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El verdadero rey de la selva: el Hombre


Timothy A. Clary/AFP/Getty Images

Are we bound by our very nature, our human nature, to destroy the biosphere, the living world, piece by piece, species by species, and ultimately, then, to destroy ourselves? -Dale Peterson, The Moral lives of Animals 

Fui vegetariana “dogmática” durante 5 años,  hasta el día en que en una fiesta familiar me descubrí escondiéndome en el baño para comer morcillas. Me sentí como una carnívora de closet, y si no soy una lesbiana de closet cómo iba a ser carnívora “closetera”. Desde entonces me describo como una “vegetariana flexible”, lo cual resulta muy complicado para los amigos y familiares, pues para ellos uno o come o no come carne. Decidir no comer carne si está disponible es una opción incomprensible. Es decir, que si en una fiesta la gente me ha visto comer carne y en otra me niego a probarla la gente se exaspera e insiste y cuando les explico por qué no quiero comer carne se ofenden. Quiero ser vegetariana con todo mi corazón, pero me encantan los embutidos y el prosciutto. Así que para romper con este vicio emocional, como cuando dejé de fumar, vivo un día a la vez y cada mañana me propongo resistir la deliciosa tentación de comerme el cadáver de algún animal manufacturado y procesado industrialmente. Ustedes dirán ¿pero por qué someterse a este suplicio voluntariamente? La razón es muy personal, después de mucha reflexión he decidido que no quiero ser depredadora.

Hoy por hoy, en países “primer mundistas” o colonias como la nuestra, damos por sentado que la carne está disponible todo el tiempo, 24 horas al día, 365 días a la semana, en el desayuno, el almuerzo y la cena. No hay un solo plato del menú puertorriqueño que no contenga carne; toda la comida callejera tiene carne y en los restaurantes más “avant-garde” tienen uno o dos platillos vegetarianos y el resto de las opciones contiene todo tipo de animales muertos: aves, mamíferos, peces y mariscos. Es como si un plato sin carne no fuera un alimento nutritivo.

Mi padre, un carnívoro empedernido, sufrió más el día que le dije que era vegetariana que el día que le dije que era lesbiana. Él nació en el ‘45, en una zona rural de la Italia de la posguerra. Como muchos sabrán, la Italia de Mussolini fue aliada de Hitler, así que al final de la Segunda Guerra Mundial el país había quedado devastado física y económicamente. Mi padre creció en la pobreza. Él cuenta que eran tiempos duros y que muchas veces la única carne que comía era cuando se trepaba a los árboles a velar los nidos y robarle los huevos o los pichones a los pájaros. Al regreso de la escuela no había tiempo para las asignaciones ni el juego, tenía que trabajar el campo junto a su padre y su hermano. Me contaba que cuando cosechaban el trigo venían los vecinos del molino y se llevaban la cosecha de todos los agricultores. Molían el trigo usando la fuerza del agua y una vez convertido en harina la entregaban al panadero. Por el resto del año mi abuelo, los otros agricultores y la familia de la molienda recibía diariamente el pan. En toda la transacción, no mediaba el intercambio de dinero, pues en esos tiempos escaseaba.

Según recuerda mi padre, mi abuelo escogía un cerdo que sería engordado durante el año para sacrificarlo en Navidad (el invierno), pero no se lo comían como nosotros, durante las fiestas, asado a la barita o en chuletas. El cerdo debía durar un año, así que dividían la carne, la curaban en sales y la embutían, de ahí sacaban prosciutto, mortadella, sopresatta, salame, manteca, entre otros. Con los huesos hacían una sopa, que aguaban diariamente y la comían durante una semana. Mi padre la odiaba y prefería no comerla pues al final de la semana tenía un olor a muerte espantoso. Esto fue hace apenas 30 o 40 años atrás; entonces no había refrigerador, la carne era un lujo y no una comodidad como ahora, el agua todavía había que buscarla al río, la televisión era un invento inaccesible y la revolución industrial todavía no había llegado a la agricultura.

El homo sapiens en los últimos 200 años ha hecho alarde de su superioridad sobre el mundo animal y vegetal como nunca antes en más de 2,000 años de existencia sobre la Tierra. Como especie, nuestra superioridad no radica en adaptaciones a nuestro medio ambiente, pues nuestra fisionomía es frágil: sin cabello en el cuerpo, ni colmillos o garras. Nuestra ventaja radica en nuestra mente, nuestra capacidad para identificar problemas, imaginar soluciones, razonar cómo hacerlas realidad, hacerlas realidad con nuestras manos y comunicarlas con signos a los demás. Así es que hemos evolucionado exitosamente de “pandillas” errantes de cazadores/recolectores a sofisticados depredadores globales. Los avances tecnológicos han facilitado nuestra movilidad,  aumentado nuestra expectativa de vida y convirtiendo a nuestros depredadores en nuestra presa o animales de zoológico.  Somos el “nuevo rey de la selva”, el depredador más eficiente que existe sobre la Tierra, nuestra mente es el arma más poderosa y nuestro único depredador –conocido- es el propio hombre.

