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La vergüenza de lo humano: notas sobre “Esquina Periferia”

A Yoryie y a Rígel.
“Déjame cantar, tengo vergüenza, de ser humano, como tú, y en tu presencia.” -Los Ángeles Negros

¿Qué significa estar al cuidado de una obra de arte? Martin Heidegger, en su ensayo “El origen de la obra de arte”, decía que una verdadera obra de arte es un gesto creativo que genera las condiciones de su propio cuidado. La obra de arte, si ha de ser tal, trae a la luz algo nuevo, abre el espacio de lo ente y redibuja la forma en que comprendemos nuestro mundo de tal modo que el mundo que habitamos luego de atestiguar la obra ya no es el mismo.

“La verdad que se abre en la obra no puede demostrarse ni derivarse a partir de lo que se admitía hasta ahora.” –Martin Heidegger

Estar al cuidado de una obra significa, hacerse responsable de mantener viva (o abierta) la verdad que ella presenta.

El sábado vi Esquina Periferia de Eduardo Alegría. Debido a ello el mundo que habito ahora y en el que escribo estas notas no es el mismo que el mundo que habitaba en y antes del sábado a las 7:59 de la noche. Esa noche pasó algo (¿un evento?) en el teatro puertorriqueño y ese algo me interpela a lanzarme a su cuidado. Lo que obró en la obra es lo que quiero compartir en este escrito.

El Hotel Puerco Espín y el espacio de lo abyecto.

“The abject designates here precisely those ‘unlivable’ and ‘uninhabitable’ zones of social life which are nevertheless densely populated by those who do not enjoy the status of the subject, but whose living under the sign of the ‘unlivable’ is required to circumscribe the domain of the subject.” –Judith Butler, Bodies That Matter

La obra se ubica de entrada en el lobby/lounge del Hotel Puerco Espín, no en la Concha —espacio semiótico del amor, de la diosa del amor, de ese Botticelli que todos llevamos dentro—, ni siquiera en el motel La Hamaca o el OK—espacios que invitan a la comodidad, y la impunidad, aunque efímera y marginal, de un romance adúltero pasajero. El Hotel Puerco Espín ni siquiera se ubica en un espacio al otro lado del margen de lo social donde se hallaría el desterrado. El desterrado anda en harapos, llorando, desgarrado, rogando porque se le perdone, porque se le restituya a su lugar en lo social. No, los inquilinos del Hotel Puerco Espín habitan el lugar semiótico de lo abyecto. El abyecto no pretende tal cosa, el abyecto se sabe Otro; el abyecto no se puede dar el lujo de llorar y andar en harapos; el abyecto se protege de las inclemencias del desierto con lo que tenga a su alcance; el abyecto tiene espinas, no para atacar, sino para protegerse; el abyecto toma la figura del Puerco Espín, y solo desde ahí accede a la pizca de socialidad que pueda descubrirse por azar y por necesidad en el desierto…

El guerrillero queer
“Te recuerdo Amanda…” -Víctor Jara
“Te recuerdo Armando…” -Eduardo Alegría

Hablaré pues de una letra”. Así comienza el ensayo La Différance de Jacques Derrida. A partir de una pequeña modificación ortográfica (aunque homófona) a la palabra “différence” (sustituyó la segunda “e” de “différence” por una “a” en “différance”) Derrida monta su crítica, sutil pero demoledora, a la metafísica de la presencia, clave del discurso onto-epistemológico de la modernidad. Una letra como pretexto para poner en entredicho la posibilidad misma del proyecto filosófico que va de Descartes a Husserl.

Una letra puede, en condiciones especiales y colocada en el lugar adecuado, ser poderosa. Eduardo Alegría logró algo semejante con una palabra. Específicamente, alteró el género de la protagonista de una canción de Víctor Jara, “Te recuerdo Amanda”, transformándola en “Armando”. Parece una tontería, pero el efecto es contundente y viral. Un simple cambio de género amenaza con infectar todo un aparato normativo que incluye el amor (heterosexual por supuesto), la guerra, la revolución cubana, el sacrificio del guerrillero.

La canción original narra un breve encuentro amoroso entre una obrera y su amante en su break de cinco minutos en la fábrica.  Cuando se despiden los amantes, Manuel (el amante de Amanda) se va a la Sierra (“Maestra”, presumimos) y en cinco minutos queda destrozado (“…muchos no volvieron; tampoco Manuel.”).  Con la protagonista femenina la historia es una micro-historia, es un momento entre muchos (y repetido al infinito); es una historia hermosa, pero contingente y ejemplar del sacrificio, no de esta pareja en particular, sino de cualquier pareja, más aún, del sacrificio del Amor al momento histórico que supone la Revolución. Es una historia sobre la subordinación de la vida particular al evento de la Historia.

Con un protagonista masculino el espectador experimenta lo que Thomas Kuhn describía como un “cambio de mundo”, como una alteración radical de las relaciones de semejanza y diferencia entre objetos cotidianos y harto conocidos que ahora se vuelven extraños y enigmáticos. “Armando” no se está cogiendo un break cualquiera, igual al break de sus colegas en la fábrica. “Ibas a encontrarte con él, …con él, …con él,…con éééél!!!” Bajo el efecto desorientador de la sustitución de Alegría, el artículo masculino salta a la vista y se llena de una contundencia que amenaza con destruir todo el andamiaje heteronormativo de la Guerra, de la Izquierda, de la Revolución. Tal vez la intención de Alegría era hacer un reclamo (de existencia o de futuro, el espectador ha de decidir) por la invisibilización, por la patologización, por la persecución, por la “re-socialización”, por la cabronería. Pero tal vez (y esta es mi lectura), su intención fue lanzarnos a un proyecto de futuro, hacer un llamado a una revolución de una palabra…

Entre “Amanda”  y “Armando” hay un mundo; la diferencia entre ambos mundos, la desorientación que produce en la audiencia que conoce la canción original, es la medida exacta de lo queer.

Este no es el único momento en la pieza (aunque sí es el más profundo) en que se entabla un diálogo queer con la izquierda.1 Este diálogo, sin embargo —y esto es lo que lo hace queer—parece haber sido escrito por Beckett y no por Platón.

El deseo queer y la vergüenza de ser humano

“Physical pain does not simply resist language but actively destroys it, bringing about an immediate reversal to a state anterior to language, to the sounds and cries a human being makes before language is learned.”

–Elaine Scarry, The Body in Pain

Todas estas cosas son razón suficiente para ir a ver la obra, pero ninguna de ellas, ni su suma, me habría compelido a escribir. Lo que me lleva a escribir es una escena (a la que, según me contaron Eduardo Alegría y Yamil Collazo, protagonistas de la escena, le llamaban en sus ensayos el “cigarette break” o el “mode scene”) que presenta, en la versión más prístina que he atestiguado, la idea misma de lo queer.

Los dos protagonistas, varones, de la segunda mitad de la obra, son meseros que de manera torpe y tímida se van chequeando.  Se chequean en el doble sentido de chequearse porque se gustan, pero sobre todo, y esto es lo más que me llamó la atención, se chequean con cautela en el sentido de que van, mediante breves preguntas y gestos, cerciorándose de que el otro está en las mismas (es decir, cerciorándose de que el otro es gay también). Lo importante de este segundo chequeo es que nos remite de nuevo a lo abyecto. Este chequeo titubeante y cauteloso es la única forma en que el puerco espín puede relacionarse sexualmente, la única forma en que puede acceder al espacio del amor.

