
Portada del libro de Carlos de Sigüenza y Góngora
III. Creolización de las oralidades coloniales en los Infortunios de Alonso Ramírez
En esta segunda entrega me gustaría hablar sobre los Infortunios de Alonso Ramírez (1690) como una narración profundamente arraigada en la estructura de la historia oral. Para aquellos familiarizados con el texto, repasaré brevemente las condiciones de producción de este relato; para los que no lo conocen, espero despertar su interés. Los Infortunios surgieron del contexto imperial euroamericano de finales del siglo XVII. Su escenario es verdaderamente global, siguiendo los extensos viajes de Alonso Ramírez a través del Caribe, partes del Pacífico y la Nueva España, un recorrido que incluso desmitifica las narrativas épicas tradicionales. Alonso Ramírez, un criollo pobre nacido en Puerto Rico, buscó alcanzar el éxito financiero huyendo de la isla. Viajó a la Nueva España, donde no tuvo suerte, y muy pronto decidió dirigirse a la zona del pacífico. Muy pronto fue capturado por unos piratas ingleses y el texto relata sus aventuras y padeceres al intentar sobrevivir la vida como cautivo de piratas ingleses, su liberación y regreso al orden imperial español. Su historia de vida fue narrada por el célebre erudito criollo novohispano, Carlos de Sigüenza y Góngora.
La coautoría de los Infortunios de Alonso Ramírez ha sido un área significativa de investigación académica. Algunos críticos se han centrado en distinguir las dos voces narrativas y los estilos discursivos dentro del texto. Por ejemplo, Estelle Irizarry (1991) llevó a cabo un estudio computacional que reveló considerables diferencias léxicas y estilísticas entre los Infortunios y otras obras de Sigüenza y Góngora. Sus hallazgos sugieren que la voz de Ramírez se puede percibir en la narrativa de Sigüenza y Góngora. En contraste, Alberto Sacido Romero (1992) examina la interacción de los discursos orales y escritos a través de un análisis de varias secciones del texto. Otro grupo de académicos, como Kimberle López (1996), Mabel Moraña (1990), Beatriz González Stephan (1987) y Carmen de Mora (2001, 327-332), ha explorado la convergencia de las cosmovisiones de Sigüenza y Góngora y Ramírez para definir las características claves de un discurso criollo americano. En The Cultural Geography of Colonial American Literatures (2003), Ralph Bauer investiga cómo el tema de la piratería enlaza las ideologías y discursos de Sigüenza y Ramírez. Mi propia interpretación de los Infortunios lo considera una obra de coautoría entre Sigüenza y Góngora y Ramírez, viendo a Ramírez no sólo como una figura histórica sino como un participante activo en la configuración de su propia narrativa de aventuras (From Lack to Excess).
El texto sigue la estructura de la historia de vida, que es central en las historias orales. Alonso Ramírez comparte un relato en primera persona que comienza con sus humildes orígenes en Puerto Rico:
Llamóse mi padre Lucas de Villanueva, y aunque ignore el lugar de su nacimiento, cónstame, porque varias veces se lo oía [decir], que era andaluz. Y sé muy bien haber nacido mi madre en la misma ciudad de Puerto Rico, y es su nombe Ana Ramírez, a cuya cristiandad le debí en mi niñez lo que los pobres solo le pueden dar a sus hijos, que son consejos para inclinarlos a la virtud. Era mi padre carpintero de ribera e impúsome en cuanto permitía la edad al propio ejercicio. Pero reconociendo no ser continua la fábrica, y temiéndome no vivir siempre por esta causa, con las incomodidades que aunque muchacho me hacían fuerza, determiné hurtarle el cuerpo a mi misma patria para buscar en las ajenas más conveniencia. (124).
Al centrarme en los elementos de historia oral presentes este texto, nos estoy invitando a leer de manera diferente. Invito a mis colegas formados en historia a considerar la experiencia encarnada y vivida del recorrido de Ramírez como un criollo pobre que abandona Puerto Rico para buscar parientes lejanos en la Nueva España que lo rechazan, y que luego se aventura en el Pacífico solo para ser capturado por piratas ingleses. Finalmente, regresa a la Nueva España, donde se le invita a compartir su historia y, posteriormente, Sigüenza le recomienda que se incorpore a la Real Armada de Barlovento para luchar contra los franceses en julio de 1690.