Ante nuestra indiscutible superioridad, la principal religión de occidente, muy temprano en nuestra historia concluyó que somos la única especie creada a imagen y semejanza de dios, quien nos mandó: “tengan muchos, muchos hijos; llenen el mundo y gobiérnenlo; dominen a los peces y a las aves,” a los animales domésticos y a los salvajes, “y a todos los animales que se arrastren” (del Génesis, La Biblia). Y así lo hemos hecho hasta ahora, perfeccionando con el paso de los siglos nuestras capacidades de reproducción, dominación y depredación. Como dios, no somos parte de la naturaleza, estamos por encima de ella.

Un ejemplo contundente de esta superioridad del hombre como especie, es nuestro dominio sobre el animal más grande y místico de la tierra: la ballena. En el siglo XIX, gracias a los avances tecnológicos en este lucrativo negocio, tan solo los “gringos” han matado cerca de 36,000 cachalotes en 120 años, un promedio de 300 cachalotes al año, generando un prolífero mercado de velas, varillas de corsés y parasoles entre otras cosas, que redundaron en mayor confort para las mujeres, aventuras y mucho empleo para los hombres, además de crecimiento económico para la nación. La cacería industrializada de ballenas continuó perfeccionándose durante el siglo XX y ya para la segunda mitad del siglo se habían reducido dramáticamente todas las poblaciones de la especie, a tal extremo que de las 13 principales variedades de ballenas, la mitad está en la lista de especies en peligro crítico de extinción. La International Whaling Commision (IWC) creada en el 1946 para supuestamente promover la “cosecha sustentable” de ballenas, en 1982 decidió declarar una moratoria en la cacería de estas. Al sol de hoy, países como Japón, Dinamarca, Rusia, Groenlandia, Islandia y Noruega ignoran la moratoria y continúan cazando ballenas.1

Otro ejemplo de nuestra inteligencia superior es la nueva técnica de cacería de elefantes conocida como “culling”. Se practica en las reservas naturales de Uganda para controlar las poblaciones y en Zimbawe para obtener carne, cuero y marfil, entre otros productos. La técnica consiste en asustar una manada de elefantas para provocar su estrategia de defensa. Cuando una manada de hembras percibe peligro hace un círculo de protección colocando las crías en el centro y formando una pared de adultas con sus trompas levantadas hacia fuera. Los cazadores, sabiendo esto, se esconden con su armas semiautomáticas rodeando la manada y ya sea persiguiéndolas con un avión o haciendo un ruido fuerte las asustan, provocando la formación de defensa entre las elefantas. Una vez en esta posición los cazadores salen de sus escondites y disparan todos a la vez hasta matar a todas las hembras adultas y dejar huérfanas a las crías. Ni los temibles leones son capaces de tanta eficacia.2

Nuestra realidad isleña es muy distinta a la cacería de ballenas o de elefantes en África. Nuestra realidad es tan higiénica, antibiótica y civilizada que podríamos llegar a pensar que llamarnos depredadores es una generalización exagerada. Después de todo, nosotros no somos cazadores. Sin embargo, esa es la gran ironía humana, somos un “magnifico depredador”, superior inclusive al león o las águilas de los escudos de los países imperialistas, que ya no necesita cazar para consumir proteínas. Es más, la cacería hoy por hoy es una actividad recreativa en muchos países. Nuestro abasto infinito de carne proviene de nuestra gran inteligencia, la industrialización de las actividades agropecuarias, o dicho de otra manera, la esclavización sistemática de los animales domésticos a comer y engordar en la menor cantidad de tiempo posible. La esclavitud sistemática de la tierra a “parir” monocultivos a fuerza de abonos y pesticidas. La esclavitud de los animales para ser objetos de la experimentación de nuestros productos de belleza, salud y limpieza. Esclavitud de otros seres humanos para producir nuestra ropa, nuestros teléfonos celulares, computadoras y para minar la tierra en busca de los metales que alimentan nuestros avances tecnológicos y nuestra vanidad. La esclavitud de otros seres humanos a consumir para sostener nuestro voraz crecimiento económico.

Nuestro estilo de vida es un acto de depredación constante, nuestra adicción a los combustibles fósiles, a la luz eléctrica, los carros, los aviones, la velocidad y la recreación genera un sin fin de contaminantes y desechos que son tóxicos para el resto de los seres vivos. Entre el internet, la comida prefabricada y el microondas, nuestra percepción del tiempo se ha atrofiado y nuestra paciencia, o capacidad de esperar por los procesos naturales de la vida es casi inexistente. Como criaturas hechas a imagen y semejanza de dios, no pertenecemos a la naturaleza sino que la controlamos. Todas y cada una de nuestras acciones, inclusive las más ingenuas y  bien intencionadas, tienen un efecto depredador y cuando menos un efecto tóxico.

