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Por la colegiación de los filósofos


Y no había luz…

A Rosa Luisa Márquez

‘To corrupt the youth’ is, after all,
a very apt name to designate the philosophical act...

Alain Badiou

Existe una ley que obliga a los actores y teatreros puertorriqueños a colegiarse. Los obliga a pagar una cuota y a someterse a los criterios y al escrutinio de un organismo (el colegio de actores) que determina quién es y quién no es actor, quién puede o no presentarse en los teatros y plazas del patio. Este año esta organización ha detenido, o amenazado con detener varias producciones, como por ejemplo, la producción del grupo Y no había luz de la obra “Como Bueno” del dramaturgo Joaquín Octavio y “Oh Natura” de la directora y dramaturga Sylvia Bofill, obligándolos a pagar cuotas de colegiación provisional.

Este incidente me dio mucho que pensar. ¿Tal vez deberíamos hacer algo parecido los filósofos? En un contexto social como el nuestro, tan colmado de opiniones solapadas unas sobre las otras sin ton ni son; en un foro público donde la ciencia, la pseudociencia, la buena argumentación, las falacias, los hechos, los mitos y el conocimiento comparten el mismo escaño en la jerarquía de los saberes… Ahogados como estamos en un mar de interpretaciones tal que no se nos permite siquiera levantar la cabeza el tiempo suficiente para llenar nuestros pulmones de la gaseosa verdad que nos espera justo en la superficie. Valdría la pena proponer la colegiación de la filosofía. El establecimiento de un organismo que certifique y ratifique quién de entre todos nosotros está autorizado a ejercer libremente la actividad del pensamiento.

Así es que, habiéndole dedicado algo de tiempo a la reflexión sobre el tema e inspirado por el buen ejemplo del Colegio de Actores, quisiera con este escrito proponer la colegiación compulsoria de los filósofos, pues me parece mentira que una profesión tan potencialmente peligrosa como la nuestra, que desde la antigüedad ha sido acusada de corromper a los jóvenes, no esté regulada por un organismo que pueda certificar quién es y quién no es un verdadero filósofo, quién puede o no puede fungir como el intérprete de las más generales de todas las cosas.

Basta echar un vistazo a los comentarios que le siguen a muchas de las columnas de este foro para ver que cualquiera entra al debate y a cualquiera le contestan. Por ejemplo, ¿cómo es posible que en una publicación de la talla de 80grados, donde publica Eduardo Lalo (ganador del premio Rómulo Gallegos), Francisco José Ramos (autor de la trilogía filosófica La estética del pensamiento), Lilliana Ramos Collado (Directora del Instituto de Cultura Puertorriqueña), Rafael Aragunde (Exsecretario de Educación), Nelson Rivera (dramaturgo autor de Sucio Difícil), entre muchísimos otros como Rubén Ríos Ávila, Mara Negrón, Marta Aponte, Juan Duchesne, Rafael Bernabe, Félix Jimenez, por mencionar solo a algunos de los más destacados, pueda comentar cualquiera y entrar en debate con tamaños gigantes de la palabra y del pensamiento local e internacional? Me parece que ya es hora de separar la paja del grano: ¡Pensar es de y para los pocos! El resto que escuche, lea y obedezca. Los filósofos deben colegiarse para que así el público pueda sentirse seguro de que lo que escucha y lee es conocimiento y no mera opinión. Basta ya de esa changuería liberal que tiene a la tolerancia por la máxima de las virtudes, esa sensibilidad y apertura a las ideas de cualquiera. Basta ya de ese infantil encaprichamiento con el Otro. ¡Sí! —¿cómo no?— concedamos al dicho: “¡Quien tenga oídos que escuche!” Pero está pasada de castaño a oscuro la hora de añadir: “¡Y que solo el que tenga cabeza hable!”

Que solo aquellos de nosotros que hayamos publicado artículos peer-reviewed, o libros en editoriales reconocidas en el mundo académico, que tengamos doctorado otorgado por una universidad reconocida o, ¿por qué no?, que hayamos recibido el aval del Estado y la Legislatura como institución reguladora —so pena de multas o represalias— podamos pensar públicamente. ¡Colegiémonos! (¡Que los “niños” intelectuales piensen cuando las gallinas meen!)

El comunismo de la inteligencia, la filosofía, y el teatro de la vida

A estas alturas del texto debe resultar obvio por el subtítulo de este escrito y por la persona que lo escribe, que lo expuesto en los párrafos anteriores (la colegiación de los filósofos) no es, ni puede ser, una propuesta seria. La mera mención de la colegiación de los filósofos, incluso para el más conservador de mis lectores, debió sonar absurda y descabellada. Y sin embargo, la colegiación de los actores no parece haber presentado las mismas objeciones o reacciones intuitivas —a juzgar por la existencia y aprobación de la “Ley de Actores de Teatro de Puerto Rico” (20 L.P.R.A. sec. 3302), creada en 1986, que regula la profesión de la actuación en nuestro país. No parece, en su momento, haber levantado la sospecha de que hay “algo podrido en el Estado de Dinamarca [Puerto Rico]”, como parecería ser el caso con la colegiación de los filósofos. Sin embargo, quisiera demostrar en este texto que si estimamos que la colegiación de los filósofos es incoherente por razones de principio, entonces la de los actores lo debe ser en mayor medida, por razones que veremos. Escribo este texto como gesto de apoyo a los compañeros teatreros que actualmente conspiran y laboran para hacer una enmienda a la “Ley de actores” para eliminar el carácter compulsorio de la colegiación.

