Esta es una colaboración entre 80 grados y la Academia Puertorriqueña de la Historia en un afán compartido de estimular el debate plural y crítico sobre los procesos que constituyen nuestra historia.
Caridad Reichard del Valle, mi tía abuela por parte de padre, fue una mujer extraordinaria que vivió adelantada a sus tiempos. Siempre la admiré ya que fue una estudiosa de nuestra historia y una persona que estaba siempre presta a asistir a todo el que le pedía ayuda. Su esposo el licenciado Enrique González Mena, fue un senador que dejó huella en Puerto Rico al auspiciar proyectos a favor del sufragio femenino en colaboración con Ana Roqué de Duprey y además fue autor de varias iniciativas para resaltar efemérides y tradiciones nuestras como la festividad de Reyes, el Descubrimiento de Puerto Rico y sobre todo la Ley del Día de las Madres.

Lcdo. Enrique González Mena (1878-1966)
Este breve artículo surge de una entrevista en la que Caridad Reichard rememora sus días escolares en la escuela Modelo y en la Normal de la Universidad de Puerto Rico a partir de 1905. El ejercicio de recuperación de la memoria histórica cada vez es más decisivo en la historiografía. Cuando hice la entrevista hace tres décadas, el reconocimiento heurístico de la metodología de la historia oral era todavía insuficiente. Había recelos sobre su legitimidad, cuestionamientos sobre el valor de “lo subjetivo”comparado con las formas de hacer la historia con el apoyo de estadísticas, registros como censos, catastros, y resultados electorales los cuales quedaban privilegiados porque comunicaban el aura de lo “objetivo”. Afortunadamente, en la medida que se incursionó con éxito en las historias a pequeña escala, en la prosopografía, los estudios de los pueblos, de creencias, , fiestas y otras instancias de la vida cotidiana, el valor de la oralidad creció. Me alegro tanto de haber entrevistado a mi tía, en especial, sobre sus años en una Universidad de Puerto Rico tan joven como era ella.
Al calor de la amable sala en su residencia de la calle Betances de Aguadilla, como si fuera ayer, Tía Caridad sentada en un sillón de medallón y yo en otro, comenzamos la entrevista.
–¿Siempre has vivido en Aguadilla?

Río Piedras, 1904 en el libro Our Islands and their Peoples.
–No, en el año 1905 mi madre, ya viuda, y yo, nos trasladamos al entonces pequeño pueblo de Río Piedras. Mi hermano mayor, Augusto, había sido nombrado Inspector de Escuelas de Caguas, después de haber servido un año en esa función en la ciudad de Humacao. Para aquella época en las escuelas públicas de Puerto Rico todas las asignaturas se enseñaban en español. Estaba, como quien dice, recién implantado el sistema escolar americano y, los maestros eran, con muy pocas excepciones, producto del sistema español y, desde luego, no sabían una papa de inglés.
La Escuela Modelo de la Universidad de Puerto Rico. Cortesía del Archivo de Arquitectura y Construcción de la Universidad de Puerto Rico.
Mi familia creía en la necesidad y conveniencia de que estuviéramos adiestrados en ese idioma- entonces no había la fobia por la enseñanza del inglés, que tanto abunda hoy-y mi hermano, decidió que mi madre y yo fuéramos a vivir a Río Piedras, para que yo asistiera a la Escuela Modelo, única escuela pública en Puerto Rico en la que toda la enseñanza se impartía en inglés. Y así fue como yo, “nacida en Aguadilla y criada en Mayagüez”, como decía una antigua canción, fui a parar a Río Piedras.
—- ¿Te gustó la Escuela Modelo?

Caridad Reichard del Valle
—- Haydée Elena, yo nunca había asistido a una escuela pública; había recibido enseñanza en el hogar y luego en una escuela privada en Mayagüez, del distinguido galeno, poeta y educador de San Germán, don Jaime Sancho Cardona, así que, para mí, fue una experiencia inolvidable mi ingreso en la Modelo, entre una multitud de muchachas y muchachos desconocidos. Pero, ¡que mucho me gustó! La principal era Miss Sussan D. Huntington, una distinguida dama y educadora, que convivió por muchos años entre la amistad y cariño de las familias de Río Piedras.
Allí, en la Modelo, estuve un año. La alegría más grande de aquellos tiempos, sin embargo, fue cuando nos dieron la noticia de que el octavo grado sería trasladado al propio edificio de la Normal, por no tener cabida ya en la Modelo.
–¿Qué edad tenía cuando te fuiste para Río Piedras?
–Yo no había cumplido aún mis quince años, pero, para la época, yo estaba rezagada. Había señoritas mucho mayores que yo y jóvenes de pantalón largo; Marcelino Romaní, Ramón Montaner y yo éramos los babies de la clase.

