NOTA EDITORIAL:
Este ensayo se publica en dos entregas consecutivas por su extensión y unidad argumental. Ambas partes forman un solo texto y se presentan aquí sin modificaciones.
La modernidad nace de un Baudelaire que lanza su mirada a las ruinas, a las borraduras y los restos de la antigua ciudad sobre la cual las máquinas siembran las zapatas de acero de los inmuebles burgueses y de los grandes almacenes. Estos últimos eran los “palacios” de la recién nacida industria de la “moda”, significante que el poeta francés transforma en raíz del nombre con el que bautiza a su época para siempre. Así la Modernidad nace del tránsito entre los andamios de los primeros templos de la sociedad de consumo y los remanentes de un París pronto ensombrecido y travestido por las imponentes edificaciones de Haussman. Entre la destrucción, la fealdad y la belleza, ese poeta flanneur, crea alegorías para profundizar lo real, rompe con la rima tradicional, condensa y superpone mitos, para inventar un lirismo que confronte y hable de y a la desesperanza.
El desengaño que agrieta el romanticismo estaba signado por los asesinatos de los obreros que se manifestaron en junio de 1848 para exigir trabajo y pan. La masacre a manos de un Estado Burgués, desvinculado de las consignas románticas de la Revolución y asentado en su poder, evidenciaba temprano sus intereses encontrados con la clase obrera. Los cadáveres que el Gobierno Provisional dejara como lección durante tres días en las calles de París, sin una Antígona que los enterrara, fueron la triste carroña que el entonces “petit romantique”, digirió para parir su lirismo desencantado, vacilante entre el hastío y el ideal. También para que expandiera el verso moderno y habitara en él toda la realidad, incluso lo aborrecible, lo perverso del mundo y del yo. Una poesía, titulada “Le cygne” que por su homofonía equivale a cisne y a signo en francés, se levanta entre todas las del primer moderno para fundar en sus rotundos símbolos, en sus palimpsestos, los valores y el desasosiego de la poesía moderna. Un cisne zigzagueante, aturdido y errático busca un lago inexistente en la ciudad. Bello y patético, su paso vacilante, sus ojos desorbitados se pasean angustiados, frente a otro “almacén”, no de vestidos sino de imágenes: el imponente e infranqueable museo del Louvre. Una evocación de Andrómaca encogida frente a la tumba vacía de Héctor, melancólica frente a un hueco…superpone al cisne/ signo y actualiza el mito en los versos de Baudelaire. Doble del ave, la esposa de Aquiles y la viuda de Héctor, como el exiliado moderno, se conduele frente a las imágenes que se fugan siempre y le dejan fuera del mundo, como forastera. La necesidad de crear nuevos mitos, de resemantizar los antiguos, la doble postulación que arde en el titulo del libro: “ las flores del mal” y niega el triunvirato de lo bello, lo bueno y lo verdadero, escinde el arte de la ética y de la ciencia hasta nuestro tiempo. La voz poética moderna reclama la distancia de “l’étranger” de los Pequeños Poemas en Prosa y se horizonta –“avant la lettre”- en la máxima de Rimbaud “Yo es otro”. Las innovaciones de Baudelaire tejen a donde quiera que llegue su obra o sus noticias, a nuevos exiliados, que buscan llenar “tumbas”, trazar imágenes que nos devuelvan una plenitud perdida, poetizando, narrando lo bello y lo feo para devenir a la existencia… Aquí en nuestras ínsulas perdidas tenemos a uno de sus grandes lectores, Manuel Ramos Otero. Ése que en “La otra isla de Puerto Rico” evoca al ave del francés cuando nos cuenta que Liboria “ Zigzagueaba por las décadas con la seguridad de un oráculo”. Y que describe la transmutación del tiempo que hila Baudelaire con Andrómaca cuando nos dice “ Liboria salió, dejándome solo escuchando el paso de un río por intrínsecas cavernas debajo de la tierra. Como si la isla, el caserón y la biblioteca, flotaran sobre pilotes de pino, a su vez enterrados en archipiélagos de arena, tejidos por hilos de agua dulce y corrientes de agua salada, para que la posición de esa otra isla constantemente se alterara a sí misma su cielo” (15).
