de que LGF cumplía con los criterios para competir en esa categoría, la respuesta inicial de la Academia fue negativa. Se nos informó que Puerto Rico, por ser una posesión territorial de Estados Unidos, no cualificaba. Por suerte, la Academia, en respuesta a nuestro alegato, revocó más tarde su decisión y permitió la participación de la película como representativa del cine puertorriqueño. Desde entonces Puerto Rico ha enviado una película cada año a la Academia (participación tramitada primero por el Departamento de Estado y luego por la Corporación de Cine). Años más tarde, una película producida por Pedro Muñiz, Lo que le pasó a Santiago, logró obtener una nominación en esta categoría, un evento que generó una considerable atención mediática en el país.

¿Cual fue tu participación en la obtención de este reconocimiento?

En tanto mis responsabilidades como Productor y Productor Ejecutivo de LGF incluían coordinar la comercialización de la película, consideré que era indispensable, por la obligación que teníamos ante los inversores, aprovechar todos los elementos promocionales disponibles para la exportación exitosa al mercado internacional. Esto incluía, por supuesto, tramitar la admisión de LGF a esta categoría de los Oscares, la cual en verdad nos correspondía. La tarea, afortunadamente, resultó más fácil de lo que perecía. Al otro día de recibir la noticia de que nos habían negado la participación, les envié a los funcionarios de la Academia un alegato de cuatro páginas explicando las razones culturales, industriales, políticas y coyunturales, por las cuales la película cumplía con los requisitos de la Academia para competir en esa categoría especial de Mejor película de lengua extranjera. Tomó tan solo un par de semanas para que me notificaran que se había reconsiderado la decisión original y que a partir de ese momento Puerto Rico como país estaba cualificado para presentar una película cada año. Por ser una representación oficial del país, se nos informó que la solicitud tendría que ser formalmente radicada, no por los productores ni los distribuidores, sino por una agencia del Estado. Me comuniqué entonces con el Subsecretario de Estado, Lcdo. Nicolás Gautier, quien se encargó diligentemente, y con entusiasmo, de tramitar la presentación de la película a los Oscares. A partir de entonces, Puerto Rico recibe todos los años una solicitud de la Academia para que se designe la película que habrá de representar al país en el certamen anual.

¿De quién fue la idea de tramitar la participación de Puerto Rico, como ente autónomo, en esta competencia ? ¿Por qué los Oscares de la Academia de Hollywood? ¿Qué ventajas tiene participar de esta competencia?

La idea fue de nosotros los productores con el apoyo de los distribuidores de LGF en Estados Unidos, pensando no solo en el valor promocional (comercial) que una nominación al Oscar genera, sino por estar conscientes de que el esfuerzo novedoso, es decir sin precedentes, de producir una película puertorriqueña de exportación, basado en una iniciativa industrial autóctona, podía alcanzar logros más elevados si se llegaba a reconocer como tal por parte de importantes organizaciones industriales internacionales. Recuerda que hacía poco tiempo (en 1985) que había regresado a la gobernación Rafael Hernández Colón, luego de ocho años del romerato. Había, por lo tanto, una voluntad general en el país y en el gobierno, de ocupar espacios internacionales que pudieran adelantar el desarrollo y consolidación de instituciones nacionales, tanto culturales como comerciales. El cine comercial, en cuanto incorpora elementos culturales e industriales (es el medio industrial más cultural y el medio artístico más industrial) lucía entonces como un campo idóneo para implantar las nuevas políticas públicas orientadas a promover la exportación de bienes nacionales. La inclusión de la industria de cine en la ley que otorgaba créditos contributivos a la inversión de riesgo (1985) testimonia el apoyo del Estado a esta nueva empresa nacional. Asumir nuevos espacios autónomos era un imperativo cultural, político y económico que Zaga Films, la productora de LGF, compartía y promovía. Nuestro proyecto de exportación buscaba precisamente ese fin: conjugar la madurez de nuestra infraestructura de producción (lograda principalmente por el desarrollo del cine publicitario) y la capacidad creativa de nuestra condición cultural en un proyecto industrial autóctono –apoyado por políticas públicas– que resonara en el exterior y diera a conocer al país ante el público internacional.