Luego de una serie de estos pequeños encuentros-diálogos llega la escena que obra en la obra. El personaje de Eduardo Alegría se recuesta de una columna para fumarse un cigarrillo y se le pierde la vista, no llega a encender el cigarrillo. Comienza poco a poco a gemir y a contorsionarse. Pensamos que está fantaseando con el personaje de Yamil Collazo y aunque no se toca explícitamente su pene o su ano, podemos pensar que se está “masturbando” ya sea física o mentalmente. Llegan sus gemidos a su clímax (que hay que añadir no parecen gemidos de una sexualidad “normal” o de película).2Alegría se pone de pie, se comienza a recomponer y se percata de que Collazo lo estaba mirando. Alegría suelta un grito y uno de los dos sale corriendo (no recuerdo cuál).  Hasta aquí se puede seguir manteniendo la interpretación de que lo que hacía Alegría era masturbándose. Pero entonces regresan ambos a escena y comienza Collazo a gemir, más bien a guturar, a gruñir, a gesticular. Pasados unos segundos la audiencia sabe (probablemente no lo pueda apalabrar, pero lo sabe, lo siente) que no se trata de una mera y burda representación de la sexualidad homosexual.  Se trata de la dificultad (¿imposibilidad?) y dolor/placer de habitar el deseo queer. No estoy hablando, ¡claro está!, de una dificultad práctica de llevar a cabo un acto sexual homosexual. La dificultad, el dolor, el horror, provienen de aparecer ante el otro en la vulnerabilidad desnuda de la humanidad bruta. Humanidad a la intemperie de lo social, humanidad queer.

Esta escena abandona el discurso gay, lésbico o LGB (aunque tal vez no el TT). El intercambio de estos dos individuos, su dolor/placer, trasciende las particularidades de género de los personajes y de sus actores. Aquí la obra abandona el mundo y abre otro; aquí la visceralidad de la singularidad de ese deseo se eleva y universaliza. Allí atestiguamos la vergüenza de “ser humano, como tú, y en tu presencia”. En esa noche y en ese momento vi representado, de la forma más atroz, la humanidad desnuda del otro, la vulnerabilidad absoluta de la decisión de darse al otro como soy: en la vergüenza de mi humanidad. Allí atestigüé un evento.

De ahí en adelante, cualquier gesto de sexualidad explícita que haya en la obra —y los hay— resulta indiferente, no porque resulte vulgar, excesivo o innecesario, sino porque resulta trivial o tan importante como que alguno de los personajes se beba un vaso de agua o mueva un prop en escena.

Lo irónico —y lo poderoso— de esta escena, y de toda la obra, es que comunica algo profundo, fuerte y visceral, pero en todo momento se escuchan las risas del público. Esta exposición vergonzosa de lo humano se presenta como cómica, sin perder su seriedad y contundencia.

Devenir queer: o estar al cuidado del futuro de la humanidad de lo humano

“For a life to count as a good life, then it must return the debt of its life by taking on the direction promised as a social good, which means imagining one’s futurity in terms of reaching certain points along a life course. A queer life might be one that fails to make such gestures of return.” –Sara Ahmed, Queer Phenomenology

Si lo que he dicho hasta ahora se sostiene sobre la obra (y este sostenerse depende de los que se dediquen al cuidado de la misma), cabe preguntarse  si debe haber tal cosa como un proyecto queer. Es decir, ¿es posible imaginar un mundo queer? ¿Podemos o debemos ser queer como proyecto?  Puesto en estos términos la contestación es inevitablemente, y por principio, no —tal cosa sería un contrasentido. Lo queer no puede ser un fin; lo queer en general es un efecto y no una motivación. Lo queer siempre es un término relativo. Lo queer se define con relación a una norma, a lo Normal.

Lo queer es lo anormal. Es por esto que comete un error todo el que hace la equivalencia queer = gay o lesbiana. Lo gay se ubica en la puerta del muro de la identidad heteronormativa esperando a que le abran. Lo gay quiere ser normal, y poco a poco —muy poco a poco y aquí y allá— lo está llegando a ser. Lo gay se quiere casar y adoptar hijos, quiere tener plan médico y poder de tomar decisiones de vida o muerte, quiere heredar, quiere tener exenciones contributivas, quiere cabilderos, quiere representación. En fin, lo gay quiere ser un hombre blanco europeo. Y esto —no se me malinterprete— es el devenir “natural” de todo proceso político reivindicativo. Lo gay aspira al espacio de lo vivible, al espacio de la seguridad social, del cobijo de lo social y de sus leyes; por principio todo proceso político reivindicativo aspira a ser normativo, aspira a ampliar lo normativo. En nuestro caso, aspiramos a que lo heteronormativo incluya lo homonormativo.3

Lo queer, por el contrario, no quiere ser nada. Lo queer no es. Lo queer abandona involuntariamente la buena vida.  Lo queer es un efecto desorientador. No es casualidad que luego de la primera canción de la obra haya un terremoto. “Lo sentiste, lo sintieron. ¿No fui yo?” dice el personaje principal. (Tiene que constatarlo intersubjetivamente pues lo queer no se da en el individuo sino en su relación con el otro). Lo queer reside en la materialidad de unas prácticas encarnadas cuyas consecuencias amenazan constantemente con la abyección.

Un transexual amenamente hablando por teléfono, se despista y se pasa de su calle, gira en la esquina antes o después de su destino, se mete en el barrio que no es, entra a la barra equivocada y todos los ojos se posan sobre e(ll)a; la amenaza de su existencia a las redes que mantienen unido el tejido de lo social se vuelve insoportable para esos sujetos normales. Por eso lo queer no hace mundo, lo queer amenaza con deshacer un mundo.

Un mundo es una red de significados y prácticas implícitamente interrelacionadas que sostiene la coherencia de lo real: de lo normal. Tener un mundo, hacer  un mundo, requiere de la constitución de una normalidad, cualquiera que esta sea. Lo queer por definición es lo que no se ajusta a la norma.

¿Entonces qué posibilidad política nos queda a aquellos que queremos destruir este mundo para forjar otro que incluya lo queer? La posibilidad se encuentra en la necesaria reconfiguración constante que se da en cada generación al tomar las normas de género, las conductas sexuales, el deseo y recitarlas o reiterarlas siempre un poco distintas a la generación anterior. Dice Butler:

“That this reiteration is necessary is a sign that materialization is never quite complete, that bodies never quite comply with the norms by which their materialization is impelled.  Indeed, it is the instabilities, the possibilities for rematerialization, opened up by this process that mark one domain in which the force of the regulatory law can be turned against itself to spawn rearticulations that call into question the hegemonic force of that very regulatory law.” –Judith Butler, Bodies that Matter

La mayoría de estos procesos de encarnación-materialización de las normas de género, sin embargo, se dan inconsciente o involuntariamente. De modo que es en la posibilidad que existe de tomar conciencia de  estos procesos, de llevar a cabo una suerte de dérive y détournement situacionista del género y de la normatividad, una suerte de terrorismo-ético-social queer,4 que podemos accidentar la norma, incitar a no seguirla, perder nuestra dirección “straight”, de tal modo que nuevos caminos, nuevos mundos posibles se abran ante nosotros. Como dice Sara Ahmed:

“We can also lose our direction in the sense that we lose our aim or purpose: disorientation is a way of describing the feelings that gather when we lose our sense of who it is that we are. Such losses can be converted into the joy of a future that has been opened up. ‘Life itself’ is often imagined as ‘having a direction,’ which decides from the present what the future should be.  […]  The hope of changing directions is that we don’t always know where some paths may take us: risking departure from the straight and narrow makes new futures possible, which might involve going astray, getting lost, or even becoming queer[.]” –Sara Ahmed, Queer Phenomenology

El llamado no sería entonces a ser queer o a hacer un mundo queer, sino a devenir queer. Devenir queer consistiría en actuar, hacer, vivir en constante pulseo con la norma, doblándola aquí y allá, rompiéndola cuando se pueda.  Devenir queer como proyecto político sería comprometerse a generar desorientación, incomodidad, con la esperanza de abrir nuevos caminos posibles, nuevos mundos posibles con normatividades más incluyentes, más habitables.