Así, en el sustrato más profundo de la escritura de Ramos Otero, hallamos al gran exiliado moderno, y también a ese cisne, tan cerca del signo de otro pájaro con el que el odio quiso y no pudo degradarlo: “pato”. Encontramos en nuestras letras al ser que, como Vieques, invisibilizada y visibilizada tantas veces, escucha “mareado y un poco borracho” a su doble, doña Liboria. Es Ramos Otero, el lector literalmente desterrado en “otra isla” Nueva York quien creó redes de motivos, para rellenar los huecos de la historia de nuestra Nación. El manatieño lía azares objetivos, música fragmentos de la historia, cuentos, chismes, imágenes, bibliotecas decantadas, y cede su biografía homoerótica para ahondar la semiótica mítica de su país. Manuel se edita para ser la alegoría de su Puerto Rico y su paradoja. Es el hombre que se erotiza con sus iguales que son también su alteridad, la metáfora de la copulación entre cuerpos deseantes y entre significantes de la que hablaba Paz… pero desatados de la oposición patriarcal. Por eso es reverso y anverso del archipiélago borincano, de Hawaii, de Vieques e Isla grande, del cuento y de la historia, de la poesía…en fin, es como el autorretrato de Van Gogh que hoy descubrimos tras el retrato de la cabeza de una joven paisana. Su biografía goza del don de la ubiquidad.
La poesía, pero también la narrativa de Ramos Otero contiene unas proposiciones y unos discursos transgresores y reveladores de una modernidad creadora en el interior del panorama de las letras puertorriqueñas. Página en blanco y staccato, nuestro objeto, es en ese sentido un texto de ruptura en el que abundan la reflexión sobre las definiciones tradicionales y la exploración de nuevos enfoques y continuidades históricas y literarias. Dos fines pulsan la búsqueda de Ramos Otero, uno estético, el otro político con ecos existenciales. Para llenar los huecos de la historia del archipiélago “colonia sucesiva de dos imperios” como nos recuerda “La guaracha del Macho Camacho” digiere el barroco cervantino y el neobarroco de Borges. Las poéticas de ambos se trenzan en su obra con el “yo” que nace del exilio interior de Baudelaire.
Luego, si estudiamos desde la reescritura de un Borges, alternativamente devoto y desafecto de Cervantes y de Baudelaire y a la inversa (recordemos sus entrevistas y diálogos con Sábato) pero siempre bajo el signo de ambos, descubrimos la maravilla. Pues los espejos, lo facticio desvelado, la intertextualidad, la oralidad en la escritura, el mosaico de registros, las situaciones paradójicas, todos parte de la poética de la ironía, se organizan bajo una mirada que busca erigir la existencia de una historia nacional y personal a partir de la condensación de fragmentos. Se trata de la “partícula gigante” que dilata y multiplica en sus partes constitutivas para crear una imagen totalizante del “yo, el país/mundo y la palabra”.
Los relatos de Página en blanco y stacato no se insertan en el espacio maniqueo del canon de la literatura puertorriqueña como lo hace, por ejemplo, la La carreta de René Marqués. La dicotomía campo / ciudad se evade y las narraciones multiplican los espacios fragmentados para confundirlos y acercarlos. Por otro lado, no perpetúan los cuentos la sociedad patriarcal-nacional y el rechazo a todo lo extranjerizante. Ramos Otero ciertamente no asume la voz campesina como portadora del discurso nacional. Sus personajes están menos definidos, aunque convergen en el tránsito, en la mezcla, en el Caribe mulato, en el sincretismo de los exilios, las conquistas y la sangre. El mar ya no será la otredad peligrosa y enajenante, sino la posibilidad del otro, de ser en la diversidad. Mientras que la emigración en relatos como La otra isla de Puerto Rico pierde su carácter impositivo y político, también el tratamiento nostálgico, en otros como Vivir del cuentose convierte el exilio en Hawai en un rescate histórico pero también en un espacio poético. Si en Marqués (figura central de nuestras letras) los personajes se han visto como encarnaciones de tesis, en la obra del manatieño son significantes abiertos que se confunden con la historia, dialogan con el mito y con la literatura. Ramos Otero, por otra parte, se aleja en cuentos como La otra isla de Puerto Rico, La Heredera, Página en blanco y staccato del universo hombruno de Spiks y del estoicismo femenino de Marqués. Sus personajes son en gran parte de los relatos mujeres mezcladas, mulatas, antillanas solidarias, intrigantes revolucionarias y bastardas. Sus personajes masculinos son, en La otra isla y en Página en blanco y staccato, hombres iniciados por aquéllas a la lucha y a la revuelta. Se inserta el autor puertorriqueño homoerótico, sin lugar a dudas en las temáticas marginales y en los postulados de base de la generación del setenta. “Lolo, no es Lola, es Lole” un mariconazo depilado…nos dirá el narrador de La guaracha… “Manuel es el otro, es los otros(as)”, está en todos los pedazos del espejo.