Hay una isla en medio del Pacífico llamada Midway, que ilustra muy tristemente nuestra naturaleza tóxica. Está cerca de una de las 5 islas de plástico flotante que se han encontrado alrededor del planeta en los últimos años. La isla de basura cercana a Midway se cree que es 2 veces el tamaño de Texas o Francia. La tragedia no es que la basura plástica de todas partes del mundo se congregue y flote en el mar, o que se hayan encontrado trazos de las toxinas plásticas en los cuerpos de los peces. La tragedia más inmediata es que la población de aves de la isla (los albatros) confunden nuestro plástico con su comida y no solo se lo comen, sino que alimentan con él a sus crías. Gracias al fotógrafo Chris Jordan, quien ha documentado ampliamente estas muertes y prepara un documental sobre esta triste realidad, hoy sabemos que todos somos responsables. Sus fotos revelan de forma objetiva los estómagos llenos de plástico de estos pájaros que mueren de inanición, al no poder alimentarse de nuestros desechos.3

El ecosistema del que dependemos funciona a base de reciclaje para sostener la vida. Los desechos metabólicos de cada ser vivo tienen una función en la cadena alimenticia de otros seres vivos. Nada en la naturaleza se pierde, no existe en la naturaleza el concepto “basura”. Sin embargo, nuestra superioridad nos hace ver desechos en todas partes, por ejemplo, en el afán de cortar árboles porque no queremos barrer las hojas que caen y que son alimento para la tierra, o porque no nos dejan ver la fachada de nuestra casa. Aunque nuestro paradigma de que somos seres superiores nos haga creer que no somos parte de la naturaleza, en realidad sí lo somos y la necesitamos más que lo que ella nos necesita a nosotros. Es decir, aunque no lo queramos aceptar nosotros necesitamos más el oxigeno, la sombra, las frutas y las hojas que producen los árboles, que lo que ellos necesitan nuestros carros, plástico o pesticidas. Es difícil entender la naturaleza humana fuera de la Naturaleza. Mirando el zoológico infinito de criaturas vivas que habitan nuestro planeta, encontramos ciertos microorganismos con efectos tóxicos similares a los nuestros como los virus (el dengue) y las bacterias (la lepra). Por ejemplo, los estromatolitos que existieron en el precámbrico hace 3,500 millones de años atrás, cuando los científicos creen que la atmosfera terrestre estaba compuesta por amoníaco, hidrogeno, metano y agua, o por nitrógeno y dióxido de carbono. Los estromatolitos fueron los responsables de envenenar la atmósfera con oxígeno, cuando en su momento crecieron de manera exponencial, lo cual causó la extinción de la mayoría de las primeras formas de vida microscópicas, incluyendo la eventual reducción de los propios estromatolitos. Todavía en la Tierra existen estas colonias de algas y bacterias llamadas estromatolitos, solo se encuentran en lugares extremos con alta salinidad, poco oxígeno y pocos nutrientes, donde otras formas de vida no prosperan.4

La vida surgió en el mar, y es en el mar donde hoy podemos ver los efectos más reveladores de nuestra depredación. La gran mortandad de los corales alrededor de nuestras costas se asocia a tres fenómenos principales: el calentamiento de los océanos, la sedimentación causada por la construcción tierra adentro y las escorrentías de agua de lluvia cargadas de exceso de nutrientes por descargas sanitarias o fertilizantes agrícolas. Cuando ese caudal rico en nutrientes llega al arrecife provoca un desbalance en el ecosistema, y ciertas algas proliferan por encima de los corales obstruyendo la entrada de la luz y matándolos. La muerte de los corales a su vez significa la pérdida de los peces del arrecife. Es un círculo vicioso,  como cuando las poblaciones de candidiasis en nuestro cuerpo crecen desproporcionalmente con nuestro consumo de antibióticos, azúcares y carbohidratos simples, provocándonos vaginitis, hongos en la piel o sinusitis. El planeta Tierra es el sistema vivo al que pertenecemos y del que dependemos, es como una colonia de organismos que dependen unos de otros en un delicado balance; cuando uno de sus organismos crece exponencialmente y se queda sin depredadores pone en riesgo a todo el ecosistema.