Has dicho en repetidas ocasiones que en Puerto Rico hacen falta más actos de autonomía personal e institucional. ¿Puedes explicar a qué te refieres? ¿De dónde parte la importancia de esa afirmación? ¿Tiene que ver con la descolonización íntima de la que habló Abraham Díaz González hace varias décadas? ¿Fue el lograr la presencia de Puerto Rico en los Oscares uno de esos actos? ¿Conoces otras experiencias similares? ¿En el Olimpismo quizás?

Son muchas preguntas en una y me remiten a las polémicas ideológicas y partidistas en Puerto Rico en torno al estatus; debates que a veces confunden nuestras percepciones respecto a las posibilidades reales de la acción autónoma, tanto individual como colectiva. El resultado de esa confusión es paradójico, en el sentido de que muchas de las limitaciones que tenemos son autoinducidas. Eso no quiere decir que no existan imposiciones externas a causa de la subordinación política. Me refiero a que la situación respecto a crear espacios autónomos es similar a lo que sabemos que ocurre con la censura; a saber, que la peor es la que nos imponemos a nosotros mismos. Cuando la censura es impuesta por una autoridad externa, aunque esté avalada por la ley, usualmente buscamos formas de soslayarla; pero cuando es autoimpuesta nos paraliza y destruye el espíritu. De igual forma, mientras más conscientes estamos de las limitaciones políticas que enfrentamos, es decir, las impuestas por la naturaleza del régimen colonial, más nos empeñamos en denunciarlo; y en lugar de estar prestos a aprovechar coyunturas para subvertir esa autoridad externa, sin olvidar que al hacerlo no se ignoran la denuncia, la oposición o la disidencia, sino que las complementan. Hay muchos ejemplos de casos en los que se han aprovechado coyunturas con buenos resultados para el país, inmediatos y a largo plazo.

Además de la situación de los Oscares que acabo de narrar, vale mencionar el logro titánico de un grupo de deportistas puertorriqueños que cabildearon con éxito el reconocimiento formal de nuestra nacionalidad deportiva ante el Comité Olímpico Internacional (COI) en Londres en 1947. Este acto no incluyó al gobierno de Estados Unidos ni al de Puerto Rico, salvo por la participación improvisada de Julio Enrique Monagas, entonces Director de Parques y Recreos Públicos; es decir, fue asumida sin autorización formal de ninguno de los dos gobiernos. El resultado fue dramático: logró, ni más ni menos, legitimar la participación del país en eventos internacionales avalados por el COI. El impacto de esa acción sobre nuestra cultura política ha sido a todas luces enorme, por cuanto continúa siendo motivo de desconcierto e incomodidad para la derecha política del país. Años más tarde, Germán Riekehoff Sampayo, entonces presidente del Comité Olímpico de Puerto Rico, sin encomendarse a ninguna autoridad política, se negó a seguir las directrices de los gobiernos de Estados Unidos y Puerto Rico para que nos uniéramos al boicot de las Olimpiadas de Moscú y asistió al evento acompañado de un solitario boxeador. Ese acto autónomo y desafiante en nombre de su país, de un enorme valor simbólico, le ganó a Rieckehoff, y a Puerto Rico el respeto y aprecio de la comunidad deportiva internacional. Otro ejemplo emblemático es el reconocimiento exterior que ha logrado obtener la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española.

También ha habido ocasiones en que el Estado ha realizado acciones autónomas, a veces con el aval de Estados Unidos y a veces sin él. Durante el último cuatrienio de Hernández Colón (1989-1993), hubo esfuerzos notables en esta dirección como fue, por ejemplo, la participación del país en las reuniones de la Cumbre Latinoamericana, las iniciativas económicas en el Caribe y la participación destacada de Puerto Rico en las celebraciones del Quinto Centenario del Descubrimiento o Encuentro de Dos Mundos. También de gran valor simbólico fue la ley reconociendo el español como lengua oficial; acto que también nos ganó respeto ante la comunidad internacional y validó el prestigioso Premio Príncipe de Asturias en España. (Por eso fue que uno de los primeros actos del gobierno de Pedro Rosselló fue derogar esa ley del idioma oficial.) Recuerdo también la muy sonada Feria Internacional de Sevilla (1992). A pesar de la crítica feroz de la derecha política en Puerto Rico, el Pabellón Nacional de Puerto Rico en esta Feria Internacional (donde se enarboló la bandera puertorriqueña sola) no solo tuvo un éxito público espectacular (fue uno de los pabellones más visitados del evento), sino que recibió el apoyo explícito, ex post facto, del Departamento de Estado de Estados Unidos. En resumen, los años de 1985 a 1993 comprenden una etapa de auge para el llamado nacionalismo cultural (también llamado neonacionalismo) promulgado por el Estado.

