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El 58vo Festival de Teatro Puertorriqueño


Asistir al Festival de Teatro Puertorriqueño de este año ha sido un gran regalo. Tuve la suerte de ir a varias de las presentaciones y ante el fin de semestre (que estuvo cargadísimo para mí) no me había sentado a escribir nada coherente hasta este momento cuando les esbozo mis apreciaciones que siempre parten de la experiencia estética que me brinda cada función y no de un rigor técnico ni teórico.

El Festival empezó el 25 de noviembre con la pieza Perfectas, escrita y dirigida por Mikephillippe Oliveros y se presentó en el Teatro Victoria Espinosa (volverá a presentarse el 7 y 8 de enero). Tuvo mucho sentido que se abriera con esta pieza, es una ofrenda a los teatreros, actrices, actores y aficionados a la escena teatral de Puerto Rico. Fue muy asertiva por el ingenio de entablar unas situaciones muy pertinentes al mundo actoril y a través de ello, parodiar distintos elementos del mundo del teatro, incluyendo figuras icónicas de este ambiente como Dean Zayas, Carola García y Victoria Espinosa, y a piezas importantes como La carreta, La pasión según Antígona Pérez y Romeo y Julieta. Sin embargo, los intertextos y alusiones delimitan el público a uno que tenga dichos referentes claros porque de no ser así, la magia del chiste ingenioso y brillante puede opacarse.

Dramatizada por Jessica Rodríguez (Clara) y Melissa Rodríguez (Isabel), la puesta en escena trabaja diversas facetas del trabajo de un actor, pero desde la perspectiva femenina; aunque no es evidente en la obra un manifiesto feminista, esa mirada la podemos argüir del hecho de que quienes compiten por un papel son unas mujeres que tienen una relación más de rivalidad que de amistad y cuya única alternativa en la que pudieron estar de acuerdo para la audición fue pelearse hasta la muerte en un sentido doblemente dramático. La necesidad de conseguir papeles estelares y ser más que parte de la producción, o más que ofrecer talleres, lleva a Clara e Isabel a cuestionar hasta sus acercamientos a la actuación, así como su formación dramática. Asimismo, las lleva a lo largo de su carrera a entablar una serie de estratagemas en la que la traición opera como modo de hacerse de un espacio en el medio artístico (más como espectadores no sabemos cuán cierta sea ese extremo de rivalidad pues esa parte de la historia es la que conforma la audición, lo que también plantea un juego seductor entre la realidad y la ficción).

Todo esto me lleva como espectadora a repensar el teatro desde ese espacio de la gestión que puede volverse antropofágico. Lo que a su vez me lleva a considerar ese estigma de la competencia entre féminas en el mundo de la actuación y por qué el desarrollo de la carrera artística de una mujer tiene que integrar en algunos casos la deshonestidad entre sus pares.

Los elementos mínimos de la escenografía y vestuarios nos llevan a que nos centremos en ellas, las actrices representadas, y las anécdotas y aproximaciones que hacen a lo largo de la pieza. El glamour de las candilejas teatrales a veces nos desconecta del ente humano detrás de la representación, y en esta pieza, la vida cotidiana de las actrices se vuelve el tema central y nos lleva por extensión a reflexionar en los actores como sujetos humanos que se violentan ante la falta de foros y ofertas laborales. La breve representación que utilizan en su audición nos sorprende y nos recuerda la cita shakespeariana ya convertida en cliché: “El mundo es un escenario…” puesto que en ese momento (intencionalmente cargado de absurdo dramatismo) se nos presenta ese famoso “teatro dentro del teatro” y los espectadores nos hacemos doblemente conscientes de ser parte de la obra misma.