Si presumimos, como premisa, que alguien verdaderamente hubiese propuesto la colegiación de la filosofía, podríamos suponer también que la noción misma de una regulación del pensamiento, y aún peor, del libre ejercicio del mismo, le parecería a todo lector contemporáneo una afrenta a su propia humanidad. No solo a todo habitante de un estado democrático moderno, sino a todo habitante del planeta que sea heredero de la civilización griega. Después de todo, fue Aristóteles quien definió al ser humano como “animal racional.” Decir que tenemos que pedir permiso o cualificar para pensar equivaldría a decir que tenemos que pedir permiso o cualificar para ser seres humanos. Ahora bien, más allá de esta objeción general, la pregunta específica que nos debe interesar contestar es: ¿por qué? ¿Por qué nos parece tan evidentemente ofensiva la idea misma de un organismo dedicado a la certificación de las capacidades requeridas para el ejercicio del pensar?

Podría pensarse reflejamente (es decir, automática e irreflexivamente) que la respuesta tiene algo que ver con la libertad de expresión, con el derecho, avalado por la constitución tanto de Estados Unidos como de Puerto Rico y de tantos otros países, al libre ejercicio de la opinión pública, con la finalidad de garantizar que las opiniones minoritarias sean escuchadas y mantengan siempre en jaque al poder y la dictadura de las mayorías. Esta conclusión parecería inevitable en un contexto estatal moderno como el nuestro, pero no podría estar más lejos de la verdadera razón. La razón por la cual la colegiación de los filósofos, y por lo tanto, la regulación de la filosofía, resulta un sinsentido es porque esta contradice la esencia misma de la filosofía. Esto es, que el sinsentido de dicha propuesta se debe a que en su esencia la filosofía implica el comunismo de la inteligencia.

“¿Pero qué dice este tipo: comunismo de la inteligencia?” —se me podría objetar. “¡Si la filosofía es uno de los campos del saber más reconocido por su dificultad, más enrevesado, con más vocabulario técnico y solo para iniciados que ninguna otra disciplina!” “Por el contrario, parecería que el modelo político que más se le asemeja es el aristocrático, o como mínimo resulta evidentemente elitista en su manera rebuscada y técnica de hablar sobre cosas tan cotidianas como la vida, la muerte, la existencia humana y el mundo que nos rodea.” Quién así piense, sin embargo, confunde cosas muy distintas.

Por ejemplo, una cosa es que para hacer filosofía haya que someterse a un “protocolo de argumentación”, como dice Alain Badiou, es decir, que haya que seguir ciertas reglas para participar de un debate filosófico, y muy otra es decir que este debate es por esencia exclusivo o para los pocos. Sería como argumentar que como para jugar baloncesto hay que driblear la bola, este deporte es elitista porque excluye a los que quieren correr con ella. Si se quiere jugar baloncesto, hay que aprender a driblear la bola y punto. Del que un juego del lenguaje, para usar un término de Wittgenstein, tenga unas reglas particulares, no se sigue que este sea exclusivo por esencia, sino solo que lo es accidentalmente.

Segundo, no se debe confundir el esfuerzo intelectual requerido por la disciplina con su ser elitista o no. La razón principal de la dificultad, tanto en el vocabulario, en la claridad conceptual, así como en la forma de la argumentación que exhibe la filosofía se debe a que su tarea principal es “la corrupción de la juventud” y, como veremos más adelante, esta tarea requiere de conceptos y palabras nuevas para hablar de cosas cotidianas. Por lo tanto, el servirse de un vocabulario a veces rebuscado y técnico no surge de un afán exclusivista, sino de la dificultad de su tarea. Podemos decir, siguiendo a Badiou y al pueblo ateniense que condenó a Sócrates a beber la cicuta, que la tarea de la filosofía es “la corrupción de la juventud” si definimos “corrupción” de la siguiente manera:

“To corrupt here means to teach the possibility of refusing all blind submission to established opinions. To corrupt means to give youth certain means to change their opinion with regard to social norms, to substitute debate and rational critique for imitation and approval, and even, if the question is a matter of principle, to substitute revolt for obedience.” –Alain Badiou, Philosophy for Militants, p. 10.

