El cisne y la ruina: Baudelaire y la invención de la modernidad (Parte I de II)
La primera parte de este ensayo examina la obra de Manuel Ramos Otero como una de las intervenciones más radicales y lúcidas de la modernidad…
La primera parte de este ensayo examina la obra de Manuel Ramos Otero como una de las intervenciones más radicales y lúcidas de la modernidad…
Este texto articula, desde una voz íntima y crítica, la vida de Sergio D. Martínez Betancourt como una crónica de lucha sostenida contra la precariedad estructural del Estado y la violencia silenciosa que enfrentan las personas con condiciones de salud mental en Puerto Rico. A través del relato familiar, se expone cómo la burocracia educativa, la desinformación institucional y la insensibilidad social convierten la diferencia en castigo. La narración desmonta el mito de la inclusión y evidencia un sistema que abandona, excluye y empuja a las familias a batallas legales para acceder a derechos básicos. Más que una historia personal, el texto funciona como denuncia política y memorial ético: una reflexión sobre dignidad, afecto y resistencia en un país que aún no sabe cuidar a los suyos.
Yolanda Martinez San Miguel propone en este ensayo una relectura de Los infortunios de Alonso Ramírez como una historia de vida atravesada por la oralidad colonial, donde la experiencia encarnada desborda los límites del archivo escrito. Martínez San Miguel argumenta que el texto es una obra de coautoría entre Ramírez y Sigüenza y Góngora, en la que dialogan voces, saberes y silencios propios del mundo criollo. La narración recupera vivencias excluidas del registro oficial —el comercio global, el cautiverio, la violencia corporal— y construye una relación directa con el lector, cercana a la lógica de la historia oral. Desde esta perspectiva, la autora defiende la oralidad como método crítico para desestabilizar paradigmas disciplinarios y revelar los susurros, las omisiones y las tensiones de poder que habitan los archivos coloniales.
El muerto parao de Luis Javier Cintrón-Gutiérrez propone una lectura etnográfica y sociológica de los velorios exóticos en Puerto Rico como expresiones complejas de marginalidad, colonialidad y exclusión estructural. Lejos de interpretarlos como meras extravagancias funerarias o actos aislados de narcocultura, el autor los sitúa dentro de procesos históricos marcados por el colapso del Estado benefactor, la precarización económica y la expansión de la economía informal. Estos rituales, donde la muerte se convierte en espectáculo y mercancía, funcionan como un último performance de reconocimiento social y resistencia simbólica. A través de observación participante, análisis mediático y datos censales, el libro revela cómo la violencia, el consumo ostentoso y la estética del duelo configuran identidades en contextos urbanos profundamente atravesados por el capitalismo neoliberal y la colonialidad del poder.
La sucesión de Arnaldo Roche Rabell ha encomendado a L’Artban, bajo la dirección de Laura Galbán, la representación formal del legado del artista neoexpresionista puertorriqueño, encargándole la documentación, el catálogo razonado y la circulación pública de su obra. Roche Rabell, cuya pintura densamente texturada expone tensiones de memoria y presencia, sigue situándose como figura central de la escena visual puertorriqueña contemporánea. Este nombramiento de L’Artban se inscribe en un esfuerzo por estructurar institucionalmente un legado que resonará en el mapa crítico del arte de Puerto Rico y más allá.
La asamblea comunitaria del Río Piedras aprobó una resolución que desmonta la ficción técnica del Estado y denuncia décadas de abandono convertido en política pública. Frente al proyecto de canalización del Cuerpo de Ingenieros, las comunidades reclaman participación real, protección contra el desplazamiento y un manejo ecológico del río como organismo vivo, no como zanja colonial. Exigen un nuevo proceso ambiental y advierten que, si el gobierno no responde, acudirán a los tribunales. El río deja de ser paisaje: se vuelve frontera moral y trinchera ciudadana.
Las villas pesqueras nacieron como un sueño de modernización: pequeños enclaves donde el trabajo del mar pudiera organizarse con dignidad, infraestructura y comunidad. Con el tiempo, aquel proyecto —impulsado por Sánchez Vilella y luego reforzado por programas federales y locales— se convirtió en una red de más de sesenta villas que marcaron el litoral puertorriqueño. Pero la historia no fue lineal. Entre intentos de encuadrar a los pescadores, leyes de “eliminación de arrabales” y esfuerzos por controlar territorios considerados marginales, las villas terminaron atrapadas entre la burocracia, la desinversión y el turismo de enclave. Hoy, muchas agonizan entre abandono y privatización, mientras los pescadores reinventan, a pulmón, lo que el Estado dejó caer. Allí persiste la verdadera villa: una comunidad hecha de memoria, saberes y mar.
Retina 20/20 abre en La Casa del Libro como una declaración cultural y política: un portafolio que reúne a figuras clave de la gráfica puertorriqueña —de Diógenes Ballester y Margarita Fernández Zavala a Garvin Sierra, Adriana Torres Cruz y Rafael Rivera Rosa— para examinar el país desde la lucidez crítica que siempre ha definido este medio. El cartel-ojo anuncia la premisa: aquí la imagen vigila, denuncia y convoca. Más que una exposición, es un acto de memoria y resistencia visual que invita a mirar a Puerto Rico sin evasiones.
