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80grados+

Homenaje a Luis Rafael Sánchez

2 de junio de 2025 by Leticia Franqui Rosario Leave a Comment

Luis Rafael Sánchez

 

http://www.80grados.net/wp-content/uploads/2025/05/CHINAHEREJE.mp3

 

[dropcap]E[/dropcap]n el 1976 por vez primera se hizo tinta la China Hereje. Ya empapelada, de la Venus del mito le quedaba la espuma de la cerveza. De la biblioteca de Melibea, no sobrevivió ni un solo clásico -mucho menos el de la rosa- pero en el arrabal guardaba con adoración y desorden las revistas de farándula: Vea, Estrellitas y supongo que algunas Vanidades manoseadas. Había dado a la luz Luis Rafael Sánchez Agueda a una Marcela zafia que vivía su horizonte de libertad sartriana sin correr hacia los bosques para huir de la lascivia de los hombres. Muy por el contrario, la vivía detenida, a medias velada tras una cortina, mientras sus “ojos acróbatas” alcanzaban alguna “posta de carne” de algún obrero en algún andamio funámbulo. Llevaba en la genealogía de su tinta a la Nana de Zola sin escenarios ostentosos, sin mansión de cortesanas, sin caras bisuterías. Era grifa como la amante negra de Baudelaire y como la Julia del “Ay, ay, ay”. Era una Emma Bovary que no velaba el patetismo del “viejo” que le daba los billetes, como lo hizo la francesa frente al Conde aquel, babeante y decrépito. Era nieta de todas ellas e hija de Gurdelia Grifitos, puta y madre putativa de Cuco, vientre inmaculado de la nana inefable más hermosa que cantamos soñando. Una prima suya, Antígona Pérez le heredó la risa que la tiranía no había dejado que anidara en su boca. Como todas esas “tipas”, esa que planificaba un día coger fiaó y en una farsa clandestina firmar la nota como si fuese la Chacón, es la quintaesencia de la poesía de sus autores. Al punto que, como Flaubert lo haría con Madame Bovary, Luis Rafael diría: “la China Hereje soy yo”. Por eso recojo este manojito de líneas para usted, Maestro.

 

Leticia Franqui pensando que esta comiendo con la China y con Luis Rafael.

