Inicio » 80grados, Puerto Rico

Funny people


cartel, final¿Dónde está situado el intelectual en Puerto Rico? Un intelectual utilizó la elíptica en el gimnasio y la abandonó sin secar su sudor del aparato. La acusación fue de indecencia, pero fungía como docente, traté de explicarle a las masas tonificadas sin éxito. “Mucho mollero y poco seso,” me dije para consolarme. Pero, en todos los espejos del gym, era yo repetido, haciendo cerebrito en cuerpo de camisilla, igualito a ellos.

La Isla es un nido de anti-intelectualismo. “No se valora pensar”, escribió un amigo en Facebook. “Los y las intelectuales somos pájaros raros,” alguien le comentó. “Ni que pensar fuera pajarear,” ofreció un amigo en común. “Pajearse, más bien,” un troll.

Y así, más o menos, se piensa la crisis intelectual en el patio desde la perspectiva del pensador patrio y apático, sin recibir compensación por sus posts y sus rants. “Rats!,” gritaba Charlie Brown, “Why can’t I have a normal dog like everyone else?” En la tirilla, el perro dormía boca arriba encima de su casita. En la vida real, los y las intelectuales del patio no duermen noche y día preparando los planos para su propia casa club.

No es fácil vivir en el trópico y ser inteligente. Mucho menos cuando “el diagnóstico del País es muerte cerebral.”  Algo así leí en Facebook en ocasión del fallecimiento de una celebridad notoria por el bochorno y el escándalo. Muchos intelectuales andaban de fiesta, guaracheando. En ocasión de no ser tan “charros” como el resto. Ni tan “cafres.” Ni tan “bestias,” tampoco.

En estas navidades mi meta es darle duro a las pesas para a lo menos poder pararme junto a mi intelectual favorito frente al espejo. ¿Será ese mi lugar? “Mucho mollero y poco seso,” me dijo para sonsacarme. Pero en todos los espejos del gym, era él repetido, haciendo cerebrito consigo mismo.

Si la isla es un nido de ratas. La clase intelectual es a) su vocero (get it?). O b) aprendiz de Splinter. A mí me sucede que me ababacho y me atortugo un poco al momento de presentar mis argumentos ante el público lector. Por eso todo lo convierto en un chiste. Como el del intelectual que abandonó el pueblo en busca de su lugar en el mundo con linterna, provisiones y caseta. Caminó poco hasta trazar una línea en la tierra. Dijo “hasta aquí.” Y en esa división fundamentó sus ideas. En ocasiones, se asomaba, miraba hacia el poblado y gritaba “¡Idiotas! ¡No entienden que no me siento entendido por ustedes! ¡Malagradecidos!” Pero en el pueblo estaban tocando una guaracha y nadie se enteró.

Es cómico porque es verdad.