Grandes músicos de Puerto Rico: Israel Cruz Salcedo, trombonista
Nacido en Guánica en 1935, Israel Cruz Salcedo creció entre seises, parrandas y la brisa salobre del sur. De la mano de Néstor Rodríguez, maestro…
Nacido en Guánica en 1935, Israel Cruz Salcedo creció entre seises, parrandas y la brisa salobre del sur. De la mano de Néstor Rodríguez, maestro…
En plena pandemia, cuando el miedo se volvió rutina y el hastío una plaga más eficaz que el virus, la pornografía digital ocupó su lugar como anestesia global. Las “políticas amistosas” del like —ese gesto virtual que disfraza la soledad— empezaron a domesticar el deseo, fabricando subjetividades a golpe de clic y placer instantáneo. Ya no se trata de sexo: es un laboratorio hiperreal donde el goce se dosifica como droga y el mercado dicta los acordes. El Big Data, convertido en voyeur omnisciente, adivina fetiches, archiva pulsiones y calibra fantasías. La pornografía contemporánea dejó de ser espejo del erotismo para convertirse en su jaula dorada: un dispositivo de control social que acaricia mientras encadena.
La historia eléctrica de Puerto Rico no comienza con un apagón, aunque todo en ella parezca ir derechito hacia un agujero negro. Arranca en marzo de 1893, cuando José Ramón Figueroa y Rivera encendió en Villalba la primera bombilla; meses después, San Juan brilló para impresionar sin meninas a una infanta de paso, mientras el resto de la isla seguía a oscuras. Tras 1898, el capital azucarero acaparó la luz y la fuerza, vendiendo excedentes al gobierno como si fueran favores. La Gran Depresión (1929) rompió el espejismo y empujó al Estado a tomar el timón. En 1941 llegó Rexford Tugwell, cerebro del New Deal, con la AFF: irrigó campos, llevó electricidad y aseguró agua y energía como bienes públicos.
En Puerto Rico, el dolor tiene ritmo y el exilio se anuncia con un apagón. Por eso, cuando retumba la tarima y el pueblo canta “no me quiero ir de aquí”, no estamos en un concierto: estamos en un acto colectivo de afirmación radical. La residencia artística de Bad Bunny en el Choliseo no fue solo una hazaña logística ni una operación económica de precisión milimétrica. Fue una misa profana contra el desaliento. Fue el testimonio sonoro de un pueblo que resiste con los pies, con el sudor y con los besos.En un país donde el colonialismo ha afinado la maquinaria del sufrimiento como un reloj suizo, la música aparece como un antídoto encarnado. Thích Nhất Hạnh hablaba de encontrar el lugar del cuerpo que no duele. Acá, le decimos: baila. Porque al bailar, aunque no se cure el trauma, se suspende el peso.
Francisco Moscoso desmonta la manida frontera entre “prehistoria” e “historia”, esa línea trazada por imperios para clasificar a los vencidos como salvajes sin pasado. Desde los cacicazgos taínos hasta el lenguaje que aún nos habita, Puerto Rico tuvo historia antes de Colón, aunque no la escribiera en papel. Los taínos cultivaban, gobernaban, veneraban, hablaban y nombraban su mundo. ¿Que no usaban letras? Pues hablaban con la tierra, con los dioses y con el maíz. Moscoso exige que se reconozca a los taínos como sujetos históricos, no fósiles de museo ni figuritas para el folclor. Basta de repetir que todo empezó en 1493. La memoria, como dijo Las Casas, también es historia. Y esa memoria indígena aún sopla entre palabras, conucos y nombres que siguen latiendo en esta isla colonizada hasta la médula.
F-1 The Movie no es la clásica película de carros donde lo único que importa es quién cruza primero la meta. Joseph Kosinski y Claudio Miranda se montan en una maquinaria cinematográfica tan precisa como un monoplaza bien afinado. Brad Pitt —un Sonny sesentón que ya no necesita correr, solo encantar— regresa a las pistas por culpa de un Bardem deliciosamente excesivo. Entre choques de ego, tramas técnicas y denuncias sospechosas, la cinta toma curvas inesperadas. El cine revive la emoción real de las carreras… y también los fantasmas: como el recuerdo del cadáver ilustre de Jimmy Bryan en la sala de emergencias del narrador. Porque el cine, como la Fórmula 1, no perdona: o dominas la pista o te estrellas con tus propias ficciones.