Podríamos narrar otras ocasiones en que se han asumido posturas autónomas ante la comunidad internacional, pero por ahora no vale extendernos más. Solo quisiera añadir un caso pequeño, privado, que ilustra lo fácil que resulta a veces asumir posiciones autónomas de escala micro, tanto personal como organizacionalmente. Al principio de los años 80, Zaga Films se propuso adquirir una máquina alemana de edición de películas que representaba el estándar de la industria mundial. Al ordenar la compra a la empresa manufacturera en Hamburgo, ésta nos informó que teníamos que hacer el trámite a través de su representante oficial en Estados Unidos, país al cual pertenecíamos. Pero solo tomó una corta misiva explicando que nuestra condición geográfica de isla caribeña, el carácter separado de nuestra industria de producción y la autonomía formal del ELA ameritaban que nos eximieran de esa limitación. En cuestión de semanas recibimos la máquina directamente de Hamburgo, lo que nos permitió soslayar el monopolio del intermediario estadounidense para beneficio de la empresa.

No obstante éstos y otros logros, la experiencia también nos ha legado un largo catálogo de fracasos; de situaciones en que se han desaprovechado coyunturas de valor potencial para el país. Por ejemplo, también en los años 80, cuando Estados Unidos y el Reino Unido habían retirado su apoyo a la UNESCO por considerar que esta organización actuaba en contra de sus intereses nacionales, algunos amigos de Puerto Rico en el exterior acogieron una solicitud informal de Ricardo Alegría para aprovechar el momento y admitir al país como miembro de esa organización. El cabildeo interno en la UNESCO fue intenso. Se consideró entonces que ser miembro de esa organización le proveería al país el reconocimiento universal de su particular cultura nacional, similar a lo que se había logrado en el campo del deporte por ser miembro del COI. El campo estaba allanado con el aval del personal profesional y directivo de la UNESCO y tan solo faltaba, según las normas de la organización, que el Gobierno de Puerto Rico lo solicitara formalmente. No sabemos si Alegría le pidió al gobernador Hernández Colón que solicitara esa admisión y éste se negó, o si decidió no pedírselo por considerarlo arriesgado o imprudente; pero el resultado es que no se hizo, desperdiciando así una oportunidad, una coyuntura de posibilidades para el país que no se repite con frecuencia.

Otro caso de timidez oficial, de no estar dispuesto a asumir posturas autónomas, es decir, de autolimitarse, se dio cuando la Cancillería mexicana (Secretaría de Asuntos Exteriores) le ofreció al Departamento de Estado de Puerto Rico, estando en funciones Héctor Luis Acevedo, asignarle al gobierno de Puerto Rico un edificio en la zona histórica de la Ciudad de México para montar una biblioteca accesible al público sobre la historia y cultura del país, y que a la vez sirviera de base operativa para una delegación oficial de Puerto Rico con categoría diplomática. A los funcionarios mexicanos les había impresionado la participación de Puerto Rico en la celebración del Quinto Centenario. Además, existía un precedente: una misión oficial de la provincia de Québec en México, disfrazada de oficina comercial, a la cual el Estado mexicano le aplicaba por cortesía el protocolo de representación diplomática a pesar de no ser un país independiente. Según la oferta de la Cancillería, el gobierno de México aportaría la planta física, el personal de apoyo y servicio, y un automóvil oficial. Puerto Rico solo tendría que enviar a un delegado (con el personal de confianza que considerara necesario) y suplir el contenido de la biblioteca. Acevedo no aceptó la oferta, aludiendo a que no era el momento adecuado.

¿Cuál crees que es la lección, en términos prácticos, de esas experiencias?