Si tales son las metas de la filosofía, invitar a la juventud a cambiar de opinión respecto a las normas aprendidas y dadas por sentado, enseñar a debatir y criticar racionalmente lo heredado y creído por fe (obediencia ciega), y, de ser necesario, instigar la subversión y la revuelta allí donde la obediencia y la opresión ya no dan espacio para todo lo anterior, entonces no se le puede acusar de ser críptica, difícil o compleja. Ya que estas características se vuelven necesarias toda vez que cumplir su tarea requiere enseñar a la juventud a desnaturalizar su mundo y a reconstituirlo casi por completo, la filosofía nos invita a generar un mundo nuevo y para eso hace falta un vocabulario nuevo.

Por ejemplo, si la filosofía le quiere decir a los jóvenes que la “realidad” que nos han enseñado a ver como La Realidad, no es la realidad, la filosofía no le puede llamar, so pena de ser malinterpretada, “realidad” a la realidad. Le tiene que llamar “Ser”, “fenómeno”, “sustancia”, “acontecer”, “physis”, “différance”, “multiplicidad inconsistente,” “lenguaje”, “vacío”, “apeirón”, etcétera. De lo contrario, se corre el riesgo de que los jóvenes no entiendan que la “realidad” no es la realidad y que piensen que el filósofo es un mero sofista que le quiere llamar “multiplicidad inconsistente” a la realidad cuando muy bien podría llamarle simple y sencillamente: “realidad”.

Pero dejando esto a un lado, y aun si me diesen la razón en lo que acabo de argumentar, quedaría la pregunta por la relación entre la filosofía y el comunismo de la inteligencia. Una cosa es demostrar que la filosofía no es difícil por elitista sino por necesidad, y muy otra es decir que esta implica necesariamente la hipótesis de la igualdad de la inteligencia.

La clave está en ver que en la filosofía se da una relación esencial entre el pensamiento y la política. La filosofía, nos dice Badiou, está ligada a la democracia en su origen. La filosofía es en su esencia democrática, en la medida en que la filosofía requiere de la hipótesis de la igualdad de la inteligencia. Para que haya filosofía todos tenemos que poder pensar y participar de la inteligencia en igual medida. Allí donde hay jerarquías y prejuicios pre-establecidos para la admisión del pensamiento, allí donde hay inteligencias en plural, no hay, ni puede haber, filosofía. La filosofía requiere de la premisa de la unidad y la igualdad de la inteligencia. Es decir, que no hay una inteligencia del monarca y una del súbdito, una inteligencia del burgués y una del proletario, una del hombre y una de la mujer, una del rico y una del pobre: la inteligencia es una, e igual para todos. Esa es la condición política de la filosofía.

“Philosophy [...] is a discourse independent of the place ocuppied by the one who speaks. [...] Philosophy assumes that the search for truth is open to all. The philosopher can be anyone.” —Alain Badiou, Philosophy for Militants

La filosofía está abierta a todos irrespectivamente del valor social asignado a la identidad del hablante. Es un espacio, una forma discursiva que se somete a ser interpelada por cualquiera, a ser criticada por cualquiera. Y el principio democrático que simultáneamente origina la filosofía y rige todo intercambio filosófico es el comunismo de la inteligencia. El filósofo es aquel que le puede decir “No” al monarca. La filosofía es el espacio discursivo donde se hace posible esa subversión. El comunismo de la inteligencia es su condición de posibilidad epistémico-política, el presupuesto metafísico del darse de la filosofía.

La filosofía exige de cualquier hablante, de cualquiera que quiera participar de ella, solo dos cosas: que se someta a un protocolo de argumentación (unas reglas del intercambio discursivo) y que someta su enunciación al juicio y la crítica de cualquiera con independencia del lugar que ocupen en la sociedad; es decir, que olvide, al reaccionar a un juicio o una crítica filosófica, la posición social del hablante y solo tome en consideración el contenido de su juicio o crítica.

Cierto es que en este sometimiento a un protocolo argumentativo se esconde ya un sometimiento a una razón universal, o a la idea misma de que hay tal cosa como una razón universal. Este sometimiento presenta para muchos una limitación excesiva, exige un doblegarse a un paradigma racional eurocéntrico que excluye y/o supedita otras racionalidades a La Razón, que es siempre ya una razón blanca, masculina, heterosexual y europea. Como nos dice Enrique Düssel en su Filosofía de la liberación: “Antes del ego cogito hay un ego conquiro (el ‘yo conquisto’ es el fundamento práctico del ‘yo pienso’).”

Sí, es innegable que La Filosofía (la filosofía estatal) ha servido y sirve como discurso opresivo, como justificación ideológica de la vorágine de devastación y explotación del capitalismo anglo-europeo en todo lo ancho del globo terráqueo. Pero nos equivocaríamos si pensamos que la solución está en un tropel de discursos particularistas e identitarios, en otros etnocentrismos. Es precisamente lo contrario, es mediante un reclamo más fuerte de universalismo, fiel a la esencia comunista de la filosofía, que se critica al europeo por querer hacer de su razón La Razón. Detrás de la crítica al eurocentrismo se esconde un profundo universalismo comunista de fondo, un llamado a replantear la filosofía como un espacio epistémico-político que no admite distinciones y apellidos como filosofía “griega”, “francesa”, “alemana”; no admite el espacio donde “francesa” es superior a “africana”, o a “oriental”, o a “latinoamericana o caribeña”.

