Logo de PornHub, una web que vivió su cosagración durante el encierro pandémico.
[dropcap]E[/dropcap]l aparato digital que se sirve de toda esta data e información personal que subimos a la web sobre qué cosas nos gustan y podrían apetecernos es conocido como Big Data, el cual, según Chul-Han (2014), funge como el Gran Hermano orwelliano. Hay que destacar que son precisamente las políticas amistosas del like las que le dan acceso a este aparato para pronosticar y anticipar cualquier tipo de búsqueda, movimiento e incluso fetiche que tengamos premeditadamente. Así se ha logrado condicionar e intervenir en la psicología de masas contemporánea. Por ende, se trata de mantener una sociedad de control (1990) que, en lugar de reprimir física y mentalmente, busque regular nuestros sueños y deseos internos voluntariamente, tal y como es el interaccionismo simbólico, imaginario y “real” que coexiste entre el ser social moderno y lo maquínico.
A partir de este interaccionismo multiforme y dinámico, el concepto propio que cargan las redes y comunidades cibernéticas quiebra la noción del porno coloquial para hacer valer otra óptica metonímica del mismo en sus construcciones intersubjetivas vía virtual. Es decir, que la pornografía en esta fase contemporánea podría manifestarse como polimorfa por sus nuevas políticas amistosas de apertura hacia la diversidad y amplitud social.
En efecto, la trascendencia de estos fenómenos sociales ha sido tan concreta e inminente que, desde algo que se vislumbraba como meramente homoerótico, ahora resulta multifacético bajo esa fase de goce “amistosa” que se instala en las distintas apps, páginas, blogs, etc. De hecho, si nos adentramos en el mundo pornográfico actual, en contraste con el que existía a mediados del siglo XX, puede observarse que éste ha cambiado su lógica de sentido en la manera en que nos relacionamos sexualmente, tanto a nivel individual como social. Mediante esta imbricación intestina emergente, nace toda una pluralidad de heterotopías, como bien diría Foucault (1967), vía maquínica, dado que lo “real” y lo imaginario han sido difuminados por el mismo entorno hiperreal del porno.
Por tal motivo, estas comunidades cibernéticas provenientes del pornoconsumo deben verse como contraespacios, ya que su propósito en estos tiempos digitales es sobredeterminante para la búsqueda de satisfacción. Así que, en términos generales, la imaginación sexual hoy se configura y altera por medio de la web debido a que el ser social moderno se encuentra inmerso en una cultura de consumo consumado de deseos y fantasías muy ligadas al imperativo de satisfacción inmediata que se entreteje bajo la cultura imaginaria de lo virtual. Dicho efecto es tan allanador y sigiloso que, en lugar de castigar o reprimir este dispositivo, lo que busca es enaltecer sutilmente nuestra experiencia erótica a niveles incontrolables.
Detallando bien tal aspecto, se puede decir que el sentimiento de lo sublime sobresatura nuestra pulsión de muerte, como bien nos diría Žižek (2011), puesto que la distancia existente entre el ser social moderno como naturalidad y su poder infinito sobre ese ciberespacio llega a entrelazarse dialécticamente. Sin embargo, de esta combustión emerge una nuda vida, como nos diría Agamben (1998), dado que entrelaza el fenómeno dicotómico y biopolítico del “dejar vivir o morir” de manera solapada. Es decir, que este tipo de praxis provoca una ambivalencia de satisfacción imperativa como resultado de esa fatiga por el alto impacto de los mandatos de la cultura. Por ende, me interesa presentar cómo ese acto de efervescencia, vigor, pulsión y representatividad que se ilustra en el acto sexual dentro de la pornografía hoy ha sido superado e incluso sacrificado. Tal escenario se ilustra y teoriza desde el juego de imágenes que no solo aparecen en los smartphones o consolas de videojuegos, sino también en la vida cotidiana, ya que vivimos bajo exposición total.
Desde el punto psicosocial y autorregulador, esto ha sido posible gracias a la relación de complementariedad interpersonal que en la actualidad se nos sigue autoimponiendo. Este efecto, en específico, es producido entre los seres sociales y sus dispositivos o gadgets electrónicos, particularidad que pone en estado de epojé y jaque a las interacciones o encuentros a nivel interpersonal/intrapersonal. De este desprendimiento cibercultural y técnico surge ese nuevo twist psicopolítico que ha hecho de las comunidades cibernéticas que se sirven del pornoconsumo una transmutación. Su medio de control hacia uno es lo amistoso y confortable, ya que la dificultad de renunciar a esta satisfacción inmediata nos resulta, muchas veces, inevitable, inconsciente e inconstante; el yo se autosugestiona siempre para buscar las razones justificables que lo lleven a satisfacerse recurrentemente.
El caso más llamativo de toda esta evolución es la página web de PornHub, representada por la compañía MindGeek, cuya fundación en 2007 ha englobado gran parte de otras páginas pornográficas como YouPorn y RedTube, entre otras. Una vez se logró este entrelazado de corte transnacional, la compañía comenzó a producir contenido independiente para generar ingresos y consolidar su propia comunidad cibernética. Al alinearse estos elementos, que hoy “supuestamente” se ilustran como gratuitos, puede denotarse y reafirmarse cómo las relaciones sociales y subjetividades contemporáneas se ajustan a las exigencias del momento.
Como diría Baudrillard (1970):
El goce definirá el consumo para uno mismo, autónomo y final. Ahora bien, el consumo nunca es esto. El individuo consume para sí mismo, pero cuando consume, no lo hace solo (esta es la ilusión del consumidor cuidadosamente mantenida por el discurso ideológico sobre el consumo), sino que entra en un sistema generalizado de intercambio y producción de valores codificados, en el cual, a pesar de sí mismos, todos los consumidores están recíprocamente implicados.
Baudrillard deja claro que, en lo que concierne al consumo —que es técnicamente todo—, siempre habrá un intercambio de códigos en el que, si el ser social no logra estabilizarse de forma orgánica e inminente, provocará su autodestrucción. Esta es la cualidad que caracteriza en su máxima expresión a las redes sociales y plataformas pornográficas actuales mediante su imperativo de satisfacción inmediata, hecho que las redefine en espacios pornotópicos: hábitats donde se diseminan todo tipo de experiencias y prácticas sexuales.
Referencias
Agamben, G. (2011). Desnudez. Barcelona, España: Anagrama.
Alemán, J. (2018). Lacan y el capitalismo. Introducción a la soledad: común. Editorial Universidad de Granada. Instituto del Campo Freudiano. España.
Baudrillard, J. (1970). La sociedad de consumo. Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI.
Baudrillard, J. (2006). El complot del arte: Ilusión y desilusión estéticas. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu.
Braunstein, N. (2012). El inconsciente, la técnica y el discurso capitalista. Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI.
Chul-Han, B. (2014). La agonía de Eros. Madrid, España: Herder.
Chul-Han, B. (2014). El enjambre digital. Madrid, España: Herder.
Holas, P., & Draps, M., y colaboradores. (2021). Un estudio piloto de prevención de recaídas basada en la atención plena para el trastorno de conducta sexual compulsiva. Journal of Behavioral Addictions, 9(4), 1088–1092. https://doi.org/10.1556/2006.2020.00075
Hernández Rivera, J. I. (2020). Deseo, alteridad y pornografía. Revista 80 grados. Puerto Rico. https://www.80grados.net/deseo-alteridad-y-pornografia/
Preciado, B. (2003). Manifiesto contrasexual. Madrid, España: Anagrama.