La plena no nació para adornar vitrinas ni para servir de banda sonora al patriotismo domesticado. Surgió, más bien, entre los estertores del cañaveral, el sudor negro del arrabal y el tambor del cimarrón escapado. Este texto desmonta con precisión quirúrgica el mito folclórico y revela su fibra rebelde: una música obrera, afrocaribeña, que se cantaba como se desobedecía. Desde Ponce hasta Nueva York, la plena se reconfiguró como archivo vivo del plebeyismo parejero, el bembeteo desafiante y la risa que desestabiliza el poder. No fue periódico del pueblo; fue su memoria emotiva, su rabia con ritmo. En tiempos de pedagogías bienpensantes, este estudio devuelve al pandero su filo de machete: afilado, contradictorio y profundamente insurgente.
En tiempos donde la guerra se digiere con titulares y la diplomacia se reduce a memes geopolíticos, Yanira Reyes Gil nos advierte que este libro coordinado por Carlos Severino irrumpe como un artefacto necesario. Más que una lectura, es una confrontación. Aquí no se glorifica la paz ni se estetiza la guerra: se desnuda la farsa del derecho internacional y se arranca la máscara humanitaria a las sanciones económicas. Rivera Lugo, Aponte García, Rodríguez Burgos y otros nos recuerdan que no hay neutralidad en los conflictos, ni inocencia en la academia que los comenta desde su cómodo rincón occidental. Desde el Caribe colonizado, estas páginas insisten en que lo lejano también nos duele, que los platos rotos no siempre los rompe quien dispara, pero sí los paga quien no puede huir.
Esta isla no es solo cine: es una bofetada al decorado colonial que disfraza la miseria de postal turística. Dirigida por Lorraine Jones Molina y Cristian Carretero, la cinta narra la fuga de dos jóvenes atrapados entre la ruina y el deseo, mientras cruzan una isla que ya no promete nada salvo sobrevivir. Filmada con crudeza lírica por Cedric Cheung-Lau, y premiada en Tribeca, la película es un testamento feroz de nuestra juventud empobrecida y de un país que sangra en silencio. Aquí no hay redención mágica, sino decisiones duras, rostros marcados y una belleza rota que se resiste a morir. Es cine necesario, como puño y memoria. Y eso, en este presente, ya es un acto de resistencia.
[dropcap]D[/dropcap]esde la primera escena sabemos que vamos a entrar en el mundo estético de Wes Anderson. No es solamente la coloración de la escena, sino las distancia que separa a…
Esta película de suspenso y acción de 2016 escrita por Bill Dubuque y dirigida por Gavin O’Connor trata de Christian Wolff (Ben Affleck), un contador público certificado con autismo que…
Bad Bunny no regresa al Choli este verano: se instala, como se instala un altar en medio del desmadre colonial. No me quiero ir de aquí no es una gira: es una afirmación ontológica, una trinchera bailada frente al desplazamiento. En DeBI TiRAR MáS FOToS, el conejo muta en hechicero del Caribe urbano—reivindicando la música como arma contra el olvido, el desarraigo y el cinismo de la historia oficial. Salsa, bomba y perreo devienen rito, memoria en movimiento. Nueva York se vuelve Nuevayol, la diáspora se rinde al embrujo de un verano sin fin. Lo que parecía reguetón es, en realidad, un contra-hechizo. Porque en el archipiélago borincano, bailar todavía puede ser insurgencia. Y eso, ¡coño!, incomoda.
Junio despierta en Puerto Rico con un pulso que no perdona: exposiciones que reclaman el espacio que la historia vetó, conciertos que exhiben el anhelo de escapar de la fugacidad comercial y festivales que retan el olvido impuesto. Entre galerías y plazas, la isla se enfrenta a sus contradicciones: ¿será el arte y la música la palanca que mueva la rueda de la memoria o tan solo otro espejismo de legitimación cultural? Este reportaje traza esa cartografía viva, donde cada pincelada y cada nota son actos de resistencia.
Carlos Pabón Ortega no escribe libros: desentierra cadáveres ideológicos y los lanza a la mesa con la frialdad clínica del que ya lo ha visto todo, o casi todo y no cree en resurrecciones, pero sí en las autopsias útiles. Ilusión y ruinas. Imaginarios de izquierda en Puerto Rico desde los sesenta (Ediciones Laberinto, 2025) no es un texto que se contente con revisar las gestas, sino que desnuda las fallas estructurales, los dogmas sin pueblo y las retóricas de barricada que no supieron salir del aula ni del comité.