El fin de semana siguiente asistí a la pieza de danza Al son que me toque, de Ballets de San Juan, en el Centro de Bellas Artes de Santurce. Contó con la participación de la primera bailarina Bárbara M. Hernández Miro, junto al bailarín invitado Pablo Paredes y Alina Abreu; además de contar con Jaime Maldonado, Karla Sánchez, Carla Curet, Stephan Vega, entre otros bailarines. La fusión del ballet clásico con ritmos populares contemporáneos fue sumamente atractiva, y demostró la técnica y maestría de sus bailarines. Sin embargo, no podía parar de preguntarme el porqué de la heteronormatividad en la danza (cuestionamiento que lancé desde mi página en Facebook y recibí varios acercamientos de bailarines, lo que me motivó a analizar e investigar más al respecto, así que pendientes a un artículo que publicaré al respecto). No fue sino al final que en una de las piezas hubo una pareja compuesta por dos varones, pero mi inquietud va más allá de eso. Muchas de las escenas mostraban, como parte de la recreación de las canciones latinoamericanas, actos en los que el hombre jugaba con la mujer levantándole la falda de ella; además, los juegos de seducción podían coincidir con lo que definimos como acoso; y había momentos en los que los hombres se mostraban jactándose con sus amigos de las conquistas, entre otras escenas que ofendían mi modo de ver la sexualidad y el flirteo.

Esencialmente ese es mi cuestionamiento: ¿por qué para representar la cultura popular se presentan los patrones de conducta que queremos erradicar, como aquellos que subrayan el machismo? La selección musical y la labor de los bailarines fue impresionante, así como hubo grandes aciertos en la coreografía, pero ¿será posible concebir la danza fuera de la heteronormatividad?

El monólogo Lolita del dramaturgo Waldo A. Torres se presentó el 3 de diciembre en el Museo de San Juan. Esta pieza recrea los momentos en la prisión y el atentado al Congreso de los Estados Unidos liderado por Lolita Lebrón (interpretada por Viviana Torres Mestey). Inicialmente un cortometraje contextualiza la pieza. When Terror Wore Lipstick, el video presenta el titular del recorte de periódico en el que se da a conocer a la heroína política y se presentan entrevistas a diferentes personalidades que evidencian el valor social y político de esta mujer.

El monólogo manifiesta también la capacidad poética de Lebrón durante las escenas melodramáticas de la prisión, y hace del lápiz labial un elemento de poder femenino. Ella era una mujer que, en tacos, traje y con un fabuloso rojo en los labios, alertó a la prensa mundial sobre la situación colonial en Puerto Rico. Asimismo, el amor a la patria un tanto romantizado en el discurso de la protagonista, pero sin duda, contagioso, sirvió de estímulo y como elemento didáctico para quienes no conocen a la líder revolucionaria.

El 10 de diciembre presencié Noche de galería en el Teatro Coribantes, publicada por la Editorial del Instituto de Cultura Puertorriqueña en la colección, De mi placard: trilogía de piezas teatrales sobre la diversidad, la identidad y la conciencia de Roberto Alexander Pérez. Esta obra, coescrita con el actor y director argentino Daniel Fueyo, es una comedia ligera que tiene sus aciertos. Como público rodeamos la sala, y las puertas, paredes y marcos de las piezas en la galería fungen como ventanas por las que vemos las dinámicas de las personas que componen el público del cierre de la exhibición. La idea de ser una de las piezas de la galería, que en silencio (aunque en algunos momentos riendo) es testigo de las conversaciones e interacciones de los personajes, me pareció interesantísima. Esta agudeza escenográfica estuvo a cargo de Israel Franco Müller.

Cada personaje caracterizó un tipo social, lo que me pareció excesivo, aunque se podía justificar por la intención de la trama. Tenemos a Roberta (interpretada por María Bertolez), una jueza que se vale de su dinero y posición social para manipular, pero es una prejuiciada y en algún momento abusó sexualmente de Nicanor (Edmoud Morales) un joven, que también se integra a la exhibición y se lo reprocha delante de todos en un momento de tensión. Precisamente, los instantes climáticos son matizados y llevados al humor por Filomena (Frances Cardona), una artista excéntrica (cuya obra es la que está siendo exhibida en la galería), que, al poseer una preparación en Psicología, diagnostica a los personajes para subrayar sus propios prejuicios, y en ocasiones degradar a los personajes. Además, vemos a la curadora de la galería, Clara (Mariana Quiles) que es en realidad una artista talentosa truncada por Pablo, su controlador marido (Jonathan Cardenales) quien al final es delatado por Clara como daltónico (el colmo para un dueño de una galería). También entre ese público está Álvaro (Guissepe Vázquez), un estudiante de Arte que está en pleno manifiesto de ser un millennial que no se encajona en etiquetas en torno a la sexualidad y coquetea con Marco (Edwin Emil Moró), el crítico de arte que es HIV positivo y queda en evidencia cuando se corta y les grita a todos que se alejen.