La transición entre la primera mitad de la obra y la segunda está marcada por un acto de habla terrorista queer. El personaje de Eduardo Alegría se sube a un balde-tarima abre sus brazos y el personaje de Isel Rodríguez (la de la camisa del Che) le pone un delantal de mesero. El personaje de Alegría procede a decir las siguientes palabras: “Siéntense, que esta noche yo sirvo. Yo sirvo… yo sirvo… yo sirvo…” El efecto profundo que genera Alegría con la repetición de una simple palabra (la economía de gestos y palabras de la pieza es impresionante) nos hace pasar con el personaje de afirmar su oficio y lugar en la jerarquía del trabajo en el mundo capitalista, a afirmar su valor como ser productivo, a afirmar su valor como humano en bruto.

Es esta reiterada afirmación de lo humano dejado al desnudo, este rescate por la humanidad de lo humano, la verdad que se abre en la obra. Es esta verdad la que me ha convocado a lanzarme a su cuidado, es esta verdad la que quiero que compartan y cuiden.

Estar al cuidado de la obra es no dejar que se pierda, no dejar que la pierdan, no dejar que te la pierdas… No te la pierdas.

  1. Por ejemplo, en el primer acto la cantante del grupo (Isel Rodríguez) tiene una camisa del Che y hace alusión a él en una de sus canciones. En el segundo acto aparece, en medio de una escena amorosa y sodomita, un machete pintado con la bandera puertorriqueña que se usa luego para embestir al amante mexicano. []
  2. Para un sentido del gemido normal a la Hollywood piénsese en la famosa escena de When Harry met Sally (1989). []
  3. No es que lo homosexual se heterosexualize, sino que lo “hetero”, lo distinto, se amplíe para incluir lo “homo”, lo igual. Aspiramos a que lo “hetero” le sea fiel a su nombre y haga espacio a la diferencia. []
  4. Un buen ejemplo de esto es el momento en la obra en que los personajes de Viveca Vázquez y Teresa Hernández “sodomizan” a los personajes de Collazo y Alegría. En específico, hay un momento en que Hernández está montada penetrando a Alegría de manera paródica y queer y luedo Collazo entra a escena y la sustituye de manera muy erótica y amorosa. El poder terrorista queer de esta escena es que permite ver el sexo entre hombres como lo normal y amoroso, logra heteronormalizar lo homoerótico. []

  • Pingback: Reseña: Esquina Periferia de Eduardo Alegría | Puerto Rico Indie

  • Neysa

    Mi gente las primeras dos fotos y la última son de Neysa Jordán para Escena Boricua y la foto oficial de promoción es de Claudia Cornejo Amaya.

  • Rosaluisa3

    ¿Y el placer de ver un actor danzante en escena cantando, bailando, gruñendo, riendo y doliendo, riéndonos y doliéndonos, acompañado de sus amigos no es suficiente? Me marcó esa experiencia visceral de los afectos. Te recuerdo, Eduardo…

  • Hiram Yunque

     Lo abyecto, la différance, lo queer, lo Otro, los instersticios, lo bizarro; todos estos son conceptos que pertenecen al discurso de la Universidad y que legitimizan una posición pseudo-política que a fin de cuentas va en perfecta concordancia con las mutaciones del capitalismo tardío. Lo que esta implícito en la política posmoderna – y esta obra es una apología a este tipo de micro-política – es una actitud de resignación; la aceptación de que el capitalismo esta aquí para quedarse. Wendy Brown nos dice al respecto: ” la adquisición política de la política de identidades Americana parece ser posible mediante una renaturalización del capitalismo”.O sea mientras se ‘repolitizan’ esferas previamente consideradas como privadas se despolitiza o desproblematiza el capitalismo como tal; se suprimen ciertos cuestionamientos, como por ejemplo como subvertir el capitalismo en sí o sobre los límites constitutivos de la democracia política. Lo que a primera vista aparece como teoría política radical es en realidad una teoría inofensiva que es producto del capitalismo contemporáneo y le permite a este ejercer su hegemonía de poder con apariencia de antagonismo.

    Fue el mismo Deleuze quien escribió acerca de la desterritorialización inherente en el capitalismo. El Capital lo arropa todo, no existe un ‘afuera’ del capital. Esta es la fantasía que sostiene el sujeto “político” posmoderno: la existencia de un sujeto-abyecto-asocial desde la periferia. Pero ¿para que?, si los mismos dispositivos del capitalismo hoy día fomentan este tipo de subjetividades. Entonces por el mero hecho de  ser un “outsider”. Es esta otra versión entonces del famoso “Rebel without a Cause” vagando insesantemente, resistiéndose en contra de todo y todo sin una pizca de pensamiento reflexivo. Con todo esto no hay ningún problema, sino únicamente el que nos preocupa a nosotros: que este no es un ente político. Y lo que se nesesita hoy día son entes realmente políticos, no que subviertan desde la periferia sino que tengan la osadía de coger el toro por los cuernos, tomar el poder y ponerlo a disposición de las masas excluidas y explotadas; es esto lo que Evo Morales por ejemplo esta haciendo en Bolivia; sería ridículo decirle a éste que dejara el poder a las oligarquías y que obrara desde los instersticios, esquinas o periferias del poder.
    Mas aún se necesita mucho más que cambiar una letra para crear un mundo. Para crear un mundo hay que sacudirse el polvo que nubla los sentidos del que deambula por los espacios blancos y negros del texto, de la letra y el papel; hay que salir a tomar aire – aunque sea poluto. Armando, Amanda, Mamando que más da, lo significativo en una serie de nombres propios que van desde Espartaco hasta el Che, pasando por Toussant-L’Overture, Martí, Roberpierre, Lenin, etc. es que simbolizan históricamente la rara y preciada red de secuencias de política como verdad. La acción anónima de millones de militantes, rebeldes, guerrilleros, irrepresentables como tal, se combinan y se cuentan como uno en el simple y poderoso símbolo del nombre propio. Es entonces fútil esta pequeña “revolución de una letra”, no cambia el significado original porque es aquella el trauma, la herida viva que no cicatriza. Como en el cuento de Kafka, Un medico rural, es la herida del niño que goza del estatus de lo psicosomático, esta nauseabunda herida que atestigua la vitalidad inherente, la sustancia de vida, el exceso que es requisito para el devenir de un agente político realmente revolucionario y que es inmune ante el cinismo preponderante  del sujeto-abyecto posmoderno queer.

    De todas formas si aceptáramos el papel que se le asigna a lo abyecto, me pregunto ¿que es lo realmente abyecto, lo weird y queer hoy día? Propongo otra escena: un comunista es invitado a cenar a un restaurante caro, comen, beben y socializan y en la sobremesa la conversación se acalora y nuestro amigo empieza a hablar apasionadamente sobre los antagonismos de clase, Marx, la fetichización de las mercancias, etc. Basta con echar un vistazo a las miradas de los que están alrededor para dar cuenta de que es lo que corresponde hoy día a lo abyecto. Es esto lo anormal en un no-mundo donde como dice Zizek se vislumbra primero el el fin catastrófico de la humanidad por medio de desastres naturales, guerras extraterrestres, meteoritos, etc, antes que el fin del capitalismo. Lo bizarro hoy es el sujeto realmente político, que se atreve a criticar el capitalismo, que no tiene miedo a calificarse de comunista y que realmente cree y que esta dispuesto a subvertir lo que el discurso normativo califica como posible.

