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Desde la quinta nube


foto por Ricardo Alcaraz Diaz

foto por Ricardo Alcaraz Diaz

Es común entre los periodistas, en son de broma, decir que las páginas que escriben servirán algún día para algo. A lo sumo, para envolver lechugas. En el libro “El arte de envolver pescado”, del escritor peruano Antonio Cisneros, esta broma toma otro color. Su título es, a partes iguales, tanto broma como promesa. De entrada, propone una discusión: ¿Son las lechugas, los pescados, el futuro del periodismo impreso? O, ¿se vale compilar en un libro lo que ya ha sido publicado teniendo en cuenta que difícilmente alcanzará una audiencia mayor de la que ya tuvo?  Mi respuesta es sí.

portada_quinta_nubeGracias a trabajos como el que nos convoca –a este libro escrito nube a nube–, comprendemos que lo que se publica en un periódico puede y, en ocasiones, debe palpitar más allá del breve ciclo de vida que por lo general se le asigna. Gracias, también, a compilaciones como esta, hemos descubierto en su momento las jirafas de Gabriel García Márquez, las aguafuertes porteñas de Roberto Arlt, los textos extraordinarios de Juan Forn, las columnas filosísimas de Ana Lydia Vega o los inventarios de José Emilio Pacheco, por mencionar algunos.

Debo admitir que, en los tiempos que corren, son pocos los textos publicados en periódicos locales a los que merece la pena volver. Esos pocos, sin embargo, bastan. En ellos se instala el extraño crepitar de la vigencia. Eso –y no otra cosa– ocurre con Desde la quinta nube. A grandes rasgos, el libro se compone de diez secciones que contienen 103 columnas cuya extensión ronda las 350 palabras y que aparecieron en las páginas de El Nuevo Día y Claridad, en las secciones del Buscapié y Fuera del quicio, respectivamente.

¿Qué cabe en trecientas cincuenta palabras? Eso, lógicamente, dependerá tanto de quien escriba como de quien lea.

Pido disculpas por la obviedad.

La lanzo ante ustedes porque resulta poco fácil atenerse a tal dictadura de espacio. A tal sazón, tanto autora como lector emprenden el juego fugaz o el pacto tácito que consiste en hacer de lo breve  una posibilidad de lo infinito. Difícil resulta decir tanto en tan poco. Y Sofía Irene Cardona lo hace. Además del golpe de la piedra que tira al lago, de sus columnas nos llegan las ondas expansivas.

“Mucho más urgente que noquear a un lector es despertarlo”, dice el escritor argentino Andrés Neuman. Y acaso sea cierto, máxime cuando lo escrito acontece en este archipiélago del Caribe, sin duda anestesiado. Un despertar que no es simple desasosiego y sí, además, encuentro con la belleza.

Confieso que el libro de Sofía Irene Cardona se me hizo imposible leerlo de corrido. Es necesario tomar aire, distraerse, morderse las uñas o colar una, dos grecas de café. ¿Por qué? No lo sé. Para zafarme, cito al escritor y periodista español Manuel Rivas. Para colmo, lo modifico: “Hay que escribir como se respira”, nos dice. Y continúa: “Uno no se pregunta cómo funciona el sistema respiratorio”. Hay que leer, pues, como se respira, añado. Y tampoco sé cómo funciona el sistema respiratorio.

Aventuro que la lentitud de mi lectura es culpa de Sofía Irene Cardona. Sólo contra ella me querellaré. Aventuro, además, que se debe a su capacidad de zurcir con un par de puntadas la realidad que como puertorriqueños nos disgrega o integra. Y siempre mirarse al espejo cuesta. Asombra que las columnas que inicialmente se publicaron en este conjunto tengan casi diez años. Una década no es nada, parecen decirnos estos textos, puesto que todavía nos susurran verdades al oído. Así, pues, desde 2007 al 2015 la autora nos regala instantáneas que transitan lo público y lo privado, lo doméstico y lo histórico, lo factual con lo imaginado. Y cito el prólogo escrito por la propia autora:

Rebuscaba sentido detrás de los accidentes cotidianos, de los grandes sucesos, de los gestos comunes. Prestaba oído a las conversaciones ajenas y a los programas de radio, escudriñaba la prensa escrita y navegaba por la Internet pescando historias, causas, preguntas. Espiaba el mundo desde mi quinta nube. Tomaba notas e imaginaba.