El matemático Albert Barlett explica contundentemente nuestro dilema, enfocándose en el problema de crecimiento económico exponencial. Él plantea la situación de una colonia de bacterias que duplica su población cada minuto y está viviendo en una botella de coca-cola. Una llega a la botella a las 11am y ya para el medio día la botella está completamente llena. La pregunta que nos hace Barlett es ¿a qué hora la más precavida e inteligente de las bacterias debió darse cuenta de que se estaba acabando el espacio y debían limitar el crecimiento? La contestación es a las 11:58am. Pero para ese entonces la lata todavía estaría tres cuartos (3/4) vacía, tendría que haber sido una bacteria muy inteligente, precavida y consciente para preocuparse por ello habiendo todavía tanto espacio disponible. A las 11:59am ya la botella estaba mitad llena o mitad vacía, dependiendo de nuestra percepción. “Sin duda, dice Barlett, los presidentes de la Compañía de Botellas Bacteria estarían corriendo por todo ‘Bacterialand’ asegurando a todo el mundo que no había ninguna razón para limitar la tasa de crecimiento, pues quedaba mucho más espacio del que nunca antes habían tenido en toda la historia. Supongamos que entonces las bacterias realizaran una expedición exploratoria más allá de sus fronteras y bingo, encontraran 3 nuevas botellas de coca-cola. Las bacterias, hambrientas de espacio, respirarían con alivio y duplicarían su tamaño. ¿Pero cuanto tiempo más tendrían antes de volverse a quedar sin espacio? 2 minutos más”, ósea dos duplicaciones más y las 4 botellas estarían llenas otra vez.5

En nuestro caso, ya mucha gente se ha dado cuenta de que estamos destruyendo nuestro ecosistema y estamos haciendo esfuerzos aislados e inconexos para parar nuestro avance destructor. Todavía pocos nos cuestionamos seriamente la insostenibilidad de nuestro modelo de crecimiento económico y el estilo de vida tan cómodo y banal que gozamos. Aún entre los que tenemos conciencia se nos hace muy difícil entender cómo todas nuestras acciones afectan el delicado equilibrio de la vida. Una vez un grupo de amantes de las tortugas y el Corredor Ecológico del Noreste acampamos en una de sus playas. Me sorprendió mucho al llegar ver la arena lisa, sin las huellas habituales del pisar humano. A la mañana siguiente, ya toda la arena tenía esa textura particular que le imprime nuestro caminar. Tuvimos la suerte de presenciar una eclosión o nacimiento de tinglarcitos. Fue mágico, el protocolo dice que no podemos ayudarlos a llegar al mar, pues ese aletear y arrastrarse por la arena es indispensable para que desarrollen sus músculos y sus pulmones. Sin embargo, nuestras inocentes pisadas representaban para estos recién nacidos, un obstáculo adicional en su camino que le añadía un esfuerzo mayor a su travesía y los exponía durante más tiempo a las tijeretas, esas aves depredadoras que los observaban con apetito desde el cielo. No los podíamos ayudar a llegar al mar, pero sí podíamos borrar de su camino nuestras huellas para que pudieran llegar más rápido a su destino.

Yo sé que dejar de comer carne, tratar de consumir menos, producir menos basura, reciclar y comprar alimentos orgánicos de los agricultores locales no cambia el hecho de ser parte de una especie depredadora. Todavía prefiero el carro a la bicicleta, compro ropa fabricada en India y Pakistán, me encanta viajar a diferentes partes del mundo y estoy enviciada con la inmediatez de buscar información en la internet desde mi celular. Dejar de comer carne es un gesto, un acto simbólico y a la vez concreto, un intento de cambiar el paradigma antropocéntrico de nuestra superioridad cuasi divina sobre los animales. Un cuestionamiento diario de mi superioridad por encima de las otras especies. Mas no quiero ser dogmática al respecto. Sé que los sacrificios que tenemos que hacer para dejar de ser una sofisticada especie de ingenuos depredadores globales son muchos más grandes y que se necesita una masa crítica para que generen un cambio palpable. Ser dogmática y predicar es una alternativa, pero a la vez es un poco ser hipócrita. El cambio en nuestra conducta debe gestarse en nuestro corazón para que sea profundo y duradero.  Si es solo motivado por las creencias termina siendo superficial. El cambio que debemos lograr debería trascender a nivel celular, hasta llegar a nuestros genes. Debería llegar a ser una mutación evolutiva.  El dogma no resuelve este dilema, pues simplifica las contradicciones de nuestra naturaleza humana. Aún así me es imprescindible compartir con ustedes estas reflexiones tan personales. Después de todo, el universo está hecho de profundas contradicciones.

  1. Dale Paterson, The Moral Life of Animals. []
  2. Ibid. []
  3.  Midway, una película por Chris Jordan. []
  4. Los Extraordinarios estromatolitos (sorprendente hallazgo en la Puna Salteña)  por Hilda Suárez/Alejandro Balbiano/María Eugenia Farías/Nuestromar. []
  5. K. C. Cole, First you Build a Cloud and other refections on physics as a way of life. []