— Debe haber sido interesante conocer tanta gente nueva. ¿Y los maestros como eran?
—Para aquel entonces, la Facultad de la Normal se componía de profesores universitarios: El principal, Mr. Paul G. Miller, que luego regresó a los Estados Unidos, se doctoró y volvió a Puerto Rico como Comisionado de Instrucción en el año 1916; el Vice, don Felipe Janer, de la familia de educadores tan conocida en Puerto Rico; su hermano don Pepe; don Francisco de Zuazaga y varios norteamericanos.

A Mr. Miller lo respetábamos muchísimo y nadie se atrevía chistar en su presencia. Desde nuestros ojos juveniles, nos parecía un hombre muy mayor, pero andando el tiempo, cuando volvió a Puerto Rico en el 1916, me di cuenta de lo joven que debió haber sido en el 1905. A don Felipe lo queríamos mucho. Era amigo antiguo de mi familia y durante los recreos me llamaba para que le hiciera algún trabajito extra en el salón. Yo era su discípula predilecta. Era muy serio, pero no le hacíamos mucho caso y había que oír, cuando Mr. Miller estaba ausente y él presidía los actos en el “Assembly Hall”, los murmullos, conversaciones y risitas de los estudiantes.

Felipe Janer Soler (1857-1929)
—Me parece que eras algo traviesa. Dime algo de las clases.
Los estudiantes de octavo grado usábamos un solo salón durante toda la mañana, y allí Miss Campbell nos daba clases de geografía, inglés, filosofía y aritmética. Por las tardes íbamos a diversos salones. Don Felipe enseñaba español; Mr. Miller, gobierno civil; Mr. Snowman, historia de Estados Unidos; y el señor Zuazaga, historia de Puerto Rico. A veces íbamos a dar esta última clase a un pequeño edificio de madera que contaba de un solo salón, el cual estaba ubicado hacia el fondo de los terrenos de la Normal. Se llamaba Whittier y era donde daban clases de botánica a los normalistas.
—Ese Mr. Miller, si no me equivoco fue el que escribió el libro azul de Historia de P.R., que estudié en mis años en el Colegio San Carlos. ¿Cómo era la arquitectura de la escuela?

Para aquella época los edificios que componían la futura universidad eran muy pocos: entrando por la derecha, la Modelo, con la arquitectura de las escuelas de la época: dos plantas, techo de cartón, seis salones, escaleras y pisos de maderas, balcones con barrenas de crucetas y sótano. Al frente, creo que a la izquierda de donde actualmente se levanta la Torre, el edificio Normal y, saliendo por la izquierda, en un altito, la casa del principal, de madera, de dos plantas, estilo “chalet”; por detrás, un poco retirado del edificio de la Normal, la escuelita Whittier. Eso era todo. Muy poco, en verdad, pero eso fue la base para esa gran universidad con que cuenta actualmente Puerto Rico.
Te diré que la Normal era un edificio hermoso, para la época; una amplia escalinata al frente; un espacioso “hall”; a la izquierda de éste la pequeña oficina del principal; a la derecha el sanctum sanctorum del conserje; allí había un depósito de efectos escolares donde éste nos vendía lápices, libretas y todo lo necesario para nuestras tareas escolares. Recuerdo perfectamente la figura de aquel señor, vestido siempre de color azul marino, con chaqueta, como era entonces la costumbre, siempre dispuesto a servirnos; pero, aunque, como suele decirse, “tengo en la punta de la lengua su nombre”, no he podido recordar su nombre.
Al final del vestíbulo había una escalera ancha de madera que conducía al sótano. En éste había salones para ejercicios físicos para hombres y mujeres; cubículos con duchas, tinajeros, (aún no se conocían los filtros) y servicios sanitarios, no sé de que clase ni sistema, pues por recomendación de mi madre nunca me acerqué a ellos. También guardaba por allí sus enseres la persona que hacía la limpieza.
En la planta baja había cuatro salones y en la alta dos más y el salón de actos o “assembly hall”, como lo llamábamos. En todo el frente de esta planta estaba la biblioteca. Ésta la atendía durante sus horas como bibliotecario, un joven muy bueno, muy pobre y muy estudioso, de la clase de tercer año, y por este trabajo recibía una remuneración de $15.00 mensuales. No sé cómo se las arreglaba para vivir, pero aún le mandaba una ayudita a su mamá. Andando el tiempo pudo ir Washington, donde estudió leyes, ingresó en el servicio diplomático de Estados Unidos y estuvo durante algunos años en la embajada americana en Santo Domingo.
—¿Cómo era la vida de estudiante en la Normal?
Te sigo con mi relato sobre la vida de los estudiantes en la Normal. Todas las mañanas a las 8:15 AM sonaba la campana, que se oía por todo Río Piedras y, a las 8:30 otro toque hacía que el estudiantado se apresurara a llenar el salón de actos. Unos segundos después, en fila india, entraba la Facultad, con el principal a la cabeza; subían al escenario y se sentaban. Entonces nosotros, que habíamos permanecido de pie, también nos sentábamos y comenzaba el “roll call”. Luego se cantaba bajo la dirección de la maestra de música, Miss Cook, quien vivió muchos años en Puerto Rico.