Son varias. Primero, que no es razonable invocar las limitaciones del estatus colonial como justificación para no aprovechar coyunturas que afirmen nuestra presencia en el mundo y amplíen el marco real de acción política, económica y cultural. Y no me refiero solo al Estado, sino a las instituciones culturales y los entes privados. Segundo, que no se debe ser tímido para asumir posturas autónomas aún cuando exista el riesgo de que alguna autoridad externa se interponga, o que la acción no tenga el resultado esperado. Tercero, que no debemos olvidar que lo opuesto a la autonomía individual o colectiva es la mentalidad autoritaria, es decir, la noción de que debemos someternos de forma incondicional a una autoridad exterior, aunque en ocasiones no estemos de acuerdo con ella. La mentalidad autoritaria se fundamenta en prácticas irracionales tradicionales que contradicen las normas democráticas y se nutre de miedos triviales, hábitos indolentes y, peor aún, de la inseguridad. En cuarto lugar, que asumir posturas realmente autónomas es más simple de lo que aparenta ser; es decir, que toda estructura de poder es más vulnerable de lo que quisiera admitir. Además, muchas veces no implica confrontar sino soslayar. Finalmente, que la acción autónoma no se basa en grandes teorías o axiomas filosóficos abstractos –y mucho menos de fórmulas jurídicas o movimientos políticos– sino en las prácticas cotidianas de afrontar decisiones en la vida y en cuestiones de carácter, arrojo, valores éticos y visión de mundo. En este contexto es que la idea de Abraham Díaz González sobre la descolonización íntima del individuo tiene sentido. En realidad, no hay forma jurídica ni autoridad política que pueda evitarla o suprimirla. La pueden hacer difícil, riesgosa y precaria, pero en realidad no la pueden derogar.

Lo que quiero decir es que el hábito de autolimitar la acción autónoma, apoyándose en el supuesto de que la condición colonial lo impide, ha sido a todas luces contraproducente. Hace poco, un colega a quien admiro por sus dotes intelectuales y buena formación académica insistía en que aquí no había nada que hacer, porque el desastre creado por Muñoz Marín y el ELA imposibilitaba redención política alguna. No había espacios de acción política digna, concluía, porque el país se había ido a la mierda. En esos mismos días escuché en la radio a uno de nuestros analistas mediáticos (del bando independentista) decir que era imposible para Puerto Rico pertenecer a la UNESCO sin que se nos concediera antes la independencia. Y me pregunto simplemente, sin entrar en grandes polémicas, ¿por qué ese juicio tan fundamentalista no aplicó, por ejemplo, al reconocimiento de la nacionalidad deportiva, o a la representación en los Oscares como industria autónoma? Insisto en que realizar acciones autónomas no tiene nada que ver con el Estado Libre Asociado, ni con la “autonomía” de la que habla el Partido Popular, ni con la llamada soberanía de la cual ahora se habla tanto;  es decir, no está encapsulada en el asunto del estatus jurídico. Muchos independentistas piensan que la autonomía se presenta como una alternativa a la independencia, por lo que hay que combatirla. Yo pienso que aún siendo ese el caso, debemos acoger el valor de la acción autónoma, no como una plataforma electoral, sino como una actitud vital aplicable a la vida cotidiana. Se trata, en última instancia, de un tema inherente a la naturaleza de la condición humana y la vida política. La autonomía real, individual y colectiva, en tanto representa un imperativo universal, está inherentemente problematizada en toda condición político-jurídica, por lo que sus conflictos son ubicuos y permanentes en la historia, con manifestaciones dramáticas esporádicas. Recordemos, por ejemplo, además de las múltiples revoluciones contra poderes establecidos, que la desintegración masiva de los estados multinacionales de la Europa oriental creó nuevas realidades constitucionales; que Québec adoptó una política lingüística propia para la provincia, a pesar de que es parte de un país anglófono en sus otros componentes territoriales; que en España, Euskadi (País Vasco) y Cataluña promueven oficialmente su propia cultura y autonomía política con el respaldo mayoritario de la población, entre los cuales hay sectores importantes que promueven la separación; y para usar un ejemplo reciente, que Palestina ha sido admitida como miembro de la UNESCO a pesar de que formalmente no existe como país.