En otras palabras, la materia prima de este libro está en todas partes. Sería imposible resumirles cada sección del libro. Además, no aspiro a ser spoiler. Sí diré que el primer texto se titula Guagua, sospecho, porque el libro intenta –y lo logra– proponer un largo recorrido por los lugares más comunes y en ocasiones, curiosamente, menos atendidos del país. Tamaña manera de empezar un libro.

A medida que las páginas avanzan, y, desde ángulos disímiles, se nos revela –como en esos cuartos oscuros de antaño– una colección de imágenes del país, el mismo que todos los días tenemos en frente, a través de la particular y sagaz mirada de la autora. Me corrijo. No es solo una mirada lo que la autora nos regala. Sofía Irene Cardona pone el cuerpo. Poner el cuerpo, que no es poca cosa.

Su escritura camina, avanza o espera. Y retrocede. Se tambalea al bruto compás de una calle llena de boquetes, toda vez que inventa al semejante y le fabrica caminos al otro lado de la ventana. Su escritura elude charcos, otea la lluvia, escucha, no deja de escuchar y no le teme a aquello que imagina, teniendo en cuenta que es la columna un género híbrido que engulle todo a su paso.

Si al comienzo del libro se privilegian los estímulos de la vida diaria, más adelante se les da lugar a las contingencias noticiosas. Y cito, del texto Causas:

Cada mañana nos parece leer el eco del periódico anterior.

También, al avanzar, hay espacio para abordar  el vaivén político insular, así como el fracaso del que somos herederos. “El arte de contar historias es el arte de saber seguir contándolas”, escribe Walter Benjamin. La cita me ayuda en aras de apuntalar la fruición con que Desde la quinta nube narra lo político o, lo que es igual, el circo que conforman sus actores, con el perdón de la gente de circo.

Sin embargo, no todo es denuncia iluminadora. Hay también espacio para hallar belleza allí donde no parece haberla. Es ese también el trabajo del columnista y es parte de aquello que los periódicos debieran decirnos. De más, pero no de menos, está decir que es el rigor punta de lanza en estos textos. “Cernir y discernir”, como sugería Manuel Abreu Adorno. Ello es bálsamo, máxime cuando la prensa parece agotar esfuerzos por la inmediatez y la caza de clics.

Narrar el país no es óbice para que la columnista nos dibuje nubarrones que llegan de lejos, de tan lejos como Egipto o Fukushima. Sin embargo, la autora se hace más letal, a mi modo de ver, cuando nos regala aquello más próxima al lugar donde está su cuerpo. En el texto Esclavo, se narra la historia de Héctor, un drogadicto cuya silueta fantasmal en mitad del tapón se nos muestra como una bofetada indeleble. Apenas en un diálogo de dos líneas, el texto nos obliga a levantar la vista. Y cito:

–Héctor, esto es una esclavitud.

–Misi, esto es el infierno. Pero lo otro es peor.

Prefiero no peguntarle a qué se refiere y pago mi peaje. Más tarde, a lo lejos, veo su silueta en el cruce y pienso en la jubilosa victoria que representaría para todos la libertad de estos esclavos.

Dice el escritor Juan Villoro que escribe para que alguien sienta y su corazón lata de otro modo. Desde la quinta nube, al decir del mexicano, nos revela una gran verdad. Y es que siempre, siempre, “el corazón tiene derecho a una sorpresa”.

*Presentación del libro La quinta nube.