Muchos detalles en el relato de Ramírez son corroborados por documentos históricos, como han confirmado Buscaglia Salgado y otros académicos. Sin embargo, muchos otros aspectos siguen siendo cuestionables. Por ejemplo, no está claro cómo Ramírez y otros siete hombres lograron escapar vivos de su cautiverio con una embarcación, o cuáles eran sus verdaderas intenciones al regresar a la Nueva España. No obstante, lo que no está contenido en los documentos de archivo existentes es la experiencia de primera mano de Ramírez de sus viajes globales y de su difícil cautiverio bajo los piratas ingleses. Eso es lo que el relato de los Infortunios capta de manera vívida.
Utilizaré dos ejemplos para ilustrar lo que considero contribuciones únicas sobre la experiencia vivida del mundo colonial temprano tal como se representa en este relato. El primero es la descripción de la abundancia de comercio y recursos que se encuentra en el Pacífico:
Es la abundancia de aquellas islas, y con especialidad la que se goza en la ciudad de Manila en extremo mucha. Hállase allí para el sustento y el vestuario cuanto se quiere a moderado precio […] Conseguí por este medio, no sólo mercadear en cosas en que hallé ganancia y en que me prometía para lo venidero bastante logro, sino el ver diversas ciudades y puertos de India en diferentes viajes. […] Estuve en Batavia ciudad celebérrima, que poseen los mismos en la Java mayor y adonde reside el gobernador y capitán general de los Estados de Holanda. Sus murallas, baluartes y fortalezas son admirables.
El concurso que allí se ve de navíos de malayos, macasares, siameses, bugíes, chinos, armenios, franceses, ingleses, daneses, portugueses y castellanos, no tiene número. Hállanse en este emporio cuantos artefactos hay en la Europa, y los que en retorno de ellos le envía la Asia. Fabrícanse allí para quien quisiere comprarlas, excelentes armas. Pero con decir estar allí compendiado el Universo, lo digo todo. (139-142)
En este pasaje la voz narrativa funciona como un testigo que presencia y confirma lo que se describe sobre la plenitud de recursos y comercio en el Pacífico. Este es el verdadero motive tras el viaje de Ramírez de la Nueva España a las Filipinas. El segundo ejemplo del texto que rescata una experiencia corporal que exceed el archivo histórico tradicional es la descripción de las torturas y el trato inhumano que Ramírez sufrió durante el cautiverio con los piratas ingleses:
Si quisiera especificar [todos los] particulares sucesos me dilatara mucho, y con individuar uno u otro se discurrirán los que callo. Era para nosotros el día lunes el más temido, porque haciendo un círculo de bejuco en torno de la mesana y amarrándonos a él las manos siniestras, nos ponían en las derechas unos rebenques, y habiéndonos desnudado, nos obligaban con puñales y pistolas a los pechos a que unos a los otros nos azotásemos. Era igual la vergüenza y el dolor que en ello teníamos al recogijo y aplauso con que [ellos] lo festejaban. (176-177).
Mi lectura anterior de este texto se centró en el “uso del silencio y la elipsis explícitos y literales como estrategias de representación que replican la condición subordinada del narrador y sus hombres durante su cautiverio” (From Lack to Excess, 155, mi traducción). Observé que las descripciones iniciales de su tiempo con los piratas ingleses en el Capítulo 3 eran “escuetas”. Sin embargo, en el Capítulo 4, este “silencio es seguido por la detallada narración de las torturas, el sufrimiento y las pérdidas del narrador” (From Lack to Excess, 153). Esta descripción explícita de la subordinación del narrador también transmite “el regreso gradual de Ramírez a una posición de liderazgo en su expedición (Capítulo 6), y su reincorporación al vasallaje, el catolicismo y el orden imperial español” (From Lack to Excess, 153). De ahí que el relato oral transforme la estructura de la narración para darle paso a partes de la historia que Ramírez silenció en los capítulos anteriores en los que narraba la situación de represión y cautiverio con los piratas ingleses.