Por otro lado, abundan ejemplos de países que no asumen sus autonomías (o soberanías), por lo cual se les designa como países satélites o Estados neocoloniales.

Recuerdo cuán pertinente fue el comentario del historiador Arturo Morales Carrión sobre la denuncia del ELA que hiciera José Trías Monge (Historia Constitucional de Puerto Rico, 1980), utilizando la metáfora de un tren cuyas ruedas resbalan en los rieles sin poder avanzar. No hay que esperar, dijo Morales Carrión, a que la autonomía se conceda en el plano jurídico: “la autonomía se debe asumir de día a día.” La experiencia me dice que Morales Carrión tenía razón; que a veces la condena al colonialismo (la cual no debe cesar nunca) se utiliza para justificar la inacción política personal e institucional, negando así la posibilidad de realizar actos autónomos, más o menos importantes, y aprovechar coyunturas que ayuden a reafirmar nuestra confianza y valía. Peor aún es la patología de los integracionistas (estadoístas) que utilizan la condena al colonialismo para negar la acción autónoma en lugar de reafirmarla, proponiendo en su lugar el sometimiento permanente e incondicional a una autoridad mayor. Pienso que si Puerto Rico llega a ser independiente o, si en el otro extremo jurídico, se integra al sistema político nacional de Estados Unidos, el tema de la acción autónoma seguirá vigente y volverá a ser objeto de reflexión y polémicas; es decir, no dejará de tener una presencia problemática constante en la esfera pública y nuestras vidas cotidianas.

Regresando al asunto de los Oscares, ¿qué pasó para que la Academia decidiera ahora que Puerto Rico no cualifica para participar en la categoría de Mejor película de lengua extranjera? ¿Se trató de un privilegio otorgado a Puerto Rico que no correspondía, tal y como se argumenta ahora?

Creo que aquí operaron dos factores que ameritan reflexión por separado.

El primero, cabe especular, es que hubo un cabildeo tras bastidores por parte de la Corporación de Cine, cuya gerencia, a pesar de haber apoyado en los medios a los productores tras conocerse la descualificación, se allana ante la estrategia del gobierno actual de borrar, en cuanto sea sostenible por criterios electorales, los espacios autónomos que el país ha logrado ocupar en el entorno internacional. Estoy seguro que ese término de foreign language que se usa en Hollywood para catalogar a nuestras películas no es del agrado del liderato político de la derecha asimilista en el país. Es, a todas luces, un embarassment para ellos. Todos sabemos, por ejemplo, que si fuera posible eliminar nuestra participación olímpica, ya lo habrían hecho. El comentario de que ahora nuestras películas participarán en igualdad de condiciones con las estadounidenses, sin que se tome en cuenta que nuestra industria es marginal a la de ese país y nuestra realidad cultural diferente, concuerda con el discurso político oficial que desvalora nuestra nacionalidad y encumbra una fantasiosa igualdad y homogeneidad.  El caso de America presentó una oportunidad, y la aprovecharon.

Pero creo que aquí también jugó otro elemento que facilitó esa descualificación, y para explicarlo debemos hacer otro breve recuento histórico. Como la categoría de Mejor película de lengua extranjera limita la participación de cada país a solo una película por año, algunos productores que no son agraciados por las autoridades de su país, por lo cual sus películas quedan fuera de la competencia, se valen a veces de subterfugios para entrar en competencia como representantes de otros países que en realidad no han tenido mucho que ver con la producción de su película, salvo por algunos factores incidentales. Recuerdo en particular el caso de una película que llegó a ganar el Oscar, Blanco y negro a color. Los productores franceses, al ver que su película no fue seleccionada por las autoridades de su país, la presentaron ante la Academia como un entry del país africano donde se rodó. No obstante haber sido aceptada como tal, la secuela de críticas no tardó en llegar tras haber ganado el premio. Algunos miembros de la Academia resintieron que los productores recurrieran al subterfugio de aprovechar la coyuntura del lugar dónde se había filmado la película para asumir la nacionalidad de un país periférico, sin capacidad productora, y así soslayar la decisión de las autoridades francesas. La película, como producto cultural e industrial era a todas luces de nacionalidad francesa. En otras palabras, los miembros de la Academia son conscientes de los subterfugios de algunos productores que buscan colocar sus productos donde no corresponden.

