Por Christian Vélez Pagán
Un periódico llamado El Comunista
En mayo de 1920, en Bayamón, apareció un semanario que se atrevió a llamarse El Comunista. Apenas circuló durante un año, pero en sus páginas se condensaron las esperanzas, contradicciones y tensiones de un obrerismo radical que miraba hacia Moscú y, al mismo tiempo, arrastraba viejas tradiciones anarquistas. Revisitar ese periódico hoy nos permite entender cómo la prensa obrera no solo informaba, sino que construía mundos posibles… y también reproducía exclusiones.

Portada del primer número del periódico El Comunista de mayo de 1920.
La historia del comunismo en Puerto Rico ha sido marginada de la historiografía tradicional. Como ha señalado la historiadora Sandra Pujals, es necesario desmitificar este campo y estudiarlo más allá de prejuicios ideológicos. Su investigación muestra que el radicalismo obrero en la isla no fue un fenómeno aislado, sino parte de un proceso cultural y transnacional, nutrido por la Revolución Rusa, la Internacional Comunista y las tradiciones anarquistas locales.
Contexto: crisis social y auge obrero
El nacimiento de El Comunista coincidió con un Puerto Rico marcado por la pobreza y la desigualdad. La economía dependía casi exclusivamente de la exportación de azúcar, café y tabaco, cuyos beneficios iban a parar a corporaciones ausentistas. Mientras tanto, los trabajadores recibían los salarios más bajos de los territorios estadounidenses. En 1920 se registraron más de 160 huelgas en la isla, y el gobernador llegó a prohibir manifestaciones y el uso de la bandera roja. En ese clima de represión y efervescencia, la prensa obrera se convirtió en un espacio vital de resistencia.
El periódico fue dirigido por Ventura Mijón Marcial, con Emiliano Ramos y Antonio Palau como redactores principales. Aunque su vida fue breve, su impacto fue significativo: representó una alternativa radical frente al Partido Socialista y la Federación Libre de Trabajadores, que en esos años buscaban alianzas con partidos republicanos y unionistas.
Un órgano de combate cultural
El Comunista no era un simple boletín sindical. Su estructura incluía secciones como Educación revolucionaria, Ideas sueltas, Entre tabaqueros y Cartas abiertas. Se distribuía en Bayamón, San Juan, Ponce y otros pueblos, con especial presencia en los talleres de la Porto Rican American Tobacco Company. Su costo era de cinco centavos, pero su valor simbólico era mucho mayor: era un órgano de combate cultural.
Desde su primera edición, publicada el 1 de mayo de 1920, el periódico se presentó como una voz de convocatoria a la lucha revolucionaria. El tono era poético, fatalista y mesiánico: hablaba de “redención”, de “hermanos rebeldes” y de una “cruzada del ideal”. La revolución se describía como una promesa trascendental, comparable a la salvación cristiana. Esta apropiación del lenguaje religioso buscaba movilizar emocionalmente a los lectores, resignificando símbolos católicos para ponerlos al servicio de un proyecto socialista.
La poética religiosa de la revolución
El discurso de El Comunista estaba saturado de metáforas religiosas. La revolución era presentada como una “venida” inevitable, una especie de segunda redención. Los obreros eran llamados “hermanos” y los mártires de Chicago de 1886 eran recordados como santos laicos. Como ha señalado Arturo BirdCarmona, muchos militantes anarquistas de la época adoptaban vidas austeras y ejemplares, casi como “apóstoles del ideal”. El periódico recogía esa tradición y la amplificaba.
Sin embargo, esta retórica también generaba ambigüedad. Al mezclar socialismo con espiritualidad, el mensaje podía parecer fantasioso o incluso manipulador. La fe en la “gran revolución social” se convertía en una certeza casi religiosa, lo que corría el riesgo de diluir la crítica política en un tono mesiánico.
El obrero ideal… masculino
Uno de los aspectos más reveladores del periódico es su construcción del sujeto obrero. El “obrero” aparece siempre como varón: fuerte, honrado, sacrificado. Las mujeres trabajadoras, en cambio, son invisibilizadas o representadas como víctimas pasivas. En los llamados a la acción, se exhorta a los hombres a reunirse en asambleas, mientras se menciona a las “compañeras” solo como madres y cuidadoras. La exclusión es evidente.