En el salón de actos se sentaban, en las filas del frente, los estudiantes de cuarto año, luego los de tercero, segundo y primero. Entonces veníamos nosotros los de octavo grado y aún detrás, casi pegados a la pared, se sentaba Mr. Pennock, alto, desgarbado, en traje de faena, con sus diez o doce muchachos campesinos, a quienes enseñaba agricultura. A estos muchachos rústicos, venidos de los campos, solo los veíamos a la hora de pasar lista, pues ellos vivían con el profesor y su familia en una finca que había detrás de la Normal, en un sitio que yo nunca vi, pero me imagino sería más allá de la actual avenida Barbosa, por Sabana Llana. Mr. Pennock estaba casado en segundas nupcias y su joven y linda esposa le ayudaba en sus tareas. Además, cerca de allí vivían nuestros grandes valores en el campo de la docencia.
Miss Gottlieb, otra de las maestras, era una mujer pequeñita, como de treinta años, con un moño rubio tan grande que parecía le habían colocado en la cabeza uno de aquellos enormes panes de Mallorca que para entonces vendía La Mallorquina en San Juan. Caminaba rapidito siempre tan seria y tan derecha que la llamábamos “Miss Fosforito”. Era amiga inseparable de una señorita de cuarto año; nunca se les veía sino era juntas, y sobre ello corrían muchas bromas.
¿Tenías muchos amigos y amigas?
Como la matrícula de la Normal era pequeña, todos los estudiantes se conocían entre sí, y los de cuarto o tercer año no se creían superiores a los de primero u octavo grado; todos éramos buenos amigos. Yo guardo muy buena imagen de todos ellos y, aunque a la mayoría no los he vuelto a ver, siempre los recuerdo con cariño. Entre mis amigos de siempre estuvieron Isabel Andreu, Juan M. Herrero, Isabel Casablanca, Ana Valldejuli, Ernestina Ruiz, Palmira Gatell, Rafael Meléndez y otros.
Rosa María Arcay fue compañera mía en octavo grado. Luego se graduó de maestra y ejerció por muchos años en Cataño, su pueblo natal del que fue alcaldesa. Tanto se destacó y tan querida fue allí, que a una de las lanchas que hacen el recorrido entre Cataño y San Juan, le pusieron, en su honor, el nombre de Rosa M. Arcay en 1960.

Conservo con cariño, los programas de graduación del 1905 y 1906 y una fotografía de principios del 1906 en la que aparecen la facultad y todo el estudiantado, sentados en la escalinata del edificio de la Normal, todos reunidos como una familia grande, sin distingos ni jerarquías. En el reverso del retrato están estampadas las firmas de todos los estudiantes. Te la voy a enseñar.

Facultad y estudiantes de la Normal.
–Tía Caridad, esta fotos está hermosa. Yo también guardo la mía de graduación de cuarto año. Esa época en la vida de cada uno de nosotros en una de grandes recuerdos, ilusiones y estudios. Creo que esas amistades son las verdaderas, ya que pueden pasar veinte años sin verse uno y al encontrarse de nuevo puedes comenzar una conversación como si fuera ayer.
— Mi querida sobrina, así era la Normal en aquellos felices días de mi juventud y son éstos algunos de los gratos recuerdos que conservo de aquella época…
Primera Clase Graduada de la Escuela Normal de la Universidad de Puerto Rico.
Cuando salí de su casa nos abrazamos y sentí que ella había disfrutado de un rato de memoria y regocijo. Poco tiempo después murió…pero la charla de aquella tarde quedó impresa en mí, sobre todo por el respeto de mi tía abuela a la educación y a la Universidad de Puerto Rico como la gran institución al servicio del país.
La autora:
La doctora Haydeé Reichard De Cardona es oriunda de Aguadilla, Puerto Rico. Obtuvo su Doctorado en Filosofía con concentración en historia de Richmond University de Londres en 2006. La Universidad de P.R., Recinto de Aguadilla le otorgó un Doctorado Honoris Causa en Humanidades, en junio 2013. La historiadora y escritora se ha distinguido por sus artículos de cuadros de costumbres puertorriqueñas, estampas del siglo 19, cuentos, estudios sobre la religiosidad popular en Puerto Rico y el culto mariano. Es Académica de Número de la Academia de la Historia de San Germán y de la Academia Puertorriqueña de la Historia. Entre sus libros se encuentran: Cuentos de Abuela; Memorias de mi pueblo…Aguadilla; Tertulias Aguadillanas; Quinientos años de la Mano de María; María en la historia de nuestro pueblo; La Hacienda Concepción; Santa Rita una hacienda para la historia puertorriqueña y Haciendas del triángulo noroeste de Puerto Rico Sus dueños y sus historias; Arturo Alfonso Schomburg: Identidad racial y afirmación cultural afrocaribeña; Asedios militares al puerto de Aguadilla: 1779-1825.