Pienso que hay algo de esto en el caso de la película America. Aunque esa película fue desarrollada originalmente en Puerto Rico, fue filmada parcialmente aquí, está basada en un libro de una puertorriqueña emigrada, Esmeralda Santiago y el proyecto recibió subsidios del gobierno de Puerto Rico, su productor real, quien hizo posible su realización y controla el producto, es Edward James Olmos, un estadounidense miembro bona fide del mundo de Hollywood. Además, hay indicios de que la estructura de producción estuvo más arraigada en ese país que en el nuestro, mientras que el eje temático gira en torno a un asunto recurrente en la obra de Olmos: la dinámica social étnica de los inmigrantes en Estados Unidos provenientes de América Latina. Pero como la película no incorpora los méritos creativos necesarios para competir en las categorías principales, la posibilidad real de una nominación se reduce a la participación como representación oficial de Puerto Rico, en una categoría donde a veces juega un double standard y operan criterios condescendientes de simpatía hacia temas sociales de actualidad. En rigor, se percibe que America es tan puertorriqueña como The Rum Diaries. En otras palabras, parece haber personas de la Academia que perciben que la representatividad oficial de America como película puertorriqueña es forzada y que responde principalmente a los intereses publicitarios (de mercadeo) del productor Olmos, quien es, en realidad, un nacional estadounidense y no un puertorriqueño. A esa película, por lo tanto, le corresponde competir como una película estadounidense. Nos es difícil imaginar que por criterios diplomáticos, resulta menos contencioso descalificar la participación de Puerto Rico que cuestionar oficialmente la nacionalidad de una película particular o acusar a Olmos de utilizar subterfugios para manipular a la Academia. Si conjugamos este escepticismo por parte de la Academia con el cabildeo sutil pero insistente por parte del gobierno, el resultado es comprensible.

La lección para nosotros es que los logros autonómicos no se deben abusar porque las circunstancias de subordinación los hacen precarios. La prudencia y la ética nos dice que la manipulación puede ser, además de condenable, contraproducente. Dicho de otra forma, nosotros como país debemos ser cuidadosos y prudentes en el uso del poder de representación que nos confieren los espacios autónomos que hemos logrado en los campos de la industria y la cultura.

¿Crees que se puede recuperar esa representación formal de Puerto Rico en los Oscares?

Se me ocurre pensar que no debe ser difícil argumentar una vez más ante la Academia, y con igual éxito que antes, nuestra condición de autonomía industrial y cultural. Pero para eso debemos tener a la mano un producto cinematográfico nacional bona fide y además, digno en su estructura técnica y narrativa, algo que nos sigue evadiendo como un maleficio. De igual forma que se requiere un caso legal particular para poder argumentar asuntos constitucionales ante los tribunales, es necesario tener un buen producto para solicitar la admisión formal a la competencia del Oscar a la Mejor película de lengua extranjera. Recordemos que la clasificación original en 1986 requirió argumentar la solicitud con datos técnicos e históricos, pero en realidad se montó sobre los valores de producción de La Gran Fiesta.

¿Piensas que nuestra participación en los Oscares en esa categoría refuerza el llamado nacionalismo cultural?

Sí claro, pero eso no es todo. El valor más inmediato es que provee un objetivo particular para la producción; es decir, el prestigio que acompaña a la nominación de un Oscar no solo abre mercados, sino que conlleva el reconocimiento internacional para sus realizadores. A veces puede tratarse tan solo una motivación banal y farandulera, pero pienso que a fin de cuentas contribuye a fortalecer el empeño de dotar el producto de elementos de alta calidad formal; lo que es imprescindible para establecer las bases de una cinematografía nacional.

¿Hay otros factores que contribuyen a que se elimine la participación autónoma de Puerto Rico? Refleja esto una riña con otros grupos étnicos latinos de EEUU?