La filosofía es el discurso donde la potencia democrática del pensamiento admite como premisa que cualquiera pueda hacer venir abajo a un mundo —o lo que es lo mismo, a un Imperio— solo con su palabra. La filosofía es la promesa de un espacio ideal donde la palabra no tiene apellidos, donde ni siquiera Homo puede pretender privilegio. La filosofía es incluso el lugar radicalmente comunista donde un simio (César en Rise of the Planet of the Apes) le puede decir “¡NO!” a un humano.

Contrario a lo que pueda pensarse, es esta voluntad universalista la que justifica y da fuerza a la filosofía de la liberación de Düssel, la epistemología feminista de Sandra Harding o a la teoría queer de Judith Butler o Beatriz Preciado.

“La inteligencia filosófica nunca es tan verdadera, válida, clara, tan precisa como cuando parte de la opresión y no tiene ningún privilegio que defender, porque no tiene ninguno.” —Enrique Düssel, Filosofía de la liberación

O como diría Sandra Harding, el punto de partida del oprimido y marginado no garantiza mayor objetividad (o universalidad, en este caso), pero es su condición de posibilidad, pues solo desde el lugar de aquellos que padecen de la actual organización del mundo, puede surgir un pensamiento emancipador: una propuesta de mundo más equitativa y más justa. Los privilegiados (en el sentido que sea) no están en posición ni tienen la inclinación de enterarse de lo que anda mal con el mundo; no tienen motivación para cambiarlo. O para usar una metáfora de Nietzsche, es el cordero el que odia al águila, el águila no odia al cordero, no lo ve como rival, lo ve como comida. Desde la perspectiva del águila, todo anda muy bien en el mundo, y por tanto, solo un cordero nos puede salvar.

Es el oprimido el que necesita a la filosofía, necesita el espacio que ignore las jerarquías que distinguen al amo del esclavo. Es el oprimido el que responde al llamado filosófico de la “corrupción de la juventud”. Y es esta la razón por la cual postular la creación de un organismo que regule el ejercicio del pensar atenta contra nuestra libertad, no la de expresión, sino de acción; atenta contra nuestra capacidad de actuar libremente.

Derrida decía que la universidad sin condición consistía en “el derecho primordial a decirlo todo, aunque sea como ficción y experimentación del saber, y el derecho a decirlo públicamente, a publicarlo.” Pero esta visión limitada de la tarea de la universidad, del pensamiento y de la filosofía, corre el riesgo de confundirse con la tan burguesa libertad de expresión que se ha convertido en las sociedades democráticas representativas en el bobo que tranquiliza al “niño”, mientras los “adultos” se sirven de su sudor y su sangre con la cuchara grande. ¿En qué se distingue esta postura de Derrida del “obedece y piensa lo que quieras” kantiano? Kant, en su “Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la ilustración?”, nos invita a aceptar un menor grado de libertad civil a cambio de una mayor libertad intelectual. Incluso en Kant, la libertad de pensamiento suponía una libertad de acción futura —de otro modo no tendría sentido someterse a la coacción política. Pero Kant no vislumbró lo que el mundo contemporáneo haría con su máxima reformista. Kant no previó un momento en que la libertad de pensamiento (encarnada en la libertad de expresión mediante el uso público de la razón) se redujese a la vulgar equivalencia entre opiniones, y por lo tanto, a la imposibilidad de toda futura acción.

Ese mundo insospechado por Kant es el nuestro, donde podemos decir, pensar y publicarlo todo, y sin embargo, nada llega a pasar. Es por esto que Foucault, en su respuesta a Kant del mismo nombre (“¿Qué es la ilustración?”), reencuadra el asunto en un marco ético que reclama la simultaneidad de la libertad del saber y la libertad del hacer invitándonos a hacer una ontología crítica de nosotros mismos:

“And this critique will be genealogical in the sense that it will not deduce from the form of what we are what it is impossible for us to do and to know; but it will separate out, from the contingency that has made us what we are, the possibility of no longer being, doing, or thinking what we are, do, or think. It is not seeking to make possible a metaphysics that has finally become a science; it is seeking to give new impetus, as far and wide as possible, to the undefined work of freedom.” –Michel Foucault, “What is Enlightement?” [mis cursivas]

Hacer pensar que un mundo distinto es posible, es decir, que este mundo es un producto histórico y contingente, no significaría nada si no implicase que tenemos el imperativo ético de cambiarlo, como nos invitó a hacer Marx. De manera que la hipótesis del comunismo de la inteligencia no es sino la premisa epistémico-política que le permite a la filosofía proponer otro orden distinto para el mundo, que nos permita a su vez pensar, pero sobre todo actuar de otro modo. De un modo más libre y más justo.