Y de ese “Yo es la otra” en el que resuena el Rimbaud adolescente, alucinado, borracho, maldito y forajido, nacen las raíces del árbol libresco de la “mujer caníbal” que dibuja La guaracha del Macho Camacho. Por el camino de su autonomía como personaje, rehúye de las faldas y va empantalonada a resbalar los ojos, como los mendigos de Baudelaire, por los alimentos del Edén U.S.A. importado “jamones de Virginia, uvas de California, manzanas de Pennsylvania y chinas de Florida”. Pero no se detiene ni saliva frente a las vitrinas, mas bien sigue con el remeneo de una dignidad zafia hasta las sopas cambell”s y pregunta, rigurosa, matemática y cabal, si están en especial. Su éxtasis no viene del ballet, sino del “Show de la Chacón”; no la deleita la ópera, sino la guaracha que la acosa y la esquinea hasta en la ducha, como el macherío.
Bajo el nombre y el sino de una canción de Felipe Rodríguez, Sánchez reúne hermosas metáforas como “una calma o la sombra de una calma atravesándola”, “cara de ausente tiene’, y expresiones prosaicas y parlanchinas como “cuerpo de ay deja eso”. Ese mosaico de jergas y de figuras “extrañas” que es la China Hereje, ya en sus primeras líneas pacta nuestra lectura poética. Le damos vueltas a la China y enrollamos la lectura horizontal y sucesiva del relato, danzamos a su ritmo. Así, la ralentización del tiempo de la lectura e interpretación que exige una novela tradicional se acompaña de constantes giros, la escritura Hereje demanda que nos “volvamos” para verla, que nos mareemos…aunque el mar se ausente del mundo guarachero. Y si la poesía es “un arma cargada de futuro”, como decía Celaya, la cámara de ese narrador “voyeur”, ligón, dispara con nuestros ojos hacia su objetivo. E impudorosos y furtivos, acechamos a la impudorosa y mirona China.
Y en la descripción de la protagonista, como en la objetivista de la nueva novela francesa, se colocan en “fila india” sus atributos: “los brazos abiertos, pulseras en los brazos, relojito en un brazo, sortijas en los dedos, en el tobillo izquierdo un valentino con dije, en cada pierna una rodilla, en cada pie un zapatón singular”. Sus miembros se animan, su cuerpo le habla y ella no lo escucha: “guarachó hasta que el cuerpo le dijo: chica, siéntate. Pero no le hizo caso y encomendó el culo a los sones de la guaracha…” (114) Parece más libre que Melibea y que Marcela, parece más escritural que la Nana o que Emma, pero la pobreza la emputece y la atraviesa como una mueca de nuestra propia tragedia.
Ese narrador-mirón hila los paralelos entre la “mujer-objeto” y el mobiliario y nos deslía a la China “atravesada por la ausencia”: “También sudada, la verán esperar sudada, sudada y apelotonada en un sofá sudado y apelotonado, sofá sudado y apelotonado que se transforma en cama, miembro pulcro el sofá de un elenco hogareño de travesti que hacen de todo.” Es decir, sin ahogarse en las charcas del antropomorfismo realista, pues los objetos no se hacen eco de su tragedia, la narración desnuda a la China bajo el signo de la carencia. La interpretación de ese “vacío” de la mulata es plural gracias a la dimensión poética del personaje. La economía del íncipit, el párrafo que descorre el telón de la novela, nos invita a “leer” a la China Hereje. Esa “lectura” revela su identidad lingüística. En la descripción de la protagonista la lengua cesa de ser pasaje, representación de otra cosa, se aleja para regresar a sí misma, a su materialidad. Dicho de otra manera, la China, que no es otra cosa que “una ristra de palabras” como diría el señor Borges, se parece también a una frase, a un refrán, a un parloteo boricua.
Las identidades de la protagonista, del mundo exterior y del lenguaje se entrecruzan en su descripción y espejan la forma espiralada de La guaracha del Macho Camacho. La China, forma cóncava, cuyo cuerpo “danzante” en “desconcierto” y “cara” de “frases” como el lenguaje poético y el sofá travestido, señala la imposibilidad de una esencia ( “la esencia no precede a la existencia” rezaban Jean Paul y Simone). Y así la imagen del personaje-objeto refleja al mismo tiempo la vacuidad y la potencialidad semántica del signo lingüístico.
Un sofá “travesti” también nos devuelve a su cuerpo y a la historia escindida y falseada del país. La China espera sentada, las piernas en cruz, sobre un sofá, como una señora esperaría al marido en la sala impecable del ama de casa, en la inmanencia de su vida diaria, diría Simone De Beauvoir. Pero esta tipa espera desnuda, sobre un mueble que se transforma en colchón, en una sala que es también habitación de cortejos. El narrador describe el sofá-cama como amalgama de las dos máscaras de la protagonista” la Madre una de ellas, la “Cenicienta -puta a domicilio”, la otra. El físico de la protagonista como el mueble, es un palimpsesto no se puede aprehender e imaginamos no está en censo: “¿es china, o japonesa, o coreana?” (114).
Todo lo que le adorna, le acompaña o decora su pobre teatro se revela artificio, festivo o triste, pero falso “las uvas plásticas”, la “coralina”, los “rubies”. “Lo que importa es que aparenten nos dice la voz que la mira”, “su fe es la apariencia”, “el destino es un fandango y quien no aparenta es un pendango. Apariciencia, fingimiento y pasemos a otra cosa”. (269)
Más aún, su sexo, como “la guaracha” que cantan los personajes, es “vociferante y sentencioso”, “cabe en cualquier boca” y como la novela, “tolera una expansión considerable” sobre los mismos motivos. La “masturbación” de la China Hereje, como el travestismo, condensa la poética de Sanchez: “vuelta” hacia sí misma la palabra-el significante- como la protagonista hacia su cuerpo, imagina que es el otro, los significados que la penetran. Se recorre y se desea con los “ojos” ajenos que inventa. Se vuelca desde sí misma y para sí como deseo de otredad, como polisemia. Se goza mirándose con “extrañeza”, como Julia en Intima. Ella es la “otra”, es la metáfora de “las obsesiones circulares” de Luis Rafael Sánchez que ensambla la escritura irónica de la novela.
Como el mundo de signos de Sánchez, al que los lectores le atribuyen a veces sentidos antitéticos, su “cisne borracho” se deja atravesar por los hombres, a veces como ejercicio de la libertad, del goce, y otras, como consecuencia terrible de su sujeción. Es doble, también de esa modernidad vacua y travestida de progreso que se impone festinadamente en el país. Espejo es la China de una colonia velada tras las palabras “estado libre asociado”: dura para los desamparados y sus “detractores” y “gozosa para sus “productores” (No llores por nosotros Puerto Rico). En fin, es celosía semi abierta que desde nuestro exilio interior nos permite un acto de libertad escandaloso: soñar nuestro lugar en mundo. Bueno, creo que como diría Julia, ya “ha sonado un reloj”: gracias, maestro por el cuerpo, el purgante, la noche, la raíz y la canción, gracias por su China Hereje.

