Isaura y Lolita

[dropcap]I[/dropcap]saura dejó unas pantallas cuando se fue. Hace casi cinco décadas que las perlas grises que atesoraba quedaron en una cajita esperando ser rescatadas del olvido. Isaura partió de noche, sin avisar, resuelta en su paso y con una sonrisa que se le hacía nueva. No habían pasado ni veinticuatro horas de haber conocido a la bisnieta que tendría una vida tan diferente a la suya, lejos, muy lejos de aquel pueblo costero del sur. Esa tarde Isaura se dio el gusto de ponerse brava e imponer su deseo de ser la única que tuviera en brazos a la nueva bebé de la familia. Era fresca la tarde y ella la meció sin cesar en el sillón del balcón, absortas ambas en el vínculo que se sellaba ese día. Dos meses de nacida tenía la niña, ochenta y tantos la viejita que, flotando de ternura, la acurrucó toda la tarde, le susurró secretos del mar y le acarició la frente hasta que se durmió. Isaura también se durmió y más nunca despertó del dulce sueño que tuvo esa noche.

El destino de unos aretes es muy incierto. Los de Isaura han sobrevivido mudanzas, separaciones, casamientos, tropiezos, enfermedades y cambios profundos. La primera vez que salieron a pasear fue 48 años después de su muerte. Llegaron hasta las calles del San Juan Viejo donde se dieron cita un centenar de mujeres a honrar la memoria de Lolita Lebrón con pistola y flor. La bisabuela Isaura era una mujer sesentona cuando Lolita fue arrestada por empuñar la suya a los 35. Quizás se persignó, sonrió aturdida al ver la foto en el periódico de esa joven mujer siendo arrestada y se le iluminaron los ojos.

Impensable el acto de Lolita. Y admirable, pensarían para sí muchas mujeres que en ese marzo de 1954 ni siquiera se atrevieron a decirlo bajito temiendo calumnias, rechazo y persecución por musitar algo así. Ni siquiera en el círculo íntimo de las primas, con las que Isaura cosía pañuelos en el balcón, se comentó la noticia. Pero, entre las mujeres, esa mañana el primer abrazo del día fue un poco más largo y más de una perdió el surco de las puntadas imaginando el acto imposible de esa otra mujer que nació cerca de allí. Conscientes de la aterradora violencia con la que respondería el estado, guardaron un silencio ceremonial, cuya reverberación acompañó a Lolita los 25 años que estuvo en prisión.

El día del centenario de Lolita un grupo diverso de mujeres desfiló uniformadas y entonó al unísono un desafío para recordar su valentía, coraje y dignidad. La fuerza de esa Lolita multiplicada fue producto de un mar de cuerpas comprometidas, hace muchas lunas, con honrar la memoria de las mujeres luchadoras, osadas y combativas de esta tierra. Lo hacen a diario, como proyecto de vida, en salones de clases, escenarios, oficinas, en el taller de trabajo artesanal, la calle y en sus escritos. Entre ellas el abrazo de los encuentros es siempre también un poco más largo. Son de todas las edades. Juntas cargan la sabiduría del camino andando, el deseo de aprender unas de otras y, también, mucha alegría por vivir.

Ese día todas comenzaron el ritual preparándose para llegar a la vieja cuidad ataviadas con el ajuar icónico de Lolita, incluido el rojo intenso en sus labios. Allí invocaron su memoria y agradecieron la inspiración. Sumirse en la fuerza del tiempo ceremonial –ese que requiere silencio, moverse de otra forma, esperar, mantenerse en sintonía y salirse de sí– las hizo vibrar en lo profundo. Temprano en la mañana cuando se preparaban para el encuentro se detuvieron a mirar con detenimiento el rostro joven de Lolita  y su porte. Admiraron la mirada decidida, su gracia, su soltura, su fuerza y reconocieron la propia. Igual que Lolita, se pusieron también unas pantallas coquetas, como las perlas grises de mi bisabuela Isaura, para salir a la calle, a gritar sin miedo, juntas y en una sola voz: que vivan las mujeres que luchan por la libertad, ¡que vivan!

Ivelisse Rivera Bonilla
Educadora, investigadora y amante del arte callejero. Colaboradora de Agua, Sol y Sereno, Radio Vieques, Andanza, el Archivo Histórico de Vieques, CEAAL y el Barrio Mariana en Humacao. Es facilitadora de proyectos de investigación-acción participativa con estudiantes en contextos comunitarios y gestora de experiencias de intercambio cultural para estudiantes en Puerto Rico, el Caribe y Centroamérica. Sus intereses y experiencias de investigación incluyen: la historia y metodología del teatro comunitario y político puertorriqueño, las estrategias de segregación espacial en el Puerto Rico de 1990, los modelos de colaboración universidad-comunidad para promover el acceso a la educación universitaria y la relación entre trabajo voluntario y la sustentabilidad en proyectos comunitarios. Posee un bachillerato en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras y un doctorado en Antropología Cultural de la Universidad de California en Santa Cruz. Actualmente es Catedrática del Departamento de Ciencias Sociales Universidad de Puerto Rico en Humacao, donde es coordinadora, consejera académica y profesora del Programa de Investigación-Acción Social (INAS).