¿Y qué somos todos sino actores en el escenario del mundo? La pregunta por el porqué de la colegiación de los filósofos se transforma, por mor de la relación indisoluble entre la libertad de pensamiento y la libertad de acción, en la pregunta por el porqué de la colegiación de los actores. ¿Si admitimos que la colegiación de la filosofía atentaría contra nuestra potencia intelectual revolucionaria (la posibilidad de pensar un mundo distinto), no estamos obligados a decir lo mismo de la colegiación de los actores? ¿No atenta esta contra nuestra potencia práctica revolucionaria: contra la posibilidad de cambiar el mundo? ¿Después de todo qué hace un actor y qué es una obra sino la puesta en escena de otro mundo posible?

El teatro es simplemente la formalización estética de nuestra capacidad para cambiar nuestros modos de ser en el mundo. Mucha gente olvida que a la famosa cita de As You Like It de Shakespeare: “All the world’s a stage,/ And all the men and women merely players” le siguen los siguientes versos: “They have their exits and their entrances, /And one man in his time plays many parts.” “Y actuamos muchos papeles…” esa es la lección, la esencia del teatro. Recordarnos una y otra vez que podemos jugar otro papel en este mundo. Cuando vemos a una actriz ser otro, transformarse a voluntad en otro, en Antígona, en Antigona Pérez, en Madre Coraje; cuando Teresa Hernández se hace reina, guardia de seguridad, un chamaco, o cualquiera de sus personajes en el escenario, nos recuerda con su cuerpo, no solo que nosotros somos personajes en el drama de nuestra vida, sino que también nosotros podemos, tenemos la capacidad, de ser otros, de que las cartas no están echadas.

El siglo veinte desde sus inicios hizo uso consciente de esta capacidad ejemplar del teatro. El cambio social y las radicales transformaciones políticas del pasado siglo han ido de la mano del teatro casi sin excepciones. Y la teorización sobre el teatro por parte de los mismos dramaturgos ha sido una exploración explícita de la incapacidad de trazar la frontera que separa el arte de la vida y de la política. Esta teorización llevó a Peter Brook a decir que donde hubiese un espacio vacío y alguien que lo transitara había teatro. ¿Qué es esa definición sino la forma más abstracta de ser en el mundo: un ser humano caminando sobre la faz de la Tierra? ¿No es esta tal vez la única constante de nuestra existencia?

Augusto Boal, con su teatro del oprimido, llevó —quizá más que ningún otro— a desdibujar completamente la línea que separa una propuesta estética de una propuesta política. En una de sus primeras sesiones de teatro foro algunos campesinos salieron directo de la “función” a tomar las armas. ¿No es este el vivo ejemplo de la potencia práctica para cambiar el mundo que encierra el teatro? ¿No es esta la encarnación del llamado filosófico a corromper la juventud? ¿Qué es el efecto de enajenamiento de Brecht sino un fuerte golpe al estómago de nuestra complacencia, una advertencia a la “juventud” de que nos están tomando el pelo, y de que no nos dejemos engatusar?

Pretender determinar y controlar, bajo los criterios que sean, quién es y quién no es actor, quién puede y quién no puede representar una obra de teatro es pretender determinar quién puede o no existir (con todo el peso ontológico que Heidegger y Badiou le dan al término), pues existir, no es otra cosa que ser/actuar en el mundo.

La vocación del actor, de la dramaturga, de los teatreros, es presentarnos un sinfín previamente indeterminable de formas de ser-en-el-mundo, de experimentos existenciales, de formas de ser otro distinto al que me tocó, la posibilidad de pensarnos coexistiendo con otras normas y bajo otras premisas. Su función es presentarnos un glosario fantástico de mundos posibles y dejar en nuestras manos qué hacer con ellos.

En Puerto Rico hay una noble estirpe de individuos que se han dedicado a esta tarea, entre los que se encuentran Rosa Luisa Márquez, Antonio Martorell, Nelson Rivera, Lowell Fiet, Teresa Hernandéz, Pedro Adorno, Deborah Hunt, Teófilo Torres, Puchi Platón, Eduardo Alegría, Yamil Collazo, Javier Cardona, Jorge González, Aravind Adyanthaya, Sylvia Bofill, Israel Lugo (y los Abracadabra), Kisha Tikina, Eyerí Cruz, e Y no había luz, por mencionar solo algunos de los que me son allegados.  Pretender limitar y fiscalizar su libertad de criterio, método, forma y estética es atentar contra la esencia misma de nuestra humanidad: es pretender ponerle límites a nuestra capacidad y deseo de explorar nuevas formas de cambiar el mundo.

Actores de Puerto Rico: ¡Descolegiaos!

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  • Leo

    Leí tu columna
    y al terminar, me remonte al 21 de octubre de 1966 a la Universidad Johns
    Hopkins (Baltimore) en donde Jack Derrida dio su famosa conferencia sobre la desconstrucción……..