    Finalmente, hay que decir que es un error hablar de un “andamiaje heteronormativo de la izquierda”. Según tengo entendido es en Cuba donde más cambios de sexo se realizan y  la Revolución Bolivariana esta atestada de movimientos gay/lésbicos y no por esto dejan de ser socialistas. Se parte de una noción bastante anticuada de la izquierda. Es posible que este tipo de crítica se hubiera podido realizar en los 50, 60 o hasta en los 70 pero esta completamente fuera de sintonía ahora.
    Lo cierto es que la comunidad gay-lesbiana en Puerto Rico y otras partes del mundo es en términos generales una clase con gran poder adquisitivo y gran parte de esta pertenece ya a una élite de profesionales, yuppies y trabajadores intelectuales que están bastante bien acomodaos. Que todavía les falta cierto poder político y de derechos lo acepto y soy el primero en la fila para sumarme a la reclamación de estos – en caso de que la meta sea en ultima instancia la normativización. Ahora bien si lo queer no aspira a la normatividad, si por el contrario “no aspira a nada” no necesitamos para esto una noción de lo queer , ni nada de eso, ya que en los efectos de la proletarianización generalizada de la gente que existe en un wasteland ecológico, desprovistos de su “sustancia simbólica colectiva”, en los nuevos ghettos y apartheids que se alzan por doquier, en el sujeto carenciado de su contenido substancial tenemos al sujeto que  ”quiere nada” par excellence, que esta dispuesto a hacer una revolución violenta desaparecer y con el todo el sistema de explotación y miseria llamado capitalismo.

    • Ernesto Blanes

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      Coincido con el autor del comentario anterior en que
      nuestras sociedades liberales y democráticas contemporáneas padecen, de forma
      generalizada, de una carencia de intervenciones políticas radicales (con
      excepciones muy significativas, claro está).  Por radical, sin embargo, entiendo toda irrupción sobre un
      estado determinado de cosas que ponga en jaque las nociones de imperio,
      hegemonía, dominio, totalidad, etc. que el propio lector invoca y moviliza en
      el comentario que precede. 

       

      En esta medida, la siguiente frase del comentario anterior
      expone la médula de lo que está en juego en la ingenua comprensión de proyecto
      político de una izquierda ortodoxa que continúa reproduciendo las estrategias,
      la lógica y la violencia opresora de su supuesto enemigo:

       

      “Y lo que se nesesita hoy día son entes realmente políticos,
      no que subviertan desde la periferia sino que tengan la osadía de coger el toro
      por los cuernos, tomar el poder y ponerlo a disposición de las masas excluidas
      y explotadas”.

       

      ¿Qué significa esto de “entes realmente políticos”?  ¿Realmente?  ¿Es una apuesta esencialista por la existencia de algunos
      “entes” en particular, aquéllos que se muestran desde el poder, el Estado, la
      jerarquía militar o de milicia, el centro (ciertamente no desde la periferia), o
      sólo se pretende prescribir el único modo válido, efectivo, real de
      “subversión” política? 

       

      Me parece que el autor del comentario anterior haría bien en
      preguntarse, de nuevo, realmente, por la violencia y opresión que se esconden detrás
      de ese gesto de reunión unificadora y totalizadora que tan inocentemente coloca
      bajo el “símbolo del nombre propio”. 

       

      Aunque
      ello jamás signifique renunciar al gesto realmente político,
      si es que alguna vez lo ha habido.
       

    • Ernesto Blanes

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      Coincido con el autor del comentario anterior en que
      nuestras sociedades liberales y democráticas contemporáneas padecen, de forma
      generalizada, de una carencia de intervenciones políticas radicales (con
      excepciones muy significativas, claro está).  Por radical, sin embargo, entiendo toda irrupción sobre un
      estado determinado de cosas que ponga en jaque las nociones de imperio,
      hegemonía, dominio, totalidad, etc. que el propio lector invoca y moviliza en
      el comentario que precede. 

       

      En esta medida, la siguiente frase del comentario anterior
      expone la médula de lo que está en juego en la ingenua comprensión de proyecto
      político de una izquierda ortodoxa que continúa reproduciendo las estrategias,
      la lógica y la violencia opresora de su supuesto enemigo:

       

      “Y lo que se nesesita hoy día son entes realmente políticos,
      no que subviertan desde la periferia sino que tengan la osadía de coger el toro
      por los cuernos, tomar el poder y ponerlo a disposición de las masas excluidas
      y explotadas”.

       

      ¿Qué significa esto de “entes realmente políticos”?  ¿Realmente?  ¿Es una apuesta esencialista por la existencia de algunos
      “entes” en particular, aquéllos que se muestran desde el poder, el Estado, la
      jerarquía militar o de milicia, el centro (ciertamente no desde la periferia), o
      sólo se pretende prescribir el único modo válido, efectivo, real de
      “subversión” política? 

       

      Me parece que el autor del comentario anterior haría bien en
      preguntarse, de nuevo, realmente, por la violencia y opresión que se esconden detrás
      de ese gesto de reunión unificadora y totalizadora que tan inocentemente coloca
      bajo el “símbolo del nombre propio”. 

       

      Aunque
      ello jamás signifique renunciar al gesto realmente político,
      si es que alguna vez lo ha habido.
       

    • Bernat Tort

      Hiram:

      Empezaré por disculparme por la demora en la contestación y por agradecer que te tomases la molestia de comentar.

      Dicho esto, debo admitir que me pesa un poco esta conversación por varias razones.   Primero, porque es como tener la misma discusión una y otra vez, (no contigo, claro está, y es por eso que la voy a tener).  Es una conversación que se repite, en donde hay que justificarse por estar a favor de algo, apreciar algo, haber sido conmovido por algo, sólo porque parece quitarle atención a “lo importante”, a lo “realmente político”, como si el bizcocho de la pasión o de la indignación humana fuese pequeño y ya estuviese repartido.

      Me parece que haces una equivalencia equivocada entre mi lectura de la obra y la intención política de la misma.  Yo no sé cuál, si alguna, era la intención política de Eduardo Alegría.  Las obras de arte no tienen porqué tener una intención política y creo que te pierdes de mucho si sólo buscas esto en el teatro, la pintura, el cine o la poesía. (Aprovecho y le aplico lo mismo a Miguel, quien comentó más abajo, que las obras de teatro, ni ninguna obra de arte, tiene que, ni debe aspirar a ser, representativa de ningún grupo, ni de nadie).  Pero lo que está clarísimo es que no puedes criticar la desviación (“pun intended”) o la falta de política en la obra basándote en mi escrito.

      Además, me resulta tonto tener que sacar ahora mi carné comunista, que si miras mi pequeña biografía y te lees las otras cosas que he publicado en 80grados verías que hay poca causa por la cual discutir entre tú y yo.  La diferencia es que yo todavía estoy deviniendo comunista y tú te asumes tal.  (Creo que ser comunista es más complicado que sólo decir que se es comunista.  Esto no es un crítica a ti, claro está, ya que no sé en qué etapa de este devenir te encuentras).  De modo que te recomiendo que lo cojas un poco más suave y leas con caridad y, sobretodo, que pienses cuál es tu, y me atrevo a decir “nuestra”, meta política.