También me estoy invitando a mí misma y a otros colegas formados como críticos culturales y literarios a leer de manera diferente, centrándonos en la forma en que una historia de vida estructura esta narración. Invito a los expertos en análisis discursivo a examinar el impacto del diálogo entre Sigüenza y Góngora y Ramírez en la representación de la heterogeneidad interna de los discursos criollos. Este texto, con su bien documentado debate en torno a las voces de Ramírez y Sigüenza, ofrece un ejemplo contrastante pero complementario de las complejidades que implica discernir narrativas individuales dentro de los registros coloniales. Estoy cada vez más atenta a la relación dialógica del texto con sus lectores más allá del estudio de las estrategias retóricas de la época. El narrador expresa su preocupación con romper los códigos de decencia a través de descripciones excesivamente detalladas de torturas físicas e incluso predice algunas de las preguntas de sus futuros lectores, como por qué Ramírez no reconoce las islas del Caribe durante su viaje de regreso a la Nueva España: “No se espante quien esto leyere de la ignorancia en que estábamos de aquellas islas, porque habiendo salido de mi patria de tan poca edad nunca supe, ni cuidé de ellos después, qué islas son circunvecinas y cuáles sus nombres.” (184). Esta relación dialógica con el lector, similar a la que se establece entre el entrevistador y el sujeto de una historia oral, es un elemento importante del texto que necesita ser explorado con mayor profundidad. La mayor parte de los estudios críticos (incluido el mío) se ha centrado en la narrativa heroica del vasallaje integrada en el relato, asumiendo que los Infortunios fueron escritos, al igual que muchas crónicas, diarios y relaciones, como informes oficiales para un centro de poder imperial o siguiendo los patrones usuales del género épico. Al leer los Infortunios como una historia oral, puedo ver las formas en que Ramírez y Sigüenza y Góngora colaboraron fuera de esos paradigmas para producir un texto dirigido a otros tipos de lectores. Algunos podrían ser criollos, como ellos, que se sentían marginados y subvalorados en las sociedades coloniales de las Américas. A otros lectores podría importarles menos las grandes narrativas de vasallaje y más las diversas estrategias que estos mismos narradores emplearon para escapar de los límites restrictivos del colonialismo y la subordinación.
IV. El susurrador del archivo: Recopilación de historias orales a partir de textualidades coloniales
Al abordar estos dos estudios de caso del Caribe y la Nueva España, me gustaría estimular la discusión sobre el potencial de aplicar las metodologías de la historia oral para enriquecer el estudio del Caribe y los archipiélagos coloniales. Busco también fomentar enfoques innovadores para interpretar textos que funcionan al mismo tiempo como fuentes históricas y como representaciones de imaginarios coloniales.
Al añadir las historias orales como uno de los métodos utilizados para abordar estos dos textos, se producen varias transformaciones importantes en nuestro modo de leer fuentes coloniales. Primero, podemos enfocarnos en la relación entre oralidad y escritura más allá de la matriz genealógica que traza la traducción, incorporación y absorción de mundos orales por culturas escritas como teleología. Las historias orales me permiten cuestionar la relación lineal entre los modos de comunicación hablados y escritos al dotar la oralidad de un valor que no puede ser totalmente absorbido por los documentos escritos y los archivos históricos modernos. Segundo, en este contexto particular, la oralidad señala las muchas exclusiones constantes de los archivos escritos, tales como las perspectivas y experiencias de primera mano que no se consideran documentos históricos porque son o demasiado inmediatas al proceso de análisis histórico o porque son producidas por sujetos que no se consideraban parte de la historia oficial. La historia oral me permite revalorar la oralidad no como un modo de conocimiento y comunicación perdido, sino como un modo de expresión vibrante que sigue siendo útil en nuestro acercamiento contemporáneo a los textos coloniales y descoloniales.
Por lo tanto, estoy participando en una lectura imperfecta e incompleta de fuentes coloniales que utiliza un método de investigación que parece ser inapropiado, ya que no es posible para nosotros interactuar con los sujetos indígenas y criollos cuyas voces están imperfectamente capturadas en estos textos. Estoy entrando en esta conversación con un espíritu de provocación para desestabilizar nuestros límites disciplinarios, para presentar estos textos como historias de vida que han viajado en el tiempo, a través de ediciones críticas que intentan corregir errores y malas traducciones para contarnos una historia diferente sobre lo que significaba ser un sujeto colonial en las Américas en los siglos XV y XVII.
A modo de cierre, quiero ofrecer algunos apuntes importantes con respecto a la integración de historias orales en mis actividades académicas. En primer lugar, permítanme ser clara: No estoy sugiriendo que la historia oral deba suplantar el trabajo vital que hacemos como historiadores y críticos literarios. Más bien, estoy proponiendo que usar el modelo de la historia de vida ofrece una vía alternativa que nos permite evaluar críticamente cómo nuestros acercamientos disciplinarios hacia los documentos históricos y las prácticas discursivas pueden, inadvertidamente, disminuir la opacidad de las experiencias, voces y perspectivas integradas a los mismos textos que analizamos.