    ”FARMACON”/’IMITACION”/”ESCRITURA”/’’PRESENCIA”/’’AUSENCIA’’

    La filosofía no
    evoluciona por eso se ha quedado atrás por despotismo elitista, como actividad exclusiva
    de unos pocos.  Hermano de todos se
    aprende no podemos pretender que por que alcanzamos un grado doctoral estamos
    por encima de los demás.  La filosofía es
    libre y es un conocimiento que se debe compartir a través de la acción y
    llevarla a las masas de manera activa no escribiendo una columnita y con citas
    y estilismos, si tanto estudiaron creen algo dejen de repetir!!!! es con acción
    con deber genuino, con la sociedad y sus individuos para mejorarla. Las citas y escritos vacíos
    son palabras que se la lleva el viento, con aire despotista e incomprensible de
    puro FARMACON! para eso prefiero la acción en silencio con resultados que siga
    a la vez un visión filosófica que mejore la sociedad y evolucione en
    conocimiento para todos.  De esta manera
    y con mucho respeto lo dejo con esta cita…que tanto le gustan:

    PRESENTA MAS PROBLEMAS INTERPRETAR
    LAS INTERPRETACIONES QUE INTERPRETAR LAS COSAS.

    -MONTAIGNE-

    • Bernat Tort

      Compañero, a juzgar por tu comentario, no creo que hayas leído mi “columnita” correctamente. Creo que dije lo opuesto de lo que entendiste y básicamente “lo mismo” que dices que se debe hacer.

      Te invito a que la releas y consideres que la primera sección del texto (la parte que viene antes del comienzo de la subsección titulada: “El comunismo de la inteligencia, la filosofía y el teatro de la vida”) fue escrita y debe ser leída con ironía. Mi propuesta real se encuentra en la segunda sección.

      Gracias de todos modos por participar,

      Bernat

      P.D.: Sobre tu discurso anti-citas, y en consecuencia, anti-lectura y anti-intelectual no comentaré por ahora ya que tu desatinada lectura de mi texto me parece el problema más apremiante de tu comentario.

      • Leo

        Me considero un rojo sin diminutivos. No soy un rojillo, soy un rojo, un rojazo. Y eso no quiere decir comunista, ni socialista, ni anarquista, quiere representar esa hermosísima ideología de hace unos años, que hacía creer que esta infamia de mundo podía cambiar de alguna manera. 

        Joaquín Sabina

        Mis respetosseñor Tort, siga adelante en su encomienda Filosófica, usted es uno de esos pocos valientes que quedan en este país.

  • Bernat Tort

    A quién le interese ver otras consecuencias del comunismo de la inteligencia vean mi columna “El comunismo de la inteligencia” aquí en 80grados ( http://www.80grados.net/el-comunismo-de-la-inteligencia/ ). Este escrito llevaba el subtítulo “El comunismo de la inteligencia II” (y por eso aludo a él en el texto), aunque por razones estéticas y editoriales fue eliminado.

  • Bernat Tort

    Varios amigos me han comentado al leer mi escrito, sorprendidos de que yo, un comunista, esté en contra de la colegiación que sea. Por ejemplo, me han dicho: “¿Qué es lo próximo: comunistas anti-uniones, anti-cooperativas?” Creo que la razón de esta preocupación es que en nuestro contexto actual en Puerto Rico el otro único debate en torno a la compulsoriedad de alguna otra colegiación es el del Colegio de Abogados. Supongo que el argumento sería: “¿Si estamos a favor de la colegiación compulsoria de los abogados, por qué no también de la de actores? 

    Tengo al menos cuatro razones para pensar que se trata de asuntos radicalmente disimiles.

    #1 Que una de las funciones de la colegiación en general es proteger a un gremio, pero no solo de causas externas (como llevar pleitos de clase contra legislación que coarte derechos o limite el ejercicio de cierta profesión), sino, y tal vez sobre todo, de causas internas.  Es decir, que los colegios regulan una profesión, para proteger el nombre y reputación de la profesión de los efectos detrimentales que que el ejercicio irresponsable o negligente de sus labores por parte de algún representante de la profesión pueda tener. En este sentido, el colegio cumple una función punitiva. Por ejemplo si un grupo de psiquiatras comenzasen a medicar irresponsablemente a una población, a niños hiperactivos por ejemplo (y es un ejemplo PURAMENTE “hipotético”), la gente luego de un tiempo le perdería confianza a los psiquiatras pediátricos. Esto a su vez ocasionaría que aquellos niños que en realidad sí necesitan medicación, no se tratasen y etc, etc, etc.

    Pero en el caso de la actuación ¿qué puede querer decir que alguien es un actor irresponsable o negligente? ¿Que no se maquilló bien? ¿Que se equivoco con sus lineas? ¿Que dejó ver la tramoya? Hay una diferencia enorme entre un mal médico y un mal actor; entre un abogado negligente y un actor “negligente”… Lo que me lleva al segundo punto:

    #2 Una de las funciones más importantes y probablemente la más importante de las justificaciones para la existencia de un cuerpo regulador de una profesión es la protección y garantía a terceros. Como por ejemplo, el colegio de Arquitectos puede y debe regular su profesión, censurar a aquellos arquitectos que fallen en cumplir con los requisitos de la profesión, etc. debido a que un arquitecto irresponsable puede en teoría matar gente al diseñar mal, estructuralmente hablando, un edificio. Lo mismo con los Abogados, médicos, ingenieros, etcétera. Las consecuencias del “malpractice” profesional suelen ser graves.