      Si la meta es seducir y convocar gente a tu/nuestra causa (comunista), si la meta es la persuasión, el acercamiento tiene que ser distinto al que usas en tu comentario.  Hay que tender  puentes entre lo queer, en  el caso presente, y la causa comunista, entre las políticas de identidades, que como muy bien señalas, con Wendy Brown, pueden esconder las condiciones materiales que generan todas las relaciones de explotación u opresión que las generan, en lugar de resolverlas.  Sin embargo, y esto lo debes considerar seriamente, las identidades “posmodernas” (como las llamas) pueden ser un primer paso en el devenir proletario de un individuo, en el desarrollar una consciencia política explícita.

      Por otro lado, si el futuro comunista que te imaginas no tiene que ver con la sexualidad: no quiero ser comunista.  Si no tiene que ver con lo queer: no quiero ser comunista.  Si no tiene que ver con el feminismo: no quiero ser comunista.  Si no tiene que ver con el otro: no quiero ser comunista.  Y sin embargo, quiero ser comunista, de lo que se desprende que creo que el comunismo tiene todo que ver con lo queer, con el feminismo, con la relación con el otro.

      Pareces oponer el comunismo a la posmodernidad o a las subjetividades políticas posmodernas.  Sé que mi  experiencia sólo puede tener valor anecdótico, pero no soy comunista (o quiero serlo) a pesar de haber sido posmoderno; quiero ser comunista precisamente porque soy posmoderno.  O dicho de otra manera: “Todo lo que sé del comunismo lo aprendí de la posmodernidad”.  Finalmente, no te creas ni por un segundo el cuento de que la homofobia es producto del capitalismo, cosa que parece derivarse de tu comentario.

      Creo, y lo he  dicho ya antes, que hay que darle más pensamiento a la idea de Juan Duchesne Winter del incomunismo: “la comunidad de los que no tienen nada en común”.  Tal vez esa es la única idea que permea todo el discurso posmoderno: la semejanza en la diferencia.  Dicho de manera más técnica: La unidad ética que surge producto del postulado de la multiplicidad ontológica.  Es porque todos somos distintos que nos debemos tratar como iguales.

      Lo que me lleva a una frase de Alain Badiou que no me abandona: “A minimal and purified political heterogeneity is a hundred times more combative than a parliamentary armada of represented struggles.” [The Communist Hypothesis].  Estoy convencido de que el futuro del comunismo no está en tomar el poder o no, el problema es bajo qué condiciones subjetivas se accede al poder.  Creo que ya ha sido suficiente de la larga y gloriosa (y no estoy siendo cínico al usar la palabra) lista de nombres propios, como los llama Ernesto;  es hora de la multitud, es hora de Egipto, de Túnez, de España, de ¿Puerto Rico?  Es hora del comunismo heterogéneo y no del socialismo representativo (¿qué figura de tu lista cae fuera de esta última categoría?).  El comunismo no se trata de agarrar a un toro por los cuernos o de tener “los cojones” (parafraseándote) de tomar el poder por la fuerza, sino de tomarnos en serio la hipótesis comunista de que realmente todos somos iguales (no como meta sino como principio del cual partimos).  Tomarnos en serio la idea del comunismo de la inteligencia de Rancière.  La inteligencia como capacidad universal de la humanidad y no del dominio de unos cuantos iluminados que nos representan y guían a los demás; que nos dicen lo que es “verdaderamente” político.  

      En fin, y que esto sirva nuevamente de contestación a Miguel (más abajo), tenemos que emanciparnos de la idea de la representación, tenemos que ser capaces de sustituir la disyunción “o” (queer “o” comunista)  por la conjunción rizomática de Deleuze y Guattari “…y…y…y…”: “queer y comunista y feminista y papá y proletario y … y …”

      Hiram, no estamos escasos de regaños, estamos escasos de solidaridad, de identidad humana.  Creo que pierdes de vista—creo que se te escapa por completo— que lo que expresa esta obra (sobre todo la escena entre Alegría y Collazo), que rescatar y darle espacio a eso que se expresa, es quizá la mejor razón a la que podemos aspirar para querer hacernos comunistas.  Si ser comunista no rescata eso, estamos, tú y yo, perdiendo el tiempo. 

      Por último, creo que interpretas radicalmente mal si piensas por un segundo que alguien escoge lo abyecto, o escoge ser queer.    Lo abyecto le ocurre al sujeto que es excluido, pese a su voluntad, y es por esto que lo abyecto no es lo que se propone en mi texto como político, sino devenir queer. Devenir queer —te invito a que lo releas desde esta perspectiva—, es una propuesta política que busca generar disturbios en las redes de sentido social, con la esperanza de, aquí y allá, cómo y dónde se pueda, generar un efecto de desnaturalización que posibilite pensarnos de otras maneras, pensar mundos distintos donde hacer cabida a más gente, a más prácticas, a más cuerpos, y hacer sus vidas y las nuestras más vivibles.

      A esta política también hay que añadir la de devenir proletario, claro está (te refiero a mi columna “Por una universidad comunista”).  Pero lo que no puede suceder es que en tu afán por hacer proselitismo comunista digas cosas como:  

      “Lo cierto es que la comunidad gay-lesbiana en Puerto Rico y otras partes del mundo es en términos generales una clase con gran poder adquisitivo y gran parte de esta pertenece ya a una élite de profesionales, yuppies y trabajadores intelectuales que están bastante bien acomodaos.” [Hiram Yunque]

      La comunidad gay-lesbiana “es en términos generales  una clase…bastante bien acomodada.” WTF?  No sólo ahora la comunidad gay-lesbiana es una “clase”, sino una clase “bastante bien acomodada”.  Cuán desvirtuado puede estar tu norte político para lanzar hipótesis ex nihilo como te dé gusto y gana y ¿para qué?  ¿Cuál es la necesidad, por qué amenaza tanto lo queer a lo comunista?  Me encantaría saber en qué te basas para llegar a estas conclusiones.  Supongo que las transexuales se prostituyen por amor al arte y que se van de vacaciones a Disney con sus familias todos los veranos (de hecho puede que alguna sí lo haga, negarlo sería también una hipótesis ex nihilo) y van a las reuniones de PTA de sus hijos y todo el mundo las trata súper “y los pajaritos cantan y las nubes se levantan”.

      Creo que debes reflexionar sobre cuál es el norte político del comunismo. Ese norte lo podemos entender como desmontar el mundo burgués donde, y solo donde, puede tener cabida (lugar) algo así como un  proletariado.  En palabras de Badiou:

      “The true contrary of the proletariat is not the bourgeoisie.  It is the bourgeois world…[T]he project of the proletariat, its internal being, in not to contradict the bourgeoisie, or to cut its feet from under it.   The project is communism, and nothing else.  That is, the abolition of any place in which something like a proletariat can be installed.  The political project of the proletariat is the disappearance of the space of the placement of classes.  It is the loss, for the historical something, of every index of class.” –Theory of the Subject

      En esa tarea, todo lo que genere extrañeza hacia este mundo burgués que tomamos por real, por natural, por dado, por inevitable, es una adición bienvenida a la causa.  Es innegable que lo queer, el devenir queer, satisface esta condición.