En segundo lugar, es crucial comprender que redefinir el papel de la oralidad en estos textos no crea mágicamente narrativas libres de sus propios silenciamientos. Consideremos la Relación de Pané, que, a pesar de su insistente énfasis en el diálogo directo con los sujetos indígenas, demuestra en última instancia cómo la apropiación textual de estas voces a menudo aplana, simplifica e incluso borra las complejidades de individuos que fueron simultáneamente sujetos colonizados y poderosos agentes de resistencia. De manera similar, Ramírez domina la narrativa en los Infortunios, presentándose como un líder heroico y un vasallo ideal. Sin embargo, con frecuencia minimiza u omite sus propios relatos sobre sus intentos de fuga del orden colonial.
Pedro de Mozambique, el compañero esclavizado de Alonso Ramírez, es un ejemplo conmovedor de este silenciamiento porque fue cosificado, vendido y en gran medida se le negó la participación directa en la narrativa, salvo por un fugaz momento en el que se cita su voz: “Interrumpióme estos discursos mi muchacho con grandes gritos, diciéndome que descubría gente por la costa y que venía desnuda” (200). Esta podría ser una instancia en la que la investigación especulativa de archivos históricos (Fuentes) podría ofrecer una imagen más completa que este sujeto invocado por instancias muy limitadas de su oralidad.
En última instancia, entonces, las historias orales, al igual que cualquier otro género narrativo, son espacios discursivos complejos tanto de inclusión como de exclusión. Replican y/o desafían íntimamente las estructuras de poder prevalecientes de su tiempo. También cuestionan los límites rígidos entre la historia y la ficción, la precisión factual y los actos imaginarios, para mostrar experiencias vividas y encarnadas y estrategias discursivas donde la literatura y la historia pueden coexistir nuevamente, no como enemigos sino como dimensiones dinámicas de la práctica humanística, como ilustra Sara Beckjord en su libro Territories of History (2007). Propongo entonces que nuestra tarea como académicos debe ser abordar las textualidades coloniales con el mismo rigor crítico que aplicamos a todas las fuentes, colaborando con el archivo no meramente para encontrar respuestas, sino para amplificar las voces menos visibles y, crucialmente, para desatar los susurros que habitan los silencios de los archivos coloniales.
*Este ensayo es la segunda parte de la plenaria inaugural de la conferencia de la Association for Spanish and Portuguese Historical Studies que se llevó a cabo en College Park del 5-8 de junio de 2025. Agradezco a los organizadores por esta amable invitación.
Referencias:
Bauer, Ralph. The Cultural Geography of Colonial American Literatures. Cambridge, 2003.
Beckjord, Sarah. Territories of History: Humanism, Rhetoric, and the Historical Imagination in Early Chronicles of Spanish America. University Park, Penn State University Press, 2007.
Fuentes, Marisa J. Dispossessed Lives: Enslaved Women, Violence, and the Archive. University of Pennsylvania Press, 2016.
González Stephan, Beatriz. “Narrativa de la ‘estabilización’ colonial: Peregrinación de Bartolomé Lorenzo (1586) de José de Acosta, Infortunios de Alonso Ramírez (1690) de Carlos de Sigüenza y Góngora,” Ideologies and Literature 2.1 (1987): 7-52.
Irizarry, Estelle. “One Writer, Two Authors: Resolving the Polemic of Latin America’s First Published Novel,” Literary and Linguistic Computing 6.3 (1991): 175-179.
López, Kimberle S. “Identity and Alterity in the Emergence of Creole Discourse: Sigüenza y Góngora’s Infortunios de Alonso Ramírez,” Colonial Latin American Review 5.2 (1996): 253-276.
Martínez San Miguel, Yolanda. From Lack to Excess: “Minor” readings of Latin Americna Colonial Discourse. Bucknell University Press, 2008.
Mora, Carmen de. “Modalidades discursivas en los Infortunios de Alonso Ramírez de Carlos de Sigüenza y Góngora, in Escritura e identidades criollas: modalidades discursivas en la prosa hispanoamericana del siglo XVII. Rodopi, 2001.
Moraña, Mabel. “Máscara autobiográfica y conciencia criolla en Infortunios de Alonso Ramírez,” Dispositio 15.40 (1990): 107-117.
Pané, Fray Ramón. 1980. Relación acerca de las antigüedades de los indios. México: Siglo XXI.
Ramírez, Alonso y Sigüenza y Góngora. Infortunios de Alonso Ramírez. Edición crítica de José F. Buscaglia. Ediciones Polifemo, 2011.