Finalmente, un personaje que honra su nombre es Silvestre (Javier Ortiz-Cortés), un deambulante que duerme en las cercanías de la galería y se añade al evento para notificar el enclaustramiento por la inundación que produjo la lluvia y que quijotescamente revela verdades a los distintos personajes. Valga destacar que contrario a la Filomena, que se ampara en la terminología psicológica de modo abusivo y hasta políticamente incorrecto, Silvestre, que parte de su observación atinada por la sabiduría que le brinda la calle, es un tanto benevolente como lo es el personaje cervantino. Esta alusión a un personaje clásico también me lleva a considerar Los soles truncos.

En la pieza de René Marqués las hermanas Burkhard están enclaustradas y, por medio de un incendio, pasan por un proceso de purificación; en Noche de galería los personajes quedan recluidos por una lluvia intensa, lo que les lleva a purificarse al develar sus verdaderas personalidades y conflictos. En esta pieza es el agua quien sirve de purificación y la muerte es más metafórica que real como la presenta Marqués en su obra de teatro.

El cierre, así como la apertura, tuvo sentido. La obra Ofel de Sylvia Bofill, culminó las presentaciones del Festival, como dicen, “con broche de oro”. Esta pieza representada por estudiantes de Drama de la Universidad de Puerto Rico, usó como intertexto a Hamlet y planteó la situación de la violencia en las calles (que terriblemente se vieron ejemplificadas cuando una actividad en unos establecimientos de la Calle Loíza se vio afectada con un tiroteo). La propia Bofill reaccionó al respecto en su página de Facebook:

Hoy nos levantamos con la triste noticia de las balas perdidas en la calle Loíza y no dejo de pensar en Ofel, en esa guerra que vivimos y está en todos lados (cuando vivía en el Vedado escuchaba tiros todas las noches y mis vecinos me hablaban de los tiros incrustados en sus paredes… tengo y tenemos muchas experiencias así -esto no es nuevo). […] Las guerras más violentas son las que son silenciadas o mejor dicho “normalizadas”, por eso es que el soundtrack de Ofel tiene tantos tiros… al igual que los coquíes, ya nos hemos acostumbrados a ellos…

Ciertamente Ofel fue una pieza rica e interesante. La trama que gira alrededor de la boda entre el padre de la protagonista y su prima es realzada por una exquisita selección musical y unas coreografías que demuestran la gran dirección de la también profesora de la UPR. La violencia tan encarnada en la protagonista, Hanna (interpretada por Andrea Rovira), es solo el eco del ambiente que la rodea, en el que las detonaciones de los disparos son parte del sonido del espacio mismo. Las balas se cuelan por los recovecos de la fábrica de zapatos, lo que simbólicamente insinúa el efecto de la violencia en las estructuras sociales. Un Ofel (Michael Vélez) convencido de asesinar ante la suposición de incesto (acertadísimo tema que está como entrelínea y que es sumamente romántico, por lo que eleva la relación de intertextualidad con Shakespeare) se libra de tal cometido de modo nefasto cuando una balacera los acaba a todos. Así romanticismo, intriga y la magia del jazz que nos presenta la obra concluye de modo terrible y tétrico, tal como lo es la violencia misma.

En la puesta en escena también participan Nefesh Cordero, Luis Rivera, Jenessa Pereira, Carlos Piñero, Luis Reyes, Nefesh Cordero y Zailyn Cuevas. Debo resaltar los papeles de Jackeline Torres, Noelia Loiz, Deborah Matos, quienes representaron a las trillizas, cuya actuación, coreografías y frases me cautivaron por lo genial y divertidas que me resultaron.

Cada obra de un modo particular me ofreció algo memorable y es ese sabor de la experiencia estética que nos brinda el teatro. En estos momentos de crisis y desaliento el teatro se vuelve más necesario que nunca porque nos ofrece un espacio para vernos y pensarnos; para ser empáticos al mismo tiempo que analíticos; para ejercer aprecio por la vida y libertad de ser. Enhorabuena al Instituto de Cultura Puertorriqueña porque a pesar de los recortes y embates económicos, pudo ofrecernos un festival diverso, rico y accesible a todos.