      Bernat

      • Hiram Yunque

        Bernat:

        Bernat:

        Te agradezco de igual manera que tengamos este intercambio. Si me he dado a la tarea de comentar es porque de cierta manera te considero compañero de viaje. Comparto también tu sentir, porque al igual que tú en un sinnúmero de ocasiones he tenido que no solamente justificarme sino que también defenderme por el mero hecho de ser comunista y “quitarle atención” a lo trivial y mundano. Tengo la impresión de que ha habido una interpretación equivocada sobre algunos de mis comentarios y que esto haya dado cabida a que pensaras que pertenezco a esa facción del izquierdismo llamada marxismo vulgar que tanto aborrezco.

        Empecemos. No es necesario que me recuerdes que “la obra de arte no tiene porque tener una intención política”. Estoy consciente, como artista, que una obra, como dice Ranciére, “tiene su propia política”. Hasta el mismo Brecht (un artista “comprometido” par excellence) se alejaba categóricamente de la noción de panfleto y prescribía como elemento imprescindible, junto a su efecto de Verfremdungseffekt, que la obra también fuese “entretenimiento”. Por otro lado pienso que la teoría queer tiene algo muy importante que decir en cuanto a la crítica literaria y estética se refiere. Incluso el debate que se lleva a cabo y la confrontación entre los estudios culturales, la teoría queer y la lectura americana del pos-estructuralismo por un lado, frente a los “Lacanianos radicales” y el resurgimiento de un nuevo marxismo (¿posmoderno?) son de suma importancia, para ¿nuestra? lucha. Mi única intención en los anteriores comentarios es articular (vagamente) una lectura de la obra -y en cierto modo de tu ensayo- que haga visible el núcleo ideológico desmentido de la pieza. Hacer patente como algo que pretende ser “periférico” pertenece hoy por hoy al discurso liberal sustentado por la proliferación de “estilos de vida” y la defensa de la “democracia radical” (la cual se encuentra en estos momentos en seria crisis, radical o no). De momento el problema particular de la relación entre estética y política no lo elabore, ni siquiera lo toque. (De hecho no elaboro casi nada en estos comentarios ya que toco algunos puntos de forma bastante sencilla y superficial). Lo que me interesa es desentrañar la relación que existe entre este tipo de “devenir queer” y el funcionamiento fluido del capitalismo pos-lo-que-tu-quieras. ¿No es un hecho innegable que el capitalismo de hoy acepta, incluso fomenta este tipo de desidentificación subjetiva? Que el capitalismo rizomático y de despliegues múltiples de hoy contrasta con el capitalismo rígido y homogéneo previo a mayo del 68. Yo tampoco se cuál era la intención política de Alegría (a quién conozco y aprecio singularmente), pero se entablo cierto diálogo con la izquierda ortodoxa (a la que yo ciertamente no pertenezco) y me siento obligado a responder. Vuelvo a reiterar que aquel tipo de política no es lo suficientemente radical porque silenciosamente acepta una serie de premisas: nunca cuestiona los fundamentos de la economía de mercado capitalista o el régimen político liberal-democrático; nunca prevé la posibilidad de un régimen político-económico completamente diferente. Todo cambio que se pueda ejecutar tiene que ser entonces desde adentro de este régimen politico-económico.

        Ahora bien, no sé de donde has sacado la idea de que “yo quiero un futuro comunista que no tiene que ver con la sexualidad”. En todo caso abogo por una sexualidad plena a diferencia de la uber-erotización de nuestras sociedades hedonistas libertinas. Además, yo no quiero ser feminista: si no tiene que ver con el comunismo. No quiero ser queer: si no tiene que ver con el comunismo. No me interesa ser otro, eccéntrico, loco: si no tiene que ver con el comunismo. De lo que se desprende que devengo queer, otro, soy feminista, solamente porque soy comunista.

        Lo que muchos liberales anémicos temen y ante lo que se horrorizan es ante el sujeto que se atreve a ser combativo (y esto no tiene nada que ver con tener cojones o ovarios o que se yo que), a ese plus de jouissance característico del “fanático”. Para Heidegger, la diferencia entre agon y polemos es precisamente la diferencia que existe entre una competencia entre amigos y la lucha con “un oponente que es un enemigo y no un compañero”. Es a esto a lo que nos referimos cuando hablo de coger el toro por los cuernos: existe el enemigo y hay que estar dispuestos a luchar (struggle) optando por “jugar el juego” y arrebatar el poder; sino estamos destinados en cierto modo a jugar juegos perverso-eróticos marginales, forever. También se horroriza el sujeto liberal “politically correct” de hoy cuando se hacen planteamientos que puedan ofender la sensibilidad del Otro. En concreto, me expresé erróneamente cuando dije que la comunidad gay-lesbiana es una clase; lo que quise decir es que esta comunidad en términos generales PERTENECE a la clase de obreros intelectuales especializados, de los que se encuentran entre ellos gran parte de los yuppies-liberales-hedonistas de nuestra sociedad de consumo. Esto no es una hipótesis “ex-nihilo”, es una observación fundamentada en experiencias personales, ya que conozco, soy muy amigo y me he rodeado de buen número de homosexuales, lesbianas, y transexuales (incluso en ocasiones he jugado a esta desidentificación performativa con ellos) cosa que como debes saber en el campo de las artes no es excepción. Esta es una población que EN TÉRMINOS GENERALES, PERTENECE a una clase que tiene gran poder económico y adquisitivo- y esto no es una hipótesis- y que siendo así defienden sus respectivos intereses de clase. Lo que sí es una hipótesis es que gran parte de ellos esta singularmente atravesados por la ideología dominante.

        Badiou dice que la disciplina inmanente consiste en hacer lo que verdaderamente se debe en relación a las consecuencias. Y el primer paso para liberarse de las ataduras ideológicas del poder es atacarse uno mismo; atacar lo más preciado para uno, y esto significa nada más y nada menos que actuar en contra de nuestro propio bienestar, redefinir la médula de mi identidad, desbaratar mi apego fetichista que ofusca una existencia miserable y vacía. El primer paso como dice Hardt y Negri en Imperio, es efectuar una política Bartlebyana, preferir no participar. Efectuar lo que Lacan en su Seminario XI formula como el contrapunto de la alienación en el Gran Otro: la separación; desengancharse, como el yonqui juqueao (perfecto candidato para el paradigma del queer) que después de meramente existir en las periferias de la sociedad decide realmente empezar a vivir (en communitas).

        Dos comentarios más y acabo, uno: lo importante en la idea de Duchesne Winter es que efectivamente se crea una comunidad. Comunismo aquí como la idea de lo que justifica en si mismo la presencia e incluso la existencia de sus miembros. “Communism is togetherness- the Mitsein, the being with- understood as pertaining to the existence of individuals, which means, in the existential sense, to their essence” dice Jean Luc Nancy; a diferencia de la sociedad, asociación no-escencial, al pacto entre individuos que a fin de cuentas están separados.

        dos: sacar un carnet de identidad de cualquier tipo, ¿no es una contradicción, al menos para alguien que se desliga del “apego pasional” que sostiene el inconsciente del “sujeto” al orden socio-simbólico y al poder?

        • Ernesto Blanes

           p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal { margin: 0cm 0cm 0.0001pt; font-size: 12pt; font-family: Times; }div.Section1 { page: Section1; }ol { margin-bottom: 0cm; }ul { margin-bottoUna vez más, cómo es posible tanto uso de teoría y a la vez
          tanta desorientación.  Porque no
          tengo el tiempo de escribir aquí un mamotreto, planteo unos cuantos puntos
          esquemáticos:

           

          1)   
          Comunismo no es igual a pensamiento, ni a política.  El pensamiento, filosófico o no, se
          puede dar perfectamente (o profundamente) en el contexto político que sea, y a
          la inversa, cualquier apuesta o práctica política (por más que se distancie del
          comunismo) es capaz de generar su propio pensamiento.  De hecho, es necesario que así sea.