Las distancias que asume la escritura de Ramos en relación con la literatura insular y con sus definiciones y postulados sobre lo puertorriqueño, están íntimamente ligadas a los modelos literarios que marcan el espacio de la ficción. La lectura cervantina sin duda ha sido esencial para la orquestación del mundo ficcional de Ramos. En La otra isla de Puerto Rico, La Heredera, Vivir del cuento, Página en blanco y staccato y en el cuento metaliterario Des-cuento la presencia del autor en el texto, logra, como en el clásico, invertir los grados de realidad en el universo literario[1]. A propósito de los artificios en Don Quijote de La Mancha (los personajes son lectores de la obra y conocen a su autor, hay una versión apócrifa que circula en el relato), y en Hamlet ( en la trama encontramos una miniatura-espejo de la narración) Jorge Luis Borges ha dicho en su ensayo “Magias parciales del Quijote”, incluido en Otras inquisiciones (1952): “tales inversionessugieren que, si los caracteres de una ficción pueden ser sus lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios”3
Ramos Otero, como Cervantes, ficcionaliza al autor-cronista al tiempo que añade una dimensión real al personaje literario. El escritor multiplica los grados de ficción en la ficción, ello posibilita la incursión en el espacio literario de la historia no-oficial. Así pues nos topamos en el mundo de Otero con nuevos personajes de la resistencia puertorriqueña, los Olmo Olmo, la Madame Cafolé de Luis Palés Matos, también tropezamos con la historia fantasmagórica de nuestros exiliados en Hawai ( Vivir del cuento) y con la puesta en escena la tragedia de la burguesía cafetalera una vez los estadounidenses se adueñan del país ( La Heredera). Sin embargo, y a pesar de la evidente influencia del clásico universal en la obra de Ramos, es ante todo otro lector cervantino, precursor de las tendencias post estructuralistas, quien, insistimos, marca definitivamente la escritura del puertorriqueño.
Los juegos autobiográficos, el desdoblamiento, la presencia del libro en el libro, los aforismos, los tiempos sucesivos, la biblioteca, las fechas y personajes históricos que habitan el mundo apócrifo, las analepsis que cuales abismos, o cajas chinas, se abren sobre sí mismas, la magia (retomada desde las religiones afro-caribeñas), logran que la ficción de Ramos Otero se incorpore a la escritura infinita4 y abierta de Jorge Luis Borges. El escritor universal en quien se translucen tanto Cervantes como Baudelaire. Emir Rodríguez Monegal en el clásico Borges por él mismo5 a propósito de la concepción de la literatura en Borges, señala, sin nombrarlos, los mecanismos de la poética de la ironía y sus consecuencias:
“La literatura se convierte así para Borges en la fabricación de un texto que es, realmente, un palimpsesto. Cada texto “original” reenvía, por medio de alusiones explícitas o no, por la parodia o la cita o la imitación, a otros textos. Cada texto es un campo magnético en que se encuentran y dialogan otros textos. El lector, al ejercer su oficio de consumidor, “recrea” el texto; es decir: lo redacta una vez más, interpolando los textos (explícitos o implícitos) de su propia experiencia literaria. No hay original porque no hay origen. Tampoco hay texto definitivo, porque no hay fin.”
Manuel Ramos Otero retoma estos postulados y construye con ellos un discurso trasgresor y liberador. Ahora bien, el exilio de sí mismo, en nuestro escritor colonizado y homosexual, busca una identidad profunda que le permita ser en el “otro”. Lo pretende a través del desnudamiento y de la ficcionalización de la historia prohibida y silenciada del país (los/las nacionalistas por ejemplo) y del homoerotismo, Actualiza, entonces, las raíces del mito moderno, regresa al cisne con sus “plumas”, con las que escribe y se adorna como el “mariquita” de Lorca. De allí, la relación estrecha entre lo erótico, el travestismo y el rescate de la memoria en cuentos como La Heredera, Página en blanco y staccato y en la ficción totalizadora Des-cuento.
