Apertura del Portafolio Retina 20/20: La Mirada Crítica de un país que se piensa a sí mismo
Retina 20/20 abre en La Casa del Libro como una declaración cultural y política: un portafolio que reúne a figuras clave de la gráfica puertorriqueña…
Retina 20/20 abre en La Casa del Libro como una declaración cultural y política: un portafolio que reúne a figuras clave de la gráfica puertorriqueña…
Diane Keaton, aquella presencia luminosa que atravesó el Hollywood del siglo XX con una mezcla rara de ternura, ímpetu y elegancia, construyó una carrera que desbordó los moldes que la industria pretendía imponerle. Desde Play It Again, Sam hasta su consagración como Kay Adams en The Godfather, Keaton demostró una versatilidad que incomodaba a quienes preferían las mujeres decorativas. Con Annie Hall, Allen escribió para ella un manifiesto involuntario sobre la libertad creativa: ganó cuatro Oscar y abrió el camino al nuevo naturalismo del cine estadounidense. Pero Keaton era más que personaje: fotógrafa rigurosa, cantante de susurros precisos, obsesionada con capturar silencios. Su muerte en 2025, resguardada por un hermetismo casi político, no apagó nada. Su obra sigue ahí, viva, recordándonos que el arte verdadero nunca se somete.
En 1920, en Bayamón, nació El Comunista, un semanario que fue mucho más que una publicación: un grito de rebelión en un país hundido en el monocultivo y la obediencia. En sus páginas se cruzaban el anarquismo, el socialismo y una fe casi religiosa en la revolución, invocada como redención para los oprimidos. Era manifiesto y plegaria a la vez, un llamado a los “hermanos rebeldes” desde los talleres del tabaco. Pero aquel fuego libertario también cargaba sus sombras —mujeres invisibles, eurocentrismo y una retórica mesiánica que bordeaba la idolatría política—. El historiador Christian Vélez Pagán recupera esa memoria para mostrar cómo El Comunista fue, en su breve vida, un órgano de combate cultural y un desafío frontal al orden colonial: una llama que, un siglo después, aún se niega a apagarse.
Linklater regresa al territorio del diálogo feroz con Lorenz, una pieza fílmica que más parece un drama de cámara que un biopic. Ethan Hawke encarna a Lorenz Hart, el letrista brillante y atormentado que, mientras Oklahoma! celebra el éxito de su exsocio Rodgers, bebe y se desangra de ironía en el bar Sardi’s. Allí conversa con un camarero paciente, un pianista soldado y el escritor E. B. White, invocando los fantasmas del ingenio, la rima interna y la soledad. Entre copas y frases que duelen, surge su amor imposible por la joven Elizabeth Weiland, símbolo de un deseo que no se consuma. Las canciones —Blue Moon entre ellas— resuenan como epitafio de un hombre quebrado por su propio talento. Linklater y Hawke entregan un retrato íntimo, melancólico y afilado como verso perfecto.
Las páginas quemadas de nuestra historia no son accidentes, sino crímenes de indiferencia. Desde la quema de Caparra en 1513 hasta el cierre reciente del Archivo General de Puerto Rico sin luz ni climatización, la memoria nacional ha sido tratada como basura, literalmente. Incendios, saqueos, negligencias, burocracias ineptas y proyectos de ley cínicos han reducido a cenizas archivos municipales, colecciones de salud pública, actas de ayuntamientos y legados enteros como los de San Germán, Vega Baja o Utuado. Cada pérdida encoge el país: la historia que sobrevive queda mutilada, filtrada por los ojos del poder. No se trata solo de documentos: son voces, luchas, pruebas de lo que fuimos. Sin archiveros, sin estructuras seguras, los papeles mueren como animales en cautiverio. Y con ellos, muere también la posibilidad de contarnos sin mentirnos.
Paul Thomas Anderson demuestra ser el único capaz de traducir la locura lúcida de Pynchon al cine. One Battle mezcla posmodernidad, represión y sexo como motor narrativo, con personajes que oscilan entre la traición y el deseo. La sombra de Reagan y Nixon se actualiza en la brutalidad trumpiana de ICE. DiCaprio, Taylor y Penn encarnan un triángulo enfermo, mientras Benicio del Toro aporta ironía puertorriqueña. Con montaje frenético y humor negro, Anderson convierte la paranoia setentera en un espejo incómodo de nuestro presente fascistoide
La residencia No Me Quiero Ir de Aquí de Bad Bunny culminó en septiembre de 2025 –el 20– con Una Más, un concierto transmitido por Amazon Prime/Music. El evento trascendió lo musical: fue una afirmación política en un país marcado por deuda, migración y apagones. La alianza con Amazon, aunque contradictoria, evoca el institucionalismo económico de Rexford Tugwell y la Autoridad de Fuentes Fluviales, proyecto que Francisco Catalá Oliveras identifica como la ruta abandonada hacia un desarrollo endógeno. Mientras Donald Trump gobierna con corte autoritario y Congreso servil, Bad Bunny proclamó desde Puerto Rico la permanencia como acto de resistencia. La paradoja es clara: usar el capital global para amplificar una consigna local que, en medio del colonialismo, se vuelve revolucionaria.
