
El escritor y su espectro.
Una mujer recoge hojas de recao del patio de su casa desastrada en un mundo post-apocalíptico, las muele en una licuadora y vierte el caldo por la taza del inodoro, mientras escucha la voz de su madre muerta. En el patio, otra mujer enterrada escarba desde la tierra para salir. En otro mundo o el mismo, otra lanza su red a un caño y pesca monstruos una y otra vez, hasta que atrapa una maravilla anfibia en su atarraya. Durante una pandemia, un hombre acaricia la pantalla de su tableta imaginando a una amante que acaso exista o acaso no. Otro, o el mismo, corre, se emborracha y se masturba en un mundo deshabitado. En Japón, un bosque encantado es habitado por espectros suicidas. En una urbanización del área metropolitana de una isla, una entidad incorpórea encarna en los cuerpos de un escritor, su tía y otros personajes, controlando sus voluntades para fines ignotos. Otro hombre, o acaso el mismo, navega hacia una isla para hacer el amor con una enigmática mujer que acaso no lo es, para luego volverse humo. El fantasma de un amigo desaparecido y un libro no publicado atormentan a un autor fracasado. ¿Suenan familiares estas breves sinopsis? Mi libro –como todo buen libro de literatura– puede leerse de muchísimas maneras, y una de ellas es bajo el signo de lo fantasmal.
En su libro Los espectros de Marx, el filósofo Jacques Derrida acuña el concepto de ‘hauntología’ para proponer que la historia, la política, la filosofía y la literatura se dejan leer en modalidad espectral. Este concepto tiene que ver con la dislocación de la temporalidad. Escribe Derrida: “El porvenir es lo espectral mismo: la visita del fantasma que anuncia que el presente nunca está completo ni cerrado sobre sí”. Otro pensador llamado Mark Fisher se apropia el concepto y lo elabora, aplicándolo a la cultura popular y la autobiografía en su libro Ghosts of my Life. Cito: “La hauntología señala la persistencia de lo que ya no es, y la imposibilidad de lo que podría haber sido. Los fantasmas que nos rondan son los de los futuros cancelados: las promesas rotas del porvenir que el presente no supo realizar.” En un escrito sobre mi “Libro de las apariencias,” el poeta y crítico puertorriqueño Efe Rosario lee mi libro desde esas mismas coordenadas. Cito: “Leer a Quiñones es aceptar que esos fantasmas –el cadáver bajo la baldosa, la “Otra” enterrada en el patio –reclaman ser reconocidos. Lo espectral es tanto campo de batalla como modo de conocimiento: archivo vivo de lo que Puerto Rico no resuelve, de la crisis de imaginación, la dependencia política, la memoria de huracanes y apagones. La literatura, entonces, se convierte en laboratorio para experimentar como esas presencias ausentes siguen gobernándonos.”
Siguiendo esta perspectiva experimental, los personajes de un relato literario son “presencias ausentes”. Amasijos de palabras que “cobran vida” en el acto de lectura: fantasmas que habitan el espacio imaginario del libro repitiendo los mismos actos cuya significación cambia y se acrecienta en cada lectura. El lector tampoco queda exento; también deviene fantasma. Cuando leemos, nuestros cuerpos siguen ahí: sentados a la mesa, recostados en la cama, pasando páginas o deslizando la pantalla; pero la parte consciente se halla incorpórea, “en otro lugar”. Somos arrebatados por el acto de lectura para existir de otro modo fuera de nosotros mismos. ¿Y qué otra cosa es el escritor que un fantasma que influencia las mentes y los corazones de sus lectores en ausencia física, a distancia, aún años y siglos después de su propia muerte? La escritura literaria es, como escribió Kafka alguna vez, “un comercio entre fantasmas”.
De las muchas maneras que puede leerse “la hecatombe” en mi libro, una de ellas tiene que ver con un evento que vuelve espectral el mundo ficcional. Leer “de manera literaria” es leer después de la hecatombe: después de un cierto desastre del sentido (del sentido común). Ese destemple maravilloso ocurre paralelo al desastre natural y humano demasiado humano del mundo y permite vislumbrar que, aunque el mundo se caiga a pedazos, hay otras maneras de imaginarlo. Lo mismo el acto de escribir: relatar lo que nunca ocurrió, pero que adviene a una existencia fantasmal en las palabras. Escribir, no como “son las cosas”, sino, por usar la frase que da título a un hermoso libro de la escritora puertorriqueña Marta Aponte, “el fantasma de las cosas”. ¿Qué significa esto? Que el mundo no es una cosa dada; puede ser de otra manera. Lector y escritor: fantasmas en respectivas soledades que se acompañan para cambiar el estado de las cosas.
De salida, convocaré el fantasma del fabuloso escritor rumano Mircea Cărtărescu, que extiende el concepto de fantasma aplicándolo a los lugares y lo vincula a lo que yo llamo “imaginación productiva”:
«En la literatura, como en nuestros recuerdos, no existen ciudades reales. Todas las ciudades son imaginarias, ‘ciudades fantasmas’. Los escritores no describen, sino que inventan sus ciudades […] Todas las ciudades que aparecen en las novelas viven bajo el vasto cielo del cráneo de los escritores.
Los lugares de Puerto Rico (Río Piedras, San Juan, Bayamón, el Residencial Luis Llorens Torres) y aquel bosque japonés donde se desarrollan mis relatos son ciudades fantasmales habitadas por fantasmas, y yo mismo soy un fantasma caminando sus calles e inventándolas, imaginándolas y escribiéndolas. Al leerme, ustedes también devienen fantasmas que transitan esos lugares con el mío. Al igual que la gente, los lugares tienen alma, y esa alma también se desgarra. El alma de los Estados Unidos, este país al que ustedes me han convidado con la más hermosa hospitalidad se halla hoy desgarrada. El alma de mi isla, Puerto Rico, también está hecha hilachas en estos tiempos desastrados. La hecatombe es un acontecimiento que cambia el estado de las cosas; pero es posible que la literatura sea también un evento esperanzador que transforma lo real, porque ella misma es otra realidad. Puede que, mediante el conjuro colectivo de la escritura y la lectura, seamos capaces de imaginar productivamente versiones del mundo menos hostiles y violentas, más hermosas y justas. Quiero pensar que, al escribir mi “Libro de las apariencias”, he hecho posible la manifestación de otra isla de Puerto Rico (como en aquel cuento del escritor puertorriqueño Manuel Ramos Otero) que surja de las aguas, una isla fantasma de la mía y más habitable: la isla que imagino y en la que quiero que la nuestra se convierta. Una isla donde al fin dejemos de ser fantasmas, ánimas en pena deambulando por nuestro propio territorio.
