«Adiós! España»: crónicas de un cambio de soberanía
La emoción manifestada por Edward E. Lee Basanta cuando observaba el despliegue de la bandera americana en San Juan en los primeros días de la…
(Hormigueros 1960) Fue especialista en estudios Puertorriqueños y Caribeños. Trabajó como Catedrático de Historia en el Recinto Universitario de Mayagüez, y fue Profesor y Consejero de Tesis en la Escuela Graduada de Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón y en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe. Publicó libros de historia, biografía, crítica literaria en torno a textos modernos y contemporáneos, y literatura creativa en los géneros de poesía y narrativa corta.
La emoción manifestada por Edward E. Lee Basanta cuando observaba el despliegue de la bandera americana en San Juan en los primeros días de la…
El San Juan de los primeros días después del traspaso ofrecía una imagen patética y perturbadora. El episodio con los soldados borrachos en casa de Lee comenzó a convertirse en un asunto común...
Una vez se somete a la argumentación nacionalista o a la lógica geopolítica, el 1898 siempre ofrecerá la imagen de un corte. Las teorías de la ruptura y el trauma proyectaron el acontecimiento con toda su complejidad como un acto de emasculación.
Para los propósitos de esta reflexión voy a referirme a los apuntes de Lee en torno a los dos últimos días de España y los primeros de Estados Unidos.
A mediados de la década del 1990 una colega de la Universidad de Puerto Rico en Aguadilla puso en mis manos un curioso y poco conocido escrito estadounidense sobre Puerto Rico.
El estudio cuidadoso de sus documentos demuestra que siempre estuvo dispuesto a apropiar y amoldar las innovaciones y los atrevimientos de su siglo.
Se trata de un intelectual lleno de complejidades que escribe en castellano y en francés, traduce de este idioma y del latín, a la vez que reinvierte los valores de la vieja Europa en el marco de la antillanidad/caribeñidad en la cual se mueve.
A pesar del contraste entre el proceso de colonización y el de recolonización, hacia 1930 se aceptaba que la cultura anglosajona era un componente de relevancia del puertorriqueño común.
Estos temas generan pasiones también extremas de “rechazo” o “aceptación”. La tentación al maniqueísmo parece inevitable. Los observadores se colocan con naturalidad a la “ofensiva” o a la “defensiva”.
La demolición del Partido Liberal Reformista y la fundación del Partido Autonomista Puertorriqueño en Ponce en 1887, fue una respuesta débil y contradictoria a aquellos eventos.
El hecho de que la historiografía puertorriqueña la hubiesen manufacturado liberales reformistas y autonomistas resultó determinante en aquella actitud de complacencia del liderato político e intelectual tras el 1898.
El conservadurismo y el liberalismo tenían por adversario natural común al separatismo. Desde la perspectiva conservadora, equivalía a no ser un buen español. En la perspectiva liberal, no se era un buen criollo.
Aquellas voces del abanico liberal, al igual que los conservadores, eran afirmativamente integristas, imaginaban que el progreso del siglo se debía a España.
La imagen de Puerto Rico como un “parásito” improductivo con un potencial no explotado era común. ¿La profundización del coloniaje desde la Ilustración y el Reformismo Ilustrado, equivalía a la modernización?
El lenguaje del fraile reconocía una nueva complejidad en el ámbito colonial. El resultado fue promisorio. Aquella nueva complejidad confirmaba la diversidad socio-cultural de los territorios del Imperio.
El que se llame también “Padre de la Literatura Puertorriqueña” lo convierte en un icono inescapable de la Nacionalidad. La Identidad Puertorriqueña ha sido apropiada como un producto neto del trabajo intelectual.
Resulta innegable que el debate entre modernos y postmodernos condujo a muchos a considerar la historiografía, tal y como se estilaba en 1970, como un territorio clausurado.
La Nueva Historiografía y la Microhistoria Social impusieron la revisión de los discursos sobre el pasado y forzaron una reconsideración del problema de la relación del historiador con el oficio.
La experiencia investigativa del 1970 confirmó que el país poseía un pasado democrático deficitario y que el Nacionalismo Político y Cultural se había configurado alrededor de un siglo 19 inexistente.
El lenguaje político era otro en el 1968: todavía se confiaba mucho en la inevitabilidad del Progreso en la historia y se confiaba en la posibilidad de un socialismo perentorio.
El Independentismo Hispanófilo encabezado por la figura de De Diego y el Partido Unión fue parte de periodo en que el Nacionalismo y el Independentismo estaban al borde de la fragmentación.