    Pero en el caso de la actuación: ¿Qué constituiría un daño a terceros? ¿Herirle su sensibilidad estética? ¿Perder el dinero de la taquilla? ¿Corromper a la juventud? Ciertamente, he asistido a muchas obras luego de las cuales he sentido el deseo de pedir que me devuelvan mi tiempo, la cantidad de vida perdida. Habré dicho bromeando alguna vez que preferiría arrancarme los ojos, o meterme a la religión antes que volver a ver ciertas obras estéticamente ofensivas. Pero nunca ha pasado de ahí, de hecho, la experiencia de destrozar una mala obra entre amigos y cervezas suele muchas veces ser más enrriquecedora, graciosa y placentera que la erudita y religiosa tarea de analisar y elogiar públicamente una obra buena.

    #3 La actuación no es ni debe ser una profesión, es una vocación, como la filosofía, la poesía, las artes plásticas. Pretender profesionalizaras es no entender su naturaleza, su razón de ser: su necesidad para la existencia humana. Las profesiones son culturalmente contextuales las vocaciones son “universales”, de ahí que se estudien en la facultad de HUMANIDADes. Las artes no pueden ser definidas de antemano. Arte es lo que la comunidad de artistas diga que es arte mediante su hacer arte (el que sea que hagan, cuando sea que lo hagan y donde sea que lo hagan).

    #4 El colegio de Abogados es una institución ética, cultural y política en Puerto Rico de una manera en que no lo son los colegios de abogados en otros países como los Estados Unidos, por ejemplo. Sea esto una contingencia histórica o un producto directo de la condición colonial de nuestro país, el caso es que lo es. El Colegio de Abogados ha sido un bastión de protección para los derechos civiles, la defensa pro-bono de causas minoritarias y poblaciones empobrecidas, para la defensa de ciertos valores nacionales (por problemático que esto pueda parecerle a algunos). Ha sido una punta de lanza de muchas causas progresistas y a sido ejercido, gracias al prestigio que la institución tiene, una influencia enorme en la jurisprudencia de nuestro país mediante sus declaraciones públicas y oficiales. En fin, que es no solo el colegio de actores no tiene nada que ver con el Colegio de Abogados, sino que este último tampoco tiene que ver con los colegios de las demás profesiones de la isla. El Colegio de Abogados, en este sentido esta solo en la función institucional que cumple, compararlo con los demás es confundir chinas con botellas.

    En última instancia, la razón principal para oponerse a la existencia o al menos al carácter compulsorio del colegio de actores de es que este pretende definir y establecer criterios para determinar quién es y quién no es actor, quién puede o quién no puede actuar. Y existen razones de peso tanto filosóficas, estéticas como políticas políticas para pensar que este tipo de intento de definición, es filosóficamente problemática, estéticamente absurda, y políticamente peligrosa.

    Bernat

  • Alejandro Carpio

    Troll.

    :)

  • Natalia

    Excelente!
    Fui su estudiante de filosofia en la UPRH y me alegra mucho saber que sigue aportando su granito de arena!
    Como olvidar las charlas y debates controversiales ajjaja priceless!
    Muchos lo recordamos con cariño.
    Exito siempre! :D

  • Cosme

    “La filosofía es la promesa de un espacio ideal donde la palabra no tiene apellidos, donde ni siquiera Homo puede pretender privilegio.” Me fascinó. Parece un producto expresivo del Realismo especulativo o, quizá, del mismo Materialismo nuevo.

    • Bernat Tort

      Gabriel:

      Una cita para ti:

      “Our existence depends from one moment to the next on myriad micro-organisms and diverse higher species, on our own haizily understood bodily and cellular reactions and on pitiless cosmic motions, on the material artifacts and natural stuff that populate our environment, as well as on the socioeconomic structures that produce and reproduce the conditions of our everyday lives. In light of this massive materiality, how could we be anything other than materialist?”–Dianna Coole y Samantha Frost, “Introducing the New Materialism” en New Materialism: Ontology, Agency, and Politics, p.1.

      Bernat

      P.D.: Como ñapa y complemento a la cita anterior aquí esta la cita de la que te hablé en la fiesta el viernes:

      “Paraphrasing Deleuze again, the problem with dominant models in cultural and literary theory is not that they are too abstract to grasp the concreteness of the real. The problem is that they are not abstract enough to grasp the real incorporeality of the concrete.”–Brian Massumi, Parables of the Virtual, p.5.