La poética narrativa de Borges, de la cual Ramos Otero se nutre, se constituye a partir de un tejido de referencias literarias que remiten a un concepto de la Literatura en tanto que espacio integral, totalidad y continuidad de las posibilidades semánticas del lenguaje. El libro, en los relatos del argentino, no puede agotarse, éste representa en el espacio simbólico un eje, un cruce entre innumerables y diferentes relaciones. La historia, el mito, la religión, la filosofía, la ideología, pasan por el texto y tejen no sólo una escritura, sino también una lectura. En Ramos Otero la intertextualidad borgiana sirve para presentarnos la otra cara de la historia puertorriqueña. En los cuentos La otra isla de Puerto Rico y Vivir del cuento los testimonios de la oralidad juegan un papel central para la conformación de la escritura y de la identidad. En la oralidad se inscriben los mitos, los secretos y los hechos censurados por la historia. Estos permiten y ceban una diversidad de voces y de perspectivas que multiplican las lecturas posibles de la historia puertorriqueña. Los libros en la ficción de Ramos Otero, las Memorias de Don José Ulbaldo, las ficciones de Doña Liboria, la metaficción, sirven para confundir los individuos con la isla archipiélago y para contar a manera de autobiografía y de rumor la historia prohibida, ahora mitificada por la escritura, de las resistencias y las complicidades.
En Página en blanco y staccato un narrador borgiano se adentra en los textos para mostrar sus hechuras y para contar la historia olvidada del país, digna de cuenteros. Lo individual y lo colectivo se confunden, los elementos autobiográficos se entremezclan con la narrativa y la identidad se pretende construir en el otro fragmentado. La lectura, la interpretación, la apariencia, sabemos, substituyen en Borges la realidad de las obras.9 La literatura de Ramos Otero, en revancha, ocupa y delata el vacío histórico. Las voces y las miradas populares, contradictorias y múltiples se instalan en el espacio literario para crear un mito que reivindique la memoria colectiva. En la prosa borgiana la Historia y el individuo, cual dos encajes de “mundillos” inacabados y cambiantes, descodifican diferentemente los significantes intemporales del texto cada vez que se encuentran en el acto de lectura. En La otra isla de Puerto Rico así como en Vivir del cuento y Página en blanco y staccato el personaje del autor es lector e inventor de una historia aún sin escribir, sus notas al calce son los pocos datos históricos y literarios que se han salvado del olvido insular.
La multiplicidad de puntos de vista, por otro lado, no funciona como en Borges para develar el vacío detrás del símbolo, las mascaradas y la existencia de un mundo de signos que se remiten a sí mismos.10 La escritura de Ramos Otero pretende revelar y subrayar otro vacío, el histórico y la necesidad de encontrar las historias puertorriqueñas. El lector en las ficciones del argentino cuece ficciones no sólo con vivencias individuales y colectivas, sino también – si le es accesible- con la historia global de la literatura y dentro de ella, con aquélla del texto. Todos estos tiempos y espacios producen una interpretación del símbolo única y pasajera, una coordenada irrepetible en la vida del ser y del escrito, son los que permiten que Pierre Ménardsea autor de Don Quijote tres siglos después de su publicación. Los personajes en Ramos Otero rescriben la historia invisibilizada a través de la oralidad, los rumores, el esoterismo, las supersticiones y lo onírico. De allí las tangencias con las ficciones borgianas, pues en ellas el intérprete, personaje de la ficción, orquesta el texto, provee de explicación y da sentido al mundo simbólico: substituye de algún modo la figura del autor.11José Cuesta Abad señala al respecto que:
“La escritura intersticial de Borges produce la autofalsificación del texto a través del ejercicio de una hermenéutica en la que la realidad histórica y la realidad de la literatura no son otra cosa que interpretaciones en fuga de lecturas posibles de un Texto concebido como el mundo de mundos posibles del lenguaje”12
El autor, luego, sólo será el creador de un universo simbólico de significados efímeros y reemplazables. El alquimista de la ficción una vez el texto encuentra nuevos lectores, quedará en la obra borgiana, relegado y petrificado en el origen, su interpretación del mundo de la ficción será apenas una más entre las posibles e innumerables descodificaciones del escrito. El autor ficcionalizado en la prosa de Ramos, (Don José Usbaldo, el propio Ramos Otero) es cronista y personaje que se confunde con la identidad ambigua y recién revelada por el lenguaje del “otro” y de la “otra”. El personaje del autor hace coincidir en él la historia oculta, se convierte en un ente necesario, mágico, es su escritura búsqueda del misterio, del yo escindido en el otro. Sin lugar a dudas Ramos toma de Borges la repetición y la deformación en el “otro” para escribir el secreto de la Isla desde la polifonía de su propio ser, de su erotismo.
