The Best of Enemies: integración de propósitos

[dropcap]E[/dropcap]s imposible para alguien que no lo ha sufrido saber lo que es el prejuicio racial. Podemos pensar en las heridas emocionales que causa ser ignorado, vilipendiado, escupido, agredido, azotado, linchado. Pero nunca se sabe cómo se deforma la psique de alguien que ha estado en el otro extremo del látigo. Tenemos experiencias de desaires que nos pican como un aguaviva. Jamás, sin embargo, de situaciones que ponen en peligro nuestras vidas por el color de nuestra piel. Hablo del Puerto Rico que conozco y en el que muchos lectores han pasado su vida sin mayores amenazas por el odio racial. Pocos pueden reclamar que han sido abiertamente amenazados físicamente por el color de su piel. Sí, todos sabemos que el prejuicio existe en nuestra sociedad. Pero la situación que presenta esta estupenda película en el Durham, Carolina del Norte, en 1971 no la hemos vivido aquí.

Con un guión, que hace de una historia verídica una especie de thriller psicológico, escrito y dirigido por Robin Bissell, el filme se concentra en las diferencias de visión de Ann Atwater (Taraji P. Henson), una negra líder de la comunidad y activista por los derechos civiles, y  C. P. Ellis (Sam Rockwell) el líder del Klu Klux Klan en la ciudad. Convocado a ayudar a la comunidad por el juez que recibe una demanda de la NAACP (“National Association for the Advancement of Colored People”) el mediador, Bill Riddcik (Babouu Ceesay), se ha inventado una especie de “reunión conciliatoria” que llama “charrettes” que junta a grupos con ideas diametralmente opuestas para que discutiendo sus diferentes puntos de vista, lleguen a entenderse y a aceptar algunas de las diferencias. Como se imaginan, al  principio la misión parece imposible: ¿cómo acercar al jefe del Klan y sus seguidores con una negra y su comunidad?

Vamos conociendo los dos campos y el odio que, como el proverbial abismo, se interpone entre ellos, pero también nos damos cuenta de que la violencia está a flor de piel. El bando de blancos supremacistas es intransigente: consideran que la guerra civil continúa y que los negros son sus inferiores, un grupo que está para servirles y hacerles pleitesías. Por su afinidad con la causa de la Confederación (Guerra Civil norteamericana) su estandarte es la bandera rebelde y sus ideas no han progresado de las que existieron cuando el Sur se vanagloriaba de sus esclavos y plantaciones de algodón. Tanto así que, en el último tercio del siglo XX, con el acta de los derechos civiles ya firmada, y la Marcha a Washington, capitaneada por Martin Luther King, Jr. y otros, los negros que vivían en Durham tenían que enviar a sus hijos a escuelas segregadas y sufrir las deficiencias educativas impuestas por el prejuicio.

El incendio de la escuela elemental en la que las hijas de Ann Atwater estudian, causa un problema agudo que precipita la demanda del NAACP: la escuela no está reparada, sino llena de escombros y gases (aunque en el filme los llaman “peste” sabemos hoy día que, después de un fuego, se acumulan elementos tóxicos en el lugar, incluyendo cianuro, que pueden causar problemas de salud permanentes). La solución que exigen los ciudadanos de color es la integración completa de las escuelas.

Bien actuada, bien escrita, compacta en su narrativa, cuidándose de no exagerar la violencia, la película se disfruta con facilidad, no solo por su exposición clara, sino por su ocasional liviandad, que resulta graciosa. Las actuaciones de Taraji P. Henson y Sam Rockwell son de primer orden. Ambos tienen escenas magníficas que le añaden al filme dimensiones inesperadas. Sabemos intuitivamente que Henson debe haber sufrido en carne propia lo que tan bien repudia y representa en la pantalla: la huella de la crueldad del prejuicio. Rockwell, a quien aprecio cada vez más como un actor de grandes quilates y de gran sensibilidad, rinde una interpretación compleja y sensata de un hombre que no se ha encontrado con su verdadero ser. Truculento, prepotente, tierno, padre amante y preso del terrible monstruo del prejuicio, su personaje va evolucionando poco a poco sin que nos sintamos manipulados por lo que podría ser un cliché.

No me extrañaría que, como sucedió con “Green Book”, los extremistas critiquen el filme por hacer ver que los problemas raciales se resuelven con facilidad y con armonía. El filme no intenta hacer eso. Lo que satisface de la cinta es que su mensaje dice que, en algunos momentos, se pueden resolver aun los problemas irracionales, tales como el prejuicio, y hacer el bien. Como sabemos, lo que sucedió en  Charlottesville (ver mi columna del 18 de agosto de 2017 en estas páginas, El cine y el racismo: de Detroit a Charlottesville) niega que la armonía racial se apoderó de los EE.UU. después de la presidencia de Barack Obama. Todo lo contrario. La presidencia de Trump le ha dado rienda suelta. Por suerte películas sensatas como esta invitan al espectador, en particular el que todavía cree que el prejuicio se exagera, y que el “political correctness” es paranoia, a reevaluar su posición, tal y como ocurre con algunos personajes de este filme divertido y conmovedor.

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Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).