En 1976, Luis Rafael Sánchez encendió la imprenta con dinamita y nos lanzó a la cara a la China Hereje: hija bastarda de todas las mujeres literarias que no piden permiso. Leticia Franqui Rosario la describe con lirismo y crudeza: zafia, orgullosa, empantalonada, la China no escapa del deseo ni del hambre, y desafía la miseria con una dignidad que le ronca la manigueta. Su cuerpo no narra. Está más allá del bien y del mal: es texto, es signo, es vitrina de un país travestido de modernidad. Es madre, es puta, es sofá y es refrán: todas esas, ES; espejo tragicómico de nuestra colonialidad disfrazada de Estado libre. Y como Flaubert con su Bovary, Sánchez se confiesa en ella: “la China Hereje soy yo”, y Franqui la celebra como lo que es: metáfora andante de un pueblo guarachero que aún, pese a todo, se sueña libre. Gracias, maestro —por la risa, el cuerpo y la herida.
Este texto es una invitación a leer con los oídos y pensar con las vísceras. En un adelanto de su segundo tomo sobre la sentisapiencia, Juan José Vélez Peña nos lanza al ojo del huracán caribeño: la salsa no como género, sino como latido colectivo. El ensayo, tan riguroso como poético, articula la noción de sentipensar—ese pensar con el corazón—desde Orlando Fals Borda hasta Nueva York, pasando por Cuba y Puerto Rico. El son y la salsa emergen como dispositivos culturales vivos, rizomáticos, capaces de resistir narrativas teleológicas. Este libro no es solo teoría; es ritmo encarnado que baila entre lo académico y lo popular, en busca de una identidad que no se impone, sino que se escucha.
Este texto es una carga de profundidad contra la santificación sin crítica de La carreta y Los soles truncos. Roberto Ramos-Perea, con bisturí de dramaturgo y espuelas de polemista, desgrana las virtudes y flaquezas del libro de Manuel Martínez Maldonado, quien defiende a René Marqués como cumbre del teatro puertorriqueño. Pero Ramos-Perea no se traga el canon sin masticarlo: acusa excesos simbólicos, estructuras flojas y una burguesía enlutada que posa de patriota. Entre anécdotas teatrales, hallazgos documentales e insinuaciones de homosexualidad reprimida, el ensayo se convierte en un manifiesto contra el olvido y la complacencia. No hay herejía en discutir a Marqués. Al contrario: lo que da estatura al teatro no es el incienso, sino la crítica feroz. Y aquí hay fuego.
Puerto Rico Verde: la revolución que viene con sol, machete y una libreta de ingeniero Puerto Rico Verde (PRV) surge como una alternativa política que no promete milagros, sino planificación concreta para transformar la crisis energética, económica y educativa de Puerto Rico. Con una red eléctrica descentralizada, industria local basada en energías renovables y la Universidad de Puerto Rico como eje técnico y social, PRV plantea una reconstrucción desde abajo, con municipios y comunidades al mando. No se presentan como salvadores, sino como obreros del sentido común, con presupuestos trazables, fechas claras y una voluntad férrea de romper con el modelo colonial. En un país desgastado por apagones, corrupción y migración forzada, PRV no ofrece escape, sino una forma digna de quedarse. Con ellos, o sin ellos, su propuesta marca el único camino sostenible.
Puerto Rico es un país posible, no una condena Nos han dicho que somos demasiado pequeños, demasiado pobres, demasiado endeudados. Lo dicen los mismos que se enriquecen de nuestra supuesta…
En su 250 aniversario, Caguas apostó a mirarse al espejo del deporte y reconocer allí una épica que también es historia. El deporte cagüeño: más allá de la leyenda, coordinado por Luis Reinaldo Álvarez Vázquez, es un compendio monumental—casi 700 páginas—que recoge memorias, fotos y testimonios de 123 atletas y 34 disciplinas, con el propósito de construir desde el músculo y la emoción una identidad colectiva. No es un inventario frío, es un cálido relato de cómo el sudor, el juego y la gesta forman nación. Porque en Caguas, como en Borinquen Bella, no basta con pensar: hay que sentipensar, con la sangre encendida y la historia al hombro. ¿Quién dijo que correr no es también recordar?