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La Trump Era


trump-black-and-white-american-flag-1030x687En algunos años entenderemos mejor el resultado de haber llevado a Donald Trump a la Casa Blanca. Al menos habremos experimentado algunas de las consecuencias de esta decisión que nos resulta ajena y a la vez cercana. A pocas horas de que la suerte de medio mundo pareciera sellada, algunos nos hemos dedicado a hacer acopio de las razones que explican el haber llegado aquí. La lista completa sería interminable. Las que he encontrado a toda prisa las he catalogado por fechas. Seguramente en un tiempo volveré sobre ellas y recordaré como las coloqué unas al lado de la otras, como si tratara de construir una trinchera imaginaria, una especie de refugio antiaéreo contra el  bombardeo de realidad que hemos sufrido durante las últimas 18 horas. Las razones tienen al menos la virtud de alejarnos de cualquier objeto.

Le oí decir esta tarde a un comentarista en la radio: “Lo terrible no es que haya un tipo como Donald Trump. Eso ya lo sabíamos. Lo terrible es que no sabíamos que hay 60 millones de estadounidenses que se identifican con él.” Es para desfallecer. No obstante, las bolsas mundiales se han recuperado de su desplome inicial. Para que les vuelva el alma al cuerpo las personas procuran esperanzas o al menos encuentran determinación. A los mercados les basta con imaginar algún nuevo nicho para la inversión.

21 de julio de 2016

Fue justamente Adam Smith, el padre de la economía moderna, quien propuso en aquel primer libro que lo hizo famoso —The Theory of Moral Sentiments— que la autoevaluación moral requiere el poder observarnos desde la perspectiva de otro. Smith llamó a ese desdoblamiento de quien se observa actuando la perspectiva del “observador imparcial.”  Para saber si estamos haciendo lo correcto cada uno debe tratar de imaginar qué pensaría sobre sus motivaciones el que tuviera el mismo cándido acceso que este tiene ante sí mismo. En este ejercicio imaginario nuestras motivaciones deben ser capaces de despertar la simpatía de ese otro inmaterial. De lo contrario debemos descartarlas, y con ellas, las acciones correspondientes. Si, por el contrario, nos parecieran irreprochables bajo esa otra mirada, podríamos dar ambas por buenas.

La prensa internacional intenta escudriñar las razones que llevaron a 59,135,740 votantes a apoyar la candidatura del republicano. No asume, por supuesto, el imposible disfraz del observador imparcial.1 La cobertura global es poco menos que catastrófica. Solo Vladimir Putin se ha mostrado esperanzado con el triunfo de Trump para mejorar las empantanadas relaciones entre ambos países. Es fácil dar con los enlaces a la página de alternet.org que el 21 de julio de este año publicó las cinco razones que Michael Moore había elaborado para explicar porqué, contra sus mejores deseos y propósitos, Donald Trump podría convertirse en el cuadragésimoquinto presidente de los EEUU.2Entre las razones que Moore le ascribía entonces a los seguidores de Trump hay de todo tipo, incluso algunas con las que podríamos simpatizar si intentáramos asumir la serena perspectiva del observador imparcial. Muchos de los críticos de esta globalización de los capitales, las mercancías y los mosquitos, comprenderíamos perfectamente bien el rechazo a Washington de quienes vieron sus trabajos emigrar hacia el sur global en los estados del cinturón industrial. Esta madrugada fue precisamente Wisconsin el que le dio a Trump los votos suficientes para superar la marca de los 270 electores necesarios para adjudicar la contienda.

Junto a esta razón, la primera en la lista de Moore, hay otras que hasta hace muy poco no estaban socialmente sancionadas como razones, por ejemplo, la rabia volcánica que le atribuimos a los hombres blancos ante lo que nos parece el fantasma de la devaluación social de sus privilegios tradicionales. Hay también razones simpáticas pero algo frívolas, como el querer contribuir a que algo suceda solo porque resulta improbable, imposible, o mejor aun, impensable para la mayoría. Por último, hay razones irreprochables moralmente, como el desánimo de los demócratas que apoyaron a Bernie Sanders en la primaria de su partido o el retraimiento de los que no encontraron cómo hacer causa común con la candidata que votó a favor de la Guerra contra Irak. Muy comprensible renuencia, añado yo, por qué es la misma que como Secretaria de Estado presenció sin chistar, y con el gesto mínimo de llevarse la mano a la boca, el asesinato de quien en ese momento no estaban seguros fuera Osama Bin Laden.