Yolanda Martínez San Miguel propone un volteo epistemológico: leer los textos coloniales como huecos donde susurros populares aún resisten. Frente a la monarquía de la pluma, la autora reclama la oralidad—mitos, cantos y fórmulas—como fuente legítima de conocimiento. Tomando a Ramón Pané como emblema, muestra que la escritura colonial no es un espejo neutro sino una traducción parcial de mundos vivos que la letra oculta. La propuesta es a la vez metodológica y política: combinar el análisis textual con entrevistas colectivas, reconstrucción del repertorio y atención a la performance para recuperar voces silenciadas. No busca romanticismos ni nostalgia; persigue desenmascarar la hegemonía archivística y devolver agencia a quienes la historia oficial borró. Es un llamado a reescribir la memoria desde abajo, con rigor crítico y voluntad emancipadora.
Yvonne Denis Rosario nos presenta a un Luis Rafael Sánchez en Piel sospechosa (Seix Barral, 2025), su más reciente libro, donde nos restriega en la cara la radiografía de un país que presume de modernidad pero todavía detiene, registra y condena por el delito de tener melanina militante e indeleble. Desarma el racismo casero —ese virus de salud de hierro— con la puntería del cuentista y el filo del machete del ensayista, retratando a una isla hipócrita que baila al son negro mientras desprecia las pieles que lo producen, tal como nos había contado el también legendario y caribeño Frantz Fanon en Piel negra, máscaras blancas, hace varios años. Entre Vizcarrondo, Betances y Mandela, alinea genealogías afrodescendientes para dinamitar la negrofobia institucional y de pasillo. Aquí no hay paños tibios ni excusas: o se lee con conciencia o se sigue justificando el apartheid boricua. Al final, el espejo no miente: seguimos siendo sospechosos… por el simple crimen de nacer.
En Eddington, Nuevo México, mayo de 2020, el alcalde Ted García impone confinamiento y mascarillas para frenar el COVID-19. El sheriff Joe Cross, asmático pero incrédulo, lo tilda de ataque a la “libertad” y se lanza contra él en campaña, usando recursos públicos. Entre su esposa Louise y su madre, ambas devotas de teorías conspirativas, y un líder sectario que cena en su mesa, el clima se pudre. El hijo de García marcha con Black Lives Matter; las tensiones hierven. Cross acusa falsamente a García de abuso sexual, y la política deviene en thriller sangriento: asesinatos, encubrimientos y un montaje para culpar a Antifa. Extremistas armados atacan el pueblo; explosiones y fuego sellan el caos. Ari Aster convierte la sátira en una espiral oscura donde la estupidez y la violencia se dan la mano para andar el camino que haya que andar.
La historia eléctrica de Puerto Rico no comienza con un apagón, aunque todo en ella parezca ir derechito hacia un agujero negro. Arranca en marzo de 1893, cuando José Ramón Figueroa y Rivera encendió en Villalba la primera bombilla; meses después, San Juan brilló para impresionar sin meninas a una infanta de paso, mientras el resto de la isla seguía a oscuras. Tras 1898, el capital azucarero acaparó la luz y la fuerza, vendiendo excedentes al gobierno como si fueran favores. La Gran Depresión (1929) rompió el espejismo y empujó al Estado a tomar el timón. En 1941 llegó Rexford Tugwell, cerebro del New Deal, con la AFF: irrigó campos, llevó electricidad y aseguró agua y energía como bienes públicos.
En Puerto Rico, el dolor tiene ritmo y el exilio se anuncia con un apagón. Por eso, cuando retumba la tarima y el pueblo canta “no me quiero ir de aquí”, no estamos en un concierto: estamos en un acto colectivo de afirmación radical. La residencia artística de Bad Bunny en el Choliseo no fue solo una hazaña logística ni una operación económica de precisión milimétrica. Fue una misa profana contra el desaliento. Fue el testimonio sonoro de un pueblo que resiste con los pies, con el sudor y con los besos.En un país donde el colonialismo ha afinado la maquinaria del sufrimiento como un reloj suizo, la música aparece como un antídoto encarnado. Thích Nhất Hạnh hablaba de encontrar el lugar del cuerpo que no duele. Acá, le decimos: baila. Porque al bailar, aunque no se cure el trauma, se suspende el peso.