Este sesgo patriarcal no es un detalle menor. Como han señalado historiadores como Juan José Baldrich y María del Carmen Baerga, la industria del tabaco estaba marcada por una estricta división de género. Las mujeres cobraban menos y eran vistas como una amenaza para los tabaqueros varones. El Comunista reflejó y reforzó esa visión, reproduciendo jerarquías de género incluso dentro de un proyecto que se proclamaba emancipador.
Internacionalismo y eurocentrismo
El periódico también revela la influencia de la Revolución Rusa y la Tercera Internacional. Rusia era descrita como un “coloso” masculino, ejemplo a seguir para los trabajadores puertorriqueños. La Internacional Comunista aparecía como garante de la lucha mundial. Sin embargo, la mirada era marcadamente eurocéntrica: se mencionaban países europeos y, en América Latina, apenas a México, Argentina y Chile. El Caribe, salvo Cuba, quedaba fuera del mapa.
Este internacionalismo selectivo muestra tanto la aspiración global del movimiento como sus limitaciones. Mientras denunciaba el colonialismo estadounidense, el periódico reproducía una visión que privilegiaba modelos europeos, invisibilizando experiencias caribeñas y latinoamericanas más cercanas.
Estrategias discursivas: educar y movilizar
Más allá de su retórica, El Comunista cumplió una función pedagógica. Sus secciones buscaban educar a los trabajadores en los ideales socialistas, explicar la importancia de la organización y promover la acción directa. La columna Educación revolucionaria insistía en la necesidad de crear un “organismo obrero vigoroso” capaz de sostener la lucha. La violencia era justificada como “violencia sagrada”, necesaria para vengar a los oprimidos.
Al mismo tiempo, el periódico funcionaba como espacio de debate interno. En sus páginas se publicaban cartas, denuncias y polémicas, incluyendo una carta de Luis Muñoz Marín dirigida al editor. También servía para limpiar reputaciones de líderes acusados de rompehuelgas o para responder a campañas de desprestigio desde la prensa comercial.
Las mujeres en el discurso: víctimas y “resignación dolorosa”
Cuando las mujeres aparecen en El Comunista, lo hacen como figuras subordinadas. En una crónica sobre la fábrica de tabaco La Marina, Emiliano Ramos describe las condiciones infrahumanas de las obreras, pero las presenta como seres resignados, débiles, necesitados de protección masculina. Habla de su “resignación dolorosa” y llama a los hombres a defenderlas “virilmente”. El resultado es una representación paternalista que refuerza la idea de que las mujeres no podían ser protagonistas de la lucha.
Incluso en la defensa de la “libertad de palabra”, los editores reproducen estereotipos. Un militante arrestado por un discurso afirmó que las mujeres puertorriqueñas eran cobardes, a diferencia de las sufragistas estadounidenses. El periódico respaldó esa visión, reforzando la idea de que las mujeres locales eran un obstáculo para la lucha. Así, el discurso emancipador se entrelazaba con un machismo persistente.
Entre utopía y contradicción
El análisis de El Comunista revela un proyecto lleno de tensiones. Por un lado, fue un espacio de resistencia cultural, un laboratorio de ideas donde se mezclaban anarquismo, socialismo y comunismo. Educó a los trabajadores, promovió la solidaridad internacional y denunció la explotación capitalista. Por otro lado, reprodujo jerarquías de género, invisibilizó a las mujeres y adoptó un tono mesiánico que a veces rozaba la propaganda religiosa.
Estas contradicciones no lo invalidan como fuente, sino que lo hacen más revelador. Muestran cómo los proyectos emancipadores pueden arrastrar sus propias sombras, cómo la lucha contra una forma de opresión puede coexistir con la reproducción de otras.
Legado y relevancia actual
Aunque El Comunista solo circuló entre 1920 y 1921, su impacto se extendió más allá. Fue parte de una tradición de prensa obrera que, desde finales del siglo XIX, contribuyó a formar un obrero ilustrado y a difundir ideas radicales. Esa tradición desembocaría en la fundación del Partido Comunista Puertorriqueño en 1934 y en la Confederación General de Trabajadores en 1940.
Hoy, releer El Comunista nos invita a reflexionar sobre la relación entre cultura, política y género. Nos recuerda que la prensa no solo refleja la realidad, sino que la construye.