9 de noviembre de 2016

Junto a estas razones atribuidas a los individuos, hay otras que se quedan sin nombrar, pero a las que apuntamos asociándolas con el comportamiento de determinados grupos. John Henley reseñó para The Guardian los números de la encuesta a boca de urna que condujo CNN entre 24,537 votantes.3 Entre los entrevistados que se identificaron como blancos, 58% votó a favor de Trump, mientras que 88% de los que se identificaron como negros y 65% como latinos votaron por Clinton. El 51% de los electores entrevistados que contaban con un diploma de escuela superior (o menos) favoreció a Trump. No obstante, solo el 37% de los votantes con estudios graduados apoyó al candidato republicano. Cuarenta y un porciento (41%) de los participantes en la encuesta con ingresos anuales de $30,000 o menos le dieron a Trump su voto. La proporción aumenta a un 50% entre los que dijeron obtener ingresos de más de $50,000 al año y se mantiene en 48% entre los que reportaron más de $100,000. Para Henley, la raza junto la clase, constituyen los indicadores más certeros para distinguir entre las huestes de cada candidato.4

17 de septiembre de 1787

Y esto nos remite a un último tipo de razón que no es de las que se le ascribe a los individuos ni de las que resultan estadísticamente más probables en determinados grupos. Se trata de las razones que estructuran el diseño histórico de una sociedad, razones a las que nadie puede asentir porque no se presentan como tales en determinadas épocas y si lo hicieran tendrían que venir acompañadas de tantas otras que resultarían inconmensurables para cualquiera. Estas razones, que operan ininterrumpidamente, son el resultado de miles de decisiones y de omisiones, de voluntades vencedoras y de infortunios imprevistos. Dice Domenico Losurdo en Contrahistoria  del Liberalismo (Barcelona: El Viejo Topo, 2007) que los Estados Unidos, lejos de ser una democracia liberal, es una democracia de los señores. A master race democracy, dice el traductor al inglés.  La incipiente democracia estadounidense se constituyó victoriosa ante el reclamo que hicieron los colonos blancos del derecho a gobernar sobre las tierras de los nativos y el trabajo de los esclavos. La hermosa frase que abre el preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos —We, the people of the United States, in order to form a more perfect union, establish justice, insure domestic tranquility…— no refería a un nosotros que incluyera a los negros o a los indígenas. Ambos grupos constituyeron desde sus inicios la frontera interna de la joven democracia americana.

La inclusión, meramente formal, de los negros a todas las esferas de la vida cotidiana no se vislumbró hasta las decisiones judiciales que revirtieron la doctrina segregacionista de “separados, pero iguales” a partir de la segunda mitad del siglo pasado. Los descendientes de muchos de los pueblos originarios desplazados y masacrados llevan meses en Standing Rock, Dakota del Norte defendiendo las tierras a donde fueron relegados algunos de ellos. Un oleoducto de 1,170 millas intenta remover la corteza y cruzar el río Missouri. Los tatarabuelos de los manifestantes murieron esperando que el gobierno de los Estados Unidos cumpliera los pactos que había firmado con las naciones indias. Sus descendientes no parecen dispuestos a pactar nada y sí a asegurarse de lograrlo todo. Las luchas para pasar de la inclusión formal a la participación material o para lograr el mero reconocimiento de lo previamente acordado ha sido extenuante, por decir lo poco, y repletas de reveses. Probablemente desde el Movimiento de los Derechos Civiles nunca antes habían sido tan evidentes como ahora las tensiones raciales y étnicas en los Estados Unidos. El campamento de resistencia Oceti Sakowin y el movimiento Black Lives Matter son viva prueba de ello. El triunfo de Donald Trump es otro de los grandes obstáculos en las miles de luchas por que se incluya en aquél nosotros todos los que habían quedado originalmente a la intemperie. Antes de insultar a los mexicanos con las primeras piedras en su vasta frontera se han alzado incontables muros.

  1. De hecho, estas elecciones son las quintas en las que el voto popular difiere del respaldo del colegio electoral. Por Hillary Clinton votaron 163,641 personas más que por el presidente que resultó electo. Bill Chappell. (November 9 2016). “Shades of 2000? Clinton Surpasses Trump in Popular Vote Tally”. NPR. []
  2. Michael Moore. “Five Reasons Why Trump Will Win.” []
  3. Exit Polls 2016. []
  4. Jon Henley. (November 9 2016). “White and wealthy voters gave victory to Donald Trump, exit polls show”. The Guardian. []

  • Hery

    Comentarios de un amigo norteamericano en respuesta a un post de queja de un primo residente en Orlando:
    Sorry, it´s in english:

    Borrowing from a famous, popular superhero film, I would suggest that America did not get the President that it needs, but rather the President that it deserves.

    Since America’s inception, the nation itself has had a long track record being, to a large degree, “misogynistic, cheating, xenophobic, egotistical.” It has often been the opposite of a bastion of understanding, fairness, and humility, though we like to perceive ourselves that way and many notions to the contrary are sanitized for our consumption or altogether avoided when history is presented to us.

  • Bernat Tort

    Anayra:

    No me parece casualidad que la mayoría de los autores neo comunistas ignoren a la revolución americana a la hora de establecer las secuencias políticas de la teleología de la lucha por la libertad y la equidad de los pasados tres siglos. En la revolución amaericana, a diferencia de en la francesa, “el pueblo” nunca se presentó, sino que siempre fue re-presentado por esos “señores” que se reunieron el 17 de septiembre a firmar La Constitución, por ese “nosotros” que votó el pasado 9 de noviembre y que levantó muros, como indica tu metáfora final, en cada calle, pueblo y escuela; en cada casa y en cada corazón.