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Leticia Franqui Rosario
Leticia Franqui Rosario
Leticia Franqui Rosario (San Juan, 1974) se desempeña como profesora de lengua y literatura hispánicas y de francés como lengua extranjera en la Universidad de Puerto Rico desde el 1999 y en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y del Caribe desde el 2021. Completó su primer doctorado en Literatura Comparada – Literatura Francesa, Francófona e Hispanoamericana- en Middlebury College y en la Universidad de París III. Obtuvo un segundo doctorado en Filosofía y Letras con especialidad en Literatura Puertorriqueña en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Su tesis “Una mirada a La guaracha del Macho Camacho de Luis Rafael Sánchez desde La celosía de Alain Robbe-Grillet” mereció el premio Ricardo Alegría a la mejor disertación sobre literatura nacional. Ha publicado ensayos críticos y ha dictado ponencias sobre las obras de Luis Rafael Sánchez, Julia de Burgos, Ana Lydia Vega, Alain Robbe-Grillet, Simone Schwarz-Bart, Eugenio María de Hostos, Ana María García y Elizam Escobar, entre otras. Desde hace más de una década se ha dedicado al estudio riguroso de las obras de Luis Rafael Sánchez, Alejandra Pizarnik y Ángela María Dávila. A la poesía de esta última le ha dedicado conferencias, lecturas poéticas, artículos, el libro: Atisbos al animal fiero y tierno de Anjelamaría Dávila (2006) y el primer curso doctoral dedicado a su escritura. Sus obras críticas se fundan en sus estudios sobre la semiótica de la literatura y la poética de la ironía e incorporan miradas trascendentales desde la teoría de la escritura femenina, la historia, la sociología, la antropología y la historia de la literatura. Como poeta y ensayista ha participado de lecturas, documentales y entrevistas en Puerto Rico y en México. Su obra figura en diversas revistas literarias académicas.
Posted in: 80grados+, Cultura, Letras Tagged: Antígona Pérez, China hereje, colonialismo, crítica social, cuerpo como texto, deseo y carencia, Emma Bovary, estética de la apariencia, estética kitsch, farándula, fetichismo narrativo, identidad boricua, Jean-Paul Sartre, jergas populares, La guaracha del Macho Camacho, lectura espiralada, lenguaje poético, literatura puertorriqueña, Luis Rafael Sánchez, marginalidad, melancolía caribeña, metáfora encarnada, modernidad vacua, mujer caníbal, narración irónica, narrador voyeur, otredad, performance identitario, representación femenina, sátira literaria, sexualidad femenina, simbolismo corporal, Simone de Beauvoir, travestismo

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