No lo creo. Olmos representa ese grupo étnico en la industria mejor que nadie, y su instinto lo ha llevado a aprovechar personalmente esa apertura en lugar de oponerse a ella. Y esto lo ha hecho a pesar de ser miembro de un grupo étnico actualmente muy visible y víctima predilecta del chovinismo de las políticas de derecha en ese país. Olmos ha dedicado su vida profesional a obtener las credenciales de un estadounidense bona fide y lo ha hecho con éxito. A pesar de que ha abrazado causas progresistas y participó en el movimiento Paz para Vieques, él ha actuado siempre, para usar la frase del colega Rubén Ríos Ávila, como un “inmigrante agradecido”. La dinámica de minority politics en Estados Unidos es muy compleja y diversa; continuamente abre y cierra puertas en todos los campos: industriales, profesionales, políticos, artísticos, académicos, etc. No pienso, por lo tanto, que Puerto Rico pueda ser hoy en día un factor importante en ese universo étnico de la sociedad estadounidense.

Al margen de esta decisión, ¿cómo evalúas la producción cinematográfica puertorriqueña al presente? ¿Cuán lejos estamos de explotar al máximo el potencial de un cine nacional?

Creo que debemos dejar ese tema para otra ocasión. Ya nos hemos extendido bastante y la evaluación crítica de nuestro cine es un asunto polémico en extremo que amerita desarrollarse con detenimiento. Pero definitivamente es pertinente hacerlo y amerita un debate público con profundidad crítica.

Con esa salvedad transformada en promesa, nos detenemos aquí, por ahora…

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  • Riosavila

    Mis felicitaciones a Javier Colón por haber logrado una entrevista tan valiosa con Roberto Gándara, quien tiene cosas tan importantes que decir sobre el lugar del cine en Puerto Rico, aprovechando esta coyuntura de la representación en los óscares. Me parece aún más importante el modo como la entrevista inserta este issue específico en el problema más complejo y trascendental de la autonomía, sobre todo ahora cuando ya el partido popular ha dejado de ser el  administrador “natural” del Estado Libre Asociado. El resultado de, por un lado, el debilitamiento del Partido Popular y, por otro, la ferocidad del encumbramiento del Partido Nuevo Progresista ha terminado por obnubilar la importante frontera que debe separar siempre al Estado de los partidos. Aquí los partidos han terminado por comerse al Estado en el proceso de comerse el uno al otro. Roberto,  me parece,  defiende una autonomía para el Estado, una capacidad de gestión que no sea subsumida por la depredación partidista. Esa depredación está demasiado peligrosamente cerca de la depresión: acaba con las ganas de hacer, le quita los deseos a cualquiera. 

    Aquí el problema ya no es ser o no ser (como lo fue para los treintistas) sino hacer o dejar de hacer. Roberto, como lo suele ser todo gestor o activista cultural (y él es de los mejores) es un empedernido optimista. El pensamiento profundo (la poesía, la filosofía)  se nutre del pesimismo más desgarrado, y eso lo sabe cualquiera que haya leído a Nietzsche, a Pizarnik o a Eduardo Lalo. Pero los gestores, los verdaderos gestores,  necesitan su optimismo, y todos nosotros el de ellos, para contagiarnos. Esta frase de Roberto me parece muy típica de este gesto: “[A]sumir posturas realmente autónomas es más simple de lo que aparenta ser; es decir, que toda estructura de poder es más vulnerable de lo que quisiera admitir.” Palabras con luz y con pus. Los derrotistas de este país se merecen la bofetada terapéutica que implica esta cita. Respecto a la vulnerabilidad del poder, cualquiera que haya visto “El mago de Oz”, “A Few Good Men”, o “Dr. Strangelove” sabe que el que detenta el poder ) con la fuerza de la ley) tiene siempre algo de impostor. Saber eso ya es el primer paso de todo apoderamiento del sujeto. 

    Creo que es importante señalar también que hay toda una fenomenología de la autonomía como tal que no debe confundirse con la historia del autonomismo como tradición política. Están relacionadas, por supuesto, pero no son lo mismo. Creo que hay que ocupar, hacerse cargo del performance de lo autónomo, sin permitir que la oscura escolástica del autonomismo nos paralice. No hay que esperar para que se cristalice ni el estado federado, ni la república asociada, ni el ELA culminado, para hacer. ¿Porqué no dejarle al hacer la verdadera tarea del ser?