           

          2)   
          La obra de arte produce política y pensamiento, y esto no
          tiene nada que ver con el comunismo. 
          Cómo es posible reproducir una concepción tan estéril del arte
          (estética=entretenimiento) luego de que Bernat comience su ensayo con un
          referente tan exquisito como El origen de la obra de arte de Heidegger.  Hay que volver a ese trabajo infinito.

           

          3)   
          Lo queer no es una comunidad, ni pertenece a una clase.  Ese es precisamente el problema. Mucho
          menos puede pertenecer a una comunidad o a una clase una práctica sexual.  En todo caso, sería una categoría
          transversal, es decir, atravesaría la noción de comunidad o de clase, como
          aquello que la antecede y que la excede, la desborda. En ese sentido, estar
          invocando “experiencias personales” me parece irresponsable, sobre todo a
          partir del trabajo tan minucioso del ensayo y demás intervenciones de Bernat.

           

          4)   
          El único porvenir posible del comunismo consiste en
          interrogar, cuestionar, criticar, escrutar y producir su propia condición de
          posibilidad. Antes que nada.  Este
          no puede ser el suelo o fundamento a partir del cual se genere una militancia
          política o una crítica de la sociedad democrática liberal (capitalista)
          contemporánea.  En la medida en que
          el capitalismo lo ha arropado todo, ¿que interés puede tener precisar que algo
          permanece dentro de él?

           

          5)   
          La paradoja a la que nos hemos visto enfrentados es que no
          existe proyecto comunista posible que escape a la necesidad de instituciones,
          derecho, estado, etc.  Por eso
          todos los pensadores citados en la intervención anterior han puesto en la mira
          de su pensamiento una ética del otro previa a cualquier comunismo. No parece
          que el compañero haya dado ese paso, y por como se expresa, no parece que esté
          dispuesto a darlo.  Por esta razón,
          padece su propia crítica.

  • Miguel

    Vi  la obra anoche y pienso que este artículo se enfoca demasiado en la teoría e ignora particulares de la segunda parte obra que encontré simplistas y hasta ofensivos.  El artículo dice:

    “De ahí en adelante, cualquier gesto de sexualidad explícita que haya en la obra —y los hay— resulta indiferente…”

    Cómo podemos ignorar los otros gestos de la obra, en particular cuando son violentos y hasta pueden ser interpretados como homofóbicos?  La pieza no representa ningún tipo de afecto ni gentileza entre los personajes masculinos.   Los mismos simulan el sexo oral y el sexo anal (luego de que los personajes femeninos le “enseñan” cómo hacerlo) pero no se besan, ni se acarician.  Corren, gritan, se golpean…  estos son, claro está, posibles síntomas del deseo, pero dentro de mundo de la pieza no hay otros modelos que provean un contraste y por ende son interpretados como la opinión del autor sobre éstas relaciones.

    La ”humanidad desnuda” que el artículo menciona es mucho más que los gestos grotescos y dolorosos que los actores representan.  La obra cae en la trampa de las películas más comerciales de Hollywood:  incluir personajes gay o queer que nunca se demuestran amor.

    Ya que las representaciones de las relaciones y el deseo fuera de la hegemonía heterosexual son tan pocas, salí decepcionado de la obra.  Toda la teoría del mundo no puede cubrir el simple hecho de que en el mundo expuesto por el autor la paranoia, el dolor y la separación son la consecuencia de atreverse a mirar y conectarse con una persona del mismo género.  Creo que es hora de que las personas queer rechazemos este paradigma y vivamos de una manera menos perjudicial para nosotros mismos.

  • Puchiplaton

     Aprovecho los comentarios para insertar más créditos y anunciar que volvemos a escena el sábado, 28 de mayo del 2011 en el Teatro Coribantes a las 8:00pm…Añado que el elenco original de Bus Boy Love contaba con Alejandra Martorell, Gisela Rosario, Jorge Merced y Noemí Segarra…por eso de documentar la historia al calce de esta sesuda reflexión…y para recordarnos que ahora más que nunca tenemos que lanzarnos a guerrillear más en los teatros- a pesar de las dificultades y lo mucho que nos quejamos de las gestiones burocráticas…

  • Alejandra Martorell

    muchas gracias bernat por desenpelotar con palabras el goce de verme retratada, regalada, inspirada y aleccionada por la obra – la obra completa, las dos partes. tocas todos los “highlights” mios por lo menos. se me ocurre que aunque cae fuera del marco que presentas, vale la pena añadir que es un logro felíz cómo el trabajo muestra la madurez de un artista que ha trabajado los distintos medios y sus distintas combinaciones (canción, baile y teatro) y que ha logrado que las líneas divisorias entre estos, si quedara alguna, quedaran completamente al margen de la ecuación también. ¡qué gustazo y qué placer! de ver y luego de leer una lectura visceral y articulada sobre lo visto. me parece que cuando hay tal necesidad de decir y tanto oficio con que hacerlo, la obra parece haber existido siempre.

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  • Viveca Vazquez

    Wow! Bernat, que regalo!  Me he tardado en leerlo a proposito, por miedo a
    que se acabara.  Muchas gracias por acercar publico y tambien por tocarnos
    tan de cerca.
    Un abrazo a Ivetteroman!

  • Ivetteroman

    Gracias Bernart, he saboreado tu articulo.  Es un consuelo, al no poder estar alla y disfrutar la obra de nuestro querido Eduardo.  Saludos cariNosos desde Houston. 

  • Marohu

     no lei el articulo (tal vez si, un poco), pero la foto de los cigarrilleros, el de abajo que dice “cabron, me estas aplastando!”. nada mas lindo que el amor entre dos hombres.

  • Teresa Peña-Jordán

    Estimado Bernat: 
    Gracias por tu escrito que me ha motivado a ver la obra mañana.  Comparto la importancia tan inmensa y
    vital de una política del devenir, del devenir minoritario, del devenir queer.
    Pero quería compartir la observación de que no creo que lo queer sea lo
    anormal, sino lo que rompe la norma. 
    Lo queer entonces la quebranta, la fisura, rompiendo sus propios límites
    hasta que esta misma no sepa lo que es. 
    Es ese desconcierto, me parece, lo que provoca la política de lo queer.  Un desconcierto basado en la
    inestabilidad constante de saberse extraño, de no saberse…  De ahí que surja la transgresión
    posible.  Pues lo queer no “pasa”
    por nada, sino por ser inclasificable… Provocando a su vez deseos
    inclasificables, aunque sea sólo por unos instantes, unos instantes inesperados
    en los que se ve, se siente la norma (como un inmenso jarrón) caer y
    romperse.  Provoca entonces
    momentos vertiginosos; eventos que nos cambian la vida, conocida hasta el
    momento.  Y sí son momentos
    humanos, completamente humanos. 
    Pero muchos le temen a esta caída, al espacio tenebroso del
    desciframiento de un sí más amplio, pero a la vez más abierto, más expuesto,
    más desnudo.  Un espacio, en fin,
    en que el sujeto se hace más vulnerable y quebrantable.  Pero es ahí, en ese espacio existente
    entre la asfixia y la respiración que puede emerger el grito de “lo inhumano”
    que se afirma como humano en el dolor tan valiente causado por la trangresión
    del sentido.  El que no grita, tal
    vez, se encierra en su terror, negándose a la posibilidad del placer, a la tranformación y a una nueva comprensión de
    lo posible.  Por eso Bernat, tu
    llamado al devenir queer es un grito de valientes, un llamado a afirmar la
    vitalidad, la solidaridad, la gran humanidad de un desconcierto vuelto poesía.  Mañana me toca, me toca, me toca… J

    • Teresa Peña-Jordán

      La J que sale al final, después de los puntos suspensivos, debió ser un smily face. (El poder de una letra!)