El primero de los cuentos del libro, La otra isla se sitúa entre la novela policíaca, la literatura de lenguaje, el mito y la novela histórica. El narrador, cual detective, busca las vivencias de “la otra isla” de Puerto Rico: la antillana, mulata, resistente y solidaria, marcada y tenaz, de una estatura mítica que confronta el olvido. La escritura de Ramos explora las posibilidades de lo no definido, conjuga opuestos y se redefine en la diversidad de lecturas. Por otro lado el escritor exótiza espacios concretos, la hacienda “La Esperanza”, Arecibo, y los equipara a otros espacios míticos y literarios, como Atenas, u “hostiles” en la tradición literaria nacionalista como Manhattan. Sorprende en Ramos la ausencia de antagonistas, sólo el olvido y la historia de conquistas y de sangre se confrontan en el texto. La muerte, por otro lado, abre el cuento no como desesperanza y pérdida sino como posibilidad de recrear y de repensar la vida. A grandes rasgos, la valorización maniquea de los símbolos (típica de la promoción del cuarenta) como en Borges, se exorciza.
El empleo de elementos borgianos en la escritura del puertorriqueño no pretende establecer una poética del símbolo totalizador y hueco. El narrador cronista de La otra isla de Puerto Rico, los documentos de la isla de Puerto Rico, las alusiones al Grito de Lares y al levantamiento de Ciales, la insistencia en las fechas y los personajes históricos, los espacios nacionales descritos desde el exotismo y desde la literatura burguesa, los elementos fantásticos, la presencia del libro en el libro, la carta final que inicia la búsqueda y la pretensión de la objetividad del autor ficcionalizado, adquieren otra dimensión discursiva. La reescritura del pastiche y del juego de espejos borgianos constituyen en la ficción del manatieño la utilería necesaria para la puesta en escena de una identidad puertorriqueña marcada por la colonia y sin embargo no anulada; son los pinceles que esbozan una esencia transgresora, marginada, abierta y pluralista. La duplicación invertida en el “otro”, la posibilidad de ser en la oralidad, sostienen el mundo de la ficción. Así pues, la panadería en donde el autor espera a Liboria para conocer el cuento del gemelo blanco “amasador” de libros, es también el espejo invertido de la biblioteca, del espacio del pan intelectual. De la misma manera la alusión a la otra “ala del pájaro” caribeño está implícita en el relato. En ese sentido nos parece, que no es un azar, que los nuevos propietarios de la panadería Ramos sean “chinos cubanos”. El autor juega con la estigmatización de la nivelación “r” “l”, particularidad del acento puertorriqueño, y con el despectivo gentilicio que nos imponen en el mundo hispánico – “los chinitos de Puelto Lico”- para remitirnos a la otra isla que la historia moderna ha querido mostrar como antítesis del país. Cuba es en la escritura del manatieño, nuestra gemela invertida, parte de nuestra identidad. Así pues, Ramos Otero, aprovecha de Borges la conjugación de los opuestos binarios, no como premonición de un mundo simbólico totalizador sino como ecuación necesaria para entender nuestra identidad y para construir un destino colectivo. Don José Usbaldo es el hombre, blanco, legítimo y a su vez es el gemelo de doña Liboria mujer, negra y bastarda. Sus escritos se confunden, como el cuento del Ramos ficcionalizado, con la historia del país. Los individuos se convierten en el país, escriben la isla que no ha podido “ser”, en sus autobiografías, en sus relatos, en sus mesas “espiritistas” … en aquéllas que “permiten ser al hablar por cientos de espíritus luz”.
El cuento La otra isla recrea la historia fragmentada pero no imposible de las luchas puertorriqueñas. Para ello amalgama elementos fantásticos e históricos, seres esotéricos y personajes literarios e históricos. Paradójicamente, en Borges, modelo de Ramos Otero, la escritura se desliga de la Historia en la medida en la cual abre los significantes a la diversidad de significados históricos. La obra borgiana subvierte así los papeles tradicionales de la ficción y la realidad, ya la escritura no será el instrumento para revelar un mundo, sino que todo un mundo, todos las historias tendrán como único fin develar, acceder al significado del símbolo. Mientras que el autor argentino elegirá la artificialidad como recurso y como fin, su lector-escritor puertorriqueño expondrá el andamiaje del texto y dinamitará las memorias para despertar del silencio al mito, y con él comenzar a trazar una historia aún sin escritura.