Diane Keaton, aquella presencia luminosa que atravesó el Hollywood del siglo XX con una mezcla rara de ternura, ímpetu y elegancia, construyó una carrera que desbordó los moldes que la industria pretendía imponerle. Desde Play It Again, Sam hasta su consagración como Kay Adams en The Godfather, Keaton demostró una versatilidad que incomodaba a quienes preferían las mujeres decorativas. Con Annie Hall, Allen escribió para ella un manifiesto involuntario sobre la libertad creativa: ganó cuatro Oscar y abrió el camino al nuevo naturalismo del cine estadounidense. Pero Keaton era más que personaje: fotógrafa rigurosa, cantante de susurros precisos, obsesionada con capturar silencios. Su muerte en 2025, resguardada por un hermetismo casi político, no apagó nada. Su obra sigue ahí, viva, recordándonos que el arte verdadero nunca se somete.
En 1920, en Bayamón, nació El Comunista, un semanario que fue mucho más que una publicación: un grito de rebelión en un país hundido en el monocultivo y la obediencia. En sus páginas se cruzaban el anarquismo, el socialismo y una fe casi religiosa en la revolución, invocada como redención para los oprimidos. Era manifiesto y plegaria a la vez, un llamado a los “hermanos rebeldes” desde los talleres del tabaco. Pero aquel fuego libertario también cargaba sus sombras —mujeres invisibles, eurocentrismo y una retórica mesiánica que bordeaba la idolatría política—. El historiador Christian Vélez Pagán recupera esa memoria para mostrar cómo El Comunista fue, en su breve vida, un órgano de combate cultural y un desafío frontal al orden colonial: una llama que, un siglo después, aún se niega a apagarse.
Hostos llega a Nueva York en 1869 revestido de una arrogancia aprendida en las aulas, redacciones y calles donde se desmoronaba la España isabelina. Ese joven Hostos, formado entre 1863 y 1868, ya había comprendido que la maquinaria imperial no reformaría nada sustantivo para las Antillas. En El Progreso, desde Barcelona, elaboró con rigor una lectura del mundo que iba de Europa a las Américas, denunciando la tiranía, la desigualdad y el espejismo reformista que Madrid imponía como consuelo colonial. Sus vacilaciones, visibles en el Diario, no restan fuerza a su determinación: revelan la conciencia de quien entiende que la libertad exige sacrificio y claridad moral. Entre Madrid, Barcelona y el Caribe, Hostos emerge como un sujeto político en tránsito, decidido a pensar —y a actuar— más allá de los límites que quiso imponerle el imperio.
Linklater regresa al territorio del diálogo feroz con Lorenz, una pieza fílmica que más parece un drama de cámara que un biopic. Ethan Hawke encarna a Lorenz Hart, el letrista brillante y atormentado que, mientras Oklahoma! celebra el éxito de su exsocio Rodgers, bebe y se desangra de ironía en el bar Sardi’s. Allí conversa con un camarero paciente, un pianista soldado y el escritor E. B. White, invocando los fantasmas del ingenio, la rima interna y la soledad. Entre copas y frases que duelen, surge su amor imposible por la joven Elizabeth Weiland, símbolo de un deseo que no se consuma. Las canciones —Blue Moon entre ellas— resuenan como epitafio de un hombre quebrado por su propio talento. Linklater y Hawke entregan un retrato íntimo, melancólico y afilado como verso perfecto.
Las páginas quemadas de nuestra historia no son accidentes, sino crímenes de indiferencia. Desde la quema de Caparra en 1513 hasta el cierre reciente del Archivo General de Puerto Rico sin luz ni climatización, la memoria nacional ha sido tratada como basura, literalmente. Incendios, saqueos, negligencias, burocracias ineptas y proyectos de ley cínicos han reducido a cenizas archivos municipales, colecciones de salud pública, actas de ayuntamientos y legados enteros como los de San Germán, Vega Baja o Utuado. Cada pérdida encoge el país: la historia que sobrevive queda mutilada, filtrada por los ojos del poder. No se trata solo de documentos: son voces, luchas, pruebas de lo que fuimos. Sin archiveros, sin estructuras seguras, los papeles mueren como animales en cautiverio. Y con ellos, muere también la posibilidad de contarnos sin mentirnos.
En los bastiones demócratas de Estados Unidos —California, Nueva York, Illinois, Oregón y Washington D.C.— la democracia se disfraza de seguridad mientras la milicia avanza sobre las calles. Lo que se presentó como reacción a disturbios o amenazas terminó en un despliegue desproporcionado: tropas, unidades especiales bajo mando federal, cámaras y algoritmos de vigilancia que convierten a la ciudadanía en sospechosa permanente. Académicos, juristas y organizaciones civiles, incluida la ACLU, denuncian la deriva autoritaria: bajo la excusa del orden público, se inocula la represión política. La Guardia Nacional, otrora reservada a desastres y crisis sanitarias, se federaliza sin consentimiento estatal, vulnerando la soberanía local. El resultado: un conflicto de competencias que desnuda la fragilidad democrática y expone cómo incluso en territorios progresistas la mano dura termina imponiéndose sobre la libertad.
