Cartografía histórica: un archivo para pensar el Caribe.
Cuando escribí mi primer ensayo sobre la Revolución Cubana era estudiante graduado y todavía no sabía que la historia iba a convertirse en mi oficio. Lo es, aunque he sufrido el desempleo en muchas ocasiones —una realidad común para quienes, en este contexto, completamos un grado en humanidades. Pero recuerdo la sensación de estar frente a un tema que me quedaba grande, como si Cuba fuera un libro demasiado grueso para mis manos de entonces. Y recuerdo también la emoción: la intuición de que, al estudiar a Cuba, estaba estudiando algo que me tocaba directamente, aunque no lo hubiera vivido. Desde Puerto Rico, donde la colonia es una sombra que nunca termina de retirarse, la Revolución Cubana no era solo un acontecimiento histórico: era una pregunta personal. La Revolución de 1959 no cayó del cielo ni nació pura: vino de la dictadura de Batista, de la desigualdad rural, de la subordinación económica a Estados Unidos y de una larga tradición cubana de guerras inconclusas por la soberanía. Por eso, al leer sobre Cuba, yo no estaba mirando una isla ajena; estaba mirando una posibilidad caribeña, con sus grandezas, sus costos y sus zonas de sombra.
En aquel momento devoraba manuales de historia latinoamericana —Skidmore, Smith, Malamud, Alcázar— con la ansiedad de quien quiere entenderlo todo de una sola vez. Subrayaba compulsivamente, copiaba citas en libretas, trataba de ordenar cronologías que se me escapaban. Pero lo que más me impresionaba no eran los datos, sino la fuerza emocional de la historia cubana: la idea de un pueblo que, a pesar de la precariedad, el bloqueo y la presión de dos imperios, insistía en imaginar un país propio. Esa insistencia me conmovía. Me sigue conmoviendo.
Como estudiante, me sorprendía la capacidad de las personas en Cuba para convertir la escasez en una ética de supervivencia y solidaridad. Yo mismo, desde un salón de la UPR, escribía frases como “la falta de bienes materiales logró que los cubanos prestaran mayor importancia a los valores éticos”, sin entender del todo lo que estaba diciendo. Hoy, con más años de lectura y de vida, sé que esa frase era torpe. Pero también sé que estaba tratando de nombrar algo que todavía no sabía pensar: que la historia se siente primero en el cuerpo antes que en los libros.
A veces pienso en esa diferencia cuando estoy cortando la grama de la casa que alquilo. El sol quemándome el cuello, el ruido del motor, el olor a hierba recién cortada. Y me acuerdo de que allá, en La Habana, alguien estará quizás haciendo lo mismo, pero con otra historia encima, bajo otro sistema. Las mismas islas, el mismo Caribe, el mismo sudor. En ese gesto tan simple entendí que la historia también se escribe desde el cuerpo. Pero allá esas tierras vieron una toma del poder; acá vieron un cambio de bandera. Nosotros seguimos atrapados en una dependencia que se normaliza. En Cuba, una parte decisiva del país apostó por romper el orden heredado, aunque esa ruptura terminara abriendo otras dependencias, otras disciplinas y otros silencios.
Corto la grama de una casa que no es mía, que podría perder el mes que viene si la dueña decide vender o si no llego a fin de mes. La vivienda en Puerto Rico es eso: un problema, una incertidumbre, un arrendatario que te deshumaniza porque tú eres solo un cheque que depositar. Y uno se pregunta, mientras apaga la máquina y se limpia el sudor: ¿qué hace que un pueblo se juegue el todo por el todo, y otro aprenda a vivir con la herida, con la casa alquilada, con la dignidad a plazos?
Recuerdo también la frustración que sentí al descubrir que la Revolución, en su intento de escapar de un imperio, terminó dependiendo de otro. Como estudiante, esa contradicción me parecía casi una traición al ideal original. Hoy la veo con más matices: entiendo que las decisiones políticas no se toman en el vacío, que la geopolítica no perdona, que la supervivencia a veces exige alianzas imperfectas. Pero incluso entonces, en 2014, algo en mí reconocía que esa tensión era parte esencial de la historia cubana, no un error aislado.
El colapso soviético fue, para mí, el capítulo más impactante. No podía imaginar cómo un país podía perder a su principal aliado y aun así seguir adelante. En clase hablábamos del “Período Especial”, pero yo lo leía como una prueba de carácter colectivo. Con el tiempo entendí que el Período Especial no fue una metáfora hermosa del aguante. Fue una crisis brutal: apagones, transporte colapsado, bicicletas convertidas en infraestructura nacional, dietas reducidas, familias partidas, cuerpos adelgazados por la geopolítica. La épica, vista desde lejos, puede parecer luminosa; vivida desde dentro, también pesa, cansa y deja marcas. Me impresionaba la capacidad de las personas en Cuba para sostener un proyecto político en medio de la oscuridad literal y metafórica.
Recuerdo una noche en mi hospedaje en la urbanización Santa Rita. Era tarde, ya había apagado las luces de la sala y solo quedaba encendida la lámpara del cuarto. Estaba leyendo sobre el Período Especial —los años duros, los apagones, la gente en bicicleta— y de pronto levanté la vista. Afuera, el silencio de la urbanización dormida pero la Avenida Universidad siempre despierta. Adentro, el zumbido de un abanico viejo porque el aire no podía prenderlo seguido. Esa semana la cuenta del banco estaba en cero y por lo menos había comido arroz con habichuelas tres días seguidos.
