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Oro, plata, defectos y virtudes


josé manuel darro

El 14 de febrero, día del amor y la amistad, es regocijo para recién enamorados. Flores, restaurantes, prendas, besos, demostraciones corpóreas de amor y deseo son, sin embargo, inversamente proporcional a la cantidad de años casados. El regocijo suele ser suplantado por el regodeo. La disponibilidad matrimonial pareciera relegar el deseo o la conquista.

Después de haber devuelto sortijas matrimoniales entre 1980 y 1983, acepté casarme en octubre de 1985, a los 24 años, con quien seguí celebrando el amor por 29 años y 7 meses. Me propuso matrimonio en dos ocasiones. Cuando logró que aceptara su propuesta, me preguntó si Secundina Reyes García, mi madre, me había enseñado la mejor manera de divorciarme.

No lo aprendí de mi madre. La profesora de una clase de Educación para la vida familiar, tomada en el Departamento de Educación de la UPRRP cuando apenas tenía 19 años nos asignó asistir y escribir sobre 10 procesos legales de casos de familias. Ver casos de padres divorciados que terminaban en la cárcel por no contribuir con nada para la cría de sus hijos, abusos físicos de ambos sexos, violaciones de niños e incluso exigencias de obtener la mitad de todas las posesionas del esposo o esposa para conceder el divorcio, me llevaron a dudar de ningún novio o amiguito que se acercara levemente a cualquiera de esos 10 casos legales.

Antes de casarme con Jaime Giordano Mirschwa en octubre de 1985, le exigí tomar un seguro de todas sus deudas, separar nuestros pagos y gastos hasta que nacieran nuestros primeros hijos y mantener mis apellidos para siempre. Le prometí casarme solo por siete años, dispuesta a renovar el matrimonio por siete años más durante el sexto año.

Durante el sexto año debía invitarme a un excelente restaurante, discutir sobre nuestras virtudes y defectos, prometer cualquier cambio necesario durante los próximos siete años para capturar la renovación del matrimonio por siete años más o aceptar el periodo de un año para planear el divorcio en caso de negarnos a aceptar nuestros cambios.

Cada renovación matrimonial fue seguida por un beso de la esposa y un regalo de oro o plata por el esposo. Un beso, un objeto de oro o plata, la promesa de mantener nuestras virtudes o defectos y aceptar nuestros cambios por los próximos siete años. Comenzó en un restaurante francés de Cincinnati, Ohio, en 1991 y culminó en un restaurante árabe en San Juan, Puerto Rico, en 2011.

Renovamos nuestro matrimonio por siete años más, hasta el 2019. Nos separó la muerte el 25 de mayo de 2015. Disfrutamos hasta el último momento nuestros defectos y virtudes. Gozamos juntos física o verbalmente la literatura, la pintura, la música, el teatro y deportes, sobre todo el fútbol. No pude acompañarlo a la última opereta del Metropolitan Opera del Lincoln Center, La viuda alegre. Coincidió con mis clases y la dirección del Departamento De Literatura Comparada de la UPRRP. Lo acompañó nuestra hija, Carla Giordano. Ella y Jaime vieron juntos La viuda alegre, y hasta decidieron traer a la familia una gata con el nombre “putanguero” de Madame Frufrú. Solo me queda el oro, la plata, la sincera celebración de nuestros defectos o virtudes y un triste recuerdo: no haber compartido ni discutido juntos La viuda alegre.

  • Joanny

    Disfruto mucho tus escritos y admiro ese inmenso amor por tu esposo Jaime que va más allá de la separación física porque sus momentos vividos contigo y tus hijos son eternos ya que fueron bien vividos.

  • Sara Rojo

    Qué lindos son tus textos Carmen, los veo juntos…se concretizan en tus palabras