  • Lilliana Ramos-Collado

    Au! ¿Y qué mejor máscara que el tono de azul que Yves Klein registró como una marca (brand) de su arte? :-)

  • Lilliana Ramos-Collado

    Bernat querido, me pareció extraño —es más, un poco escandaloso— que no mencionaras las máscaras. Recuerdo aquel momento en “La condición humana” cuando Arendt sugiere que la máscara simplemente oculta detrás de ella la ausencia de un sujeto. Y por eso el espacio casi imposible que pulula detrás de la máscara es mero intersticio, caesura, umbral, in-between. Y por eso el teatro prestidigita la identidad sin cuajar en una sola, sin cartografiar un lugar, sin dar coordenadas que no sean las de un escenario siempre virtual (ya que no “virtuoso”). ¿A quién, pues, cobrar la cuota de colegiación?¿Al actor, es decir, a la ausencia de sujeto que oculta la máscara? Es decir, si me río… ¿quién ríe detrás de la máscara de mi sonrisa? Es decir… si digo “por detrás”, ¿quién habla?

    • Bernat Tort

      Querida Lilliana:

      Jajaja…Me emocionan mucho las posibilidades argumentativas que negarían, por principio, la posibilidad de pagar la cuota basándose en tus dos preguntas: “¿A quién, pues, cobrar la cuota de la colegiación? ¿Al actor, es decir, a la ausencia de sujeto que oculta la máscara?” [Lilliana Ramos Collado]

      En cuanto a la escandalosa omisión te comento dos cosas. Retrospectivamente hablando (es decir, ahora que me señalas los huevos del perro) me parece que la inclusión de ese elemento fundamental del teatro le hubiese caído como anillo al dedo a la discusión. Desde un análisis fenomenológico del teatro, la omisión de este aspecto fundamental del darse del sujeto dramático es sin duda escandalosa.

      Ahora bien, y enfatizando el carácter retrospectivo de lo que sigue (es decir, admitiendo que esta omisión no fue intencional y que, por lo tanto, lo que sigue no intenta justificarla, como si todo hubiese estado fríamente calculado y lo hubiese pensado todo de antemano), en esta discusión del fundamento epistémico-político de la filosofía y del teatro me interesa más el sujeto empírico (de carne y hueso) que decide ponerse cierta máscara y no otra, que el anti-sujeto que supone el darse (el presentarse) del actor en escena y el análisis fenomenológico que pregunta por el “qué” o “quién” del actor enmascarado.

      Ambos aspectos, sin embargo, van de la mano. Sobre todo en el contexto del texto de Foucault que cito. Siguiendo la línea argumentativa de su “ontología crítica de nosotros mismos” y admitiendo que eso que somos como sujetos es una topología contingente de sedimentaciones históricas, es decir, que somos de hecho máscaras sin un fundamento “real” al que poderle llamar Sujeto en el sentido que la filosofía moderna pretende para el término, tendríamos que admitir también que esa máscara que somos en cualquier momento es verdadera y realmente eso que somos. Esto quiere decir que la “irrealidad” que somos es nuestra verdadera realidad y por lo tanto, esta tiene consecuencias materiales, éticas y políticas. Lo que Foucault nos invita a hacer es a pensar nuevas formas de ser (tan “irreales”, enmascaradas e históricamente contingentes como las anteriores) que le den “nuevo ímpetu, tan largo y ancho como sea posible, a la tarea interminable de la libertad”.

      Lo que me interesaba ver y enfatizar en este texto es esa decisión política de los actores y dramaturgos (que son siempre ya, en tanto que sujetos, máscaras históricamente contingentes) de escoger y proponer nuevas máscaras y mundos, sobre todo cuando esas máscaras y mundos propuestos le dan más ímpetu, a lo largo y ancho del escenario, a la interminable tarea de la libertad y la justicia social. “Sin título” y “El Maestro” de Nelson Rivera, son ejemplos paradigmáticos de esto. El trabajo escénico, pero sobre todo el pedagógico, de Rosa Luisa Márquez, siempre ha enfatizado esa decisión política y responsabilidad ética del teatrero. Es ese aspecto el que más me maravilla y me inspira respeto.

      Mil gracias por tu intervención y por la puyita que incita a seguir pensando sobre el tema y sobre todo por el viaje de la imaginación filosófica que me ha resultado el pensar a un grupo de actores en el foro de la legislatura argumentando la enmienda de la ley sobre las bases de la insustancialidad del sujeto dramático. ¡Hermoso!

      un fuerte abrazo,

      Bernat

      • Lilliana Ramos-Collado

        Querido, por más que desinfles la máscara y hablemos de sujetos empíricos, siempre queda, en el teatro, ese momento de la máscara que quiere que la veas como máscara y que olvides lo que hay debajo, si es que hay algo. Hay un pavor enorme (chequéate The Phantom of the Paradise) en descubrir ese vacío debajo de la máscara que tan bellamente expone Italo Calvino en su “Caballero inexistente”: el “caballero” es pura investidura, carapacho, pintura y capota. Esa máscara que llamamos rol social y que debería dar cuenta de que somos “sujetos empíricos”, sigue siendo lo que permite la estadística, una clasificación inteligible que, incluso por ser empírica —objeto de un experimento, de una ventana en el conocimiento cuyas paredes definitorias ostentan el ocultamiento de tantas cosas, pues para que haya ventanas tiene que hacer paredes— oculta algo extremadamente ininteligible que desborda la estadística y la clasificación. Cariñotes!!!