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Obama ante el martirio de Mandela y Oscar López

Obama ante Mandela

El 29 de junio de 2013 el presidente estadounidense Barack Obama visitó la celda de la prisión de Robben Island donde estuvo Nelson Mandela. Aunque durante su visita oficial a Suráfrica no pudo ver al gran líder en su cama de enfermo, acudió al lugar donde extinguió parte de su larga condena. Una de las fotos que grabó el momento presenta a Obama de espaldas, parado frente a la única ventana que da hacia el patio de la prisión donde Mandela y sus compañeros picaban piedras a martillazos.

Narra la prensa que la familia del mandatario, su esposa y sus dos hijas, lo acompañaron en la visita al histórico lugar y que juntos abarrotaban el espacio de la pequeña habitación. Obama quería que sus hijas percibieran algo de lo que debió sentir Mandela durante los 18 años que pasó en aquella cárcel, durmiendo en un diminuto colchón y mirando por la única ventana enrejada hacia el lugar donde le obligaban a trabajar. En total, el líder surafricano pasó 27 años en prisión.

Supongo que antes o después de la visita Obama les explicó a sus hijas que Mandela llegó a aquella cárcel por la lucha en que se envolvió para lograr que el pueblo surafricano pudiera gobernarse a sí mismo. ¿Les habrá contado que la lucha desarrollada por el líder negro fue esencialmente violenta? ¿Les habrá dicho que Mandela y su movimiento – el Congreso Nacional Africano – desarrollaron una larga y difícil lucha armada contra el gobierno de minoría blanca que gobernaba su país y que durante la misma se ejecutaron muchos actos “terroristas”? ¿Les hablaría de las muchas bombas que llegó a colocar el CNA para responder a la violencia que se desataba contra su pueblo?

Ojalá que Obama les hubiera leído a sus acompañantes la siguiente frase, pronunciada por Mandela en la primera reunión de negociación que sostuvo con representantes del gobierno surafricano, cuando sus interlocutores quisieron condicionar las conversaciones a que el CNA se comprometiera a abandonar la lucha armada: “Respondí que el estado es el responsable de la violencia y que siempre es el opresor, no el oprimido, quien en última instancia escoge las formas de la lucha”. También dijo: “No somos nosotros quienes tenemos que renunciar a la violencia, es el gobierno”.

Así es como resume Mandela lo que dijo en aquellas reuniones iniciales con sus carceleros, cuando éstos querían que se comprometiera a no continuar su lucha: “Intenté dejar claro que si al salir de la cárcel están las mismas circunstancias que estaban cuando fui detenido, estaré forzado a emprender las mismas actividades por las que fui arrestado”. La condición de que dejara de luchar no podía ser aceptada. Si querían seguir conversando tenían que saber que la lucha continuaba.

No sabemos lo que se conversó al interior de la familia Obama quienes, a juzgar por las fotos, lucían genuinamente conmovidos durante su visita a la pequeña celda donde Mandela extinguió 18 años de su vida. Lo que seguramente no hablaron fue que mientras Obama se retrataba en la celda de Robben Island, ejercía a su vez como carcelero de otro patriota que en ese momento ya había superado por cinco los años de prisión de Mandela. Porque le guste o no, ahora mismo Obama es el carcelero de Oscar López Rivera.

Las similitudes entre Nelson Mandela y Oscar López son muchas. El primero estuvo en total 27 años en la cárcel y Oscar lleva 32. Cuando el líder surafricano abandonó la prisión de Víctor Verster, donde pasó los últimos dos años, tenía 71 años cumplidos. Había entrado a prisión a sus 44 años, edad en que los seres humanos están en plena madurez y productividad, y de allí salió cuando ya era viejo. Oscar tiene 70 y fue privado de su libertad siendo aún más joven que Mandela porque apenas tenía 38 años cuando la reja se cerró a sus espaldas.

Como a Nelson Mandela, a Oscar se le imputó haber emprendido una lucha armada. En el caso del surafricano el objeto de la lucha era que su pueblo, dominado y maltratado por una minoría blanca, pudiera gobernarse a sí mismo; que en la tierra donde eran la inmensa mayoría pudieran decidir libremente su destino. Así se lo dijo a sus carceleros cuando en 1988, tras 25 años de cárcel, aceptaron escucharlo: “El gobierno de la mayoría y la paz interna son dos caras de la misma moneda. La Suráfrica blanca tiene que saber que nunca habrá paz ni estabilidad hasta que ese principio sea plenamente aplicado.” Es decir, lo que buscaba por medio de la lucha armada no era otra cosa que la verdadera democracia, el gobierno de la mayoría, y no dejaría de luchar hasta conseguirlo.

A Oscar López también se le acusó de haber emprendido una lucha armada, de querer derrocar el gobierno por la fuerza. Todos sabemos que la lucha que emprendió sólo buscaba lograr que los puertorriqueños pudieran gobernarse a sí mismos y que no sea otro gobierno y otras instituciones por las que no votamos, las que determinen nuestro futuro.

La lucha de Mandela fue violenta, realidad que él lamentó. A Oscar también se le imputó haber organizado o participado en una lucha violenta, la desatada por las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN). Ninguno de los dos se regocijó en el uso de la violencia, sino todo lo contrario. Mandela narra lo mucho que sufría cuando sabía que las acciones armadas del CNA habían provocado muertes. Como todo ser humano decente y honesto, hubiese preferido optar por la lucha pacífica. Lo mismo sentía y quiere Oscar.

Barack Obama, el gobernante que, conmovido de emoción, acudió a la celda de Mandela a rememorar su martirio, es el carcelero de otro luchador que ya supera el encarcelamiento del africano. ¿Será capaz de ver las similitudes? Si no las ve, alguien debiera mostrárselas porque él es quien tiene en sus manos la llave de la libertad de Oscar.

* Publicado en Claridad 2 de julio 2013. (Las citas son de Long Walk to Freedom, primera edición, 1994, autobiografía de Nelson Mandela. La traducción es mía.)