El caso del Proyecto Esencia en Cabo Rojo evidencia la persistencia histórica del modelo de plantación en Puerto Rico. Desde el monocultivo azucarero hasta los resorts turísticos e inmobiliarios de lujo, el territorio se ha subordinado a lógicas de enclave dependientes del capital foráneo. Este patrón reproduce la extracción de valor, la exclusión social y la degradación ecológica. Esencia, más que un proyecto aislado, es continuidad del colonialismo ambiental que convierte bienes comunes en mercancías.
Paul Thomas Anderson demuestra ser el único capaz de traducir la locura lúcida de Pynchon al cine. One Battle mezcla posmodernidad, represión y sexo como motor narrativo, con personajes que oscilan entre la traición y el deseo. La sombra de Reagan y Nixon se actualiza en la brutalidad trumpiana de ICE. DiCaprio, Taylor y Penn encarnan un triángulo enfermo, mientras Benicio del Toro aporta ironía puertorriqueña. Con montaje frenético y humor negro, Anderson convierte la paranoia setentera en un espejo incómodo de nuestro presente fascistoide
La residencia No Me Quiero Ir de Aquí de Bad Bunny culminó en septiembre de 2025 –el 20– con Una Más, un concierto transmitido por Amazon Prime/Music. El evento trascendió lo musical: fue una afirmación política en un país marcado por deuda, migración y apagones. La alianza con Amazon, aunque contradictoria, evoca el institucionalismo económico de Rexford Tugwell y la Autoridad de Fuentes Fluviales, proyecto que Francisco Catalá Oliveras identifica como la ruta abandonada hacia un desarrollo endógeno. Mientras Donald Trump gobierna con corte autoritario y Congreso servil, Bad Bunny proclamó desde Puerto Rico la permanencia como acto de resistencia. La paradoja es clara: usar el capital global para amplificar una consigna local que, en medio del colonialismo, se vuelve revolucionaria.
Yolanda Martínez San Miguel propone un volteo epistemológico: leer los textos coloniales como huecos donde susurros populares aún resisten. Frente a la monarquía de la pluma, la autora reclama la oralidad—mitos, cantos y fórmulas—como fuente legítima de conocimiento. Tomando a Ramón Pané como emblema, muestra que la escritura colonial no es un espejo neutro sino una traducción parcial de mundos vivos que la letra oculta. La propuesta es a la vez metodológica y política: combinar el análisis textual con entrevistas colectivas, reconstrucción del repertorio y atención a la performance para recuperar voces silenciadas. No busca romanticismos ni nostalgia; persigue desenmascarar la hegemonía archivística y devolver agencia a quienes la historia oficial borró. Es un llamado a reescribir la memoria desde abajo, con rigor crítico y voluntad emancipadora.
Yvonne Denis Rosario nos presenta a un Luis Rafael Sánchez en Piel sospechosa (Seix Barral, 2025), su más reciente libro, donde nos restriega en la cara la radiografía de un país que presume de modernidad pero todavía detiene, registra y condena por el delito de tener melanina militante e indeleble. Desarma el racismo casero —ese virus de salud de hierro— con la puntería del cuentista y el filo del machete del ensayista, retratando a una isla hipócrita que baila al son negro mientras desprecia las pieles que lo producen, tal como nos había contado el también legendario y caribeño Frantz Fanon en Piel negra, máscaras blancas, hace varios años. Entre Vizcarrondo, Betances y Mandela, alinea genealogías afrodescendientes para dinamitar la negrofobia institucional y de pasillo. Aquí no hay paños tibios ni excusas: o se lee con conciencia o se sigue justificando el apartheid boricua. Al final, el espejo no miente: seguimos siendo sospechosos… por el simple crimen de nacer.
En Eddington, Nuevo México, mayo de 2020, el alcalde Ted García impone confinamiento y mascarillas para frenar el COVID-19. El sheriff Joe Cross, asmático pero incrédulo, lo tilda de ataque a la “libertad” y se lanza contra él en campaña, usando recursos públicos. Entre su esposa Louise y su madre, ambas devotas de teorías conspirativas, y un líder sectario que cena en su mesa, el clima se pudre. El hijo de García marcha con Black Lives Matter; las tensiones hierven. Cross acusa falsamente a García de abuso sexual, y la política deviene en thriller sangriento: asesinatos, encubrimientos y un montaje para culpar a Antifa. Extremistas armados atacan el pueblo; explosiones y fuego sellan el caos. Ari Aster convierte la sátira en una espiral oscura donde la estupidez y la violencia se dan la mano para andar el camino que haya que andar.