    Gracias como siempre,

    Bernat

    • Anayra

      Buenos días Bernat,

      Wallerstein dice en “Utopística” que solo dos revoluciones han sacudido el sistema-mundo: la francesa y la rusa. (¿Y la haitiana?, me pregunto). Los liberales reclaman la Revolución Gloriosa en Inglaterra, la de EEUU y la francesa. Es interesante que ahora esté bajo examen, bajo los estándares liberales y no los comunistas, la de EEUU. Concurro contigo.

      Gracias a ti.

      • Luis Rivera Pagán

        Tu pregunta, Anayra, articulada al margen de este diálogo, es importante: ¿porqué la marginación de la revolución haitiana? Incluso autores que recalcan el significado de las grandes revoluciones desde una perspectiva latinoamericana, como Enrique Dussel, no prestan atención a la revolución haitiana ni a sus repercusiones por toda América, Norte y Sur, durante el siglo XIX.

        • Anayra

          De acuerdo, Luis. La revolución haitiana es la primera de las luchas anti esclavistas en América, la segunda de las anticoloniales y la primera conducida por un sujeto marginal y subalterno. Es en Haití donde se proclama la liberación de la esclavitud, decisión acogida pos facto en París. Más adelante es la joven república negra quien ofrece a Bolívar armas, barcos, soldados, estrategas y una imprenta para su lucha libertadora a cambio de que se liberen los esclavos de todo territorio liberado. Y esto cambia el cariz y el discurso de la lucha anti colonial contra España.

          Estoy convencida que hay que volver a mirar con detenimiento este episodio fundamental para América y los idearios políticos modernos que la ignoran. Tal vez ahora, que se nos ha pasado la borrachera de la Ilustración y estamos dispuestos a reconocer la multiplicidad de los sujetos políticos, la latencia revolucionaria de todas las subalternidades y la pluralidad inagotable de las razones que nos convocan, podemos valorar el magnífico gesto de una gente diezmada y en mal estado que era literalmente de todas partes, que hablaba distintas lenguas, que tuvo que reinventar su cosmología y espiritualifad y que sin tener del todo claro la geopolítica de sus tiempos hizo lo verdaderamente imposible.

          Nos debemos esa reflexión. Se la debemos a Haití. Y a lo mejor el resto del mundo aprende algo.

          Gracias por la intervención.

          • Bernat Tort

            Anayra y Luis:

            Ha sido solo en el contexto del movimiento Black Lives Matter que me he hecho consiente de mi absoluta ignorancia en torno a la revolución haitiana. Recientemente me compré un libro de los textos políticos de Toussaint L’Ouverture y uno titulado “Hegel, Hati and Universal History” de Susan Buck-Morss (que me había recomendad Juan Carlos “Juanqui” Rivera) para remediar esta laguna imperdonable en mi bibliografía revolucionaria.

            Me interesaría saber si les interesaría organizar, o participar de, alguna actividad académica sobre el tema para el semestre que viene. Yo no sé lo suficientemente del tema como para presentar algo, pero de hacer falta lo haría. ¿Se apuntan?

            un abrazo a ambos,

            Bernat

            • Anayra

              Di cuando. Que no sea abril.

              Un abrazo.

              PS. Bravo por Juanqui.

              • Luis Rivera Pagán

                Me apunto. He leído el libro de Susan Buck-Morss. Sobre Haití también recomiendo “Silencing the Past: Power and the Production of History”, de Michel-Rolph Trouillot y “Avengers of the New World: The Story of the Haitian Revolution”, de Laurent Dubois. Coincido con lo que me ha contestado Anayra y el tema me interesa. Por si acaso (787 405-7974).

                • Luis Rivera Pagán

                  Y el clásico de C. L. R James, “The Black Jacobins: Toussaint L’Ouverture and the San Domingo Revolution.”

                • Luis Rivera Pagán
                • Bernat Tort

                  Perfecto, pues nos comunicamos durante las vacaciones para coordinar y hacer brain storming!

                  Un abrazo a ambos, y gracias Luis por las referencias.

                  Bernat

                • Francisco J Concepcion

                  Yo he trabajado el tema del negro libre en la revolución Haitiana, sobre todo el papel de Julien Raimond, porque me parece interesante cómo este sujeto, que era marginal desde ambas perspectivas se bifurcó en la Revolución Haitiana. Obviamente el ocultamiento de dicha revolución está atado al carácter racial de la misma pero también al hecho de que la misma se articula sobre la negación de la nación-estado como se pensaba en ese momento. Desde esa perspectiva es que, incluso en América Latina, se le ha olvidado. Tomen como ejemplo las formas en que se va rearticulando el proyecto nacional haitiano ante la victoria, totalmente inesperada, de la revolución. Por un lado las formas en que el sistema se reinventa, incluso la introducción de la esclavitud, pero también las formas en que el caracter liberador de la experiencia haitiana se reconfiguró ante el fracaso inicial del mismo.