    • Bernattort

      Querida Tere:Gracias por el comentario.  Coincido y discrepo.  Creo que tienes razón en que hay que pensarse más lo de lo anormal y lo queer.  Por ejemplo, lo normal puede tomarse al menos de tres maneras posibles.  Primero, en su sentido estadístico,  lo normal como lo promedio, lo más común.  En este sentido lo anormal simplemente significa aquello que se sale de la norma.  Tanto Einstein como Wanda Rolón, por ejemplo,  serían anormales en sentidos inversos (por eso me encanta la expresión española “subnormal” que permite distinguir a ambos sin equívocos) y sin embargo, ninguno de ellos sería anti, contra o anormativos.  En su segundo sentido, y más pertinente para nuestra discusión, lo anormal es lo que no se sigue de la norma, lo que no es normativo.  Allí donde lo normativo designa el espacio de prescriptividad práctica (¿qué debo o qué puedo hacer?) lo anormal pone en jaque o deslegitima la norma al trazar un curso de acción (o un rumbo, para seguir con la metáfora de la orientación de Sara Ahmed) que no estaba contenido dentro de las posibilidades del sistema normativo en cuestión.  En este sentido, lo anómalo es condición necesaria para lo queer, pero no suficiente.  Es decir, todo lo queer tiene (condición necesaria) que ser anómalo pero no basta con que sea anómalo (falta de criterio de suficiencia) para que sea queer.  Esto nos llevaría a tener que depurar precisamente qué tipo de acto, gesto, cuerpo, modo de vida es queer y cuál no; a establecer un criterio de demarcación.  Y aquí es que se ponen los huevos a peseta pues como tú dices lo queer es queer por inclasificable, por la incomodidad que genera (“gender trouble”, como dice Butler) en un sistema de clasificación particular.Esta dificultad nos lleva a la tercera manera de ver lo anormal como anomalía que para mí es la que más contenido político tiene.  Lo anómalo es lo que se resiste a ser incorporado a una estructura taxonómica particular.  Este es el sentido que tiene, por ejemplo, en la filosofía de la ciencia de Thomas Kuhn.  En la mayoría de los casos cuando un científico se topa con un fenómeno anómalo, lo ignora o lo incluye como parte del margen de error de su teoría; sencillamente queda excluido del mundo de sentido que permite la teoría o la estructura taxonómica.  Sin embargo, cuando hay una anomalía que aparece en lugares particulares donde pone en entredicho la capacidad que tiene la teoría de dar cuenta de “lo real” surgen periodos de ciencia revolucionaria que generan nuevos paradigmas o estructuras taxonómicas que rearreglan las relaciones de semejanza y diferencia entre objetos y crean clasificaciones antes inexistentes  y reubican objetos en categorías distintas a las de la teoría anterior para incorporar las anomalías.  Aplicado a nuestro caso, veríamos lo queer como anomalía que anuncia una “exclusión”.  Pongo “exclusión” entre comillas pues lo excluido no puede expresarse en los términos de las normas que imperan, y por lo tanto, lo anómalo es sólo un malestar y no un objeto, persona o acto; lo excluido es sólo el síntoma de la incompletud del sistema normativo.  Incompletud, claro está, que sólo salta a la vista y se hace realidad en el momento en que lo anómalo asoma su cabeza.  Es en este asomar su cabeza de lo anómalo que lo queer puede tornarse político: devenir queer.Por ejemplo, los cristianos fundamentalistas no pueden bregar con la realidad o naturalidad de la homosexualidad desde los parámetros normativos que les provee su religión.  Es por esto que para los cristianos los homosexuales escogen ser homosexuales.  El que sea una opción permite clasificar a la homosexualidad como pecado y con el pecado se puede bregar; puede uno arrepentirse, convertirse, esforzarse por no dejarse tentar por errrrr diablo (para usar las categorías taxonómicas de Wanda Rolón).  Un cristiano no puede bregar con que la homosexualidad sea natural o involuntaria pues requeriría de un cambio estructural que inevitablemente llevaría a que, por razones de consistencia teológica, se les permitiese casarse.  Requeriría pensar que Dios creó homosexuales a los homosexuales, lesbianas a las lesbianas, y así por el estilo, pues según el relato del Génesis: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran medida.” [Génesis 1:31].Es por esto que sí creo que podemos hablar de lo queer como anómalo en este último sentido.  Devenir queer es entonces el compromiso político de hallar las fisuras del sistema de clasificación normativo, y explotar esas debilidades llevando a cabo actos terroristas queer (formas de habitar el cuerpo, de vestir, de hablar, de contestar preguntas (en programas de radio, por ejemplo, cuando nos pregunten si somos o no homosexuales),  con actos estéticos, posturas éticas, etc.). Nada, que tienes razón en que hay que seguir pensando el asunto de la relación anormalidad/anormatividad y queeridad.  Creo, sin embargo, aunque no lo he hecho todavía, que aplicar el vocabulario ontológico de Badiou en Ser y evento sería lo más adecuado (la meditación 7 “El punto de exceso”) por la capacidad expresiva del evento (de lo anómalo) que tiene.  Tiene mucha más capacidad expresiva que la filosofía de la ciencia de Kuhn o la teoría del acontecimiento poético de Heidegger, que son las que he usado en el artículo.Gracias de nuevo,Un abrazoBernat    

  • Luis Negrón

    Salí de la obra necesitado de vivir una experiencia tan humana como la que reprensenta esta sobrecogedora pieza. Me sentí con suerte, afortunado de verla. Sé que mi memoria buscará la forma de hacer suya la escena  del “cigarrillo” que tan bien comentas. Gracias por el segundo viaje al Mundo Alegría. 

  • Quetzal Acosta

    Lindo texto, Bernat. Un saludo.

  • Puchiplaton

     Gracias Bernat y añado que estas fotos son de Neysa Jordán, que la blanco y negro y emblema de Bus Boy Love es de Claudia Cornejo y la ilustración de la tarjeta promocional es de Uzel Orlandi. Espero que muchos vengan también a tener esta experiencia.

  • Rios Avila

    Mudo. He quedado mudo de placer, de envidia, de éxtasis leyéndote, querido y admirado Bernat. Esquina Periferia es una de las grandes experiencias teatrales de los últimos años en la isla del espanto, a la altura de Quíntuples, que es lo mejor que recuerdo del teatro boricua contemporáneo. Lo sabía, lo sentí en el teatro cuando empecé a reírme mientras presenciaba las vocalizaciones guturales de Eduardo y Yamil en su sublime pas de deux y terminé secándome las lágrimas sin darme cuenta. Y ahora me lo confirma este ensayo magnífico, un verdadero manifiesto queer nacional, digno de nuestra primera obra maestra queer. Sospecho que hay países en los que la gente hace fila bajo la lluvia para ver una obra de la categoría de Esquina Periferia. Así que coja su paraguas y acabe de irse pa’ Coribantes. No deje que le cuenten. 

    • Rosaluisa3

      Estoy de acuerdo, Rubén. Añadiría a esa breve lista Acceso Controlado de Teresa Hernández y el trabajo de Aravind en San Germán.
      ¡Qué privilegio ser sus espectadores cómplices y a la vez ser lectores de Bernat!