Que suene la calle: Plena, negritud y frontera

La plena no nació para adornar vitrinas ni para servir de banda sonora al patriotismo domesticado. Surgió, más bien, entre los estertores del cañaveral, el sudor negro del arrabal y el tambor del cimarrón escapado. Este texto desmonta con precisión quirúrgica el mito folclórico y revela su fibra rebelde: una música obrera, afrocaribeña, que se cantaba como se desobedecía. Desde Ponce hasta Nueva York, la plena se reconfiguró como archivo vivo del plebeyismo parejero, el bembeteo desafiante y la risa que desestabiliza el poder. No fue periódico del pueblo; fue su memoria emotiva, su rabia con ritmo. En tiempos de pedagogías bienpensantes, este estudio devuelve al pandero su filo de machete: afilado, contradictorio y profundamente insurgente.




















