Inicio » Arte

Ego fuit hic


Pintar al óleo con un pincel tan fino que no deje huella, que permita arrepentirse y volver sobre lo pintado una y otra vez. Un pincel tan fino como un pelo, con el que pueda pintarse hasta el más mínimo detalle de la realidad de forma minuciosa y cuidada, tomando como punto de vista el ojo del pintor. Jan van Eyck formuló el nuevo lenguaje de la pintura del norte de Europa del siglo XV y, aunque no fue él quien inventó la pintura al óleo, si obtuvo de esa técnica los mejores resultados, creando unas obras alucinantes por su cuidadoso detalle, sus brillantes colores y su complejidad simbólica.

El Matrimonio Arnolfini (1434, National Gallery, Londres) es un encargo que recibió van Eyck de un rico comerciante florentino, Giovanni Arnolfini, que estaba decidido a demostrar su riqueza y poder mediante el encargo de una obra que, aunque no tuviera oro como era habitual en la edad media, mostrara pormenorizadamente todos y cada uno de los ricos objetos que había adquirido. Nada mejor que el óleo y la técnica de Jan van Eyck para detallarlos uno a uno. Sin embargo, estos objetos de apariencia cotidiana encierran otros significados. Esta pintura es una de las muestras más acabadas del realismo cargado de simbología del artista flamenco.

Una pareja ricamente vestida se toma de las manos en una habitación, una alcoba que se convierte en un lugar sagrado en el que se está celebrando su boda con total solemnidad (hasta 1563 la ceremonia matrimonial podía celebrarse en cualquier lugar ante testigos). El marido, con actitud seria y semblante circunspecto, levanta la mano en señal de juramento, mientras la esposa sumisa y recatada acepta su destino. Son actitudes que marcan la diferencia entre el hombre y la mujer: potestas y fides manualis.

Giovanna Cenami viste un precioso vestido verde a la moda de la época, con el talle ciñendo el pecho y una abundancia de paños que abulta el vientre, haciendo parecer que está embarazada. Giovanni Arnolfini, rico comerciante, viste una capa de piel oscura.

Los símbolos que santifican el matrimonio están camuflados tras objetos de apariencia normal: el candelabro que con una única vela encendida, simboliza la luz de Dios; el perro, la fidelidad; los frutos que hay en la ventana, los hijos que van a nacer; las cuentas de cristal colgadas en la pared, la pureza y la devoción. Así, el pintor va desgranando las claves de esta pareja que va a vivir en la abundancia y en el estricto cumplimiento de los valores cristianos, a través de lo que Panovsky llama “simbolismo disfrazado”.La firma en la pared Johannes de Eyck fuit hic (Jan van Eyck estuvo aquí) con una caligrafía delicada y hermosa, convierte el cuadro en un documento y al pintor en el notario que da fe de la veracidad del acto. Tal vez no haría falta nada más para que el matrimonio sea un compromiso ante dios y ante los hombres: tenemos el espacio sagrado, el juramento de los contrayentes y el testigo. Pero el pintor quiere que su presencia en la ceremonia no deje lugar a dudas y entonces… ahí está él: en el espejo convexo que nos muestra en un espacio diminuto, casi inverosímil, la habitación completa vista desde el otro lado.No hay manera de mirar esta obra sin entrar en ella, sin sentirnos incorporados a la escena para palpar las telas, acariciar al perro, bañarnos en la luz que entra por las ventanas o dejarnos iluminar por la luz mística de la única vela que está encendida en el candelabro de bronce. Es tan abrumadora y rica en detalles que no podemos dejar de asombrarnos con cada uno de los objetos que nos han dejado boquiabiertos por su perfección. Ya estamos seducidos, ya estamos atrapados en este espacio de colores radiantes que ha sido construido al margen de los problemas matemáticos de la perspectiva italiana. Este espacio en el que nos hemos adentrado, ha sido creado exclusivamente desde la mirada del pintor, por eso, cada objeto tiene su especificidad, su incuestionable lugar en el mundo, su presencia fenomenal en un sistema construido de forma empírica.

Nosotros también, como van Eyck, estamos aquí.

  • Lilliana Ramos-Collado

    Una lectura hermosa de una obra que, de tanto detalle a la vista, deviene enigmática. Quizás los detalles nos distraen, quizás tener el frente y las espaldas de todo nos hace pensar en ese espejo de Alicia por el que se entra a un mundo siempre “otromundano”. 🙂