Francisco Moscoso desmonta la manida frontera entre “prehistoria” e “historia”, esa línea trazada por imperios para clasificar a los vencidos como salvajes sin pasado. Desde los cacicazgos taínos hasta el lenguaje que aún nos habita, Puerto Rico tuvo historia antes de Colón, aunque no la escribiera en papel. Los taínos cultivaban, gobernaban, veneraban, hablaban y nombraban su mundo. ¿Que no usaban letras? Pues hablaban con la tierra, con los dioses y con el maíz. Moscoso exige que se reconozca a los taínos como sujetos históricos, no fósiles de museo ni figuritas para el folclor. Basta de repetir que todo empezó en 1493. La memoria, como dijo Las Casas, también es historia. Y esa memoria indígena aún sopla entre palabras, conucos y nombres que siguen latiendo en esta isla colonizada hasta la médula.
La plena no nació para adornar vitrinas ni para servir de banda sonora al patriotismo domesticado. Surgió, más bien, entre los estertores del cañaveral, el sudor negro del arrabal y el tambor del cimarrón escapado. Este texto desmonta con precisión quirúrgica el mito folclórico y revela su fibra rebelde: una música obrera, afrocaribeña, que se cantaba como se desobedecía. Desde Ponce hasta Nueva York, la plena se reconfiguró como archivo vivo del plebeyismo parejero, el bembeteo desafiante y la risa que desestabiliza el poder. No fue periódico del pueblo; fue su memoria emotiva, su rabia con ritmo. En tiempos de pedagogías bienpensantes, este estudio devuelve al pandero su filo de machete: afilado, contradictorio y profundamente insurgente.
Esta isla no es solo cine: es una bofetada al decorado colonial que disfraza la miseria de postal turística. Dirigida por Lorraine Jones Molina y Cristian Carretero, la cinta narra la fuga de dos jóvenes atrapados entre la ruina y el deseo, mientras cruzan una isla que ya no promete nada salvo sobrevivir. Filmada con crudeza lírica por Cedric Cheung-Lau, y premiada en Tribeca, la película es un testamento feroz de nuestra juventud empobrecida y de un país que sangra en silencio. Aquí no hay redención mágica, sino decisiones duras, rostros marcados y una belleza rota que se resiste a morir. Es cine necesario, como puño y memoria. Y eso, en este presente, ya es un acto de resistencia.
[dropcap]D[/dropcap]esde la primera escena sabemos que vamos a entrar en el mundo estético de Wes Anderson. No es solamente la coloración de la escena, sino las distancia que separa a…
Bad Bunny no regresa al Choli este verano: se instala, como se instala un altar en medio del desmadre colonial. No me quiero ir de aquí no es una gira: es una afirmación ontológica, una trinchera bailada frente al desplazamiento. En DeBI TiRAR MáS FOToS, el conejo muta en hechicero del Caribe urbano—reivindicando la música como arma contra el olvido, el desarraigo y el cinismo de la historia oficial. Salsa, bomba y perreo devienen rito, memoria en movimiento. Nueva York se vuelve Nuevayol, la diáspora se rinde al embrujo de un verano sin fin. Lo que parecía reguetón es, en realidad, un contra-hechizo. Porque en el archipiélago borincano, bailar todavía puede ser insurgencia. Y eso, ¡coño!, incomoda.
Junio despierta en Puerto Rico con un pulso que no perdona: exposiciones que reclaman el espacio que la historia vetó, conciertos que exhiben el anhelo de escapar de la fugacidad comercial y festivales que retan el olvido impuesto. Entre galerías y plazas, la isla se enfrenta a sus contradicciones: ¿será el arte y la música la palanca que mueva la rueda de la memoria o tan solo otro espejismo de legitimación cultural? Este reportaje traza esa cartografía viva, donde cada pincelada y cada nota son actos de resistencia.
En 1976, Luis Rafael Sánchez encendió la imprenta con dinamita y nos lanzó a la cara a la China Hereje: hija bastarda de todas las mujeres literarias que no piden permiso. Leticia Franqui Rosario la describe con lirismo y crudeza: zafia, orgullosa, empantalonada, la China no escapa del deseo ni del hambre, y desafía la miseria con una dignidad que le ronca la manigueta. Su cuerpo no narra. Está más allá del bien y del mal: es texto, es signo, es vitrina de un país travestido de modernidad. Es madre, es puta, es sofá y es refrán: todas esas, ES; espejo tragicómico de nuestra colonialidad disfrazada de Estado libre. Y como Flaubert con su Bovary, Sánchez se confiesa en ella: “la China Hereje soy yo”, y Franqui la celebra como lo que es: metáfora andante de un pueblo guarachero que aún, pese a todo, se sueña libre. Gracias, maestro —por la risa, el cuerpo y la herida.