No era el bloqueo, no era Cuba. Pero Puerto Rico no vive el mismo bloqueo que Cuba. Vive otra forma de cerco: una arquitectura colonial que administra la dependencia, disciplina la imaginación política y convierte la pobreza en paisaje normal. Mi pareja y yo fuimos de los que tuvieron que endeudarse para poder estudiar y comer a la vez. Esa doble deuda —la del banco, la del cuerpo— me acompañaba mientras leía. Y entonces la distancia con lo que leía se acortó de golpe. No estaba leyendo sobre el hambre desde la comodidad; estaba leyendo sobre el hambre desde mi propia versión, más pequeña, más doméstica, pero real. Esa noche entendí algo que ningún libro me había enseñado: que la historia duele de verdad cuando uno tiene con qué compararla en el cuerpo.
Recuerdo dónde estaba cuando escribí aquel ensayo sobre la Revolución Cubana. Era un viernes por la tarde en la Biblioteca José M. Lázaro, en el silencio denso de la Colección de Referencias y Revistas. Afuera, el sol tropical golpeaba las paredes llenas de hongos —el deterioro de la educación pública evidenciaba un abandono que parecía diseñado para socavar lo que era mi única esperanza de un futuro mejor. Adentro, solo se escuchaba el respirar de los libros viejos y, de vez en cuando, el golpe seco de una mochila sobre la mesa.
Yo escribía sobre Cuba con la ansiedad de quien quiere entenderlo todo de una sola vez, pero algo en ese lugar —una biblioteca que guarda la memoria de otra isla, de otra colonia, mientras sus paredes y techo se deterioran— me hacía sentir que lo que estaba escribiendo me concernía. No era solo un trabajo para una clase. Era mi primer intento de pensar críticamente sobre el poder, sobre la soberanía, sobre esa tensión entre ruptura y dependencia que también atraviesa a Puerto Rico. Afuera seguía el sol golpeando los hongos, adentro seguía el silencio, y yo, sin saberlo, estaba aprendiendo a pensar como historiador en un país que hacía todo lo posible para que gente como yo no pudiera hacerlo.
Con los años he vuelto muchas veces a Cuba, no físicamente, sino intelectualmente. Cada regreso me revela algo nuevo. La Revolución ya no es para mí un objeto de estudio, sino un territorio emocional donde se cruzan mis preguntas sobre el Caribe, la justicia, la soberanía y la posibilidad de imaginar otros mundos. Pero hay una pregunta que no me hice en el 2014 y que hoy me persigue: ¿cuánto tiempo puede un pueblo vivir a la sombra de su propia épica?
La Revolución cubana no es solo un proyecto político; es un relato que ha dado sentido al sacrificio de generaciones. Sin embargo, el presente tiene su propio grito, y a veces sofoca el del pasado. Los cubanos y cubanas de hoy no pueden elegir entre la lealtad y la vida; necesitan un país donde quepan ambas. En esa tensión está una parte del presente cubano: jóvenes que heredaron la épica, pero no necesariamente sus certezas; familias atravesadas por la emigración; profesionales formados por el Estado que no encuentran cómo vivir de su trabajo; una ciudadanía que sabe que el bloqueo existe, pero que también sabe que no toda escasez puede explicarse desde afuera. No sé si existen fórmulas. Tampoco creo que China pueda invocarse como solución limpia: allí la transformación económica vino acompañada de control político, desigualdad y una relación feroz con el mercado. Pero su caso sí obliga a formular una pregunta incómoda: ¿puede un proyecto revolucionario reformarse sin entregarse por completo a aquello que decía combatir? La épica, si no se renueva, termina volviéndose estatua. Y un pueblo no puede habitar una estatua.
Pero también sé algo que intuyó aquel estudiante torpe del 2014: que la Revolución sobrevivió porque construyó una cultura política que no dependía del mercado, sino de la dignidad. Esa intuición, con todas las contradicciones, sigue siendo verdad. Pero las nuevas generaciones también exigen otra dignidad: la que pide poder elegir sin que cada elección sea un acto de resistencia, la que reclama un espacio donde vivir no sea, cada día, una nueva épica.
Hoy, cuando releo aquel trabajo del 2014, no veo un ensayo inmaduro: veo el comienzo de una conversación conmigo mismo. Veo al estudiante que quería entender por qué Cuba insistía en seguir siendo Cuba. Veo al joven que empezaba a sospechar que la historia del Caribe no se puede contar sin hablar de resistencia. Veo, sobre todo, a alguien que estaba descubriendo que la historia no es solo lo que pasó, sino lo que todavía nos sigue pasando.
Y quizás por eso sigo escribiendo sobre Cuba: porque su Revolución, con todas sus luces y sombras, sigue siendo una pregunta abierta. Una pregunta que también nos pertenece a quienes vivimos en otras islas del Caribe, donde la libertad sigue siendo un proyecto inconcluso. Cuba sigue siendo una pregunta caribeña que Puerto Rico no puede mirar sin verse a sí mismo. No porque sea modelo, consigna o altar, sino porque obliga a pensar, desde otra orilla, lo que aquí tantas veces se nos pide no pensar: la soberanía, la dependencia, la escasez, la dignidad y el precio histórico de imaginar un país propio. Quizás por eso sigo volviendo a Cuba: porque en sus preguntas sigo encontrando al estudiante que fui, y al historiador que todavía estoy aprendiendo a ser.
